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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 12)

Aquelle que va a misa en día laboral lo hace por necesidad, sea esta comandada por el deber a cumplir las normas religiosas más estrictas o porque lo divino se ha convertido en el último recurso para quienes han sido relegados al extremo en cualquiera sea el área donde exista esta feroz miseria. Es decir que, incluso si los sábados y domingos me proveían de una mayoría numérica de casos por explotar, eran de lunes a viernes que podía encontrarme con los mejores especímenes a perseguir. 

Al vivir únicamente de los ahorros a los que me había aferrado por años de trabajo, no debía a nadie mi atención ni emprendí en ninguna actividad extracurricular externa a la voyeurística. Vagaba sin destino fijo ni objetivo a concretar, entrando en tiendas e imitando interés hasta que le vendedore u otre cliente me demostraran el valor de las obras fantasmales que les acompañaban, caminando a lo largo de las calles en búsqueda de algune peatone preocupade o alguien sentade sobre la vereda en completa sumisión a sus pensamientos. Me entregué a un éxodo cuyo fin último era encontrar la exquisita controversia que sabía estaba allí entregada. Eran los rituales y congregaciones pueblerinas las únicas semblanzas de un horario que poseía, el único ancla que evitaba que me perdiera entre las tormentas de la desocupación. No tuve entonces problema alguno, organizacional o argumental, en incluir este centro religioso entre mis destinos regulares.

Supuse correctamente que no tenía por qué atender a este templo siempre en un mismo horario, pues quienes llevan sus visitas de forma estructurada suelen guiarse por el deber y no por la desgracia. ¿Qué interés podía yo tener en alguien cuya presencia en tal lugar no era más que una ofrenda? Además de que hay un punto en que la doctrina a la que se somete impide que caigan en las redes del arrepentimiento por actos verdaderamente interesantes. Al inhibir la exploración solo queda la culpa por meras cotidianidades.  Son en cambio las historias de honesta desesperación, aquellas en las que la fe es la única opción viable luego de perderlo todo y no existe solución alguna a la calamidad que acontece, las que verdaderamente anhelaba y buscaba encontrar.

Así, a no más tardar, fue que tuve un encuentro con la controversia y la amargura que esperaba desenterrar en aquellas situaciones que, más allá de su utilidad práctica en mi hobby, me resultaban dolorosamente banales. Tan rápido sucedía todo en aquel pueblo perdido que el placer inmediato que aparecía en mi cuerpo era de a momentos sobrecogedor.

Si se preguntan por los tiempos en que viví esta serie de milagros que irrumpieron en mi vida, el vendedor, el viaje, Laguna Azul, Juampi y Agus, este suceso eclesiástico, puedo informarles que estos se dieron de forma apresurada. Fue un martes a la tarde que conocí a la familiar cara que me introdujo hacia mis nuevos horizontes. El miércoles viajé, me instalé y me embarqué en mi primera noche de cacería. La madrugada del jueves me regaló aquella historia de amor y decepción adolescente, y su tarde mi primeros vistazos a las polémicas que se dan en estos poblados del interior.

Hace dos días abandonaba mi oficina con cada fibra de mi cuerpo bajo el efecto de un profundo sedante. No veía razón alguna para continuar con una rutina infernalmente monótona, pero tampoco encontraba placer alguno en actividades por fuera de mi peculiar vocación privada, la cual hacía años tampoco generaba en mí la mínima chispa. 

Esta mañana, en cambio, me levanté en mi habitación del Hotel Vergara luego de haber dormido acurrucada por las primeras horas de buen sueño que mi cuerpo experimentó en más tiempo del que soy capaz de recordar. Luego de haber vivido eternas noches corriendo maratones a través de las sábanas, buscando aquella inexistente posición o aquel mínimo espacio donde podría descansar física y mentalmente. Aquella noche me dejé estar por cuantas horas necesitara. Aún así, al estar acostumbrada ya a pasar noches de descanso cortas, la tardísima hora que marcaba el reloj digital de la mesa de noche cuando por fin abrí mis ojos eran las once de la mañana. 

Desde afuera un sol radiante se filtraba sobre mi cama a través de las cortinas. Era tal el frío del invierno que al cruzar mi mano por el área iluminada sentí un cambio de temperatura notable. La sequía de la estación se manifestaba en el amarillo que compartían el pasto de la vereda y las plantas de los patios, además de que en los valdíos podían verse parches de tierra pelada desde los cuales la suave brisa levantaba pequeños remolinos. Mis piernas temblaron violentamente bajo el ataque que sufrí cuando salí de abajo de la cálida protección de la frazada.

Dí por hecho que cualquier desayuno que aquel pequeño lugar pudiese dar ya no estaría disponible, así que decidí que comería algo en algún café cercano a la plaza antes de emprender mi marcha por sus calles. Esta, por su lado, no me brindó nada tan deleitante como la tragedia romántica de hace unas horas, pero no por eso fueron las escenas actuadas que se cruzaron en mi camino desmerecidas de mi aprecio. En contraste con la nula información que recibía de forma directa en la ciudad, cualquier legajo de conflicto visible era para mi un regalo invaluable.

Desde pequeños actos de ninguna importancia salvo aquella que la angustia de sus perpetradores les añadía, como una joven repitiendo en su mente una y otra vez una conversación en la que creyó (falsamente, cabe decir) ser muy cortante con alguien que había buscado su apoyo, hasta viejas heridas sin sanar, como un pobre señor de avanzada edad quien no podía recordar la voz de su esposa fallecida hace años y reproducía distintos recuerdos una y otra vez con voces distintas partiendo de los labios de su amada, encontré suficientes aperitivos con los que saciar mi apetito descuidado. Incluso me permití pecar de golosa y aprovechar obras que podría haber conservado para más adelante sin ningún problema.

Publicado la semana 81. 18/07/2021
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