18
Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 5)

Lo que siguió a ese caos emocional fue un viaje, bajo perspectiva futura, sospechosamente largo.

En mi retina se reflejaban los paisajes por los que transitaba el colectivo a lo largo de la ruta. Había internalizado el andar del ómnibus hasta el punto en que llegué a considerarlo como un suave hamacar. Las nubes me persiguieron a lo largo de mi travesía y su presencia detrás de los campos sembrados bañó las horas en un tono sombrío. 

Luego de una seguidilla de altibajos, momentos en los que las ansias y las dudas tomaban turnos para guiar mí navío entre las titánicas olas, fijé mi superficial atención en un brillo que danzaba sobre el mástil. El fuego de San Telmo iluminaba mi conciencia entre las gruesas gotas de la tormenta que allí reinaba Con su belleza me hipnotizó y me trasladó a un estado de perfecta ignorancia sobre todo aquello que me rodeaba. 

A la vez que ante mí se desplegaban amplias planicies de tierras húmedas, interrumpidas únicamente por el ocasional rancho o una que otra fila de eucaliptos, una corriente placentera me transportaba lejos de ellas. Me adentraba en un tunel de agradable oscuridad cuyas paredes se tornaban más estrechas a medida que descendía. Me sentí sostenida. En aquella profundidad envolvente, mis ojos podían estar fijos sobre la fría pampa que atravesábamos, pero la única imagen que en mi habitaba era aquella de las cálidas llamas entre la furia oceánica. 

Si alejé mi mirada de la ventana fue para posarla sobre les demás pasajeres. Supuse que el primer efecto que podría tener mi llegada sería la presencia de fantasmas junto a la gente que conmigo viajaba, por lo cual espiaba esporádicamente bajo la esperanza de encontrarme súbitamente con algune de elles.

Junto a mí dormía una chica joven, quizá uno o dos años menor que yo. Me pregunté si se bajaría en mi misma parada o si su destino se encontraba en otro de los tantos pueblos perdidos en medio de aquella desgarradora nada. Se me ocurría que podía estar yendo a visitar a su familia luego de meses estudiando en la gran ciudad. Tampoco llevaba mucho consigo, solo una mochila que daba a entender que la visita iba a ser breve. Bajo estas lecturas era entonces curioso el que haya tomado un colectivo a mitad de la semana laboral, quizá había decidido lanzarse en aquella aventura de improviso. 

Sin embargo, no quise adentrarme en suposiciones. Todo se resolvería si nuestros trayectos compartían fin o, incluso, si ella debía de continuar sin mí. Podría entonces tener el honor de ser la primera presa de mi próximo pasatiempo y sus misterios me serían entregados sin mayor esfuerzo en una conmovedora maravilla visual. Llegado el caso de que me abandonara antes, la curiosidad que ella generó en mí se vería eventualmente reemplazada por las historias detrás de los demás cuerpos allí postrados. Sin importar cual fuera el caso, decidí que no valía la pena amargarme y retorné a mi pacífico estado previo. Volví a desaparecer mientras miraba por la ventana. 

Cada sitio donde parábamos daba la impresión de ser exactamente el mismo donde nos habíamos detenido previamente. En todos ellos la ruta es a la vez la calle principal de la localidad y la poca vida que allí aparece se acumula alrededor del asfalto. Quizá hayan unas calles de tierra que corras perpendiculares por unos cuantos metros, pero no lo suficiente como para que los cultivos no dominen la visión con una desesperante tranquilidad. 

Luego de haber atravesado demasiados lugares con estas características, la monotonía comenzó a engordar mis párpados. Llegado el enésimo pueblo que aparecía en nuestro camino, terminé por desestimar mis intenciones previas de recibir al fenómeno supernatural por el cual viajaba en un estado consciente y decidí que era mejor ceder a los encantos con los cuales el sueño me había estado tentando. 

La ventanilla era fría al contacto y aquella insidiosa sensación que en mi piel imprimía era verdaderamente placentera. El contraste entre el calor humano que residía en el colectivo y la temperatura del vidrio era fascinante. Incluso si disfrutarlo significaba colocar mi cabeza en una posición tortuosa para mi cuello, en ese preciso instante solo tenía una cosa en mente. Cerré los ojos y en mi dormir me dejé caer en las manos de aquella reconfortante sensación física.

Publicado la semana 70. 02/05/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
18
Ranking
0 49 0