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Luciana Capdevila

Números

Es horrible tener 19 años, lo peor que me ha pasado. No puedo poner en palabras lo feo de la sensación que se genera en mí la imagen de mi documento de identidad. Aquella que denota, entre otras repugnancias, que pasaron 19 años desde que mi madre tuvo una cesárea en el Hospital Español de Mendoza. 

No es como tener 16 o 17. A esa edad todavía no terminás la secundaria y de casualidad pensás en otra cosa que lo que vas a hacer en el fin de semana, si es que te dignas a levantarte de la cama y hacer algo siquiera. Tampoco es como tener 18. Si tenés 18 entonces acabas de cumplir la mayoría de edad y se da por entendido que este es solo un número con importancia legal. Si, seguro; ahora podés fumar y tomar legalmente, pero, irónicamente, desde que tengo 18 he tomado y fumado menos de lo que tomaba y fumaba a los 16 o 17 algún sábado que juntaba las fuerzas necesarias para abandonar mi habitación. Si tenés 18 todavía sos igual que a los 17, 16 e incluso (¿por qué no?) que a los 15.

Pero 19 es distinto, no se me ocurre otra forma de describirlo que más pesado, quizá mucho más crítico. No sé qué sea del hecho de haber vivido un año más del necesario para alcanzar la mayoría de edad envuelve el concepto de tener 19 años en una dimensión absolutamente diferente, pero así es.

Bueno, honestamente, sospecho que sí sé. Pero, aunque lo sepa, también sé que no es así. Existe una línea de pensamiento lógica que me expone claramente que no hay razón por la que a los 19 debería de ser mucho más madura que a los 18. Puedo afirmar sin rastro de duda que se encuentra allí porque alguna vez la he visto caminar por la cuadra del frente, espanto ante el cual busqué desesperadamente entrar al primer local que encuentro para así evitar saludarla. También se ve que esta serie de ideas debe tomarse el colectivo de la línea 600 para llegar por acá cerca. Las calles del barrio San Vicente están todas rotas y han cambiado casi todas las paradas. Seguro no debe saber dónde tiene que tomárselo y por eso nunca me viene a visitar. No creo que tenga forma de desplazarse.

Aunque una vez quiso tomarse el 70 hasta la terminal, queriendo luego conectar con el 20, que la dejaría sobre la Nores Martínez. Resultó que por error se subió al 25 y terminó sobre la O’Higgins casi llegando a la Circunvalación sin la menor idea de donde se encontraba ni cómo salir de allí. A todo esto, mi celular explotaba de llamados y mensajes preguntándome las direcciones, las líneas, las calles y en general todo. Me volvió loca. No se me ocurrió otra que hacerme la pelotuda como nunca antes. Luego la culpa me hizo peso en la conciencia, al fin y al cabo, todavía no sabía si había vuelto o no. Entonces le escribí unas disculpas por mensaje que, honestamente, me hicieron quedar peor aún.

Mientras tanto me volví bastante cercana con la idea de que una vez cumpliera 19 años, estando ya en el segundo año de la facultad y habiendo vivido ya 12 meses de supuesta adultez, debía aparecer alguna pizca de certeza en mí. Algo de seguridad y compromiso que me lleven a  seguir con algún proyecto que haya surgido en mi mente. Por lo menos algún grado de voluntad.

Luego me acuerdo de que tuve que rendir 4 veces el final de una materia de primer cuatrimestre para poder promocionarla. 4 veces en las cuales estudié sin pasión alguna en las cuales durante algunos de los 10 días previos a cualquiera de las 4 fechas me llegaba a hacer hasta 5 tazas para poder avanzar ciegamente y sin ningún tipo de seguridad sobre aquello que hacía. Esto no para estudiar más, cabe decir, sino para mantenerme despierta ya que aquello que debía leer una y otra vez de un pdf me aburría infinitamente.

También comencé y abandoné por lo menos 3 hobbies o pequeños proyectos y me ví 447 horas de películas. El 14 de junio vi cuatro cintas en un mismo día y el 28 de noviembre vi las tres versiones extendidas del Señor de los Anillos.

Le dedique 158 horas a conseguir los 47 trofeos necesarios para obtener el platino de Cyberpunk 2077, siendo que el juego fue para mí una decepción inmensa y, honestamente, un malgasto total de mis ahorros. 

¿Entienden? Le dediqué días y noches a una de aquellas experiencias que no disfrutas salvo en ciertos momentos, destellos los cuales se extinguen rápidamente. Una de esas acciones ilógicas en todo sentido de las cuales me hubiera reído a carcajadas con la mera proposición de llevarlas a cabo, siendo que terminas sorprendiéndote cada vez que recuerdas aquella risa cuando te encuentras, casi inevitablemente, en la misma situación de la cual te burlabas. 

Hace un año que puedo comprar alcohol de forma lícita y aún así me siento igual que cuando aquella única vez que un kioskero se negó a vendernos a un grupo de amigas porque, claramente, éramos menores de edad. Tampoco me veo muy diferente a cuando, en un estado irreconocible, le pagamos 250 pesos a un fletero para que nos subiera a su camioneta a las 2 de la mañana y en pleno invierno, con temperaturas rozando el congelamiento, sobre una caja tan oxidada que si no nos daba tétanos entonces seguíamos de largo y caíamos de culo sobre el asfalto en plena autovía. 

¡Y aún así no he vivido nada de lo que quiera hablar! Si me gusta no lo tengo y si lo tengo no me gusta. Peor aún es la realidad de que bien podría encontrarme con algunas de aquellas experiencias si tan solo tuviera algo de dedicación. De las demás me atrae un ideal del cual no puedo cerciorarme. Un amor platónico, con la importante diferencia de que es probable que el no involucrarse en aquellas fantasías sea la suerte con que tantos otres sueñan.

¡Ah! Llegué a esa sección del texto donde comienza a atacarme la culpa proveniente de mi aversión a la idea de tener 19 años de edad. Siendo sincera, podría tener 19 años de formas mucho peores... No, no voy a desarrollar este pensamiento. No soy quien debería hablar por aquellas voces. Lo cruel es que tampoco puedo evitar mencionarlo.

¡Y, sí! Ya que estamos en el tema, puede que no sea madurez aquello que esperaba en mí. Es cierto que mucho no he cambiado de cuando tenía 17 o 18, al menos en las formas particulares con las que me obsesioné. Pero no todo cambio implica volverse alguien más seria o profesional, en cualquiera de los sentidos de ambas palabras. 

¡Y, no! Realmente no quiero hablar del tema, pero aquí me tienen. Creo que sé por qué quería que hubiese más distancia con aquella chica que escribió Perón es un Ídolo en las paredes blancas de su aula o que lleva una lista de los 31 cómics que hay en su biblioteca ¡Es tan obvia la razón de todo esto que ya es muy obvio que la eludo!

Y… bueno. Un 10 de noviembre de hace ya unos años fue que comencé a esperar alguna clase de cambio; sea estética, emocional o de alguna otra índole que ahora se me escapa, siendo que, puedo confirmar, todavía no ha llegado. No importa que tan pequeño sea, lo quiero. 

Quizá no es que cumpla 19. El 19 es indistinto, como el 600, el 4, el 20 o cualquiera de los demás números que estuve regurgitando a lo tonto por en estos párrafos. Tener 19 años no es horrible, tampoco inconsecuente, pero no horrible. Ciertamente no es lo peor que me ha pasado. ¿Qué se yo? Todavía tengo un año por delante para comprobarlo.

Publicado la semana 64. 20/03/2021
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