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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 8)

Fueron las cuadras que atravesé en aquel punto perdido entre las llanuras un bioma mucho más exuberante que la tóxica ciudad en la que la podredumbre pasiva era síntoma general de su corrosividad. Todo ser que residía en tal fascinante lugar me invitaba a revolcarme en su sufrimiento a carne viva, eran las pocas personas que se paseaban a esa hora un banquete mucho más satisfactorio que las míseras sobras con las que había aprendido a conformarme en mi vida anterior, rodeada por irrompibles torres de cristal. 

Caminaba en completa ignorancia de las baldosas debajo mío, perdida en cada infinito mundo que se cruzaba frente a mí. Me aferraba a conversaciones banales que rápidamente descendían en ataques de una naturaleza mucho más suculenta, en la más vil de las campañas de desprestigio contra cualquiera fuera le habitante merecedore de que se le dirigieran blasfemias tan sabrosas. Mis labios eran una represa que contenía un lago de saliva que crecía con cada rumor que circulaba entre las bocas locales.

El camino que seguía había pasado a un segundo plano de importancia, nada me importaba si terminaba en el recoveco más alejado del hotel donde me hospedaría. Debía de disfrutar, ahora que podía, de los manjares que se me habían prohibido. Alejar mi concentración de aquellos rincones, incluso cuando cruzase las calles, hubiera sido el peor de los pecados que jamás cometería. 

¡Un milagro hubiera sido verme sorprendida por un automóvil en un sitio como Laguna Azul! Las probabilidades me aseguraban un cruce seguro, ¿para qué preocuparse? Más aún, dado el inaudito caso en que me viera bajo las entrañas metálicas de un vehículo, sucedería tal acto cuando yo estuviera internada irremediablemente en la jungla inexplorada de sabrosas emociones que recién comenzaba a explorar. La felicidad me embriagaba hasta el punto en que nada habría sentido de darse la tragedia, ni aunque quebraran cada hueso de mi cuerpo en innumerables astillas.

Avancé instintivamente a lo largo de las calles mayormente vacías, abandonando rápidamente cada escenario con el que me cruzaba tan pronto como otro se interponía en mi campo visual. No importaba no disfrutar por demasiado tiempo de ellos, esto no era más que un sutil primer bocado, era un pequeño aperitivo que me anunciaba las posibilidades que me esperaban como plato principal. Lo pensé como cuando se hunde un pie en el agua de una pileta para comprobar su temperatura, o tal vez la pierna entera. Quizá me deje caer en el agua, deseosa de hundirme en ella en medio de un día caluroso. 

Una plaga de rencores, secretos y temores había tomado las calles del pueblo. Es en aquellas comunas tan pequeñas dónde la malicia del que dirán nos entrega sus mejores frutos. Por unos segundos miré hacia atrás, hacia aquel pequeño local de Millenium Travel, hacia aquel misterioso hombre de traje oscuro y corbata azul, hacia el humo milagroso de su cigarrillo que desencadenó mi viaje hacia las inmediaciones de lo fantástico. 

Ahora veía en su lugar un edificio de dos plantas con claras marcas de humedad sobre la pintura blanca de su fachada- Al frente, sobre la vereda, un pequeño patio descuidado con pasto abandonado a crecer y flores secas daba bienvenida a les huéspedes. Encima de la puerta doble de vidrio descansaba el nombre del Hotel Vergara, aunque algune pícare había robado las dos últimas letras. Entré y anuncié mi llegada a la recepción, donde un joven de aspecto familiar me entregó la llave de mi habitación. 

Aproveché el momento en que estiró su brazo para hacerlo para estudiarle de abajo a arriba en todo el detalle que me permitía un único vistazo. Quizá era el hecho de haber sido invadida por la imagen del comerciante que me convenció de emprender mi travesía hace no más de unos segundos, pero habría jurado que se encontraba nuevamente ante mí, guiando ahora mi estadía en aquel hotel, en aquel pueblo. 

En fin, había viajado por muchas horas para luego sobresaltarme con las figuras que allí se presentaban, transmitidas directo desde el subconsciente de las personas. Era completamente lógico culpar a aquella similitud a la memoria que falla cuando la mente está cansada o a una mera confusión producto del inusual estado de júbilo en el que me había adentrado de forma tan grata. 

Aún así, el cretino tuvo la malicia de dibujar con la comisura de sus labios una leve pendiente que convergió en una desafiante sonrisa. Aquel ser maligno me revolvió el estómago y mi cara reflejó claramente lo estupefacta que quedé luego de presenciar tal atrevimiento. Nuevamente, también podía ser únicamente mi particular estado físico-emocional del momento.No había duda alguna de que necesitaba un descanso.

Así fue como, luego de instalarme en la habitación correspondiente comenzaron las semanas más felices de esta pestilente vida. 

Nunca olvidaré la primera instancia de dulce calvario de la que fui testigo. Luego de haber dormido una merecida siesta hasta entrada la tarde, me dirigí hacia la Plaza Sarmiento a elegir rumbo para aquella noche. Esperé de pie junto al hito, sitio que me brindaba buena vista de la vida que se desarrollaba en los alrededores del lugar. No me hizo falta aguardar demasiado tiempo, pues, luego de menos de un minuto allí, vi como una caravana de cuatro motos avanzó velozmente a lo largo de la calle lateral a la iglesia.

Llamada por la posibilidad de encontrarme con algún sitio que los jóvenes del lugar buscaran a la hora de encaravanarse, y el amplio mundo de bizarras problemáticas adolescentes a las que tal paraíso podía exponerme, decidí avanzar por el mismo camino que describieron. Laguna Azul no era el mayor de los asentamientos, así que supuse que me guiaría por instinto, un poco por lo que mi intuición dictara y otro poco por el volumen de la música que alcanzara a escuchar.

La noche se imponía rápidamente en invierno, y ya había comenzado su campaña por la completa posesión de las veredas bañadas por la anaranjada luz del atardecer. Por las ventanas de caserones antiguos podían verse luces e incluso llegué a presenciar una temprana cena familiar a través de una reja. Me había cruzado con una tentadora oportunidad con la cual iniciarme de manera oficial en mi renovado pasatiempo, una señora mayor sentada en una reposera sobre la vereda, con una mesita al lado y sobre ella un platito con migajas, un mate y un termo. Sentí que aquella imagen me llamaba a gritos, rogándome por que me ubicara a una moderada distancia desde la cual espiar los males que atormentaban aquella soledad. 

Sin embargo, terminé recapacitando. La escena era claramente parte de un acto rutinario, podría visitar a la señora y nutrirme en sus introspecciones cualquier otro día que se repitiese. En cambio, quizá debido a una ingenuidad que desconocía como propia, no me parecía tan común presenciar aquel movimiento de chiques encaravanados en medio de la semana y siendo todavía tan temprano. Además, con la luna ya en alta y dominante sobre los demás astros del firmamento, no habría sido aquella una sesión de duración satisfactoria. 

Pasada ya una una media hora, seguí avanzando, calle tras calle, cruce tras cruce, cuestionando mi juicio, reprochándome el hecho de no haberme contentado con la presa que se me había entregado en bandeja de plata. Caminé hasta el límite del pueblo con el campo, sin encontrar la menor señal que me guiara hacia el paradero de les motociclistas endiablades que habían cautivado mi atención. Contemplé en silencio la ruta por la que había viajado durante la mañana, parada en medio de las vías de tren que en ese punto corrían paralelas al asfalto. Había desperdiciado mi primer noche rodeada por la magia que solucionaría la insoportable carga que me eran la falta continua de interés por otra actividad y la nula gratificación que obtendría de este extraño hobbie en cualquier sitio de este mundo salvo Laguna Azul. Quizá encontrara algún avistamiento que atrape mi curiosidad en el camino de vuelta. 

Entonces, en el único acto cargado de genuina fortuna milagrosa que puedo recordar haber presenciado alguna vez, decidí enfocar mi mirada en los rieles que dormían debajo mío, esperando ver cómo se alejaban hacia la profunda oscuridad que dominaba los cultivos aledaños al pueblo. Para mi grata sorpresa, me encontré con una garita iluminada bajo las luces altas de cuatro motocicletas que rodeaban su entrada. Estaba una cuadra más abajo, pero podía verse claramente las figuras humanas que pasaban de mano en mano una botella y expulsaban contagiosas carcajadas entre  los pastizales que se asentaron en los antiguos dominios del tren. Mejor aún, detrás de la estructura, frente a las viejas durmientes de quebracho, podían observarse dos de las azules auras que cautivaron mi sentir desde el primer instante que fui consciente de su existencia. 

Caminé con cuidado hacia el sitio donde se reunían, observando los alrededores con el fin de encontrar algún buen escondite desde el cual presenciar la escena. Un pilar donde hace unos años debe de haberse apoyado una barrera me pareció ideal. Estaba un poco más allá del área que iluminaban las motos y entre un grupo de arbustos que me proveía de mayor protección. Acomodé mi espalda contra la madera incrustada en la tierra y me predispuse a disfrutar de la función.

Al igual que yo, elles se encontraban sentades sobre las pequeñas piedras que componían el suelo cercano a las vías. Transitaban entre cargadas y anécdotas que inevitablemente terminaban desencadenando risas.

-¡Defendela a tu mejor amiga! - dijo irónicamente uno.

-Hmmm… - respondió el que estaba a su lado con un rostro que se clamaba no enterado de la frase dicha. 

Al parecer dicha supuesta amiga no era particularmente apreciada por aquel grupo. El acusado pasó a tomar un largo sorbo de una lata que había apoyado junto a sus piernas. 

-¿Se acuerdan cuando la Valen salió a gritarnos cuando había roto hace poco con el novio? - continuó una chica que estaba apoyada contra una de las motos. - ¡Que nos habíamos reído de algo cuando la Ro estaba en el aula! Y cuando salió, la Valen comenzó a decirnos que ella sabía de qué nos reíamos ¿Vos estaban ahí Juampi, o no? - se dirigió una de las chicas hacia el chico que en ese momento sostenía la botella entre sus dedos. Si mal no recuerdo, a medida que me acercaba pude escuchar que se llamaba Flor.

Juampi se sorprendió de escuchar su nombre. Había estado enredado en sus propios pensamientos desde el primer momento en que pude enfocar claramente a les conformantes de la reunión.

-Ehh… creo que sí. Pero, tipo, sucedieron como una bocha de cosas más o menos parecidas - mencionó.

¿Acaso era él el dueño del recuerdo proyectado detrás de la pequeña estructura?

-Mal - recalcó el anteriormente acusado, -En sexto no hicimos más que gastarla. -

Tan rápido como su palabra dejó de ser requerida, Juampi se retrajo, su mirada abandonando nuevamente el plano en el que cual se estaba desarrollando la conversación. Sin embargo, existía algo en que sus ojos se enfocaron, no estaban completamente exemptos del mundo material, pues estos se perdían sobre alguien en particular. Al frente suyo, recostado contra la puerta de chapa oxidada de la garita, podía verse al dueño del rostro que observaba Juampi. 

¡Qué maravilloso! 

-También es que era insoportable, guaso -respondió este particular personaje. -El novio también. El chabón me buscó una vez que fuimos a lo de la Clari, que la Ro le había dicho que la molestabamos en el colegio, que se yo. -

La sonrisa que iluminaba el rostro de Juampi era imperdible. Faltaba que suspirara con las palabras que salían de la boca de su amado para cerrar con la toma salida de una telenovela jamás hecha. Pero, en los mismos ojos con los que lo espiaba, podía verse de a momentos una pizca de preocupación que claramente buscaba obviar.

Estuve a punto de intentar entrever las razones detrás de aquella angustia, aquella que se colaba tímidamente, por medio de la deducción de las pruebas que allí se me presentaban. Es difícil deshacerse de las costumbres. Por suerte las dos figuras junto a las vías eran bastante difíciles de obviar. 

Una vez me enfoque en ella me fue imposible no reconocer a quienes representaban.

-Agus…- suspiraba el fantasma de Juampi, apretado contra la pared y con los brazos rodeado del cuello de su amante, jugando con los rulos que caían sobre sus dedos.

La tenue luz azul que provenía de ellos añadía a la hermosura de la escena. Dos chicos besándose sobre las piedras teñidas en aquella luz fantasmagórica, entregados a una pasión que, salvo su propietario, solo yo podía ver y oír, encerrándose en un intenso amor bajo la asentada noche, deseándose bajo la luz de miles de estrellas que jamás habría visto perdida en medio de la ciudad que consumió mi alma. 

No pude ni puedo negar la belleza de aquello que presencié, pero era finalmente drama lo que verdaderamente conducía mi sed por los pensamientos, monólogos y preocupaciones de mis víctimas. El amor es para mi bello únicamente en la medida del dolor que puede causar. 

-¿Ahí no fue dónde la conociste a la Martu? - preguntó Flor luego de encenderse un cigarrillo. 

-Si, fue justo después de eso, en el patio - le respondió Agustín. La botella lo había alcanzado en su andar de mano en mano.

Al escuchar aquello, el rostro de Juampi se arrugó, sus cejas arqueadas en un súbito dolor. Se contrajo, volviendo su vista hacia el suelo, abandonando la imagen de aquel con quien quería estar. 

Feliz de ver como la emocionalidad del director viraba hacia territorios donde es la tristeza la emoción reinante, centré mi atención en los fantasmas que hasta hace unos segundos consumaban su amor en secreto.

Publicado la semana 74. 30/05/2021
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