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Luciana Capdevila

Incipiente invierno

Muevo el dial de la radio para enganchar la única estación que tolero. El sonido de la distorsión y la estática se torna más tenue para dar paso a los nacientes acordes de una canción. Entonces reconozco esa voz tan particular que me encanta. Escuchar a Luca invadir el patiecito con intensidad me termina de despertar esa calurosa mañana de verano. Sumo ¿Acaso hay alguna banda que se le compare? 

El ruido del pequeño choque al apoyar la radio sobre la mesa de vidrio, los rayos de sol golpeando con su gracia mi piel embadurnada en protector, mis pies libres pero apoyados sobre las ojotas para evitar el contacto con el piso de ladrillo que tanto quema. Agarro el mate de calabaza y cebo. Miro atentamente una fisura que se abre sobre la boca y por la cual escapan tímidamente unas gotas de agua que inundan el grabado con forma de ñandú que yace sobre la cáscara dura y seca. El olor a jabón de la ropa recién colgada, el sonido de la poca agua que queda al pasar por la bombilla, la marcas que dejan sobre mi piel las tiras de plástico de la reposera amarillo patito.

Cierro lo ojos y veo como la luz atraviesa mis párpados para mostrarme una pantalla roja que lo cubre todo y me brinda calidez. Siento como me engulle y me pierdo dentro de la placentera sensación. Parece como si fuera tragada por arenas movedizas en las que me dejo atrapar sin oponer ninguna resistencia. No me hace falta respirar. No necesito de nada en el mundo. Solo quiero descansar entre la tibia arena.

Pero de pronto, un cosquilleo crece sobre la planta de mi pie. Algo camina sobre mí. Algo pequeño pero con una infinidad de patas que, con cada paso que dan, dejan detrás un leve dolor como el de la picadura de una hormiga. 

El insecto se hace más y más largo a medida que se enreda sobre mi pierna. Sobre ella no camina ahora lo que creía un mero bicho. Comienzo a desesperar cuando caigo en la cuenta de lo que se cierne sobre mí. Entre la roja infinidad, encuentro un sector de total oscuridad del cual se asoma, a la vez que un escalofrío sube por mi columna, un ciempiés azul brillante cuyos pies me causan inmensa irritación y dolor cada vez que se apoyan sobre mí.

Doy exasperadas brazadas dentro del denso mar intentando alcanzar la lejana superficie. Siento como, ante los movimientos encolerizados, la arena presiona contra mi pecho y roba el poco aire que me queda para escapar. El ciempiés comienza a subir velozmente sobre mi vientre mientras sus extremidades segmentadas entumecen mi cuerpo luego de inyectar el lastimoso veneno. Veo como avanza entre mis pechos para llegar a mi cuello. Ya no puedo dar más brazadas, solo me hundo, extraviándome lentamente entre la total oscuridad de las profundidades.

El monstruo rodea mi cuello y flexiona su totalidad sobre él, ahorcándome con tal fuerza que instintivamente abro la boca con la falsa esperanza de alcanzar una bocanada de aire. El vil insecto se aprovecha y de un salto entra dentro mío. Convulsiono, doy arcadas salvajes y me contraigo violentamente. La desesperación  y la angustia me invaden por completo. Me ahoga, y no hay forma de acabar con esto.

Esta mañana de domingo ¡Esta horrible mañana de domingo! Quiero disfrutar de los cálidos piropos del sol. Quiero quedarme tomando mate en el patiecito de suelo de ladrillo mientras escucho a Luca cantar sobre la religión y Bob Marley. Pero la llegada del lunes, y con él su frío invierno de tormentos azulados, no me dejan escapar.

Publicado la semana 5. 30/01/2020
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Hola Frank - Sumo
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