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Luciana Capdevila

La Tanza (Parte 4)

A la mañana siguiente, una vez hube de abandonar aquel estado de somnolencia anhelante, terminé con toda preparación necesaria antes de dirigirme a la terminal de ómnibuses de la ciudad. Inmersa en una extraña claridad matutina, interioricé por unos minutos la realidad de la empresa en la que me iniciaba. No poseía certeza alguna acerca de lo que me esperaría en el pueblo al que me dirigía. No existía razón por la cual confiar en el extraño sujeto. Al fin y al cabo, logró convencerme de involucrarme en este viaje sin necesidad alguna por esforzarse. Tímidamente enfrenté la realidad de que ninguna de aquellas fantasías que endulzaron mi dormir poseía evidencia alguna que apoyara su existencia.

Había actuado compulsivamente, guiada por una incierta fe en una cura milagrosa a mi eterno vagar por un gris sendero despojado de todo júbilo. Aposté por una bola cayendo en el cero con la ingenuidad de cierta abuela rusa maravillada por un casino de Roulettenbourg. Podía estar al borde de lanzarme desde lo más alto de un precipicio por iniciativa propia, creyendo ver una mejor vida entre las rocas sobre su base.

Estas preguntas acompañaron mi andar a lo largo de mi habitación, dando pasos lentos como los de un condenado a la pena capital. Paseaba mi vista por cada recoveco sin prestar atención y una molesta picazón comenzó a atormentarme en mi interior. 

Luego de divagar extensivamente por estas suposiciones, tropecé con el pie de mi cama, ante lo cual unas gotas de un líquido marrón comenzaron a deslizarse entre mis dedos. Noté que el café en mis manos se había enfriado. No fue hasta que derramé su contenido sobre mí que estuve conscientemente enterada de su presencia y me permití plantearme el hecho de que hubiese aparecido allí en el mismo instante en el cual perdí brevemente mi equilibrio ¿Acaso fui yo quién lo preparó? ¿Había alguien más allí dentro?

Lo bebí de un solo trago, frío como estaba, y recorrí con desconfianza los tres ambientes que habitaba, cocina, habitación y baño, habiendo olvidado nuevamente que en mis manos sostenían la taza ahora vacía. No eran estos ambientes grandes ni densos, sino más bien sobrios y con poco más que lo necesario para subsistir. Dado el caso que alguien se encontrara efectivamente en mi departamento no habría podido esconderse en ningún sitio. Di un largo suspiro, deslicé la ventana junto a mi cama y me enfrenté a la ciudad.

Ví como las calles por las cuales admiré las caras de cientos de peatones sumides en males tan atractivos y deseos maravillosamente placenteros se despedían de mi resignada figura con un cúmulo de nubes que proyectaron una amarga sombra sobre mis pasadas víctimas. Posé entonces mi vista sobre les rutinaries caminantes que en amargos pasos avanzaban por las cuadras debajo mío. Miré fijamente a varies, estudiando sus caras, sus arrugas, la forma de sus cejas y lo angustiado de sus ojos. Me embarqué en un último intento por encontrar placer en aquellos anticuados métodos de disección emocional, esperando así encontrar una razón por la cual evitar partir hacia el desconocido paraje de promesas invaluables, incluso si en aquel momento no admitía la veracidad de este fin ulterior. 

La figura de la taza volvió a tomar forma en mi mente por unos instantes en los cuales la abandoné sobre una cómoda que se hallaba junto a mí. Entonces apoyé mi cara sobre mis palmas y mis codos sobre el marco. Una brisa revolvía mis cabellos sobre mi rostro. Mi mirada se perdió entre los edificios mientras una extraña melancolía tomó posesión de mi cuerpo. No había preparado más que una pequeña valija con mudas de ropa suficientes para una semana y una mochila con cosas varias que creí necesarias. No iba a dar aviso de mi ausencia a la oficina donde trabajaba y tampoco me había tomado el tiempo de separar dinero para pagar el alquiler durante aquellos días. Realmente me encontraba en un inseguro equilibrio sobre el inestable borde de un acantilado. 

Pensé por un instante en la dulce posibilidad de que sucediera algún hecho por fuera de mi control que me obligase a continuar con aquella desamparada vida a la cual tanto había criticado. No creo que un abrupto y precoz fin a mi precaria aventura hubiese supuesto un conflicto interior mayor al cual evitaba aquella mañana. Existía incluso un profundo temor a que esta casualidad catastrófica fuera verdaderamente una inaceptable necesidad.

Fue entonces que mis pupilas, antes perdidas entre aspectos banales de la arquitectura citadina, se posaron nuevamente sobre les transeúntes. No era analizarlos lo que buscaba, solo quise reconfortarme en nuestras similitudes. 

Decidí darme un descanso de aquellas preguntas que no quise responder y me contenté con fijarme en la ropa que llevaban sobre mi las personas que caminaran por la zona. Me encontré a gente con con un traje gris unos cuantos talles demasiado por encima de sus medidas, un jean celeste con roturas y un top blanco con alguna frase intrascendente, una musculosa negra holgada con unos shorts y borcegos, un traje oscuro que cubría una camisa blanca adornada por una corbata azul…

¿Qué fue aquello? ¿Estaba alucinando? No me detuve siquiera a pensarlo pues no quise que tal imagen tuviera presencia en mi mente. No podía ser más que una mera casualidad, a lo sumo una combinación popular de prendas y colores. Aquella picazón se volvió súbitamente insoportable. 

Busqué en la mochila el pasaje de colectivo que había traído junto a mí al salir de Millenium Travel. Lo sostuve entre mis manos de tal forma que las marcas de mis uñas quedaron grabadas detrás de aquel pequeño pero fascinante rectángulo de papel. Una profunda rabia me invadió al leer las palabras impresas allí. Era inaceptable que dudara de tal forma sobre si debía de emprender mi anhelado viaje. Cerré la ventana con ira y el sonido de un golpe secó invadió mi habitación. 

Envuelta en una furia enceguecedora, abrí la valija que había preparado y saqué de ella todo objeto en su interior. Busqué en mi armario mi otra maleta, por lo menos tres veces más grande que la anterior y la extendí sobre mi cama, lista para poner a prueba cuando podía guardarla en ella. 

A la vez que preparaba toda mi ropa para llevar a cabo una mudanza repentina, llamé a la oficina y pedí que se me comunicara con mi jefa. Vociferé envuelta en euforia, cumpliendo con la fantasía que miles de empleados viven en sus cabezas cuando se permiten soñar con un mayor control sobre la dirección que toman sus vidas, y anuncié mi renuncia con voz triunfante para luego cortar la llamada antes de que me pudieran formular cualquier respuesta en vano. 

La adrenalina que recorría mi cuerpo me permitió reducir toda posesión que considerara importante al espacio de una valija en menos de una hora de ardua labor. Decidí entonces separar el alquiler de tres meses, con el cual corrí por el pasillo que unía los departamentos del piso para llegar hasta la puerta de mi arrendadora y acabar de una vez por todas con aquel asunto. El resto de mis ahorros viajaría conmigo.

Bajo la placentera guía de aquella sobrecogedora locura alisté precariamente todo aquello debía para dar inicio a mi aventura. Toda preocupación que usurpaba espacio vital que necesitaría una vez pudiera hacer nuevo uso de mis facultades analíticas fue arrancada son la poca gracia que mi estado ansioso me permitía y decidí evitar aquellas pitonisas cuyo ojo podía únicamente enfocarse en palabras opositoras a la requerida panacea. Era, a partir del instante en que cerrase con llave la puerta del apartamento, presa y beneficiaria de mi ánimo.

Abandoné aquellos aposentos bajo la misma certeza fruto del entusiasmo con la que había cerrado el trato con aquel misterioso vendedor elegante la tarde del día anterior. Jamás se me ocurrió mirar atrás, solo podía pensar en las gracias que me esperarían en aquel pueblo y las desgracias por explotar que sus habitantes se entregarán bajo la magia que allí parecía emerger. 

Con valija en mano y mochila al hombro paré al primer taxi que pasó frente al vestíbulo del edificio. Las nubes y su odiosa amargura seguían sobre mi y su sombra continuaba cobijando todos los lugares en los que el aburrimiento gobernó sobre mí y la duda de todas las tragedias perdidas en la pobre comunicación de un rostro cercenó mi moral. Todo aquello quedaría en el pasado.

Publicado la semana 69. 25/04/2021
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