07
Luciana Capdevila

Salí, vos podés

-¡Cata, Cata! - 

María llamaba a su hija a través de los cuartos. Ese día hacía bastante calor y ella quería ponerse con el jardín, terminar rápido y poder descansar durmiendo una siesta. El sol de las tres de la tarde pegaba fuerte, incluso a través de las ventanas. 

-¡Cata! ¿Que hacés acá? - le preguntó a su hija cuando la encontró sentada en la esquina del galpón donde guardaban las cosas al fondo del patio. Palas, la bordeadora, bolsas de tierra y cajas con herramientas estaban apiladas contra las paredes. Un haz de luz se escabullía a través de la ventanita pegada contra el techo. 

La niña, con la cara llena del polvo que cubría el suelo, miró a su madre mostrando señales evidentes de su aburrimiento. -Quiero salir a jugar al patio, má - respondió en tono de reproche.

-Entonces salí, pasá por la puerta nomás. - dijo su mamá, apoyada contra el marco de la puerta. Con toda la paciencia del mundo, se corrió del umbral y con la mano le señaló el patio que estaba tan cerca. -El día está hermoso. ¿Por qué no salís afuera? - 

Cata estiró los brazos a su madre. -¿Me podés alzar? - dijo con el tono más tierno y una sonrisa de oreja a oreja. 

Su madre la miró con recelo. Aunque quería terminar con sus quehaceres, no podía dejar que la chiquita se quedase ahí. Con tantas cosas oxidadas dando vuelta se iba a cortar e iba a tener que salir corriendo al hospital. Intentó agacharse cuando sintió que la pierna le quedaba trabada. No podía moverla. Volvió a erguirse e intentó estirarla para que el dolor se fuera. -Vamos, ya estás grandecita para eso - dijo aparentando lo sucedido.

Con cara de ofendida, la hija se dió vuelta y se acurrucó contra la pared.

-¿Que pasa? - preguntó María con una voz que hubiera derretido al más frío de los hombres, -¿Por qué te ponés así? - y se acercó a la esquina a abrazar a su retoño.

Se arrodilló con dificultad, y, al agarrarla suavemente de sus hombros, se vio confrontada por las patadas de Catalina.

-No quiero estar acá. Es feo y hay bichos por todas partes y está muy oscuro - dijo una vez su madre se había retirado de su esquina. -¡Quiero salir! -

-Pero el patio está ahí nomás - la reconfortó.

-No quiero caminar - dijo dándose vuelta para ver a su mamá a los ojos. Inmediatamente estos se encontraron, no pudo mantener la postura y volvió a mirar hacia la pared. 

María se recostó en el piso, ensuciando su ropa en el barro seco y la tierra, y acercó su boca a la oreja de Catalina. -Dale gorda, si querés te alcanzo tus muñecos y jugamos un rato las dos. - Mientras sus dedos acariciaban los pelos enmarañados de la niña, -Pero tenés que salir vos, sin que te alze. -

-Si vas a buscar los juguetes, ¿Por qué no me llevás a mí también, mamá? - le respondieron con recriminación.

María se levantó. -Bueno, quedate acá - dijo, acompañada por un gesto de desinterés. -Ni siquiera sé por qué este cuartito te gusta tanto que no salís. -

-¡No me gusta! - se defendió Cata. -Es oscuro y feo. ¡Los bichos que hay me dan miedo! - Se giró de repente hacia su madre. -¡Alzame y sacame de acá, má! - gritó mientras lágrimas de tristeza, pánico e ira se les escapaban al rededor de los pómulos gordos y rosados que tenía.

María dió un largo suspiro y se pasó la muñeca por la frente, secando el sudor provocado por el calor del día y la infernal humedad dentro del galpón. -Si vos querés, podés salir. - 

-Pe… Pero…-

-Mirá cómo lo hago yo - dijo en tono juguetón y levantando el índice. Dió un paso, giró un poco su cadera para tomar impulso y salió del cuarto girando sobre un pié, a la vez que su falda larga y de tela fina revoloteaba junto a ella. 

Catalina la miró ofendida y se quedó sentada en su rinconcito.

-Como querás, Cata. Yo me voy a jugar con tus muñecas. - 

María caminó a través del pasto y entró a la casa por la puerta que daba a la cocina, aquella que rechinaba siempre contra el piso de ladrillo que le seguía a penas comenzaba patio. -Pasaron unos minutos y Cata todavía no sale - pensó, algo preocupada, mientras la espiaba través de la cortina de la pequeña ventana de la puerta.

Un ratito después, sin embargo, unos pies mugrientos se asomaron por el umbral del cuartito. Les siguió una cabeza que miraba, queriendo proteger su pequeño orgullo, por si había alguien. 

 

Cata salió, prendió la manguera e hizo barro en un pedacito de tierra que quedaba entre el pasto. Su mamá, contenta de haberla ayudado, la veía jugar y reírse mientras le preparaba unas tostadas y un mate cocido.

Publicado la semana 7. 13/02/2020
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