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Luciana Capdevila

Peligro (Parte 4)

El pequeño espacio en que se desarrollaba la entrevista pareció desplazarse por fuera de los límites espacio temporales a los cuales nos acostumbramos. A pesar de haber respondido no más que unas pocas preguntas de incuestionable simpleza, parecía este ser el inicio de una interrogación salida de los salones más oscuros dentro de la Bahía de Guantánamo. Como mucho, habían transcurrido dos minutos desde el momento en que se adentró allí, pero la foraneidad del ambiente le suponía un nivel de paranoia tal que cada segundo que transcurría lo hacía bajo probabilidades extensivamente en su contra. Pensó así en un reloj de arena desafiando a la gravedad, en cada grano estancado en el puente entre sus dos secciones, incapaz de avanzar o escapar. 

Entonces reconoció la informalidad del lenguaje que había utilizado en su último comentario. Incluso cuando le habían prometido que aquello no era más que un trámite para asegurar su continuidad en la empresa, no podía ahora dar certeza que esta realidad fuera aquella en la que se encontraba. Miró por un instante a los ojos de aquella que tenía en su poder, cuanto menos, su futuro laboral, y en un parpadeo sintió como estos se abalanzaron dentro suyo, abriéndose paso por cada recovico en la búsqueda por escrutar la entera topografía de su psique. 

Rápidamente redirigió su vista hacia los techos tapizados de ropa. Al hacerlo notó que del bolsillo a la altura del pecho de la bata de la doctora colgaba un clip con un pequeño estuche de plástico vacío. Al darse cuenta que allí suele colgar una tarjeta con el nombre de quien la usa, se percató de su ignorancia sobre esta faceta de la médica. No perdía nada al preguntárselo. Es más, quizá incluso necesitaba poder dar un nombre a sus temores. 

-Perdóneme doctora - formuló con renovada cautela, de forma similar con la que se hubiera dirigido a su madre de niño sabiendo que acaba de cometer alguna vergonzosa travesura. -La verdad es que no presté la debida atención cuando me hablaron de usted - dijo pensando que entre el trato más elegante y la aceptación de la culpabilidad propia podía mejorar aquella primera impresión que estaba dando. 

Hubo un pequeño silencio mientras intentaba conseguir las fuerzas necesarias para continuar con la pregunta. En el fue que notó como se estaba rascando el cuello hace ya un periódo de tiempo importante, tomando así una pausa para enderezarse.

-¿Cómo se llama? -

-Sofía - le respondieron de forma rápida, sin utilizar más aliento del necesario.

Santiago no supo qué decir. No sabía siquiera si debía responder algo, suponía que era ella quién debía de generarle preguntas a responder. Sin embargo, temía que se diera un desafortunado silencio, ya demasiados nervios le habían generado la espera, el recorrido y aquellos primeros minutos en el consultorio. 

-Mire, usted está claramente incómodo, así que supondré que es este su primer cruce con la psicología - dijo a la vez que tomaba las primeras notas, las cuales supuso Santiago provenientes de alguna pista que su cuerpo pueda haber develado. Esto lo puso más tenso. -No se que crea que vaya a suceder, pero tranquilícese, que por el momento tengo que hacerle unas preguntas más bien básicas. -

Esperó alguna respuesta del entrevistado, todavía concentrada las hojas. Al pasar unos segundos levantó su mirada hacia él.

-¿Comenzamos? - fue pronunciando esta palabra  Sofía a la vez que se adentró en un estado de estancamiento temporal en el cual vio su concentración súbitamente vertida sobre una característica de la cual se encontraba, increíblemente, ignorante.

Notó que Santiago había vuelto a rascarse el cuello, pese al obvio esfuerzo que había estado invirtiendo en evitarlo. La zona en la cual se enfocaba esta acción, ya más cercana al arañar agresivo que al mundano rascar, mostraba un abanico de colores provenientes de moretones, hematomas y pequeñas heridas. Cayó en la noción de que todo aquello provenía de una agresión mucho más fuerte hacia la propia fisiología que de la cual se había percatado, sobre todo porque, en el foco de aquel caldo de repulsivas laceraciones, se encontraba una montaña de carne en estado putrefacto de la cual se tornaba en volcán cuando un torrente de pus comenzaba a nacer de su pico.

Costras de sangre seca lo rodeaban como un océano de lava en proceso de enfriamiento y, a pesar de no poder comprobarlo desde aquella distancia (además de que el hacerlo era la última de sus preocupaciones), el olor proveniente de aquella maraña de asquerosidades debía ser una de las peores torturas bajo las cuales se puede someter a alguien. 

Una fracción de una fracción de segundo es una medida de tiempo demasiado extensa para comprender la instantaneidad de esta serie de escenas necróticas. Incluso así, el impacto de las mismas fue tal que Sofía agradeció el haber concretado la pregunta antes de ver aquello, pues pasó a encontrarse en un estado de petrificación tanto física como cognitiva mientras intentaba procesar lo que acababa de experimentar. 

-¿Qué tipo de preguntas son? - intentó el paciente enunciar con una tonalidad de valentía entrecortada por el nerviosismo y por un fuerte sonido proveniente del asedio bajo el cual se veía la estructura carnosa que habitaba la base de su cuello.

La médica fue atraída fuera de aquella dimensión de extremo enfoque en aquel Vesubio supurado, recuperando la compostura y la profesionalidad con la misma rapidez con que la perdió. Sin embargo, no pudo evitar prestarle atención a los restos de material que residía debajo de sus uñas cuando aquella monstruosidad naciente se vió en un pequeño descanso de los furiosos ataques. Esta vez debió encontrarse en evitar aquella imagen con todas las fuerzas a las que ella pudo acceder. 

-Preguntas de protocolo, por ahora nada demasiado complejo - pudo decir sin dejar entrever ni una pizca del malestar que le generaba lo que acababa de presenciar.

Publicado la semana 57. 31/01/2021
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