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Luciana Capdevila

La tanza (Parte 2)

Debería haberme sido imposible distinguir las palabras exactas que llegaron a mis oídos entre la amalgama de sonidos que habitan la calle, pero recuerdo escuchar claramente, aunque a lo lejos, a alguien hablando acerca de “un pueblo donde tu mente se proyecta”.

Giré violentamente en la dirección de aquellas palabras. Miré a mi alrededor y a través de la corriente de transeúntes intentando reconocer de donde provenían aquellas palabras mágicas que habían generado en mí aquella curiosidad que hace tiempo pensaba muerta. Me desesperé, avancé sin preocupación alguna por chocarme con les demás peatones y me dirigí impulsivamente en la dirección contraria a la que venía caminando. No existía razón lógica para creer que así me encontraría con mi deseada salvación pero una fuerza mucho más profunda que aquella de la razón se había apoderado de mi cuerpo y dirigía ahora todo movimiento que realizaba.

Poseída, pasé frente a la entrada a una galería oculta en las entrañas de la manzana. Mi anterior emoción había comenzado a desaparecer, dando paso nuevamente al aburrimiento y el desinterés, dejando una espina en mi que volvía a incomodarme. Pero, antes de que pudiera terminar de aceptar este retorno a la vida insulsa, me vi sorprendida por una súbita humareda proveniente de alguien que fumaba en el umbral, justo debajo de un letrero que leía el nombre del edificio.

El olor a tabaco me invadió por completo, tomó posesión de mis vías respiratorias e irritó mi garganta. Me ví en medio de una tormenta de tos que continuó incluso cuando las lágrimas resbalaban de entre mis párpados. Debe haber pasado un minuto entero en el cual no presté atención alguna al resto del mundo, lo cual acabó cuando por fin me percaté de la voz del fumador que ahora estaba junto a mí. 

Había estado intentando calmarme y me ofrecía agua en un vaso descartable que parecía haber obtenido mágicamente. Iba vestido de traje negro entallado y corbata azul oscura. No sabría decir por qué, pero a penas hice el menor contacto visual con él se instaló en mí la firme creencia de que no era alguien de confiar. Cuando menos debía de vivir estafando a la gente.

Debería haber retornado mi caminata sin dedicar siquiera un segundo de mi tiempo a aquel sujeto. Indudablemente era lo que planeaba hacer. Sin embargo, fue cuando reconocí su voz que sentí la irresistible necesidad de conocer a que se había referido cuando sus palabras cautivaron mi amedrentado ser. De pronto su cara había dejado de transmitirme inseguridad y desconfianza que había reconocido y me persuadí de que debía de seguirlo hasta el fin del mundo.

Publicado la semana 67. 11/04/2021
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