06
Luciana Capdevila

La otra plaga

Era una cálida tarde de verano, una cálida, nublada y ventosa tarde de verano. Tan nublada, que el mar y el cielo se perdían entre abrazos allí en el horizonte; y tan ventosa, que las olas rompían las unas sobre las otras a la vez que danzaban entre su espuma. La playa, solitaria y alejada, era solo mía y podía disfrutarla sin pensar en los demás. Sin embargo, el porvenir de la noche era cada vez más notorio, por lo que decidí que era ya tiempo de abandonar el agua y dejar la playa. El aire rozaba mi piel con tal ferocidad que las gotas se secaban al instante y daban paso a la sal, la cual luego salía despedida y planeaba hasta aterrizar en el océano. 

Caminé por entre la tosca de la playa hasta llegar al médano detrás del cual me había instalado buscando la protección que éste brindaba contra el viento. Sequé mi cuerpo con la toalla y me puse mi vestido veraniego. Cuando la tela terminó de deslizarse sobre mí, noté que algo se revolcaba sobre la arena. Saltando en desesperación, un pez con espinas en su dorso y de ancha boca se encontraba a mis pies. El olor que despedía me causaba arcadas que tuve que controlar forzosamente para evitar vomitar. Oscuros como la más desamparada de las noches, me miraban firmemente sus ojos saltones y me ofrecían una extraña sensación de desasosiego que causó una impulsiva reacción de rechazo. Su oscuro perfil logró que me perdiera momentáneamente entre inenarrables horrores que decidí mejor descartar como imaginarios. 

Rápidamente decidí empujar arena con mi pie y enterrarlo antes de verme peligrosamente involucrada en sus premoniciones. No tuve la ínfima valentía de acercarlo de alguna forma al agua que tanto necesitaba, así que me alejé lo más rápido que pude sin detenerme a mirar hacia atrás. El cielo oscurecía y la playa se volvía menos agradable a medida que las nubes se tornaban más turbulentas y el viento gritaba junto a mis oídos, pero todo esto se volvió irrelevante mientras llevaba a cabo la corta travesía hasta la subida que me dejaba sobre la calle.

¡Pum!

Escuche un golpe seco detrás mío. El olor me hizo saber que era. No me detuve, no quise volver a caer dentro del abismo de aquellos ojos. Sin embargo, esta vez dudé si ayudarlo o no a volver a su hogar. Los pros y los contras de proseguir con tal acción batallaban en mi mente a medida que el pez saltaba con mayor desesperación entre los restos de conchas marinas que luego la erosión transformaría en arena. 

Apreté mis puños hasta el punto de sacar sangre de mis palmas mientras me di vuelta y me agaché para intentar agarrar a la bestia. Por un segundo, luego de aterrizar del ajetreo de sus acrobacias, sus ojos conectaron con los míos por un instante, y me sentí rodeada de una densa niebla que no me permitía ningún movimiento. 

¡Pum!

Pareció que un mazazo cayera sobre mí. Al llevar mi mano a mi cabeza, noté como un líquido caliente se escurría entre mis pelos, y, al ver al pez que me había golpeado, ví como sus espinas dorsales estaban manchadas de sangre. Intentando no tropezar con mis propios pies, me levanté de entre la arena y comencé a correr. El cielo era violento y las nubes seguían el tenebroso compás del vendaval. Los pocos focos de luz solar que descansaban sobre la arena se cerraban rápidamente, atrapando la playa en una crepuscular oscuridad.

Escapaba de los golpes constantes manteniendo la vista fija sobre los pallets que servían de escalera en la salida a la calle de tierra. Veía como el suelo se cubría de peces desesperados que obstaculizaban mi escape. Cada impacto se sentía con mayor intensidad que el anterior. Cada corte más profundo. Mi cuerpo quedaba con menos energías con las que luchar con cada paso que daba sobre el infierno que acontecía. 

¡Pum!

¡Pum!

¡Pum!

¡Pum!

Terminé resbalando luego de pisar a uno de ellos. Caí sobre una colchoneta de ellos. Me cubrió una manta de ellos. Me petrificó el pútrido olor que emanaba de ellos. Me entumecieron los constantes coletazos que daban ellos. Me perdí entre el nuevo mar que se alzó sobre la playa: un mar compuesto por ellos. 

Ahora me ven una infinidad de ojos saltones. Su juicio me ciñe e inmoviliza. No veo ninguna salida. Solo quise disfrutar de un día en el mar. Solo quise refrescar mi cuerpo entre las olas. El juicio que se ha librado sobre mi me castiga solo por ser. La otra plaga ha sido nuevamente liberada ante mí.

Publicado la semana 6. 08/02/2020
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