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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 7)

Debo haber parecido una desquiciada. Estaba poseída por una alegría profunda en extremo contrastante con meses de insulso divagar y mis ojos desorbitados de la emoción hubieran sido leídos como un claro llamado al inicio de un exorcismo. Increíble, realmente, pero me encontraba allí.

Tan pronto como pude controlar mi expresiva mi dicha y terminé de leer el nombre del pueblo donde me encontraba, me dí vuelta para poder observar a la chica que tanto me había llamado la atención durante el trayecto. Habiendo ya despertado, la ví pensativa, con la mirada hacia la nada y los dedos de sus manos entrecruzados y apoyados sobre su falda. Junto a ella se alzaba una puerta, y sentada en los escalones debajo estaba también aquella joven, llorando su alma entera a través de sus párpados, con la misma mochila que sostenía entre sus piernas, pero vestida con otra ropa.

Sostenía su celular y llamaba sin parar a un número que le llevaba siempre al contestador. Por su cara caían torrentes de lágrimas y su situación era incluso descorazonadora, pero solo podía verla llamar de nuevo y disfrutar de lo que veía.  

Luego de intentar varias veces, de caer en un llanto más fuerte aún y recaer en un último intento fútil, se levantó y subió para golpear la puerta con desesperación. Sacó una llave de la mochila e intentó inútilmente abrirla una y otra vez. Luego cayó vencida al suelo.

Escondió la morena piel de su rostro entre sus manos por unos segundos hasta que pudo contener sus impulsos por volver a intentar. A intentar suerte golpeando la puerta, a intentar que quien se mantenía alejade del otro extremo de la llamada apareciera. En cambio, hizo un gesto con el dedo sobre la pantalla para bajar entre lo que supongo era la lista de contactos. Se detuvo con el pulgar en alto, todavía decidiendo si debía o no de hacerlo. 

Llamó nuevamente, pero esta vez la atendieron. No se pudo escuchar muy bien que dijo la persona del otro lado de la línea, pero podía verse de forma clara que su voz tranquilizó a la chica desesperada.

-Ma... - dijo con voz quebrada.

Entonces, el ruido del motor del colectivo llenó mis oídos, obligándome a bajar rápidamente de allí. Choqué a la chica, absorbiendola de aquel estado catatónico a la vez que pedía disculpas por hacerlo, justificando que debía bajar de allí. Avancé entre las filas y le grité al conductor para que me esperara. Una vez llegué a la puerta, también le rogué porque volviese a abrir la bodega para tomar mi valija.

No hubiera necesitado de años de mantener mi extraño hobby para ver en su cara como quería insultarme, por lo menos, en quince idiomas distintos. Pero finalmente se resignó a suspirar y bajar conmigo, como mucho reservando lo que fuera que quisiera decirme a una instancia hipotética.

Mientras lo hacíamos, dediqué un último vistazo a mi vecina de asiento. Estaba revisando su celular, quizá confirmando algo de aquello que habló con su madre en aquella memoria interrumpida. No hubo emoción que pudiera estudiar en aquel instante que diera una debido conclusión a los encapsulantes eventos que habían transcurrido en la vida de la chica, pero no tuve otra opción más que resignar una última historia inconclusa y avanzar hacia el mar de certezas que me esperaba. Le dije adiós sin realmente decirlo y abandoné a mi primer vistazo en aquel fantástico mundo que comenzaba a envolverme.

Bajé para encontrarme con un mediodía de invierno. Hacía suficiente frío para que sacara de mi bolso de mano un abrigo, pero el sol radiante también acariciaba mi piel con ternura, añadiendo a la dulzura de encontrarme en el sitio de mis sueños, en las calles que, esperaba, saciarían mis pasiones. 

Me dejé llevar por aquellos pequeños placeres que me acompañarían de ahí en adelante, pero no pude perderme mucho tiempo en aquel disfrute. Ante mí se alzó como un espejismo una figura que me transportó abruptamente hacia los efectos más surreales de la naturaleza encantadora del lugar.

Ahí estaba yo, mi exacta imagen, en perfecta representación visual. Noté que me veía cansada incluso luego de haber dormido buena parte del trayecto. Aún así no noté esto una vez me detuve a pensar si realmente se sentía en aquel estado, probablemente por la emoción que me generaba todo lo que estaba viendo. 

Al frente de mi translúcida clon estaba sentado el propio del conductor. Era la misma escena de hace unos momentos, apenas acababa de pedirle si podía abrir la bodega. Me miraba desafiante  y con superioridad y yo le respondía con una cara que transmitía impotencia.

-No - dijo fulminante, con voz ronca e impregnada de descargo.

Las facciones de mi fantasma se arquearon en amargura, preparándose para demandar nuevamente que me alcanzara mis posesiones. Comencé a gesticular un gesto con mi brazo.

-Si te tenés que bajar acá, hacelo ¿Qué me importa a mí que una mina se haya distraído demasiado? 

Pude ver como mis labios se abrieron en un intento por retrucar la actitud del hombre que la enfrentaba. Pero no le permitieron siquiera ganar aliento para decir una solo palabra.

-Esto es un colectivo y estabas despierta ¿Cómo hacés para no darte cuenta que te tenías que bajar? - me dirigió con voz condenatoria. -Vengo manejando hace horas y quiero terminar ya con la ruta ¡Que si puedo pasarle sus cosas! Andá a hacerte…-

-Acá tenés - el verdadero conductor me pasó la valija, interrumpiendo su añorada descarga.

Le agradecí, pidiendo disculpas además por la inconveniencia.

-No pasa nada, estamos para servirle - pronunció entre dientes, llevándose la rabia dirigida hacia mí y mi distracción consigo.

Se subió nuevamente al ómnibus y cerró la puerta. Unos momentos después, arrancó y partió, abandonandome a mi suerte en aquella lejana tierra, en Laguna Azul, un País de Oz criado a criollitos y mate aguado.

Bastaba un vistazo fugaz para percatarse de que aquel era el asentamiento más importante de la zona. Ante nada, sus calles no consistían únicamente de caminos de tierra perpendiculares a la ruta. La calle de la terminal era periférica, pero esto no implicaba que no hubiese allí un ecosistema infinitamente más complejo que los que había presenciado en mi viaje. 

Cruzando la calle había un hotel rodeado por unos pocos negocios. Alrededor de ellos se alzaba un barrio residencial. Las casas eran relativamente nuevas, al igual que la estación, y podían verse unes cuantes peatones cargando con bolsas a lo largo de las cuadras. Ningune era acompañade por monólogos internos ni expediciones al pasado, el mediodía trae consigo el hambre del almuerzo y esto distrae de las introspecciones tan deleitantes. 

Me dirigí hacia la Plaza Sarmiento, la principal de la ciudad. Cerca de allí estaba el hotel que incluía el paquete de Millenium Travel y en el que planeaba quedarme hasta que la tarde traiga consigo más movimiento, más gente transitando sus calles y, con suerte, más fantasmas a los cuales presenciar. 

La plaza en sí era bastante pintoresca. Un gran ombú levantaba las baldosas de una de sus esquinas y se levantaba sobre los demás árboles que lo acompañaban, un aguaribay y otros que no pude reconocer. En su centro, más que una estatua al prócer que le daba su nombre al lugar, había un hito del Instituto Militar Argentino, una placa circular de metal que leía la altura sobre el nivel del mar a la que se encontraba. 

El lugar estaba rodeado por comercios varios, el edificio de la municipalidad y la parroquia local, todos lugares donde podía sacar futuro provecho de sus visitantes, quienes acarrearían consigo chismes, sino ira o confesiones. Todos ellos prometían ser fuentes importantes de oportunidades voyeurísticas.

Publicado la semana 73. 23/05/2021
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