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Luciana Capdevila

Línea 77

Era la una de la tarde y acababa de salir del trabajo. Hacía media jornada en una mercería, rodeada de hilos, agujas y cintas que de chica veía cerca de la máquina de coser de mi madre. El cielo cordobés se jactaba de verse ininterrumpido en toda su extensión, y un profundo celeste dominaba la cúpula debajo de la cual caminaba. Avancé por la calle San Jerónimo con destino a la parada de colectivo que se encuentra una cuadra antes del CPC de San Vicente, hipnotizada por la imagen de llegar finalmente a mi departamento y revolcarme sobre las sábanas revueltas de mi cama. Iba también medio distraída por el rítmico chocar de la suela de mis zapatillas sobre las baldosas, sin prestar mucha atención a las personas y los autos que pasaban junto a mí, completando con una autómata el mismo recorrido que hacía todos los días luego de recibir a la chica que me reemplaza en la tienda. 

Entonces, a la vez que un súbito temor golpeó con fuerza la boca de mi estómago, noté un motor mucho más ruidoso que todos aquellos que ignoraba sin más. Dí la vuelta en menos de un instante, alcanzando así a reconocer en el parabrisas de un colectivo un cartel que leía el número 70 en letras que ocupaban todo lo ancho. Me congelé por completo y mi pelo se revolvió sobre mi cara al verse secuestrado por el vórtice que sigue al paso de máquinas tan grandes cuando llevan tales velocidades. Continué atrapada en este estado, con los puños apretados y los músculos contraídos, sosteniendo el aliento e intentando convencerme que no acababa de ver lo que acababa de ver.

-¿Habrá sido el 72? Tiene que serlo, estoy segura que no ví un cero - dije sin palabra alguna, liberando únicamente el poco aliento que me quedaba luego de estarme tanto tiempo sin respirar. -Tiene que haberlo sido, no hay forma de que pase tan temprano, no son ni la una y diez - sentencié al ver la hora plasmada sobre la pantalla de mi celular.

Sentí entonces como la sangre retornaba a mis dedos una vez dejé de presionarlos y guardé otra vez mis manos en mis bolsillos. Dejé que una falsa seguridad invadiera mi cuerpo para así recuperar las facultades que había suspendido temporalmente mientras diseñaba aquella mentira cuya única receptora era yo misma. Retomé mi caminata, convencida de que el colectivo que acababa de ver era de la línea 72, y seguí hasta llegar a la parada correspondiente. 

Me senté en el espacio frente a la vidriera del kiosko que quedaba frente al cartel que dictaba que líneas paraban allí y palpé que la tarjeta estuviera en mi bolsillo. Abrí mi mochila y de adentro saqué una etiqueta de cigarrillos nueva. Encendí el primero con la falsa esperanza de tener que apagarlo pronto, básicamente desperdiciándolo. Dentro de los colectivos no está permitido el acto de fumar. Seis cigarrillos y dos chicle de menta más tarde todavía seguía de piernas cruzadas, sentada y esperando por ver el número 70 colgando de algún parabrisas. Estaba incluso dispuesta a probar con el 74, el cual no me había tomado jamás pero sabía que también me dejaba por la terminal, pero el tiempo me demostró que ninguno de ambos pasaría.

Helada, pues hace unos días había dejado mi única campera abrigada en lo de una amiga y no había juntado la voluntad de ir a buscarla, recibí a las tres de la tarde con unas galletas que acababa de comprar. Llegado ese punto me abría subido a cualquier línea que apareciera sin pensármelo dos veces, necesitaba ante todo ir a alguna parte, escapar del estancamiento que vendría una vez  la siesta se sumiera sobre el paisaje urbano. Rezaba por un trole, un taxi o une fletere a le cual señalar mi necesidad con una seña del pulgar, cualquier tipo de transporte que me sacara de allí. Estaba harta de divagar a través de las aplicaciones de mi teléfono, de cavilar sobre la pestaña de contactos, convenciéndome de que no era para tanto. En cualquier momento pasaría un colectivo y podría encaminarme finalmente hacia mi hogar.

Habiendo perdido toda esperanza de alguna vez escapar de aquella calle a unos cuantos kilómetros de mi departamento, terminé por resignarme por completo y comencé a imaginar historias que justificaran la desaparición total de todo colectivo en el barrio. Quizá un platillo volador había descendido sobre el panal, destruyendo las sedes ejecutivas y legislativas de la provincia y sumiendo la ciudad en un caos que todavía no alcanzaba los barrios aledaños. También imaginé que un hacker carismático había decidido tomar cualquiera fuera el sistema informático que controlaba la organización de los horarios en que los colectivos salían, quizá incluso reteniendo todos los vehículos e imposibilitando su circulación. El punto es que, estando perdida dentro de mis pensamientos, creí que lo que apareció en el horizonte no era más que otra irreal creación propia.

El borde de la calle parecía estar cubierto de charcos como las partes más distantes de la ruta en medio del desierto, reflejando el celestísimo cielo que todavía reinaba sobre mí. Sin embargo, aparentemente de la nada misma, las ondas que partían de aquella falsa marea se vieron teñidas bajo la sombra de la maquinaria pesada que avanzó imparable sobre el frío asfalto. Apareció un ómnibus cuanto menos curioso, primero porque no llevaba ninguno de los colores que identificaban a las empresas que manejaban los contratos del transporte público y llevaba en su lugar un imperturbado blanco, segundo porque colgado detrás del vidrio del parabrisas se veía un cartel con el número 77 sobre él. 

Traté de recordar si alguna vez había visto o escuchado hablar de la línea 77, pero entre el cansancio y el apuro por decidir si señalar con la mano o no para que se detenga, terminé por darme por vencida en aquella fútil tarea. El avance se daba de forma veloz y no tenía tiempo para debatir si debía o no aventurarme en una ruta completamente desconocida. Harta de estar hace dos horas en el mismo lugar, pudriéndome con cada segundo que seguía allí, decidí seguir lo que mis impulsos más básicos me indicaron y me levanté para alzar la mano y dar fin a la odiosa estadía.

El ruido de los frenos fue lo único que mis oídos pudieron escuchar por unos segundos, seguido por los movimientos hidráulicos de la puerta al abrirse. Sobre el asiento de le conductore se encontraba un señor ya anciano, con más pelos en sus cejas que sobre su cabeza y una extraña sonrisa que señalaba de antemano la amabilidad con la que me saludaría. Era imposible no confiar en él, lo cual me reconfortó bastante. Sin embargo, todavía no tenía la menor idea de los lugares que recorrería de subirme.

-Hola, ¿pasa por la terminal? - pregunté esperanzada, sintiendo como la emoción conducía el latir intenso de mi corazón contra mis costillas. 

-No - sentenció fatalmente.

-¿Y por la Ciudad Universitaria? - dije involuntariamente, en un arrebato nacido del instinto más profundo que habita en mí y esperando una negativa asegurada. 

No se que me respondió el conductor. La fatiga hizo que el entendimiento de las palabras que salieron de su boca me fuera imposible, y, por su lado, el entrañable anciano no hizo movimiento ni muca alguna que señalara la naturaleza de su respuesta. Peor aún, la sonrisa que me encontré cuando abrió la puerta seguía grabada en su cara.

Lo más inteligente hubiera sido no tomarme el 77, llamar a algune conocide y pedirle que me haga el favor de recogerme. Es más, hubo un pequeño instante en el cual pensé en hacer esto mismo, pero unas fuertes náuseas que me atacaron solamente con el contemplar de esta propuesta me disuadieron de hacerlo. Terminé subiendo y, al no encontrar ninguna reacción de extrañeza en el conductor, supuse que la respuesta había sido afirmativa. 

A la vez que las puertas se cerraban y el motor arrancaba, proseguí a pasar la tarjeta por la máquina que cobra el pasaje. Para mi sorpresa, esta no se encontraba en ningún lado.

-Esta línea no cobra pasaje - dijo con naturalidad el chofer y sin quitar la mirada del camino. -Sentáte nomás. - 

Asentí a pesar de saber que el hombre no podía ver que lo estaba haciendo y me dirigí hacia la última fila de asientos. No había nadie más allí, estaban todos los lugares libres, por ende no dudé en continuar y sentarme sobre el asiento del medio contra el final del colectivo. Apoyé mi mochila sobre mis muslos y crucé los brazos frente a ella, sosteniéndola con fuerza. Una actitud de curiosidad ante todo lo que sucedía me hizo sentir como una niña en una juguetería, todo llamaba mi atención.

Me cercioré que mi telefono y mis llaves estuvieran conmigo y me apoyé en el respaldo, habiendo decidido relajarme un poco luego de las horas de desilución. Pero esta tranquilidad jovial me duró poco.

Rodeamos el CPC y continuámos por la San Jerónimo para tratar de seguir paraleles la costanera unas cuadras más adentro. No era una ruta que conociera bien, sin embargo aparecieron ciertos edificios que recordaba de algún lado. Una estación de servicio por allí, una mecánica nombrada tras un apellido italiano por allá, siempre brindándome una bienvenida seguridad con cada porción de la ciudad que reconocía. 

Pero hubo un punto en que el colectivo viró súbitamente hacia la izquierda, perpendicular al río y en dirección a una plaza que no existía dentro de mis memorias. A lo lejos reconocí la torre roja y blanca que se levanta cerca de la Ciudad de las Artes y me ubiqué mentalmente a unas cuadras del Polo Sanitario. Sin embargo, no pude reconocer ni la plaza ni las calles y un tenue vacío en mi barriga comenzó a contagiar mi cabeza con un pequeño grado de paranoia. 

Mientras tanto, el colectivero continuaba avanzado a lo largo de la plaza, cubierta de pasto amarillo y seco y con toboganes y columpios oidados rompiendo con la llana topografía. En el centro se alzaban unos cuantos árboles, unos pinos y un eucalipto. Las hojas siempre verdes de los primeros contrastaban con la pálida cara invernal del resto de las plantas. 

Las casas que la rodeaban eran todas de dos pisos y con fachadas decoradas de forma que con un simple vistazo me sintiera transportada hacia los años setenta. Piedras que decoraban las paredes exteriores, patios delanteros que, de estar regados, probablemente parecerían pedazos de selva infiltrados en medio de Córdoba y tapias hechas de ladrillos huecos que permitían espiar pequeñas porciones de las entradas y los garajes. 

Fue mientras prestaba atención a la arquitectura característica de la zona que noté como el ambiente se sumía en una suave penumbra, empeorando con su presencia el frío que todavía atacaba sin descanso. Dirigí la mirada hacia el cielo, que había sido capturado por una infinidad de nubes grises que oprimían con el desolado paisaje que construían. Peor aún, parecía como si el cielo nublado descendiera sobre las calles, tomando por completo la ciudad y rodando el ómnibus en una espesa niebla.

Continuamos en línea recta por varios minutos. La bruma no permitía ver lo que estaba a más de unos metros de distancia, y el pasto descontrolado que tomaba ahora los lados del camino me hizo creer que avanzábamos rodeades por una amplísima llanura vacía. Si no era así, por lo menos debían de ser unas cuadras con una extraña cantidad de terrenos baldíos. Hace tiempo ya que la inseguridad dominaba mi ser.

Sentí un sudor frío bajar por mi torso, dándome escalofríos y contrayendo los músculos con los que entraba en contacto. El miedo había revuelto mi estómago y el vómito parecía escapar en cualquier momento. El celular no tenía señal, pero por lo menos tenía un uso que encontré poco reconfortante, lo cual es mejor que nada. Las fotografías que allí guardaba me ayudaron, de a momentos, a olvidar lo que sucedía. Recaí muchas veces las mismas imágenes que me perdían en la melancolía. Por lo menos así mis lágrimas simulaban ser de tristeza y no de profundo terror.

Acabo de sacar la etiqueta, y tomé de ella un cigarrillo. Lo encendí sin que me importara que fuera a decir el conductor. Estoy en la última fila, no creo siquiera que vaya a notar cuando lo prenda. Ahora el humo caliente llena mis pulmones, siento como la nicotina batalla contra los nervios. Sigo sin saber hacia dónde me dirijo ni por donde voy. Por ambos lados del ómnibus no puedo reconocer nada más que la amenazante nada y recuerdo como el 70 pasó frente a mí, lamentando no haber salido de la mercería unos segundos antes.

Publicado la semana 83. 01/08/2021
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