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Luciana Capdevila

Peligro (Parte 2)

Fue por una serie de incidentes laborales que estaba en aquel sitio. Sabía que la había sacado barata gracias a un amigo suyo que estaba en el área de recursos humanos, pero esto no disminuyó lo trabajoso de saber que iba a tener que presentarse ante una desconocida que iba a cuestionar cada palabra que saliera de su boca bajo alguna teoría conspirativa psicoanalítica. De más decir que nada de lo que dijese iba a ser cierto.

Pasaban los minutos y su nombre seguía sin avanzar entre las cuatro paredes de la sala. La señora intensa y entrometida que antes le había puesto en apuros había sido llamada, así como las dos personas que estaban junto a él, por lo que ahora poseía libertad de posicionamiento de su cuerpo. El sonido de las propagandas que pasaban por la televisión era lo único que se escuchaba fuera del ocasional tono de un teléfono o el hablar de las secretarias.

Estaba un en limbo insoportable, en un purgatorio que drenaba sus energías bajo la mera acción de existir en aquel ambiente. Se percató de estar al borde del colapso cuando vió que se había lastimado de tanto rascarse una picadura de mosquito bajo la falta de cosas por hacer. Su cordura parecía colgar de un hilo y el extremo aburrimiento al cual se enfrentaba se encontraba peligrosamente cerca de cortarlo.

-Santiago Berni - pronunció una doctora joven y de cabello castaño. 

Su mente se iluminó y se levantó impulsivamente del asiento, corriendo así la fila de sillas conectadas para luego acomodarlas torpemente. Fue hacia la médica y comenzó a seguirla a través de los pasillos iluminados por la misma luz odiosa de la sala. Sin embargo, esta era bastante más soportable ahora que su mente precisaba de algo que hacer.

Quizá era la poca claridad proveniente de la hostil espera, quizá que era obra de un arquitecto vil sino llanamente inepto, pero aquella red de corredores daba la impresión de ser un laberinto salido de Creta. Su mirada se centraba en cada puerta por alcanzar con la expectativa de que aquel fuera el consultorio al que se le dirigía, y constantemente se desilusionaba cuando esto hecho no resultaba verídico. 

Tanto caminó que las ya ineludibles manchas de sudor comenzaron a crecer hasta el punto que cualquier intento por ocultarlas hubiera sido en vano.  Además, comenzó a notarse también una porción empapada del cuello de su camisa debajo de su nuca y las gotas que bajaban por su abdomen le transmitían escalofríos. 

Las miradas sorprendidas por el espectáculo de quienes pasaban a su lado colaboraron a que el aire se tornara espeso y apareciera en él una profunda claustrofobia que aceleraba los procesos de regulación de temperatura causantes de aquella incomodidad en primer lugar. No era más que un círculo vicioso en vida intentando arrastrarse hacia un destino que parecía alejarse de forma contínua. 

Con cada par de ojos que se posaba con curiosidad o maldad sobre su cuerpo, sobre aquellos charcos o sobre la cara de abandono que debía de presentar, pasaba a encerrarse sobre sí mismo en una posición cada vez menos replegada. 

Las paredes parecían converger las unas sobre las otras en una especie de alucinación que convertía una ya ardua travesía en una odisea repleta de temporales caóticos. Sus piernas, que habían pasado quietas por demasiado tiempo en la sala de espera, ahora se veían imposibilitadas de acceder a las fuerzas que habían conservado pues estas se evaporaban bajo la tensión que mostraban sus músculos.

Era la psicóloga un fuerte contraste con la fatal imagen que transmitía Santiago, y este era capaz de notar esto. Tenía jeans negros y sandalias con plataforma, lo cual no impedía que su caminar diera a entender una seguridad que probablemente provenía de haber tratado con miles de tipos como él. Como tenía una bata blanca, no sabía que llevaba de la cintura para arriba, pero si podía vislumbrar un rodete que, en combinación con una serie de carpetas y folios que estaba sujetando, transmitía profesionalidad, al menos basándose en los pobres conceptos sobre la naturaleza de esta que rondaban por la cabeza del caminante perdido. 

Quienes juzgaban silenciosamente su estado lo hacían luego de saludar con el mayor de los respetos a la médica. Creyó incluso ver a algún que otro doctor inclinar levemente la cabeza, como súbditos reverenciando a una reina cuya autoridad jamás hubiera sido cuestionada. El derecho divino a la soberanía parecía ser un punto en común entre aquella versión monárquica ficticia y quien lo guiaba en su caminar. 

Sin embargo, era un leve shock de coraje la primera reacción que generaban tales actos en él, pues tal grado de vulnerabilidad pública, y la pobre impresión que esta le dejaba, justificaba su defensivo posicionamiento en aquel lugar. Su básica percepción sobre las jerarquías sociales que debían de gobernar las distintas interacciones de orden público le daban la ventaja de permitirse engañar por tales actos, regocijándose en una rigidez tóxica que inútilmente consideraba una fortaleza. 

Pero todas estas superficiales relaciones de poder perdían su influencia una vez percibía la inalterable dominancia bajo la cual se encontraba. Sin todavía haber llegado al salón donde iba a llevarse a cabo la consulta, menos aún pronunciado pregunta alguna, aquella mujer lo mantenía a raya de toda fantasía que había gobernado su condición hasta el momento en que se levantó para seguirla en aquella maraña de caminos. 

Era así, balanceándose entre la vergüenza y la arrogancia y alterando la percepción de sí mismo en un abrir y cerrar de ojos, el estado en cual se encontraba al momento de abandonar el éxodo y finalmente detenerse. Súbitamente, deseó seguir caminando por el lugar ya esto le daba pequeñas y fugaces oportunidades de envalentonarse, de tanto en tanto, con las adulaciones que ofrecían a la doctora sus colegas. Era ahora el momento de encontrarse a solar con la bestia, pues sabía que podía mentir todo lo que quisiera sin el menor efecto debido a la falta de las fuerzas necesarias para controlar su lenguaje corporal. 

De pronto se acordó de que de aquella evaluación, así como de los aprendizajes que debía de  llevarse consigo, dependía su puesto de trabajo. Su ánimo parecía haber sido sentenciado a la pena de muerte. Su mirada se perdió en la nada pues su mente se encontraba demasiado enfocada en salir viva de aquel ataque como para llevar a cabo procesos fisiológicos más complejos que aquellos indispensables para vivir.

-Pasá, Santiago - le dijo, y este cumplió.

Publicado la semana 55. 17/01/2021
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