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Luciana Capdevila

Ritos y creencias

Cada sábado pasa junto a dos misas, cada una con sus tradiciones religiosas y sus seguidores fieles y cada una bajo el cobijo de una institución que ha evitado las consecuencias de su naturaleza corrupta y mezquina hace ya demasiados años. Les congregantes siguen en ambas una serie de reglas estrictas cuya única legitimidad proviene de la fe de quien las lleva a cabo, sea esto bajo la promesa de la vida eterna o bajo el grito del gol. También comparten la característica de que en el centro de sus creencias radica un dios cuya benevolencia, aunque impuesta como intrínseca y total, no supere aquella de le más baje de sus fieles. 

Por convicción, en mi hogar jamás se ha celebrado una de ellas. Con sus incoherencias e hipocresía nunca quisimos interactuar directamente y hemos prescindido de sus secuaces culturales siempre que nos fue posible. Aún así suena un rezo a San Expedito si algún objeto no aparece y hay sobre nuestras puertas una rama de olivo. Tales costumbres son difíciles de olvidar incluso cuando se han visto despojadas de toda relación y simbolismos asociados con su sistema de creencias. Por ende no es extraño que aparezcan todavía rituales de complejidad cuando por noventa minutos se da lugar a la eucaristía de la Primera Nacional. 

Es cierto la visión que poseo del desarrollo de este rito es más bien externo, pero no puedo negar el dejarme llevar por la ilusión de tanto en tanto y es la imágen de una tarde atosigada de gritos e insultos dirigidos a les familiares de le árbitre o quejas a la realidad porteño-céntrica que domina el fútbol una cuya familiaridad me genera cuanto menos una gracia tibia en el pecho. 

Todo debe seguirse al pie de la letra. El piluso, la camiseta con más de veinte años que lleva un gallo impreso en el punto opuesto al escudo, el mate amargo y una cantidad de cosas más que mi pobre memoria no me permite nombrar y que pertenecen al acuerdo tácito que siguen mi padre y hermano cada vez que suena el silbato que indica la salida del medio. 

Indudablemente mi familia sigue una religión, incluso estamos afiliades a ella. Seguimos a once apóstoles capaces de atosigar tu alma y aplastar tu corazón así como pueden bañar en júbilo las horas restantes del fin de semana. El aura celeste que emana la presencia de sus figuras de importancia acaparan la pantalla del televisor tiene un poder considerable sobre el humor que reina sobre todes hasta el lunes, incluso si mi madre y yo no participamos en él con la pasión del resto. 

Tenemos reliquias de más de cincuenta años y recuerdos de grandes eventos, como aquel milagro que llevó a cierta congregación de Núñez a envolver en llamas su propia iglesia en respuesta al abandono de sus principales referentes. Tenemos santos tanto locales como provenientes de la lejana Rusia y existen hermandades de fieles afines a lo largo del globo. Tenemos un termo y una guitarra en las cuales hemos dejado grabadas el corazón de estas tradiciones y todavía esperamos con ansias que se den las condiciones para emprender nuevamente la peregrinación hacia la tribuna Heredia.

Resulta entonces que, sin importar cuanto reneguemos de la religión y cuánto nos separen nuestros ideales de sus fines, somos tan creyentes como todes aquelles que utilizan sus horas de descanso para asistir a la otra misa sabática. No somos tan distintos. 

Ojalá supiera qué hacer de este pensamiento.

Publicado la semana 66. 04/04/2021
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