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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 11)

Todavía saboreo las emociones que surgieron en mí en aquella lejana noche. Todo lo que se encontraba allí; las motos, las botellas, la garita, las vías, los arbustos, absolutamente todo, me trae hermosos recuerdos de aquellos que hacen que llores en agonía al notar el contraste con el mundo que yace ahora mismo frente a ti. La luna que iluminaba el cielo bajo el cual disfruté de los males de Agustín fue un faro brillante que pronto volvería a perder de vista. 

Sin embargo, antes de hacerlo, pude ver una última vez como ahora se extendía un pequeño muelle en el sitio donde los fantasmas que atormentan al pobre joven se habían reunido. Todavía seguían allí, ahora tomados de la mano sobre el borde de las tablas de madera, con sus pies colgando unos pocos centímetros sobre el agua de una laguna extensa. Juampi apoyaba su cabeza sobre el hombro de Agus y este plantaba tiernos besos entre sus pelos. Estaban en mallas, recién salidos del agua, secándose ante el pesado sol que reina después del almuerzo en el verano. 

Disfrutaban de la vista y el silencio, permitiéndose encontrar en la mera presencia del otro todo aquello que podían llegar a desear. Se habían perdido en su celebración del momento que reinaba, del contacto entre ellos y de la calidez que su cariño les proveía. Ambos trascendían el flujo de los segundos, habitando así un infinito presente. 

-Agus - dijo Juampi mientras se acomodaba para ver de frente a su compañero. -¿Te puedo decir algo? - 

-¿Pasó algo? - respondió Agustín, sorprendido y algo asustado, pensando en las mil y una cosas que le podrían revelar en aquella situación sobrecogedora. Apoyó su mano sobre una de las de Juampi. 

-Nada grave - dijo, e irrumpió en una pequeña risa causada por la cariñosa preocupación. -Solo quería que supieras que sos el chico más lindo del mundo - y lo miró a los ojos. 

Agustín tomó su mentón con una mano, acercando esos labios que tanto amaba hacia los propios. 

-Dejá de mentir - y dejó a Juampi sentir su aliento sobre su cara. -Si el más lindo sos vos - y, antes de que le pudieran retrucar, lo besó, primero juguetonamente y luego con pasión. Marcó así la laguna en su memoria como el punto cúlmine de las vacaciones que decidieron vivir juntos. 

Si los recuerdos tuvieran una portada estilo libro o disco que música, una imagen que transmita los elementos principales de todo aquello que atraviesa nuestras vidas en aquellos momentos pasados en formas que las meras palabras, presas de nuestra sesgada y limitada razón, no podrán jamás, sería este beso sobre el muelle la mejor representación de lo que fue mi etapa dorada en Laguna Azul.

El beso, acto pasional tan bello, sucedió en medio del mortal verano. Mortal no por sus temperaturas endemoniadas, mosquitos insufribles y realidad inescapable, sino porque las bellezas que también trae consigo morirán todas sin excepción a medida que avanza el año y las temperaturas comienzan a disminuir. 

Podrán suponer que estas retornarán una vez nuestro hemisferio vuelva a mostrar su cara hacia el sol, pero ¿este no es el caso para todo lo que esta estación nos regala. ¿Qué sucede con amores como el de Juampi y Agus? Son demasiadas las historias románticas aniquiladas cruelmente con el enfriar del clima, al igual que las bonanzas de este pueblo no son, lastimosamente, inagotables. 

Por suerte, todavía existen razones para alegrarnos, pues mientras los labios sigan juntos, el resto del mundo dejará de moverse. Al igual que en una fotografía, el universo entero se transforma súbitamente en sistema en perfecto equilibrio, congelado para toda la eternidad. Pero también es esta propiedad engañosa, ya que cuando se besa a alguien el tiempo corre paralelamente al acto sin importar cuanto nos aislemos de todo medio externo, al igual que una fotografía solo congela aquello que pertenece a ella. Mientras nuestras versiones pasadas habitan en la infinidad, nosotres nos vemos forzades a vivir y observar como nuestros alrededores continúan su constante marcha.

No queda entonces de aquella muestra de amor junto a la laguna más que un momento ideal que no podremos mantener a nuestro alcance, ni de aquella bienvenida a nuevas posibilidades para mi voyeurismo más que un gusto que se ha disipado hasta volverse imperceptible. Aún así, este este tenue placer es la única luz que se abre paso en la penumbra que se ha sumido sobre mi.

Porque Laguna Azul es un pueblo donde me fue increíblemente fácil determinar numerosas presas con proyecciones las cuales disfrutar, y los rumores pronunciados en juntadas de viejas amigas entre el mate y las masitas dulces prometían proporcionar nuevas pistas que seguir si alguna vez llegaba a encontrarme perdida en un nuevo desierto. Pero un pueblo no deja de ser pueblo, y un infierno grande no es apetecible si se encuentra repleto por pecadores de la misma casta. 

Así es que por un tiempo me encontré perdida en el espejismo de vivir una especie de luna de miel en la que disfruté de todas las culpas, engaños, estafas y secretos que pesan en el alma pueblerina. Sobre todo me vi encantada por la volatilidad que muestran en comunidades chicas las cargas que serían incluso cotidianas para les habitantes de las ciudades. ¡Bien que supe disfrutar de todo aquello! Agoté de forma definitiva toda bonanza a la que accedí, devorando todo mal en una búsqueda para dar fin a mi hambre. Recuerdo vívidamente aquellos sucesos que ahora siento tan fugaces.

Comencé a devorar todo lo que se cruzó en mi camino, todo lo que encontré al final de aquel sendero marcado por pobres migajas, toda presa ví caminar al alcance de mis garras, todo para saborear nuevamente drama como aquel con que la pareja del muelle me había maravillado.

No tardé en descubrir cómo una controversia puede hacer estragos aquí, ya que una llama, por más pequeña que fuera, es suficiente para encender el combustible que riega las interacciones entre todes, y el constante cruce entre gente envuelta en el incendio caótico no hace más que exacerbar la explosividad cuando lo que todavía no se ha encendido entra en contacto con la fuente de calor. Me convencí de que debía de rastrear todo suceso de tales características lo antes posible, no podía dejar que un solo segundo de aquellas controversias escapara de mi consumo.

Por ende, comencé a tomar parte de los rituales locales con la esperanza de que aquellas reuniones y situaciones no solo congregaran a las personas de la zona, sino que también a les fantasmas de sus exquisitos pesares. Esto significó que, inevitablemente, iba a llegar el momento de atender a misa y descubrir cómo les concurrentes defenestran aquella supuesta puridad con las escenas que sus compañeres translúcidos reproducen al recordar los pecados cometidos. Paralelamente a ello, las manecillas mantenían su invariante recorrido y los labios, antes firmemente unidos, amenazaban con separarse. No había tiempo que perder.

La iglesia se encuentra frente a la Plaza Sarmiento y llama inmediatamente la atención de quien camina por allí, pues la aguja que nacía de la nave principal la convertía en el edificio más alto de Laguna Azul. Tiene un único vitral que descansaba sobre la entrada y mostraba la figura de la Virgen arropando al Niño Jesús. Para ser sincera, no se diferencia mucho de cualquier otra parroquia perdida entre las pampas ni tiene su arquitectura nada importante que mencionar. Es una iglesia de pueblo, eso da a entender todo. 

El fin de semana era cuando puede verse en ella la mayor cantidad de fieles reunidos para escuchar las palabras del cura y tomar parte en la eucaristía. Todes bien arreglades, utilizando las apariencias para engañar al prójimo y proyectar la imagen de une creyente firme de les valores que en aquel edificio se celebraban. En cambio, de lunes a viernes son solo unes poques quienes la visitaban con regularidad, y no lo hacían regides bajo las mismas expectativas visuales que se propagan sábados y domingos. 

Publicado la semana 78. 27/06/2021
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