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Luciana Capdevila

Crecida

La corriente acaricia dulcemente mis pies a la orilla del río, el viento jugando de similar forma con mi pelo. La tranquilidad del ambiente cobija mi ánimo una vez más, así como lo ha hecho año tras año cuando nos enfrentamos a las fieras fauces del uróboro desde las escamas de su propio cuello.

Por ahora no han habido reuniones familiares, grandes bailes ni estallido alguno de celebración. Estos días solo ha habido un inquietante silencio en medio de la amplia calma que invade la planicie desgarrada por el cauce. Es antes de perdernos en una tormenta de sonidos que el mundo parece estar obstinadamente callado.

Detrás mío escucho como fantasmas de aventuras pasadas me visitan en melosos recuerdos que no admito tener. Espíritus que partieron bajo un manto blanco, así como bajo los bombardeos más crueles. Entre tanto ser etéreo que ha compartido conmigo aquella orilla de un brazo perdido de un arroyo lejano, creo que puedo reconocerme en algún estado pasado. Le dedico un saludo o la más cruel de las indiferencias, dependiendo del estado de ánimo con el que me encuentre. 

También me acompañan las ruinas de una gran crecida que hubo hace años. Una muralla de agua que presencié desde un puente. Árboles arrancados de raíz, agua color tierra y un rugido ensordecedor que empujaban contra la estructura. Recuerdo como mi madre dijo luego que tengamos cuidado porque los bichos iban a aparecer por todos lados en su escape de aquella catástrofe.

Me honra también con su presencia el olor a lluvia, el cual me ha sido bastante familiar estos últimos días. También me lleva esto al pasado. Hubo una vez que, retornando de algún disparate, caminamos más de diez kilómetros bajo la lluvia con unes amigues. Creímos, estando bajo una influencia de gravedad discutible, que aquello era algo infinitamente lógico de hacer en nuestra condición. De forma similar, es ahora lógico mantener los pies en el agua, incluso cuando soy consciente de aquello que he captado con mi olfato.

Pero, por ahora, el silencio lo gobierna todo en aquella plácida tarde. Los pájaros vuelan río abajo sobre mí y el cálido tacto del sol me seda hasta el punto en que llego a presenciar la bella escena, la magnífica danza de aquellas aves contra el anaranjado horizonte, sin recordar el hecho de haberme encontrado con un cazador furtivo operando por la zona. Cuando lo ví recordé de niña haberme encontrado con un colega suyo que encerraba a sus presas emplumadas en botellas de gaseosa de dos litros. Pero la tierna convergencia de los rayos del sol sobre mi piel mantienen lejos de mí el recuerdo de cómo aquella imagen partió en dos mi corazón. 

Recién ahora comenzó el agua a bajar con algo más de velocidad. Las crecidas en las sierras suceden de repente y con poco aviso. Pero todavía reina el silencio. No ha comenzado todavía ninguna cuenta regresiva ni choque de copas ni intercambio de besos y de abrazos. Por ahora el agua sigue acariciando mis piés y el viento sigue jugando con mi pelo. 

Aún estoy aquí charlando con les mismes fantasmas de antaño y disfrutando del abrazo del amoroso sol, consumándome en un profundo complot con aquellos últimos segundos de calma. Creo que un árbol acaba de pasar frente a mí. Creo que ya llegó la crecida.

Publicado la semana 52. 24/12/2020
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