07
Luciana Capdevila

Peligro (Parte 5)

Volvieron a darse unos segundos de silencio tenso que continuaron el ambiente hostil que reinaba en la sala. A pesar de no poder ver las manos de Santiago, a Sofía le era bastante obvio que estaba contorcionándolas en miles de formas distintas en un intento de contener cualquiera fuera la emoción que le dominaba. Hace unos instantes hubiera dicho que se veía completamente sometido por el miedo y la inseguridad, pero esta última parecía haber mutado a un nuevo sentimiento, uno mucho más peligroso.

-Veamos - formuló serenamente y con una precaución sabia que comenzó a notar necesaria. 

Llevó las hojas hacia sí, dándoles una mirada atenta como si en ellas hubiera más que unas pocas palabras. Obtuvo así un tiempo para terminar de digerir la visión todavía presente de aquel carnaval de aberraciones fisiológicas. 

-¿Nombre? -

-Santiago Lillia - le respondieron, con un completo entendimiento de que esta pregunta era totalmente innecesaria, en vista a que le habían llamado por este al pasar hacia el consultorio. 

En vista a que aquella sesión difícilmente lo ayudaría a evitar cualquier desenlace que le perjudique, se dió paso a un pequeño auge en la frustración que habitaba aquel cuerpo, una la cual le fue visible a la doctora en forma de una gran vena que cruzaba a través de su frente como una muralla colosal. Latía con un ritmo inusual, el cual estaba tentada de relacionar con algún género musical de no ser porque aquella hinchazón se presentó también en sus brazos, tensados en una obvia muestra de molestia. 

Se preguntó si debía de seguir con el siguiente punto. La peligrosidad del mismo era más clara aún que el peligroso caldo de actitudes violentas que se generaban en Santiago. Aún así, era necesario demostrar la incapacidad que mostraba para continuar con su trabajo, y una reacción adversa y no provocada a una pregunta básica podría llegar a evitar una cantidad de situaciones las cuales no poseía el estómago para dilucidar. Moralmente, se veía obligada a tomar acción para evitar que un nuevo incidente pueda llegar a suceder. La cuestión yacía en que su instinto imploraba porque se decidiera por una ruta más segura. 

-¿Género? -

No terminó de hablar cuando pudo percibir cómo la atmósfera había pasado de ser tensa a mostrar abierta hostilidad. 

Pudo percibir cómo la miró fijamente por la intensidad con la que esta se producía. La incredulidad que le generó el que alguien siquiera se dignara a escupir aquellas palabras hubiera sido obvia para la persona más desatenta. No pudo haber durado más que un parpadeo, pero aquello que transmitía podría haberse sentido años después de que se llevara a cabo aquella muestra de furia y rencor que rebalsaban la pequeña represa que los contenía.

-¿Qué? - le preguntó incrédulo y con emoción todavía contenida, en un último intento por continuar aparentando que cumplía también con el rol de amenaza y advertencia para que no continuara con la reformulación que estaba lista para dar. 

De la nada, un olor nauseabundo llegó a la nariz de Sofía, causándole una pequeña arcada que logró controlar. 

-Tu género - le aclaró luego de reunir valentía para no dar lugar a una pronunciación vagamente insegura.

-¿Y cuál va a ser? - le respondió Santiago en un tono ya bastante elevado. -Hombre - dijo sin caer en sus impulsos por seguir con alguna burla hostil hacia lo que él consideraba una falta de respeto. 

De forma súbita colapsó la silla en la que él se encontraba sentada. El choque con el piso generó un temblor que Sofía imaginó se debía haber sentido en todo el edificio, sino en toda la manzana. Tuvo que sostener la computadora sobre su escritorio para evitar así que esta terminara cayéndose, siendo así que no pudo agarrar los lápices y lapiceras que había allí, los cuales terminaron a lo largo y ancho de la habitación.

Una vez culminados los movimientos, ella se levantó instintivamente para darle una mano, permitiéndole determinar la causa de tal accidente. Toda parte de su cuerpo que se hallaba por debajo del escritorio, y por lo tanto fuera del campo de visión suyo, se había deformado como si todo tejido fuera plastilina que le fue regalada a un niño. 

Su abdomen parecía haberse derretido, envolviendose alrededor suyo como una especie de falda que caía al suelo y se abría paso a lo largo como si de un líquido se tratase. Los botones de su camina habían cedido y podían verse descansando aquel sobretodo que había sido su panza, formando en él pequeños cráteres que permitían entrever la densidad de aquello sobre lo que se recostaban. Su prenda parecía ahora una suerte de crop top bizarro, aparentando ser la nieve permanente que se encuentre en las cimas de las cumbres mayores. 

Sus piernas estaban en su mayoría cubiertas por aquella manta lípida, formando una cordillera sugerían estructuras de naturaleza tan abrumadora como aquello que continuaba debajo de ellas. Sus tobillos escapaban a esta frazada, siendo la inalteración de estos un hecho que le causó inclusa más preocupación a Sofía que si se hubiera encontrado con una prolongación de aquello imaginaba podían llegar a mostrar el resto de sus extremidades. Sus pies, en cambio, parecían enrollarse sobre sí mismos, con los tendones de estos en un estado tal de tensión que en cualquier momento parecían capaces de ceder, abriendo una herida desastrosa que hubiera permitido conocer el interior de tal espantoso organismo. Esta formación no les impedía ascender en una espiral que se habría cuando llegaba a sus dedos, los cuales se habían aplanado y ensanchado, aparentando ser los pétalos de una macabra flor.

Fue entonces que logró  descubrir la fuente de aquel olor insoportable que llenaba la sala, a lo largo de toda su complexión se habrían forúnculos que escupían fluidos en cantidades obscenas. Lógicamente asumió en un primer momento que se trataba de pus, pero era su color, un verde grisáceo, uno que jamás había pensado podía emanar el cuerpo humano. 

Al no haber mucho espacio en el recinto, no tardó su abdomen en crecer hasta llegar a las paredes, donde comenzó a amontonarse, impidiendo así el paso por la puerta y el movimiento general a través de la sala.

-¿Acaso me ves cara parecida al idiota ese que pasan por la televisón? - gritó Santiago en un tono que permitía intuir que la rabia tenía un control cada vez mayor sobre sus respuestas. 

Sofía saltó a su asiento, donde se sentó de piernas cruzadas sobre este, evitando el contacto a toda costa. No se encontraba preparada para lidiar con aquella situación, es imposible estarlo, y el miedo que esto le generaba fue creciendo y, al igual que la rabia y el odio en Santiago, este se volvía visible en su cuerpo.

Publicado la semana 59. 14/02/2021
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