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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 13)

Incluso sin tener en cuenta la exitosa madrugada, estos eventos hubieran sido más que suficientes para calmar mis ansias por meses enteros de escapadas donde por horas mi única preocupación es la cacería. Aún así, descubrí que mi voraz estómago todavía albergaba espacio el cual infestar y utilizar para el dulce percance de las adversidades ajenas. Dí bienvenida a la tarde todavía deseosa de engullir más historias, salivando con el mínimo recuerdo cuya azulada existencia veía frente a mí. Creí entonces que este era el momento ideal para probar mi teoría acerca de los hábitos feligreses y sus visitas a la iglesia y, esperanzada, comencé mi retorno a la plaza principal y enfilé hacia aquel edificio sagrado.

No recuerdo cuánto tiempo acumulaba sin pisar un aposento de aquella naturaleza. Quizá alguna vez en un viaje familiar nos dimos de curioses y sacamos fotos de los interiores de alguna nave. Hasta allí llega mi voluntad por adentrarme en una iglesia bajo circunstancias normales. Lo que sí tenía claro es que el escalofrío que recorrió mi cuerpo al cruzar el umbral me sorprendió por su desconocida extrañeza. Juré notar un cálido aliento soplando contra mi nuca, acompañando una serie de palabras susurradas que no logré comprender. Me contraje ante la incomodidad de esta presencia intrusa, notando como la inseguridad tomó rápida posesión de todos mis sentidos. Giré bruscamente intentando encontrar el origen de aquella amenazante presencia, pero me vi sorprendida al no encontrarme con nadie.

Ni en la entrada ni sobre la vereda había figura alguna que pudiera haberme interpelado en tan inquietante forma. Entre las baldosas y el cielo gris oscuro no había más que el frío aire del invierno. De la misma forma, entre mi y el asfalto de la calle que separaba la iglesia de la plaza no se veía absolutamente a nadie. Únicamente pude distinguir una figura sentada en un banco sobre la línea donde el pasto comenzaba a dominar el suelo de la plaza. Un cuerpo del cual era difícil obtener alguna idea más compleja que la silueta general, organizada en una postura inalterable y que generó en mí una intranquilidad que sin complicaciones se sumó a aquella que ya se había instalado cómodamente dentro mío. No había forma de comprobarlo, pero me encontraba profundamente segura de que mantenía sus indistinguibles ojos postrados sobre mí.

Quise tragar saliva en un intento por sacudir tal incomodidad bajo mi piel, pero mi garganta y boca se habían transformado en un desierto. Dudosa todavía, me dirigí hacia el interior del edificio, evitando pensar en aquella lejana figura tan llamativa. 

Una vez adentro, la densa y estática atmósfera que se genera en esos sitios fue una agradable contención. Un completo cuidado sobre los movimientos propios reianaba los cuerpos de quienes me acompañaban allí dentro y ,is tímpanos comenzaron a vibrar con los miles de ecos que resonaban de extremo a extremo. Cada paso y roce de ropas, cada aliento y suspiro, cada chillar de la vieja madera de los asientos. Todo aquello emitía algún sonido que rebotaría infaliblemente entre las acústicas paredes hasta encontrarse conmigo. 

Ante la particular sensación que genera sobre el cuerpo el acto de visitar una iglesia, me fue imposible negar que este último fenómeno da la impresión de que algo de mayor envergadura a todo lo que nuestras mentes pueden imaginar habita allí. Cada acción se percibe fácilmente en los oídos ajenos, cada movimiento es fuertemente vigilado. Les pecadores temen esto y sus mentes huyen irremediablemente hacia los momentos de oscurantismos en que sus corazones más se han alejado del idílico camino. Sus memorias brillan en el tinte azul que enciende en mí el incontenible hambre que me domina y mi vientre ruge con la mera idea de la clase de secretos que esperan por mi consumo.

Incluso adentro, todavía sentía como se sumía sobre mí la perforante mirada que me seguía desde la plaza, pero esto no influyó finalmente en mi habilidad para reconocer las oportunidades que rondaban en torno mío. Segura de que una cámara seguía todos mis movimientos desde la anonimidad de la distancia, avancé hasta la fila más lejana de asientos. Allí me senté, cerré mis ojos y bajé mi cabeza en espera por escuchar los indicios de que alguien había abierto el telón en el teatro de sus desgracias.

No tardé mucho en captar el repentino rechinar de la madera. Un murmullo con aires de jugueteo seguidos por una risa tímida, casi contenida, se hicieron presentes cerca mío. Yo estaba sentada sobre la columna derecha de los asientos y pude oír claramente que esto provenía desde mi misma fila, pero sobre la izquierda. 

¿Qué podría llegar a ser aquello? Todavía motivada por el romance de la madrugada anterior, supuse impulsivamente que sería una tierna reacción al bello actuar de algune amante. Otra danza entre los pasionales sentires que nos dominan. ¿Acaso cuántos corazones rotos podría llegar a contener la pequeña población de Laguna Azul? 

Las risas seguían mientras me cuestionaba aquello, interrumpidas por algunos comentarios hechos en voz baja los cuales supuse eran el origen de la jovial reacción. Gobernada por la intriga, abrí un ojo con cuidado para ver qué sucedía sin generar demasiadas sospechas. 

Para mi sorpresa, ví como el pasillo estaba ahora encerrado bajo una capa de asfalto. Pegada a la fila contraria a donde me senté había un viejo automóvil estacionado. Un modelo rural, que, dentro de lo que los matices lumínicos de los azules me permitían notar, parecía estar pintado de un marrón que llamaba a cuestionar el gusto de quienquiera haya sido el criminal que decidió utilizarlo. Las ventanas estaban cerradas, pero podían verse un baúl repleto de valijas y mochilas que daban a entender que ocurría alguna suerte de viaje. Adelante podían distinguirse fácilmente los rostros de tres personas. 

En la segunda fila podía verse a una chica apoyada contra el asiento del copiloto. Hacía alguna suerte de gesto con un objeto en sus manos cuando una pequeña luz apareció entre ellas por un instante. Tenía un encendedor y lo acercaba con precaución hacia la sección de adelante. En frente del volante había une joven con sus manos cubriendo su boca, intentando con el mayor de los esfuerzos que sus carcajadas no le abandonaran de forma estrepitosa. También hacía fuerza contra el cabezal, probablemente para darse una mano en sus intentos por no despertar a su copiloto, quien dormía tranquilo y sin la menor idea de las artimañas que sus amigues se encontraban realizando.

Publicado la semana 82. 25/07/2021
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