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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 6)

Fue esa instancia de sueño la primera en la que pude dormir plenamente en más días de los que puedo y me atrevo a recordar. Me interné en un profundo descanso ininterrumpido hasta extraviarme en su inactivo comfort. No soñé ni fantaseé. No imaginé ni recordé. Por extensas horas existí en una cómoda inconsciencia milagrosa. 

Desperté, entonces, cuando mi estadía ese mundo deshabitado, despojado de toda presencia material, se vió interrumpido por una extraña inseguridad que logró filtrarse. De pronto sentí como decenas de ojos bailaban alrededor mío, en trayectorias extrañas para provenir de personas sentadas. Aunque mis párpados continuaban sellados, podía asegurar que de pronto podía contar con la presencia espontánea de gente que hace unos segundos no se encontraba allí. 

No me inmuté demasiado, era lógico que podían haber subido nueves pasajeres en los pueblos que habíamos atravesado en las últimas horas. No valía la pena perder el sueño por un mero escalofrío, más bien decidí dirigir mi enfoque a acomodarme dentro de mis limitaciones espaciales. Resulta que, luego de haber pasado tanto tiempo en aquella desfavorable posición, mi cuello no podía ser otra cosa que un palpitante dolor agudo, y este me atacó sin tregua alguna tan rápido como me ví de vuelta en el colectivo. 

Intenté hacerme masajes, pero cada vez que mis dedos se hundían en mi piel mis nervios se encendían en una descarga molesta que terminó por vencerme unos cuantos segundos luego de haber comenzado aquellos pobres intentos por relajarme. Me recindí, pues reconocí iba a ser imposible desconocer tal amarga molestia, decidí separar mi cabeza de la ventana y acomodarme en una posición que fuera más amable con mis vértebras. Giré sobre mi misma para apoyarme contra el respaldo de mi asiento, pero mis intentos por volver al inmaculado estado del cual había sido cruelmente abducida se vieron nuevamente interrumpidos.

Junto a mí sollozaba alguien. Podían escucharse gemidos entrecortados por largas bocanadas de aire que buscaban recuperar las fuerzas perdidas con el llanto y la angustia. 

No se me ocurrió otra cosa que aparentar que dormía y así esperar, quizá cuando pasaran unos minutos se calmaría la persona que lloraba. También tenía esperanza de que algune otre se levantara a darle algún tipo de contención. 

No fue así.

¿Era imposible que nadie más se percatara de lo que sucedía? ¿Acaso éramos todes unes desgraciades que no ayudarían a quien llora desconsoladamente?

Pero eso no fue todo lo que llamó mi atención, ya que la situación resultó ser mucho más compleja de lo que me pareció en un principio. A lo lejos, casi sobre las filas de atrás, podía escucharse el separar de labios unidos intensamente. Una clara muestra de pasión imposible de obviar. También, desde el extremo contrario, me alcanzó una bienvenida de esas que un cálido hogar le brinda a alguien cuando el reencuentro es victorioso sobre la eterna separación. Más lejos aún, pude incluso llegar a entrever las notas provenientes de un piano tocado con dulzura y decepcionante temor. La confusión que en mí se sumió no podrá jamás ser sobredimensionada.

Aún así no levanté mi vista, a pesar de que deseaba hacerlo con maniática curiosidad, pues en mi desconcertante despertar no pude más que asumir que aquello era un sueño. Peor aún, la imagen que en pocos segundos había construido del carnaval que ocurría en los confines de un vehículo era tan bella que no podría haber soportado los efectos de su fatal disrupción en un mortal abrir y cerrar de ojos. 

El continuar del llanto desgarrante, la pasión a flor de piel, la alegre recepción y el sentimentalismo hipnotizante de la música eran imposibles fuera del ámbito imaginativo. De ser tal cuadro afín a la realidad, me habría encontrado envuelta en un acuerdo implícito entre todes quienes viajábamos en pos de permitir el desarrollo de tan maravillosa comparsa. Las ideas del colectivismo anarquista puestas en pleno funcionamiento con el noble fin de mantener vivo tan enriquecedor espectáculo. Bello pensamiento, vale establecer. Esto encendió una chispa de idealismo dentro mío, que no tardó en esparcir su fervor al resto de la acción, quizá tentándome a experimentar con la idea de que aquello fuera una manifestación material que ocurría al frente mío.

Pero una supuesta lógica racional todavía rellenaba mis oídos con cera, una lógica la cual fue necesaria superar. Los sentimientos allí expuestos colaboraban en una sinfonía exquisita cuya inverosimilitud incomprobable era clave en su disfrute, por ende, fuera cual fuera la naturaleza del fenómeno, nacida de mi imaginario o actuada en el pequeño teatro de lo real, la única decisión sensible que podría haberse tomado era la de perseverar en mis intentos por evitar la verificación de aquella performance magistral y dar cabida al disfrute inescrupuloso de sus efectos en mi sentir. 

¿Por qué permitir que la realidad me decepcione? No habría hecho más que masacrar las emociones que aquel recital remitía en mi, pues sus gracias me serían arrebatadas en el mismo instante que…

Me vi forzada fuera de mi trance por el súbito frenar del colectivo. Por la ventana habría visto que habíamos llegado a una pequeña terminal con dos plataformas. Las nubes habían abandonado su terrible vigilia y el sol del mediodía irradiaba un calor casi tan reconfortante como el frío del vidrio contra mi piel. El abrazo de los rayos se sumó a la fiesta que residía junto a mí, formando en mis labios una imperceptible sonrisa gigantesca a medida que su verdadero carácter se aclaraba.

Envuelta todavía en la armoniosa convergencia de los sentimientos que antes sospechaba ficticios, me encontré catapultada fuera de mi descanso y frente a mí encontré plasmada la panacea con la que soñaba obstinadamente, la misma que consiguió que confiara en aquel extraño hombre de traje, la misma que me empujó fuera de aquel apartamento testigo de mis noches en vela. 

En mi dormir habían llegado a destino la mayor parte de les pasajeres, quedando únicamente cinco en nuestros asientos. Junto a al resto se levantaban figuras fantasmales de una translúcido azul, todes participando en una viva actuación de los deseos y las miserias que a sus mentes atosigan. 

En mi euforia pasé a observar con intenso interés todo aquello que me rodeaba. Toda persona, figura, edificio, letrero. Absolutamente todo. Amor, tristeza, felicidad e inspiración irradiaban sobre mí en dosis imposibles de obtener en las deducciones con las que me contentaba antes. Me encontré en mi propio paraíso personal.

Quizá fue debido al grado de entusiasmo en mí se manifestó, pero no pude evitar pensar en que la terminal en sí resultó ser bastante simple para encontrarse en aquel lugar donde la magia atravesaba todo objeto. Aún así me llamó la atención la frase que se encontraba impresa en un cartel sobre la pared que daba a las plataformas. Escrito en letras blancas y sobrias sobre fondo verde oscuro podía leerse “¡Bienvenidos a Laguna Azul!”. Un poco anticuado, en mi opinión, pero bastó para emocionarme. Acababa de descubrir mi teatro predilecto.

Publicado la semana 71. 09/05/2021
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