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Luciana Capdevila

Duda (Parte 1)

El pie derecho de Santiago se encontraba empeñado en golpear rítmicamente el piso de la sala de espera. Estábase de brazos cruzados, mirando sin interés la pequeña televisión que colgaba de una de las esquinas de la habitación. En ella se proyectaba un programa de farándula de aquellos que buscan iniciar un incendio con la menor de las chispas en pos de alcanzar un rating que justifique su intrascendente existencia. Nunca antes había prestado un mínimo de atención a una producción de aquella naturaleza.

Justificaba esa acción indeseable en base a dos factores. Aquel festival de nimiedades y conflictos comerciales era la única forma de distraerse en el hostil ambiente de un consultorio médico. Había olvidado su celular en su apuro por no llegar tarde, una preocupación innecesaria teniendo en cuenta que hace ya bastante esperaba y su presencia no había sido todavía solicitada en ningún consultorio. Dentro de esta degradante pérdida de tiempo no encontraba método alternativo mediante el cual desperdiciar sus horas de condena. 

El otro era el posible elemento de mayor importancia en aquel programa, aquella farsa mediática; el presentador.

No podía apartar su mirada del hombre encargado de liderar aquel panel compuesto de famas completamente banales. Su piel lo desconcertaba. Era demasiado perfecta, sin falla que interrumpiera aquel aburrido mapa topográfico. Bañada en una cantidad inimaginable de productos y llamativa hasta el punto de tedio. Tal era la homogeneidad de los tonos presentes en su tez que si le hubieran dicho que era imposible invocar sombra alguna sobre ella lo hubiera creído sin cuestionarlo dos veces.

Su cabello, de rubio clara y cuidadosamente teñido de forma que no se asomara raíz alguna de otro color, se encontraba bajo similares cuidados impensables. Peinado a tal grado que podía asegurarse que no había cabello alguno fuera de lugar. Era tanta la gomina que restringía sus movimientos que la luz reflejada en él hubiera sido capaz de igualar en capacidades al mítico rayo de calor de Arquímedes. 

Su vestimenta consistía de un impecable traje color fuxia, una camisa blanca y una corbata negra. Dos gemelos excéntricos adornaban sus mangas Sus zapatos de punta parecían requerir horas y horas de lustrados. La pulcritud que reinaba sobre aquella estética era incuestionable, así como de lo más deplorable. Santiago rezaba por que algún pasante deseoso de huir de aquellas garras quisiera abandonar aquel proyecto con un pequeño acto de venganza. Una taza de café siendo volcada sobre la blanquitud extrema de aquella camisa hubiera hecho que toda su espera valiera la pena.

Sobre todo teniendo en cuenta que, además de vestir ostentosas ropas y cuidadas facciones, vestía descaradamente un conjunto extenso de pequeñas conductas que parecían salidas de una mala película de comedia, una en la cual los chistes sobre él no serían más inteligentes que una constante afirmación sobre la posesión de ciertos estereotipos. 

Todo aquello que conformaba la persona de aquel presentador despertaba en Santiago tanto curiosidad como una pequeña pero palpable ira. Esta se veía reflejada en la flexión, cada vez mayor, de sus brazos.

Intentaba ignorarlo, sin lugar a dudas, pero, al igual que con una pequeña piedra dentro de nuestros zapatos, era imposible hacerlo por más de unos pocos segundos. Una vez volvía a dejar en claro su existencia era todo un reto el poder retornar a las plácidas aguas de la ignorancia. 

A medida que la espera se alargaba, estos constantes esfuerzos se volvieron evidentes para el resto de personas en la sala, quienes comenzaron a notar como dos manchas de sudor de un tamaño difíciles de ignorar asomándose por sus axilas.

Su extrema concentración, deambulando entre el olvido y la búsqueda por distracciones, lo llevó a pasar por alto a la mujer mayor que se encontraba dos asientos a su derecha. Esta lo miraba con una curiosidad proveniente de su propio aburrimiento, notando con perspicacia la atención que el joven dirigía hacia la arreglada celebridad de TV. Fue una casualidad que, al ser llamado un tocayo, en la búsqueda por la proveniencia de aquella voz, se cruzaran en miradas el joven y la anciana. Él entonces reconoció en los ojos de su vecina una porción de los sentimientos que venía dirigiendo hacia la pantalla. 

Fue entonces que un profundo terror lo invadió. Sintióse bajo un escrúpulo de ojos cuyo dictamen estaba ya escrito. Un sudor frío comenzó a recorrer su piel a medida que comenzó a buscar el origen de aquellas suposiciones tan temidas. Fue así que comenzó con la tarea de esconder aquello que habría tratado con sospecha de haberse visto replicado en un congénere.

El primer elemento del cual pudo percatarse fue la posición de sus piernas. Estaban cruzadas, no con la parte baja de la pantorrilla de una apoyada sobre la rodilla de otra, sino que estas repetían la manera en que las invitadas del programa de farándula se acomodan. 

Rápidamente, sin estar completamente seguro de por qué habría aquella pose de modificar su rígida autopercepción, procedió a separarlas, seguido de dar un largo suspiro para acabar abriéndolas a lo ancho y dejándose caer unos cuantos centímetros en su asiento. Sus vecinos inmediatos se mostraron inmediatamente incomodados por el súbito ataque bajo el cual se vió envuelto su espacio personal, ante lo cual Santiago actuó como si no tuviera la menor idea de lo que sucedía. 

Entonces pasó su mirada sobre su propia ropa con tal de asegurarse que nada podría dar a entender una idea errónea. Zapatillas Topper blancas, medias grises, un jean azul oscuro y una camisa celeste algo ceñida, pero no lo suficiente para generar sospechas. Respiró en paz y bajó su vista para evitar concentrarse nuevamente en el llamativo presentador. 

Esta acabó sobre el elástico de sus bóxers escapando por sobre su pantalón. Una gota de sudor comenzó a bajar por su frente, el nombre del fabricante de estos estaba impreso sobre la tela negra en letras de color salmón. De no ser porque estaba sentado se hubiera colapsado catastróficamente sobre el suelo en ese mismo instante. Movió a la altura a la que cruzaba sus brazos de forma que estos taparan aquel texto maldito, pudiendo así volver a concentrarse en eventos de menor importancia. 

Continuó así con la exasperante espera en aquel insípido ataúd, intentando preservar aquella rígida imagen. Una tan débil, vale aclarar, que daba la sensación de verse amenazada con el mínimo accionar, sea esto un simple cruce de piernas, un vistazo a la televisión o dejar entrever un mínimo de las letras rosadas sobre su calzoncillo. Aún así, sabía que lo peor estaba aún por llegar. Al fin y al cabo, iba a una consulta con una psicóloga.

Publicado la semana 54. 10/01/2021
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