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Luciana Capdevila

El llanto olímpico

Estas últimas dos semanas han visto una avalancha visual de imágenes que no muches vemos en un contexto externo al de los Juegos Olímpicos. Acompañades por la voz de Bonadeo intentando informar acerca de las reglas y las situaciones que definen las hazañas deportivas que se proyectan en nuestras pupilas, descubrimos la existencia de eventos que antes nos eran desconocidos hasta el punto de parecer algo de origen cuasi-extraterrestre. Estos desafían las concepciones que tenemos acerca de lo que califica como deporte, así como lo que significa que algo sea bello, o que una acción sea falta o una jugada maravillosa. Porque claro, al menos dentro del marco de un país profundamente futbolero, todes entendemos que dejar atrás 7 jugadores en 10.6 segundos para luego marcar un gol durante los cuartos de final de la Copa Mundial es increíble. Pero, ¿qué sucede cuando se ve una gran rutina de gimnasia artística? ¿Podemos afirmar que instintivamente sabemos que es lo que la vuelve fantástica?

De eso se trataron las competencias que se llevaron a cabo entre los días 23 de julio y 8 de agosto del 2021, los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Es una celebración del deporte como pluralidad. No de una única disciplina en particular, sino de todas. Es el único momento en que podemos ver un partido de básquet y seguir con las acrobacias de les gimnastas para terminar con el estómago vacío cuando alguien cae de su skate luego de fallar en la ejecución de algún truco. Estas son de gran importancia para les atletas que las llevan a cabo y les aficionades que con fervor siguen a sus ídoles. Tristemente, la mayor parte de las escenas que allí solo podrán estar sobre el escenario cuando la llama habite la ciudad elegida para la ocasión. Luego volverán a verse marginadas y eliminadas de la conciencia popular. 

Sin embargo, ni el canotaje, ni el nado sincronizado, ni el bádminton ni la halterofilia son la fotografía más extraña que se puede presenciar en los Olímpicos. Este título se la lleva una particularidad que no sucede durante el partido, la carrera o la competencia, sino que al haber terminado de disputarse estas mismas.  Además, tiene la interesante característica de que únicamente se puede categorizar como inusual cuando los atletas que participan en este acontecimiento son hombres. Más específicamente, los hombres cisgénero. 

Lo vimos con la Generación Dorada en el 2004, Gianmarco Tamberi hace seis días y con el seleccionado argentino de voley masculino hace unas pocas horas. Una acción tan humana que impresiona que se deban dar estas clases de hitos para que la mitad de la población pueda demostrarla libremente, y es nada más que el llanto. 

Es increíble que el mero escurrir de gotas nacientes de los lagrimales pueda ser un tabú tan importante para la mitad de la población, pero es esta realidad de abstinencia emocional la que reina sobre la gran mayoría de los hombre y, por ende, de los deportistas masculinos que participan en los Juegos Olímpicos. 

El llanto los estigmatiza . Los muestra vulnerables, los demuestra capaces de mostrar sensibilidad y los rebaja a aquello que jamás querrían ser, a una condición que es para ellos un insulto, a mostrarse a la par de una mujer. ¿Misoginia, dónde?

Pero el llanto es una herramienta emocional muy importante tanto colectiva como individualmente. Puede dar cabida a la ayuda de otres así como permitir que fluya el agua contenida detrás de la represa que mantiene todas las emociones contenidas sin importar cuanto se necesite el desahogo.

¿Quiénes entre nosotres podemos contar con los dedos de una sola mano las veces que hemos visto a nuestro padre llorar? A mí me basta con 3 ¿Quiénes podemos afirmar que estas contadas lágrimas no fueron dadas en el contexto de la pérdida de une familiar? Yo no, y creo que una gran mayoría de las respuestas que pueden obtenerse serían bastante similares.

Pero lo interesante es que esto es cuando se obvian los eventos deportivos como posibles causantes del llanto. ¿Acaso algune hincha de Belgrano que vió la Promoción del 2011 junto a su padre puede negarlo? ¿O no puede esto notarse en el relato de Víctor Hugo Morales aquel 22 de junio de 1986? 

Dejando de lado el duelo, la hazaña (o derrota) deportiva es la única situación en la que un hombre puede mostrarse llorando, moqueado y dominado por las lágrimas sin que su estatuto de hombre le sea cuestionado. Es la única instancia en que las presiones y los miedos pueden mostrarse a flor de piel, el único momento en que pueden acceder a la herramienta del llanto para controlarlos. 

Las entrevistas que sucedieron luego de que Argentina obtuviera la medalla de bronce en volleyball contra Brasil dejan este panorama más que claro. 79 días alejados de sus familias, lesiones que comprometían la participación en la competencia y su eficacia si llegaban a entrar en el campo de juego, imposibilidades de acompañar a sus parejas en medio de embarazos complicados, la falta criminal de apoyo a su deporte por parte de las estructuras estatales y el absoluto terror que aparece cuando dudaron si poseían lo que se requiere para irse de Tokio con algo colgado en cuellos. ¿No es una tortura tener que lidiar con todas estas dificultades sin podeer deshagoarse con un buen llanto?

No es extraño entonces que deportistas como Michael Phelps confesaran las atrocidades que la presión deportiva puede generar en ellos, siendo que Phelps llegó incluso a contemplar la posibilidad del suicidio ante los efectos que la competencia tenía sobre él. Tampoco que Djokovik haya explotado en un tsunami controlado por el enojo y luego abandonado a su pareja en doble mixtos en medio de un partido donde no mostró la calidad de juego a la que se acostumbra. Sin contar con la ironía de que él mismo había criticado la prioridad de la salud mental ante los logros deportivos luego de que Simone Biles anunciara que no participaría en la final de gimnasia artística por equipos. 

El rejunte de emociones con la que los hombres son forzados a esconder por miedo de que sus pares los tilden de “femeninos” en un acto que los despoja de los privilegios a los que normalmente tendrían acceso es una bomba de tiempo esperando por estallar. Por eso el llanto olímpico es una situación tan única. Es comparable a la escena hollywoodense donde alguien debe desactivar una bomba con el cronómetro acercándose a cero. Para esto debe cortar un cable particular de la maraña indescifrable que se encuentra al frente suyo. Entonces, milagrosamente decide arrancar el cable del color correcto y la presión del momento pasa a disiparse, dando la bienvenida a una tranquilidad anhelada con la mayor de las fuerzas. 

Aquí, en medio de los juegos de Tokio, la medalla es aquel cable y el llanto es el acto de arrancarlo. La posibilidad de que las lágrimas se lleven consigo parte del peso que llevan sobre sus espaldas es la deseada paz que viene una vez acaba el terror. 

Esa imagen contenida dentro de la pantalla del televisor en la que puede verse un deportista llorando hasta más no poder es la única catarsis a la que muchos podrán acceder en bastante tiempo. Es una oportunidad que no se les presentará hasta que otro contexto socialmente aceptado les permita liberarse sin restricción. La única salida temporal de la presión que la masculinidad tóxica e ideas machistas acerca de los roles de género ejercen constantemente sobre ellos.

Es por esto que es necesario que deje de ser una escena tan inusual, que debamos usar todos los dedos que sean necesarios para contar las lágrimas de nuestros padres y que se de un acceso igual a las bonanzas que nos brindan las lágrimas. 

Este tabú establecido bajo la misoginia debe de culminar al igual que la salud mental de retener el mismo grado de importancia que la salud física tanto en la vida de les atletas profesionales como de le ciudadane promedio. Ojalá llegue el día en que el llanto olímpico nos sea igual de familiar que todos los partidos de fútbol que dominan la mayor parte de las transmisiones deportivas.

Publicado la semana 84. 07/08/2021
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