08
Luciana Capdevila

Peligro (Relato Completo)

El pie derecho de Santiago se encontraba empeñado en golpear rítmicamente el piso de la sala de espera. Estábase de brazos cruzados, mirando sin interés la pequeña televisión que colgaba de una de las esquinas de la habitación. En ella se proyectaba un programa de farándula de aquellos que buscan iniciar un incendio con la menor de las chispas en pos de alcanzar un rating que justifique su intrascendente existencia. Nunca antes había prestado un mínimo de atención a una producción de aquella naturaleza.

Justificaba la acción indeseable de dedicar el menor de los esfuerzos a tal banalidad en base a dos factores. Aquel festival de nimiedades y conflictos comerciales era la única forma de distraerse en el hostil ambiente de un consultorio médico. Había olvidado su celular en su apuro por no llegar tarde, una preocupación innecesaria teniendo en cuenta que hace ya bastante esperaba y su presencia no había sido todavía solicitada en ningún consultorio. Dentro de esta degradante pérdida de tiempo no encontraba método alternativo mediante el cual desperdiciar sus horas de condena. 

El otro era el posible elemento de mayor importancia en aquel programa, aquella farsa mediática; el presentador.

No podía apartar su mirada del hombre encargado de liderar aquel panel compuesto de famas completamente intrascendentes. Su piel lo desconcertaba. Era demasiado perfecta, sin falla que interrumpiera aquel aburrido mapa topográfico. Bañada en una cantidad inimaginable de productos y llamativa hasta el punto de tedio. Tal era la homogeneidad de los tonos presentes en su tez que si le hubieran dicho que era imposible invocar sombra alguna sobre ella lo hubiera creído sin cuestionarlo dos veces.

Su cabello, de rubio clara y cuidadosamente teñido de forma que no se asomara raíz alguna de otro color, se encontraba bajo similares cuidados impensables. Peinado a tal grado que podía asegurarse que no había cabello alguno fuera de lugar. Era tanta la gomina que restringía sus movimientos que la luz reflejada en él hubiera sido capaz de igualar en capacidades al mítico rayo de calor de Arquímedes. 

Su vestimenta consistía de un impecable traje color fuxia, una camisa blanca y una corbata negra. Dos gemelos excéntricos adornaban sus mangas Sus zapatos de punta parecían requerir horas y horas de lustrados. La pulcritud que reinaba sobre aquella estética era incuestionable, así como de lo más deplorable. Santiago rezaba por que algún pasante deseoso de huir de aquellas garras quisiera abandonar aquel proyecto con un pequeño acto de venganza. Una taza de café siendo volcada sobre la blanquitud extrema de aquella camisa hubiera hecho que toda su espera valiera la pena.

Sobre todo teniendo en cuenta que, además de vestir ostentosas ropas y cuidadas facciones, vestía descaradamente un conjunto extenso de pequeñas conductas que parecían salidas de una mala película de comedia, una en la cual los chistes sobre él no serían más inteligentes que una constante afirmación sobre la posesión de ciertos estereotipos. 

Todo aquello que conformaba la persona de aquel presentador despertaba en Santiago tanto curiosidad como una pequeña pero palpable ira. Esta se veía reflejada en la flexión, cada vez mayor, de sus brazos.

Intentaba ignorarlo, sin lugar a dudas, pero, al igual que con una pequeña piedra dentro de un zapato, era imposible hacerlo por más de unos pocos segundos. Una vez volvía a dejar en claro su existencia era todo un reto el poder retornar a las plácidas aguas de la ignorancia. 

A medida que la espera se alargaba, estos constantes esfuerzos se volvieron evidentes para el resto de personas en la sala, quienes comenzaron a notar como dos manchas de sudor de un tamaño difíciles de ignorar asomándose por sus axilas.

Su extrema concentración, deambulando entre el olvido y la búsqueda por distracciones, lo llevó a pasar por alto a la mujer mayor que se encontraba dos asientos a su derecha. Esta lo miraba con una curiosidad proveniente de su propio aburrimiento, notando con perspicacia la atención que el joven dirigía hacia la arreglada celebridad de TV. Fue una casualidad que, al ser llamado un tocayo, en la búsqueda por la proveniencia de aquella voz, se cruzaran en miradas el joven y la anciana. Él entonces reconoció en los ojos de su vecina una porción de los sentimientos que venía dirigiendo hacia la pantalla. 

Fue entonces que un profundo terror lo invadió. Sintióse bajo un escrúpulo de ojos cuyo dictamen estaba ya escrito. Un sudor frío comenzó a recorrer su piel a medida que comenzó a buscar el origen de aquellas suposiciones tan temidas. Fue así que comenzó con la tarea de esconder aquello que habría tratado con sospecha de haberse visto replicado en un congénere.

El primer elemento del cual pudo percatarse fue la posición de sus piernas. Estaban cruzadas, no con la parte baja de la pantorrilla de una apoyada sobre la rodilla de otra, sino que repitiendo la manera en que las invitadas del programa de farándula se acomodan. 

Rápidamente, sin estar completamente seguro de por qué habría aquella pose de modificar su rígida autopercepción, procedió a separarlas, seguido de dar un largo suspiro para acabar abriéndolas a lo ancho y dejándose caer unos cuantos centímetros en su asiento. Sus vecinos inmediatos se mostraron profundamente incomodados por el súbito ataque bajo el cual se vió envuelto su espacio personal, ante lo cual Santiago actuó como si no tuviera la menor idea de lo que sucedía. 

Entonces pasó su mirada sobre su propia ropa con tal de asegurarse que nada podría dar a entender una idea errónea. Zapatillas Topper blancas, medias grises, un jean azul oscuro y una camisa celeste algo ceñida, pero no lo suficiente para generar sospechas. Respiró en paz y bajó su vista para evitar concentrarse nuevamente en el llamativo presentador. 

Esta acabó sobre el elástico de sus bóxers escapando por sobre su pantalón. Una gota de sudor comenzó a bajar por su frente, el nombre del fabricante de estos estaba impreso sobre la tela negra en letras de color salmón. De no ser porque estaba sentado se hubiera colapsado catastróficamente sobre el suelo en ese mismo instante. Movió a la altura a la que cruzaba sus brazos de forma que estos taparan aquel texto maldito, pudiendo así volver a concentrarse en eventos de menor importancia. 

Continuó así con la exasperante espera en aquel insípido ataúd, intentando preservar aquella rígida imagen. Una tan débil, vale aclarar, que daba la sensación de verse amenazada con el mínimo accionar, sea esto un simple cruce de piernas, un vistazo a la televisión o dejar entrever un mínimo de las letras rosadas sobre su calzoncillo. Aún así, sabía que lo peor estaba aún por llegar. Al fin y al cabo, iba a una consulta con una psicóloga.

Fue por una serie de incidentes laborales que estaba en aquel sitio. Sabía que la había sacado barata gracias a un amigo suyo que estaba en el área de recursos humanos, pero esto no disminuyó lo trabajoso de saber que iba a tener que presentarse ante una desconocida que iba a cuestionar cada palabra que saliera de su boca bajo alguna teoría conspirativa psicoanalítica. De más está decir que nada de lo que dijese iba a ser cierto.

Pasaban los minutos y su nombre seguía sin avanzar entre las cuatro paredes de la sala. La señora intensa y entrometida que antes le había puesto en apuros había sido llamada, así como las dos personas que estaban junto a él, por lo que ahora poseía libertad de posicionamiento de su cuerpo. El sonido de las propagandas que pasaban por la televisión era lo único que se escuchaba fuera del ocasional tono de un teléfono o el hablar de las secretarias.

Estaba un en limbo insoportable, en un purgatorio que drenaba sus energías bajo la mera acción de existir en aquel ambiente. Se percató de estar al borde del colapso cuando vió que se había lastimado de tanto rascarse una picadura de mosquito bajo la falta de cosas por hacer. Su cordura parecía colgar de un hilo y el extremo aburrimiento al cual se enfrentaba se encontraba peligrosamente cerca de cortarlo.

-Santiago Lillia - pronunció una doctora joven y de cabello castaño. 

Su mente se iluminó y se levantó impulsivamente del asiento, corriendo así la fila de sillas conectadas para luego acomodarlas torpemente. Fue hacia la médica y comenzó a seguirla a través de los pasillos iluminados por la misma luz odiosa de la sala. Sin embargo, esta era bastante más soportable ahora que su mente precisaba de algo que hacer.

Quizá era la poca claridad proveniente de la hostil espera, quizá que era obra de un arquitecto vil sino llanamente inepto, pero aquella red de corredores daba la impresión de ser un laberinto salido de Creta. Su mirada se centraba en cada puerta por alcanzar con la expectativa de que aquel fuera el consultorio al que se le dirigía, y constantemente se desilusionaba cuando esto hecho no resultaba verídico. 

Tanto caminó que las ya ineludibles manchas de sudor comenzaron a crecer hasta el punto que cualquier intento por ocultarlas hubiera sido en vano.  Además, comenzó a notarse también una porción empapada del cuello de su camisa debajo de su nuca y las gotas que bajaban por su abdomen le transmitían escalofríos. 

Las miradas sorprendidas por el espectáculo de quienes pasaban a su lado colaboraron a que el aire se tornara espeso y apareciera en él una profunda claustrofobia que aceleraba los procesos de regulación de temperatura causantes de aquella incomodidad en primer lugar. No era más que un círculo vicioso en vida intentando arrastrarse hacia un destino que parecía alejarse de forma contínua. 

Con cada par de ojos que se posaba con curiosidad o maldad sobre su cuerpo, sobre aquellos charcos o sobre la cara de abandono que debía de presentar, pasaba a encerrarse sobre sí mismo en una posición cada vez menos replegada. 

Las paredes parecían converger las unas sobre las otras en una especie de alucinación que convertía una ya ardua travesía en una odisea repleta de temporales caóticos. Sus piernas, que habían estado quietas por demasiado tiempo en la sala de espera, ahora se veían imposibilitadas de acceder a las fuerzas que habían conservado pues estas se evaporaban bajo la tensión que mostraban sus músculos.

Era la psicóloga un fuerte contraste con la fatal imagen que transmitía Santiago, y este era capaz de notar esto. Tenía jeans negros y sandalias con plataforma, lo cual no impedía que su caminar diera a entender una seguridad que probablemente provenía de haber tratado con miles de tipos como él. Como tenía una bata blanca, no sabía que llevaba de la cintura para arriba, pero si podía vislumbrar un rodete que, en combinación con una serie de carpetas y folios que estaba sujetando, transmitía profesionalidad, al menos basándose en los pobres conceptos sobre la naturaleza de esta que rondaban por la cabeza del caminante perdido. 

Quienes juzgaban silenciosamente su estado lo hacían luego de saludar con el mayor de los respetos a la médica. Creyó incluso ver a algún que otro doctor inclinar levemente la cabeza, como súbditos reverenciando a una reina cuya autoridad jamás hubiera sido cuestionada. El derecho divino a la soberanía parecía ser un punto en común entre aquella versión monárquica ficticia y quien lo guiaba en su caminar. 

Sin embargo, era un leve shock de coraje la primera reacción que generaban tales actos en él, pues aquel grado de vulnerabilidad pública, y la pobre impresión que esta le dejaba, justificaba su defensivo posicionamiento en aquel lugar. Su básica percepción sobre las jerarquías sociales que debían de gobernar las distintas interacciones de orden público le daban la ventaja de permitirse engañar por tales actos, regocijándose en una rigidez tóxica que inútilmente consideraba una fortaleza. 

Pero todas estas superficiales relaciones de poder perdían su influencia una vez percibía la inalterable dominancia bajo la cual se encontraba. Sin todavía haber llegado al salón donde iba a llevarse a cabo la consulta, menos aún pronunciado pregunta alguna, aquella mujer lo mantenía a raya de toda fantasía que había gobernado su condición hasta el momento en que se levantó para seguirla en aquella maraña de caminos. 

Era este, balanceándose entre la vergüenza y la arrogancia y alterando la percepción de sí mismo en un abrir y cerrar de ojos, el estado en cual se encontraba al momento de abandonar el éxodo y finalmente detenerse. Súbitamente, deseó seguir caminando por el lugar ya que esto le daba pequeñas y fugaces oportunidades de envalentonarse, de tanto en tanto, con las adulaciones que ofrecían a la doctora sus colegas. Era ahora el momento de encontrarse a solar con la bestia, pues sabía que podía mentir todo lo que quisiera sin el menor efecto debido a la falta de las fuerzas necesarias para controlar su lenguaje corporal. 

De pronto se acordó de que de aquella evaluación, así como de los aprendizajes que debía de  llevarse consigo, dependía su puesto de trabajo. Su ánimo parecía haber sido sentenciado a la pena de muerte. Su mirada se perdió en la nada pues su mente se encontraba demasiado enfocada en salir viva de aquel ataque como para llevar a cabo procesos fisiológicos más complejos que aquellos indispensables para vivir.

-Pasá, Santiago - le dijo, y este cumplió.

La habitación era pulcramente blanca, sin ninguna clase de obstrucción en las paredes que se encontrara en el medio de aquella continuidad que tanta formalidad le transmitía. Aquel no parecía un sitio a ser tomado a la ligera. Un escritorio con dos dos sillas, una a cada lado, y una computadora, actuaban de archipiélago, elevándose de un piso formado por pequeñas baldosas grises bañadas en pequeños puntos blancos y negros. 

Entró con cautela, creyéndose tras líneas enemigas, y sentóse en el asiento más cercano. En la pared que lo enfrentaba había una ventana que le proporcionaba una vista a las terrazas de los edificios aledaños. Para su sorpresa, muchas de aquellas estructuras, tan cuidadosamente pintadas y revocadas por fuera, mostraban hormigón y ladrillos expuestos en aquellos recónditos lugares alejados de las miradas que partían de las calles y las veredas. Habían también cuerdas de las cuales colgaban las ropas que se secaban con el sol. Los calzoncillos, bombachas y corpiños, usualmente escondidos, se mostraban allí sin temor alguno. Aquella intimidad a la que suelen pertenecer se ve completamente abandonada cuando descansan metros y metros por encima de la vía pública. 

Escuchó detrás suyo pasos que avanzaron hasta encontrarse al extremo de un mar de papeles, un teclado y un block de notas donde supuso iba a plasmar las impresiones que él generara en ella a medida que la sesión se desarrollara. 

Se preparó para mantener una precavida distancia, tanto física como emocional, que le permitiera salir relativamente ileso de aquel sitio. A la vez que la médica se sentaba, Santiago alejaba su silla con cuidado de no hacer ningún ruido que alertara sus acciones. Volvió a sentir las gotas de sudor deslizándose debajo de su camisa, las mismas que de forma tan leal le acompañaron desde la sala de espera.

El objetivo principal de aquella secuencia develadora era, al fin y al cabo, postergar el inevitable arribo del momento en que se diera algún tipo de contacto visual. El no haber prestado atención alguna a la cara de aquella que lo había guiado hasta allí significaba el poder relacionarla a una monstruosidad inhumana que validara la completa negación que sentía a la posibilidad de dar inicio a la sesión. Intentaba convencerse de que no debía de pensar en una excusa para evitar el desarrollo del encuentro si era una villana de características desproporcionadamente caricaturescas aquella con quien debía entablar una conversación. 

-¿Le sucede algo? - le preguntaron en un tono cargado de una clara intencionalidad increpante. 

De pronto, temiendo que las tácticas que solía utilizar para proteger sus aires de valentía se presten para dar a entender una aborrecida cobardía, decidió levantar su cara y mantener su mirada en alto. Eligió también el elaborar una postura corporal, de cuya exagerada naturaleza no estaba al tanto, para ayudarle a mantener su falsa bravura. 

De ser esto parte de un documental acerca de la vida salvaje, probablemente se estaría narrando una frase por las líneas de “este individuo, al verse bajo amenaza, intenta aparentar un tamaño mayor al real recurriendo a una gama de poses a su disposición para este tipo de situaciones”.

La cara con que se encontró inició un conflicto entre la atracción que esta y sus facciones le generaban y el brutal análisis que esperaba de su parte.

-No, no - respondió con esfuerzo. -Solamente estaba pensado. -

-¿En qué? - se le dirigió con la respuesta más esperada y que aún así le supone la más difícil de responder al entrevistado. Es la única excepción la evasión más vaga a la que se puede recurrir, la cual no es sorpresa encontrar escapando de los labios de Santiago.

-En nada - pronunció inseguro.

-¿Usted piensa en nada muy a menudo? - dijo la psicóloga buscando desarmar aquella coraza protectora. 

Aunque sabía que su amigo le había pedido que llevara a cabo esa consulta como un favor para que Santiago pudiera conservar su empleo, una posterior lectura sobre los hechos que llevaron a ella cambiaron por completo la actitud de completo desinterés que originalmente pensaba en mantener. Era claro que esta postura iba a requerir de un mayor esfuerzo de su parte.

-Eh… si, onda, cada tanto me quedo medio como en la Luna - se llevó su mano hacia su cuello y comenzó a rascarse. Sus nervios mantenían sobre él un poderío mayor a aquel que estaba dispuesto a aceptar.

El pequeño espacio en que se desarrollaba la entrevista pareció desplazarse por fuera de los límites espacio temporales a los cuales nos acostumbramos. A pesar de haber respondido no más que unas pocas preguntas de incuestionable simpleza, parecía este ser el inicio de una interrogación salida de los salones más oscuros dentro de la Bahía de Guantánamo. Como mucho, habían transcurrido dos minutos desde el momento en que se adentró allí, pero la foraneidad del ambiente le suponía un nivel de paranoia tal que cada segundo que transcurría lo hacía bajo probabilidades extensivamente en su contra. Pensó así en un reloj de arena desafiando a la gravedad, en cada grano estancado en el puente entre sus dos secciones, incapaz de avanzar o escapar. 

Entonces reconoció la informalidad del lenguaje que había utilizado en su último comentario. Incluso cuando le habían prometido que aquello no era más que un trámite para asegurar su continuidad en la empresa, no podía ahora dar certeza que esta realidad fuera aquella en la que se encontraba. Miró por un instante a los ojos de aquella que tenía en su poder, cuanto menos, su futuro laboral, y en un parpadeo sintió como estos se abalanzaron dentro suyo, abriéndose paso por cada recovico en la búsqueda por escrutar la entera topografía de su psique. 

Rápidamente redirigió su vista hacia los techos tapizados de ropa. Al hacerlo notó que del bolsillo a la altura del pecho de la bata de la doctora colgaba un clip con un pequeño estuche de plástico vacío. Al darse cuenta que allí suele haber una tarjeta con el nombre de quien la usa, se percató de su ignorancia sobre esta faceta de la médica. No perdía nada al preguntárselo. Es más, quizá incluso necesitaba poder dar un nombre a sus temores. 

-Perdóneme doctora - formuló con renovada cautela, de forma similar con la que se hubiera dirigido a su madre de niño sabiendo que acaba de cometer alguna vergonzosa travesura. -La verdad es que no presté la debida atención cuando me hablaron de usted - dijo pensando que entre el trato más elegante y la aceptación de la culpabilidad propia podía mejorar aquella primera impresión que estaba dando. 

Hubo un pequeño silencio mientras intentaba conseguir las fuerzas necesarias para continuar con la pregunta. En el fue que notó como se estaba rascando el cuello hace ya un periódo de tiempo importante, tomando así una pausa para enderezarse.

-¿Cómo se llama? -

-Sofía - le respondieron de forma rápida, sin utilizar más aliento del necesario.

Santiago no supo qué decir. No sabía siquiera si debía responder algo, suponía que era ella quién debía de generarle preguntas a responder. Sin embargo, temía que se diera un desafortunado silencio, ya demasiados nervios le habían generado la espera, el recorrido y aquellos primeros minutos en el consultorio. 

-Mire, usted está claramente incómodo, así que supondré que es este su primer cruce con la psicología - dijo a la vez que tomaba las primeras notas, las cuales supuso Santiago provenientes de alguna pista que su cuerpo pueda haber develado. Esto lo puso más tenso. -No se que crea que vaya a suceder, pero tranquilícese, que por el momento tengo que hacerle unas preguntas más bien básicas. -

Esperó alguna respuesta del entrevistado, todavía concentrada las hojas. Al pasar unos segundos levantó su mirada hacia él.

-¿Comenzamos? - fue pronunciando esta palabra  Sofía a la vez que se adentró en un estado de estancamiento temporal en el cual vio su concentración súbitamente vertida sobre una característica de la cual se encontraba, increíblemente, ignorante.

Notó que Santiago había vuelto a rascarse el cuello, pese al obvio esfuerzo que había estado invirtiendo en evitarlo. La zona en la cual se enfocaba esta acción, ya más cercana al arañar agresivo que al mundano rascar, mostraba un abanico de colores provenientes de moretones, hematomas y pequeñas heridas. Cayó en la noción de que todo aquello provenía de una agresión mucho más fuerte hacia la propia fisiología que de la cual se había percatado, sobre todo porque, en el foco de aquel caldo de repulsivas laceraciones, se encontraba una montaña de carne en estado putrefacto de la cual se tornaba en volcán cuando un torrente de pus comenzaba a nacer de su pico.

Costras de sangre seca lo rodeaban como un océano de lava en proceso de enfriamiento y, a pesar de no poder comprobarlo desde aquella distancia (además de que el hacerlo era la última de sus preocupaciones), el olor proveniente de aquella maraña de asquerosidades debía ser una de las peores torturas bajo las cuales se puede someter a alguien. 

Una fracción de una fracción de segundo es una medida de tiempo demasiado extensa para comprender la instantaneidad de esta serie de escenas necróticas. Incluso así, el impacto de las mismas fue tal que Sofía agradeció el haber concretado la pregunta antes de ver aquello, pues pasó a encontrarse en un estado de petrificación tanto física como cognitiva mientras intentaba procesar lo que acababa de experimentar. 

-¿Qué tipo de preguntas son? - intentó el paciente enunciar con una tonalidad de valentía entrecortada por el nerviosismo y por un fuerte sonido proveniente del asedio bajo el cual se veía la estructura carnosa que habitaba la base de su cuello.

La médica fue atraída fuera de aquella dimensión de extremo enfoque en aquel Vesubio supurado, recuperando la compostura y la profesionalidad con la misma rapidez con que la perdió. Sin embargo, no pudo evitar prestarle atención a los restos de material que residía debajo de sus uñas cuando aquella monstruosidad naciente se vió en un pequeño descanso de los furiosos ataques. Esta vez debió encontrarse en evitar aquella imagen con todas las fuerzas a las que ella pudo acceder. 

-Preguntas de protocolo, por ahora nada demasiado complejo - pudo decir sin dejar entrever ni una pizca del malestar que le generaba lo que acababa de presenciar. 

Volvieron a darse unos segundos de silencio tenso que continuaron el ambiente hostil que reinaba en la sala. A pesar de no poder ver las manos de Santiago, a Sofía le era bastante obvio que estaba contorcionándolas en miles de formas distintas en un intento de contener cualquiera fuera la emoción que le dominaba. Hace unos instantes hubiera dicho que se veía completamente sometido por el miedo y la inseguridad, pero esta última parecía haber mutado a un nuevo sentimiento, uno mucho más peligroso.

-Veamos - formuló serenamente y con una precaución sabia que comenzó a notar necesaria. 

Llevó las hojas hacia sí, dándoles una mirada atenta como si en ellas hubiera más que unas pocas palabras. Obtuvo así un tiempo para terminar de digerir la visión todavía presente de aquel carnaval de aberraciones fisiológicas. 

-¿Nombre? -

-Santiago Lillia - le respondieron, con un completo entendimiento de que esta pregunta era totalmente innecesaria en vista a que le habían llamado por este al pasar hacia el consultorio. 

Luego de caer precipitadamente en la conclusión de que aquella sesión difícilmente lo ayudaría a evitar cualquier desenlace que le perjudique, se dió paso a un pequeño auge en la frustración que habitaba aquel cuerpo, una la cual le fue visible a la doctora en forma de una gran vena que cruzaba a través de su frente como una muralla colosal. Latía con un ritmo inusual, el cual estaba tentada de relacionar con algún género musical de no ser porque aquella hinchazón se presentó también en sus brazos, tensados en una obvia muestra de molestia. 

Se preguntó si debía de seguir con el siguiente punto. La peligrosidad del mismo era más clara aún que el peligroso caldo de actitudes violentas que se generaban en Santiago. Aún así, era necesario demostrar la incapacidad que mostraba para continuar con su trabajo, y una reacción adversa y no provocada a una pregunta básica podría llegar a evitar una cantidad de situaciones las cuales no poseía el estómago para dilucidar. Moralmente, se veía obligada a tomar acción para evitar que un nuevo incidente pueda llegar a suceder. La cuestión yacía en que su instinto imploraba porque se decidiera por una ruta más segura. 

-¿Género? -

No terminó de hablar cuando pudo percibir cómo la atmósfera había pasado de ser tensa a mostrar abierta hostilidad. 

Pudo percibir cómo la miró fijamente por la intensidad con la que esta se producía. La perplejidad que le generó el que alguien siquiera se dignara a escupir aquellas palabras hubiera sido obvia hasta para la persona más desatenta. No pudo haber durado más que un parpadeo, pero aquello que transmitía podría haberse sentido años después de que se llevara a cabo aquella muestra de furia y rencor que rebalsaban la pequeña represa que los contenía.

-¿Qué? - le preguntó incrédulo y con emoción todavía contenida, en un último intento por continuar aparentando que cumplía también con el rol de amenaza y advertencia para que no continuara con la reformulación que estaba lista para dar. 

De la nada, un olor nauseabundo llegó a la nariz de Sofía, causándole una pequeña arcada que logró controlar. 

-Tu género - le aclaró luego de reunir valentía para no dar lugar a una pronunciación vagamente insegura.

-¿Y cuál va a ser? - le respondió Santiago en un tono ya bastante elevado. -Hombre - dijo sin caer en sus impulsos por seguir con alguna burla hostil hacia lo que él consideraba una falta de respeto. 

De forma súbita colapsó la silla en la que él se encontraba sentada. El choque con el piso generó un sorprendente temblor que Sofía imaginó se debía haber sentido en todo el edificio, sino en toda la manzana. Tuvo que sostener la computadora sobre su escritorio para evitar que esta terminara cayéndose, siendo así que no pudo agarrar los lápices y lapiceras que había allí, los cuales terminaron a lo largo y ancho de la habitación.

Una vez culminados los movimientos, ella se levantó instintivamente para darle una mano, permitiéndole determinar la causa de tal accidente. Toda parte de su cuerpo que se hallaba por debajo del escritorio, y por lo tanto fuera del campo de visión suyo, se había deformado como si todo tejido fuera plastilina que le fue regalada a un niño. 

Su abdomen parecía haberse derretido, envolviendose alrededor suyo como una especie de falda que caía al suelo y se abría paso a lo largo como si de un líquido se tratase. Los botones de su camina habían cedido y podían verse descansando aquel sobretodo que había sido su panza, formando en él pequeños cráteres que permitían entrever la densidad de aquello sobre lo que se recostaban. Su prenda parecía ahora una suerte de crop top bizarro, aparentando ser la nieve permanente que se encuentre en las cimas de las cumbres mayores. 

Sus piernas estaban en su mayoría cubiertas por aquella manta lípida, formando una cordillera sugerían estructuras de naturaleza tan abrumadora como aquello que continuaba debajo de ellas. Sus tobillos escapaban a esta frazada, siendo la inalteración de estos un hecho que le causó inclusa más preocupación a Sofía que si se hubiera encontrado con una prolongación de aquello imaginaba podían llegar a mostrar el resto de sus extremidades. Sus pies, en cambio, parecían enrollarse sobre sí mismos, con los tendones de estos en un estado tal de tensión que en cualquier momento parecían capaces de ceder, abriendo una herida desastrosa que hubiera permitido conocer el interior de tal espantoso organismo. Esta formación no les impedía ascender en una espiral que se habría cuando llegaba a sus dedos, los cuales se habían aplanado y ensanchado, aparentando ser los pétalos de una macabra flor.

Fue entonces que logró  descubrir la fuente de aquel olor insoportable que llenaba la sala, a lo largo de toda su complexión se habrían forúnculos que escupían fluidos en cantidades obscenas. Lógicamente asumió en un primer momento que se trataba de pus, pero era su color, un verde grisáceo, uno que jamás había pensado podía emanar el cuerpo humano. 

Al no haber mucho espacio en el recinto, no tardó su abdomen en crecer hasta llegar a las paredes, donde comenzó a amontonarse, impidiendo así el paso por la puerta y el movimiento general a través de la sala.

-¿Acaso me ves cara parecida al idiota ese que pasan por la televisón? - gritó Santiago en un tono que permitía intuir que la rabia tenía un control cada vez mayor sobre sus respuestas. 

Sofía saltó a su asiento, donde se sentó de piernas cruzadas sobre este, evitando el contacto a toda costa. No se encontraba preparada para lidiar con aquella situación, es imposible estarlo, y el miedo que esto le generaba fue creciendo y, al igual que la rabia y el odio en Santiago, este se volvía visible en su cuerpo.

Súbitamente, Santiago creció por encima de Sofía, acaparando una gran porción de su campo visual. Se encontraba ahora sentado sobre una montaña de carne, huesos y quién sabe qué otros elementos anatómicos y las mutaciones emergentes se habían extendido arriba de su barriga. Sus brazos mostraron un rápido aumento en la masa muscular, con cada fibra mostrándose claramente a través de la delgada piel que había sido estirada y con las venas al borde del estallido. Su pecho, al igual que el resto de su torso, había perdido toda característica que lo podría asemejar a un sólido, siento que incluso parecían haber corrientes de este líquidos que se movían a lo largo de este océano de pesadillas. 

-¿Acaso me sigo pareciendo? - vociferó Santiago con la intensidad de una exploción, dando continuación a sus exaltadas exclamaciones con una larga secuencia de insultos dirigidas a cuanta minoría se imaginen. 

Su cuerpo comenzó a empujar a Sofía y a su escritorio contra la pared, atrapándola a ella entre ambos. Intentó instintivamente alcanzar la ventana, pero la distancia era demasiado grande, habiendo ella terminado más cerca de la esquina de la habitación que del centro del muro. Volvió hacia ella y le pareció ver como del otro lado no había ahora otra cosa que una intensa oscuridad. Hubiera dedicado más tiempo a tal extraña transformación de la realidad, pero la ya bizarra y amenazante interacción de Santiago con su cuerpo la llevaron a dedicar su atención a él cuando ruidos de destrozos llegaron a sus oídos.

A medida que ella había intentado alcanzar la ventana para luego cuestionarse sobre lo que había visto allí fuera, lápices, hojas, computadora y todo aquello que descansaba allí comenzó a caer sobre la extendida complexión física del paciente monstruoso, donde era luego destrozados por grandes olas que aparecían instantáneamente sobre la superficie. 

Por ahora podía mantener el escritorio alejado con sus brazos, la fuerza, aunque cuantiosa en esporádicos estallidos, era todavía manejable. Supo, sin embargo, que no era aconsejable demostrar la mínima comodidad. Si podía debía sudar a propósito, utilizar sin fruto alguno las fuerzas que le restaran e incluso jadear por la supuesta falta de aire con tal de evitar una demostración aún más brutal de cada uno de los elementos que llevaron al incidente laboral.

Santiago comenzó a insultarla a medida que su voz comenzó a ganar un tono mucho más sombrío que el aparente coraje o la mal contenida rabia que había manejado hasta el momento. Todo el esfuerzo que había dedicado a promocionar una imagen aceptable para evitar las debidas consecuencias de su accionar había desaparecido cuando no habían pasado siquiera cinco minutos de sesión. Echó por la borda toda actuación planeada y pasó a actuar en búsqueda de una venganza anticipada. Era aquello una retaliación preventiva causada por la mínima duda demostrada hacia él, por exponer a un nimio peligro sus ideales corrosivos. 

-¡Ya vas a ver! - comenzó a gritar repetidamente a media que su cabeza flotaba hacia ella y sus brazo golpeaban las paredes, dejando tras ellos hoyos por los cuales se colaba e invadía los espacios aledaños a la sala.

La lucha contra la fuerza aplastante del escritorio siendo empujado por aquella bestia comenzaba ahora a cansar verdaderamente a Sofía. El borde de este daba justo por debajo de sus costillas y se concentraba en evitar cualquier pensamiento o imagen de lo que podía suceder si sus brazos se rendían en aquel momento. 

El peligro de la situación comenzó además a calar profundamente en su mente, siendo que la toma de decisiones se tornaba más difícil con el avance de los pesares físicos bajo los cuales era sometida. Era ahora el esfuerzo requerido para evitar ser aplastada una verdadera carga que mantener.

Cuando podía dirigía su mirada a la abominación que tenía al frente suyo, notando cada vez que lo hacía como era ahora su cabeza el epicentro de las transfiguraciones corpóreas que sucedían. En esta aparecieron hinchazones esféricas que crecían hasta el tamaño de una pelota, lo cual lo cubría más que un pequeño sector de una cara que parecía haberse derretido, con facciones mezcladas entre sí. La nariz convergía con la boca que convergía con la oreja que convergía con la frente con pelo que salía por un poro y volvía a entrar por otro. Los ojos, cuando podían distinguirse, estaban inyectados de sangre. La mirada que de estos partía hizo que Sofía rogase porque nunca se encontraran sus miradas, pues temía que esta fuese fatal. 

Entonces Sofía sintió como un líquido caliente caía sobre su cara. Al ver que era aquello vió como sobre su ropa había trozos de piel con partes de las facciones faciales que antes vió fundirse. Aquellas bolas de tejido inflamado resultaron ser burbujas que al estallar repartían el mismo cuerpo de Santiago por todo rincón de la habitación todavía libre del contacto directo con él.

Por un segundo vio a través de una las paredes atravesadas durante el caos, podía distinguirse un rastro de escombros a lo largo de varias habitaciones, habiendo todavía pequeñas nubes de polvo de yeso asentándose luego del ataque sufrido. La destrucción era amplia, claramente suficiente para iniciar algún plan de evacuación, pero la calma por fuera del recinto donde ella estaba atrapada era desconsoladora.

Peor aún que la calma era el vislumbrar una cantidad importante de caras que se asomaban y veían lo que sucedía incluso desde salas alejadas. Caras con las que llevaba trabajando bastante tiempo y con las cuales, a pesar de no haber formado ningún vínculo importante, consideraba gente con la cual debería poder contar, sobre todo cuando corría un peligro tan inminente como el que Santiago demostraba ser. Caras con las que se había cruzado aquel mismo día, a las cuales había saludado cordialmente a través de los pasillos que conectan los consultorios. Caras que mostraban temor y condena hacia su atacante, así como curiosidad mórbida. Caras que se quedaron completamente quietas, siendo sus expresiones las únicas reacciones que se engendraron ante lo que sucedía. 

Tuvo un instantáneo intercambio de miradas con uno de los doctores que se había encontrado cuando conducía a su futura condena por el edificio. Mostraron un interés insultante en ella, pero había en sus intenciones un completo vacío. Un espacio completamente libre de objeto alguno, desierto hasta el punto de transmitir una desesperante frialdad que golpeó fuertemente a Sofía.

La sala era entonces una extraña falla en una nada casi ininterrumpida. No había fuera de allí materia, idea o concepción alguna que influyera en aquel pequeño sitio. Incluso la gravedad, fenómeno natural tan intrincado en nuestra realidad, no podía ser más que una ilusión. No hubo objeto alguno en buscar algo allí fuera, a través del muro agujereado.

Entre la completa desolación que le rodeaba, era su propia acción lo único con lo que podía contar, siendo una actitud y un actuar desafiantes ante tal adversidad sus únicas opciones en aquel callejón el cual estaba peligrosamente cerca de confirmar sin salida. 

Entonces empujó con todas las fuerzas que pudo juntar, tratando de separarse de la madera que amenazaba con cercenarla.

Algo cambió claramente en su mirada, en su propia cara y en la forma de incorporarse, pues Santiago comenzó a atacar con sus brazos todo aquello que se encontraba a su alrededor, derribando paredes y destruyendo el escritorio. 

Sofía cayó, siendo aquellos instantes en los que atravesaba el aire una pausa extraña y silenciosa al caos que la rodeaba. Por unos pocos momentos se vió libre de la fuerza acometida contra ella, libre de presiones aplastantes e incluso libre de vislumbrar con mejor ángulo a través de las paredes. Quizá haya algo fuera de allí, quizá no era aquello una dimensión de infinita y mortal futilidad. Pero aquella fracción de segundo debía acabar.

Estaba ahora apoyada contra el piso, el cual se percató rápidamente estaba cubierto por la piel del paciente, siendo ahora el mismo cuerpo de este el que la presionaba con incontrolada fiereza. Miles de burbujas brotaban de su ferviente piel, explotando y aportando a un canto infernal que la ensordeció. El fluído verde grisáceo todavía emanaba de él y volaba junto a pedazos de tejido a medida que los estallidos los alcanzaban.

Grandes astillas del escritorio todavía la rodeaban, acercándose a ella a medida que aquel símil líquido espeso que componía a Santiago se abalanzaba sobre ella. Sin importar a donde llevaba sus ojos, solo pudo ver un incesante peligro.

Las astillas se acercaron a ella, las burbujas siguieron con su abrumador coro y aquella cabeza ahora irreconocible seguía avanzado a paso constante hacia su encuentro. Las paredes se desmoronaron, esquirlas de todo tipo volaban y estas eran deshechas en menores pedazos cuando caían. Los ojos zigzaguearon por lo que había sido alguna vez una cara, todo alrededor de ella se derrumbó y la piel que la atrapaba continuó bullendo. Iris desparramadas y las pupilas descontroladas se veían ya frente a ella. Finalmente, sintió una astilla apretando contra su torso. Supo que segundos después solo habría un cuerpo en la sala. No creyó este fuera a mostrar signos de vida. Por el momento, Santiago ya había comenzado a escurrirse por donde podía, escapando de aquel recinto.

Finalmente, sintió una punzada profunda.

Publicado la semana 60. 21/02/2021
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