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Luciana Capdevila

La tanza (Parte 3)

A lo largo del minuto que me demoré en recuperar mi aliento aquel sujeto no dejó de dirigir su mirada hacia mí con una chispa llameante que brillaba sobre su iris. Sus manos se movían y contorsionaban en un baile hipnótico cuya intención debe haberse encontrado detrás de la ignorancia acerca de qué hacer con ellas. En mi mente apareció entonces una idea fugaz. Claramente debía de estar cumpliendo con su labor (cualquiera fuera esta) hace relativamente poco tiempo, sus movimientos así lo revelaban. Pero este pensamiento pasajero fue desechado a los pocos segundos cuando la seguridad que provino de su ronca voz, que me invitó a pasar hacia las galerías, me indicó lo contrario. Quizá era nada más que un tipo con nervios frágiles. 

Atravesamos la sombra debajo de aquella entrada hacia el halo de las luces fluorescentes que partían del techo. Hace meses que no visitaba una galería. A medida que avanzamos entre los primeros negocios me entretuve con las vidrieras y los productos que se encontraban allí pues no quería acabar regocijándome en ideas equivocadas ni falsas esperanzas cuyo único sustento fueran las palabras que creí oír salir de la boca del fumador. El microclima que existe en aquellos pasillos era suficiente para lograr tal cometido, al menos por el momento. 

La doble puerta por la que habíamos entrado daba a un pasillo con unas cuantas tiendas de cada lado. Podían escucharse movimientos y conversaciones provenientes de la sala contigua, en la cual se concentraba la mayor parte de los locales. Esta estaba conformada por secciones separadas por telas colgadas del techo y una isla en su centro la cual era toda parte de un mismo puesto. 

Cruzamos por la izquierda de esta isla, a un paso curiosamente apurado. Allí fue que me percaté del hecho de que mi guía sujetaba mi brazo y tiraba abruptamente de él cada vez que algune vendedore me invitaba a pasear entre los productos que elle ofrecía. Hacia el final de la sala se acercó una señora con distintas prendas de ropa colgadas del antebrazo pero fue rechazada con un ágil movimiento de la mano del misterioso mercader antes de que pudiera pronunciar una palabra. 

Los ruidos que dominaban aquel salón quedaron ahogados en un profundo silencio que tomó control del ambiente cuando atravesamos un angosto pasillo que conectaba el resto de la estructura con una sala adjunta. En esta podía podía verse una suerte de hall que llevaba a la administración del lugar. La decoración del escritorio y las paredes que rodeaban el ascensor que se encontraba ahí parecían haberse colocado hace ya muchos años, o quizá habían sido elegidas con esta particular intencionalidad.  Sobre el fondo a la derecha, pegado a la esquina e interrumpiendo la oscuridad de un sector que no era alcanzado por las luces del hall, había un local iluminado por un parpadeante letrero de neón que con un brillante celeste formaba las palabras Millenium Travel en cursiva. 

Los vidrios del frente estaban cubiertos por una pequeña capa de polvillo que se acumulaba sobre las esquinas de los marcos que los sostenían y su transparencia era en partes obstruida por restos de papeles mal arrancados. Detrás de la puerta colgaba un cartel con la palabra “abierto” escrita encima del dibujo de una playa. 

El hombre soltó mi brazo para abrir la puerta y me invitó a pasar a una pequeña habitación bañada en el amarillo de las lámparas incandesentes. En las paredes podían verse afiches de distintas playas y locaciones caribeñas acompañadas de una pequeña descripción de los paquetes disponibles para vacacionar en ellas. El diseño anticuado que mostraban llamó mi atención, pero lo descarté como una publicidad inspirada en un estilo retro. Una vez ambes nos encontramos en extremos extremos del escritorio, noté que sobre este había una serie de folletos que anunciaban ofertas de distintos vuelos. La imagen impresa en ellos era la de un Jumbo de Pan Am. Mis sospechas volvieron a florecer.

Debí haber expresado físicamente estas dudas, quizá con alguna extraña mueca, pues entonces el vendedor dejó caer un maletín de cuero sobre el escritorio con un estruendo seco que me abstrajo de toda divagación en la que tomaba parte. 

Adentro se encontraban una serie de folletos e imágenes turísticas invitando a ir hacia una localidad en el interior donde la pacífica y serena vida de sus habitantes se cruzaba misteriosamente con situaciones de naturaleza incierta. No le fue complicado comenzar a sacar provecho de una curiosidad a la cual no iba a poder resistirme mucho más.

Crucé mis piernas con una mano entre ellas y la otra encima de ambas. Todo mi cuerpo se encontraba tenso en una concentración barbárica. Sin embargo, al igual que los párpados caen con un peso impensable cuando el sueño toma completo control de nuestro cuerpo, mi mente no pudo evitar el virar mi atención hacia la cálida atracción que sentía por las palabras que narraban un encanto que podía ayudarme a huir de la monotonía mortal de la cual sufría. 

A pesar de los esfuerzos que había mantenido a lo largo del trayecto, terminé recayendo en la cruel hermosura de las fantasías que me invadieron acerca del lugar al cual se refería aquella figura envuelta en incógnitas. Quizá la frase que me atrajo no era más que un eufemismo o alguna metáfora. Claramente su único uso era el de atraer a la clase de gente que cree en las proyecciones mágicas de nuestras mentes sobre el plano en el cual existimos, un grupo cuya intersección con el conjunto de personas que caerían en la más improvisada de las estafas probablemente tomaría la forma un círculo perfecto de ser visualizado como un diagrama de Venn.

Aún así me permití imaginar innumerables tragedias que podría consumir como si de una droga se tratase, inmersa en la felicidad de radicar en el punto exacto donde este recurso tan anhelado, las crónicas de la desgracia humana, es adquirido con la misma facilidad que el más básico de los productos. Un paraíso personal donde podría envolverme en toda desdicha ajena que se interpusiera en mi camino y con ellas dar fin definitivo a mi aburrimiento exasperante.

Era realmente una situación fuera de lo normal. Un hombre de negocios aprovechando la oportunidad que le brindó el forzar inadvertidamente a inhalar el humo de cigarrillo a una mujer que de casualidad estaba caminando por allí para realizar cualquiera fuera la transacción que buscaba concretar, una licita compra de unas vacaciones en un playa de arena blanca o un fraude del cual no habría sido muy complicado de prevenir. Un sitio mal decorado e insultantemente claro en cuanto a intenciones se refiere. Un abandono total a toda esperanza que no pudiera ser alcanzada dentro de aquella habitación.

Aún así me dejé llevar tanto por mi deseo de escapar así como el miedo por perder el tren que me ayudaría en este cometido. Mientras soñaba con la posibilidad de vivir plenamente mis deseos más intensos debería haber cuestionado las obvias grietas que podían verse sin dificultad alguna. 

¿Por qué estaba aquel local en el rincón más alejado de una galería? ¿Cómo hacía entonces para atraer clientes? ¿Acaso subsistía únicamente de la curiosidad que aquel vendedor podía generar en les transeúntes que lo cruzaban cuando salía a la calle a fumar? ¿De dónde había salido aquel vaso de agua que me ofreció cuando mi tos había estado atocigándome sin reparo alguno?

¿Estaba alucinando o era aquella una puesta en escena, una simulación, construida cuidadosamente para aprovecharse de cada alma en pena que encontraban? ¿Puede ser que me conocieran a mí y a mis demonios y que toda aquella vil obra tuviese el macabro fin de aprovecharse de ellos?

Cierto es que la distancia con la que observo ahora aquel hecho me permite hacer hincapié en estas situaciones que en su momento no saltaron a mi vista. Tampoco tengo para ellas respuesta alguna, la poca información de la cual me he provisto puede prestarse para defender desde el más lógico de los timos así como la presunción de que aquel hombre era el mismísimo diablo en carne y hueso buscando un alma más que capturar y llevar consigo al averno. 

Si existiera testigo alguno de la compulsión que presenté al aceptar la primer propuesta que se me presentó luego de haber esperado ansiosamente minutos eternos de exposición en los quise gritar “¡si, acepto!” detrás de cada palabra que pronunció el misterioso fumador, no me sería extraño que este jurara que me encontraba bajo alguna suerte de posesión merecedora de un exorcismo inmediato. 

Se firmaron una serie de documentos que no me molesté en leer y se dio por cerrado el trato. No había pasado siquiera media hora del momento en que, divagando en mis penurias a lo largo de la vereda, juré escuchar la milagrosa cura a todo mal que en mi habitaba. El diablo en su traje negro entallado y corbata azul impecable me escortó nuevamente hacia el umbral donde me había bañado en humo y se despidió decorosamente de mí, con una sonrisa que combianaba letalmente con sus ojos ardientes. 

Continué el trayecto hacia mi departamento en el mismo estado de sedada divagación que venía arrastrando hace ya demasiado tiempo. Sin embargo, fue gratificante la novedad de permitirme caer en los cautivantes cantos de sirenas existentes por fuera de aquellos relatos mitológicos de antaño. Volví a esquivar inconscientemente a quienes avanzaban junto a mí, a atravesar calles y avenidas sin prestar atención al color que mostraban los semáforos, a aislarme de todo sonido que retumba en los adentros de las metrópolis modernas, aquellas que no podían brindarme el placer que necesitaba. 

Repasé incontables males ficticios que habían adornado futilmente tantas horas de mi entumecida existencia bajo el éxtasis que me era saber que todas aquellas ocurrencias podría verlas reproducidas frente a mí. Caminé rebalsando de felicidad ahora que sabía que pronto estaría en un lugar donde la mente del individuo es el cine del colectivo, donde las penas y los deseos se tornan en obras a presenciar en todo espacio público, donde los fantasmas que conviven dentro nuestro toman forma en el árido mundo que nos rodea.

Aquella noche no me fue posible dormir. Estuve estirada sobre las sábanas de mi cama con la vista perdida en el techo sin prestar atención a los objetos con los cuales compartía aquel espacio, sin importarme el hecho de que no había cerrado la puerta del apartamento o el haber dejado la luz del baño prendida. 

Fue un milagro que no sucediera nada. Podrían haberme desvalijado, despojado de toda posesión terrenal y arrojado a la calle. Podría haber habido un incendio, un terremoto o un bombardeo que redujera la manzana completa a añicos minúsculos. Incluso si el fin del mundo se nos anunciase con catastróficos desastres colosales habría continuado con mis ojos perdidos en aquel techo, sin prestar atención a las crueldades que junto a mí ocurriesen.

Incluso si hubiese sido forzada fuera de mi trance e incitada a observar tal devastación, no creo que habría pestañeado. Yo hube de presenciar mi apocalipsis en el momento que el voyeurismo que me era permitido dentro de los límites físicos dejó de satisfacerme. Dirigí mi mirada a Cristo durante su segundo descenso por lo que pareció una eternidad angustiante. Reviví miles de veces en otras dimensiones donde mis súplicas encontraran respuestas y sufrí condenada a verme exiliada de aquellas benévolas tierras. 

Nada de eso importaba ahora. La mañana siguiente partiría y todo aquello no sería más que un distante recuerdo por olvidar.

Publicado la semana 68. 18/04/2021
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