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Luciana Capdevila

La tanza (Parte 1)

Si tuviera que nombrar una actividad de la cual disfruto de forma extensa no tardaría siquiera un instante en dar una respuesta. Sonará extraño, quizá incluso interesante, pero me es en extremo curioso el presenciar las caras perdidas de completes desconocides que vagan entre pensamientos y fantasías por aquel mundo interno que tanto visitamos pero al cual damos tan poco reconocimiento. 

Cualquiera sea el sitio donde se desarrolle, bordeando las calzadas que atraviesan nuestras metrópolis como venas y arterias, transportando así innumerables rostros a los antros donde alimentarán su ocio y perderán su juicio maquinalmente, o sobre los asientos de algún vehículo que alivie el esfuerzo físico que implica trasladarse hacia el martirio, es imposible no encontrarse con miles de odiseas a lo largo de la excruciante rutina. Todas ellas, sin excepción alguna, son merecedoras de mi interés. Mi pasión no conoce límite alguno en aquel respecto.

Solo imaginen filas descomunales de deambulantes igual de extraviados que un Rodia cualquiera, desarrollando sus propios monólogos internos que esperan por ser explorados bajo mi entrenado ojo. Incluso aquelles que aparentan huir del delirio febril a través de la informática no pueden posponer indefinidamente su cita con las cavilaciones incómodas. No les será jamás posible dejar de ser un deleite con el cual satisface mi hambre por observar. 

¡Vamos! ¿No es acaso una visión cuanto menos impactante? ¿No merece un peregrinaje masivo de labios herméticamente sellados ser admirado con el debido respeto? El ardor de las preguntas que calcinan sus almas no podría vislumbrarse en mejor forma. No existe sobre esta tierra un espectáculo distinto al cual preferiría asistir.

O al menos esto fue lo que yo creí por un largo tiempo. 

Hace ya muchos años que he llegado a la conclusión de que la belleza intrínseca del sufrimiento reflejado en las miradas ajenas no es suficiente para saciar el voraz apetito que me llevó a iniciarme en esta suerte de voyeurismo en un primer lugar. Tal actividad no suple de piezas cruciales y  necesarias para completar el rompecabezas que rodea a mis presas y que jamás podrán ser obtenidas con el mero análisis de las arrugas que recorren la expresión de alguien que frunce su ceño al decaer en una conclusión indeseada. 

Son los personajes y diálogos inalcanzables necesarios a la hora de construir el drama novelesco que habita en tales penurias. De no ser así, mi diversión de preferencia no sería muy distinta a un cine en el cual no es posible ver película alguna, siendo permitido únicamente la exploración de las expresiones faciales que nacen en otro grupo de espectadores a medida que las cintas se desarrollen.

Una vez tal sentencia me fue indudablemente clara, debí sobrevivir al paso de una infinidad de horas sin poder dormir bajo la corrosiva duda de lo constantemente obviado y la limitada imagen que podía reconstruir de los sucesos detrás de los rostros sumidos en grave preocupación. Fantaseé con millares de mundos mucho más perfectos que este en el cual me veo arrinconada, dimensiones donde una atenta observación a través del rabillo del ojo era todo lo que hacía falta para tener acceso completo a las desgracias.

Recibí entonces, en un golpe de suerte y con extensa alegría, la noticia de que existía cura al mal que me acechaba. Una panacea milagrosa tan inverosímil, pero tan requerida, que no pude evitar dar inicio a una búsqueda exhaustiva por ella. Sabiendo que no existía opción alguna para dar fin con mi insano deseo excepto la recientemente descubierta, decidí superar cuanto obstáculo se interponga en mi camino por alcanzarla.

Encuentro bastante singular el hecho de que este importante descubrimiento no fue llevado a cabo durante una de mis tantas salidas dedicadas a desarrollar mis aficiones, sino que, por el contrario, sucedió cuando yo misma podría haber sido mi propia víctima si aquello hubiese ocurrido en una situación de menor presión sobre mi moral.

Fue en el trayecto entre la oficina y mi departamento que una llovizna que golpeaba como estalactitas de hielo y un cansancio considerable tornaron una tarde más en una búsqueda por un refugio que me protegiera de aquel asedio a mi humor. La presión generada entre ambos frentes de ataque fue más que suficiente para convencerme de ir cabizbaja por la vereda, encerrada en mi misma, intentando cubrirme lo mejor que podía con mi abrigo y repasando las mismas situaciones ficticias una y otra vez. Atrapada entre las sombras que dibujan las figuras imponentes de los edificios y el nulo interés en les peatones que caminaban a mi lado, no pude evitar recaer a soñar despierta, imaginando algún conflicto supuesto en falsas esperanzas por encontrar alivio a mi calvario.

Avancé esquivando los cuerpos circundantes instintivamente, sin prestar atención alguna a mis movimientos. Cada cruce de las avenidas que se aparecieron en mi andar fue verdaderamente un milagro. No estaba yo presente allí ni mostraba efecto alguno sobre mí aquel mundo físico con el cual interactuaba inconscientemente. Por ende, tranquilamente pude haber decidido lanzarme sobre la calle sin estar enterada de los vehículos cruzando y generar en el proceso algún accidente fatal o lograr que mis órganos fueran untados sobre el asfalto.

Vagué por cuadras simplemente recordando las mismas desgracias intrincadas que en tiempos de vela había diseñado intentando crear una tristeza ajena tan magnífica que fuera capaz de inculcar el mayor de los júbilos imaginables en mi alma. No existía en mí otro pensamiento que aquel disco rayado que me servía de consuelo. Fue entonces, en la más agradable de las casualidades, que me encontré oyendo las palabras que cambiarían el curso de mi vida.

Publicado la semana 65. 28/03/2021
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