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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 10)

Estaba lejos de él, pero podría haber jurado que podía oler el humo como si él fumase junto a mí, descargando la humareda directamente sobre mi. De igual forma, podremos ser personas completamente desconocidas, pero en ese preciso instante me sentí increíblemente cercana a Agustín, quien con sus penas me transportaba con ternura hacia un nuevo mundo milagroso. 

Habían pasado ya años de sequía atosigante que transformaron mi sentir en un inhóspito desierto inacabable donde los inusuales oasis no eran más que un lecho despojado de toda humedad, donde la grietas entre la tierra se extendían hasta la vegetación muerta que lo rodeaba. Luego de aquel cataclismo, no era yo más que una peregrina entre las dunas de arena exasperantemente vacía. El gigantesco sol que acechaba desde el cielo debía de expedir la más mortífera de las temperaturas y cada grano que yacía debajo de él debía de ser una hornalla al rojo vivo, algo que aliviara la travesía entre el olvido donde ya había perdido yo demasiadas sensaciones. 

Pero no. Nada en aquel lugar interactuaba con mis nervios. Habría jurado que las plantas de mis pies descalzos jamás habían dado un solo paso y que nunca ví una gota de sudor en mi vida. Que mi piel todavía no había tenido la chance de que le presentaran a las llamas nacientes del carruaje que recorre los cielos y que la sequedad fuera una anomalía completamente desconocida. Recorría aquel infierno profundamente sedada.

Fue entonces que, llegando a la cima de la duna más aburrida, aquella que se encontraba por encima de todas sus vecinas, vi una muralla de agua tan alta que parecía poner en peligro la existencia de aquel sol maldito. Avanzaba a una velocidad inconcebible, siendo que podía percibir su avance únicamente por las dunas que devoraba al frente mío, pues su tamaño se mantenía incomprensiblemente infinito sin importar lo lejos que se encontrara. Entonces sentí como dos suaves brisas chocaron a la vez mi espalda y mi pecho, cada una cargada de aire fresco que erizó mi piel.

¡Por fín algo distinto se aventuraba en aquel limbo de pesadilla! Aquellos vientos milagrosos restregaron su placentero frío contra mí, calando hasta mis huesos y reviviendo cada putrefacta célula de mi cuerpo. Feliz fue además de concluir que, como eran dos, debía de haber algo fuera de mi vista que produjese la corriente que sentía golpear detrás mío, algo que esperaba fuera igual de mágico. 

Dí media vuelta para encontrarme con una segunda pared, igual de cautivante, que avanzaba en un irremediable curso de colisión con su par. Cautivada todavía por la corriente de alegría que me atravesaba, supe que el punto donde aquel acontecimiento se desarrollaría era el mismo lugar donde los granos de arena se aplanaban bajo mis pies. Me vi convertida en una suerte de Moisés a la inversa que en lugar de separar los océanos debe de escapar mediante el colapso de todo el peso de aquellas masas de agua sobre su propio cuerpo. Debía de aceptar que las feroces fuerzas que allí se dieran fueran el maná que tanta esperanza le brindaron en su larga caminata. 

Estiré mis brazos para recibir con vehemencia a las Sonias que me permitirían abandonar finalmente aquella prisión inquebrantable que yacía en mi interior, sintiendo ya las suaves caricias de un porvenir que parecía capaz de traerme nada más que bondades, incluso siendo este consecuencia de tan destructivo acto. 

Me dejé caer de rodillas, mostrándome frágil e indefensa, expectante por aquello por lo que tanto había esperado. Tantas noches de insufrible vagar entre estáticas horas, tantas caminatas que habían concluido en cacerías destinadas invariablemente a la decepción y ahora por fin esperaba recibir la panacea con la que tanto soñaba. Todo, absolutamente todo lo que me mantenía encadenada en la insulsa existencia del desierto sería ahora obliterado por la furia de dos mares inacabables adentrándose en una batalla que ocurriría sobre mí. 

Entonces se libraron sus inimaginables fuerzas sin piedad alguna y tomando  forma de los besos, las lágrimas y el  humo que transitaban por la mente de Agustín a medida que el agua tomaba por completo el cruel desierto. Me vi iniciada finalmente en esta nueva etapa de mi vida en lo que fue una noche para el recuerdo eterno. 

Pasé horas apoyada contra aquel viejo pilar, tomando cada imagen impregnada en dolor y disfrutando de ver en ella tan sabrosa angustia. Aquellos males me emborracharon más que el alcohol a les jóvenes a quienes pertenecían y llegado un punto había perdido toda capacidad de mantener una línea de pensamiento racional, salvo que esta fuera derivada del deseo por saber más acerca del dilema que cortaba dolorosamente a través del sufrido corazón. 

Perdí conciencia del tiempo y disfruté de mi banquete al compás de las estrellas que avanzaban lentamente sobre el oscuro cielo rural. Fueron unas cuantas horas que pasaron en un solo instante, y aún así se sintieron como una eternidad. La última cena en desasosiego y la primera en en retomada pasíon, así como también en la primera del futuro delirio y la primera de la desgastante recaída. 

Fue una conjunción única de situaciones que convirtieron a aquella corta estadía contra las vías en un evento que no dudaría en celebrar como el absoluto pináculo de mi vida. Aquel espectáculo fue la calma luego y antes de la tormenta, la confabulación de todo aquello necesitaba para enloquecerme en una súbita descarga de entusiasmo y la razón por la que ahora retomo estos caminos que me han traído a la tortura que nuevamente gobierna mi presente, pero ahí ya me veo divagando por rutas que todavía debo de evitar.

Lo cierto es que al sentarme sobre aquel suelo cubierto en piedras, detrás de aquellos arbustos que me protegían con su foliaje y con los ojos fijos sobre los males que habitaban entre les reunides había decidido involuntariamente el camino que recorrería durante los siguientes meses. Fue en la cima más alta que ha formado mi júbilo que termine de sellar el devenir que me esperaba.

Noté entonces que volvía a llegar el humo del tabaco hasta mí. El recepcionista disfrazado de vendedor disfrazado de diablo encendió un cigarrillo, y me ofreció a la vez otro. Lo acepté con gusto y nos quedamos allí sentados disfrutando del momento que nos unía irremediablemente, compartiendo bocanadas familiares a las que culminaron con mi peregrinación hasta las calmas calles de Laguna Azul. 

¡Qué noche!

Publicado la semana 76. 13/06/2021
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