48
Luciana Capdevila

Stargirl: un glitch inesperado

Mi computadora suele trabarse en los momentos menos indicados. No me malinterpreten, el resto del tiempo también presenta algún problema que importuna, pero siempre se dan esas casualidades de que los peores tiempos de cargas o errores aleatorios surgen en el mismo instante en que necesito algo de forma urgente y siento como cada capilar dentro de mi cerebro palpita debido a la presión a la cual mi sangre es sometida. En el contexto virtual de los cursos de la facultad durante la pandemia, es de carácter obvio que estos hechos han terminado con mis nervios carcomiendo completamente mi paciencia más de una vez.

Sin ir más lejos, este último domingo, a días de rendir un parcial, necesitaba ayuda para terminar de comprender cómo estimar el error de un cálculo a través de los Polinomios de Taylor. En aquel momento de extremo apuro debía sucederme que la pantalla se congelara totalmente. Por más que lo intentara, la flecha del mouse no se movía, y el PDF en el cual confiaba no aparecía. 

La suerte dictó que este estado se perpetuara por un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para verme obligada a echar por la borda cualquier planificación que haya hecho para estudiar. Debí olvidarme de repasar este tema (el cual nunca terminé de captar) y en cambio dedicar el resto de la sesión a terminar de pulir otras áreas, así por lo menos aseguraba que iba a poder enfrentarme los otros puntos del exámen. 

El nerviosismo de aquel día fue finalmente innecesario, pues en el parcial no debí calcular nada relacionado con esta área particular del análisis matemático. Aún así, incluso con este respiro, sabía que algo más iba a suceder con la computadora. Contarles mis desventuras en aquel exámen alargaría demasiado esta introducción, así que dejo de lado este suceso y únicamente diré que nunca antes había considerado la idea de exiliarme en medio de las profundidades del bosque, a la J.D. Salinger, con tanta seriedad.

Aún así, debo admitir que de tanto en tanto me llevo una sorpresa. La mayoría de ellas se dan cuando descubro que puedo iniciar la máquina sin necesidad de instalar una actualización. Pero hace unos pocos días fui por primera vez testigo de una inesperada ayuda como por parte de los glitches que usualmente me atosigan, los cuales actuaron como vehículo narrativo e instrospectivo que me permitió obtener una lectura mucho más interesante de una película que no escapa de la media.. 

He aquí Stargirl. No es una obra sobresaliente, es otra propiedad intelectual que Disney ha comprado y procesado a través de su maquinaria para adaptarla y lanzarla al mercado como venga. Aún así, como toda historia adolescente sobre las idas y vueltas de la secundaria, me hizo llorar sin paz; y, como toda obra con este contexto, también me hizo extrañar la escuela como nunca pensé que iba a hacerlo durante los 15 años de instrucción educativa que recibí. 

Mucho de lo que me transmitió, sin embargo, lo obtuve realmente del libro en que está basada. Un profesor supo darlo a leer en el momento más acertado, y, en una situación que nunca había visto hasta entonces y que nunca volveré a presenciar, una gran porción de mis compañeres se vertieron sobre las páginas de lo que debe ser una de las historias más cercanas que alguien de 14 años ha leído. 

Aún así, incluso teniendo en cuenta que contó con el apoyo de una banda sonora que solo aumentó el flujo con el que las lágrimas bajaban de mis ojos, de un diseño de vestuario que dió en la tecla con una precisión sin igual y de todas las experiencias y emociones extraídas de las páginas que hace cuatro años leí con tanta pasión, la película fue, sobre todo, olvidable. No fue mala, sin embargo no hay elemento alguno que haya generado alguna emoción que perdure en mí. Es verdad que rompí en llanto más de una vez, pero yo lagrimeo con  cualquier basura sentimentalista que me encuentre, no soy punto de comparación alguno en este sentido.

Fue así, entre momentos donde poco y nada sucedía y pausas para buscar más pañuelos, que las esperables reacciones de mi computadora alzaron la mano y dijeron presente. 

Resulta que Stargirl, como la mayoría de ficciones centradas en los años finales del colegio, presenta sin complicación alguna una idea fantasiosa y en algún sentido idealista de lo que es una escuela. Tenés un grupo de personas populares, tenés les más y menos rares, las amistades se ven amenazadas por la menor de las complicaciones, el bullying es mucho más simple y fácil de erradicar que en nuestra vida diaria y un largo etc. Resulta también que son este tipo de instituciones ficticias aquellas que más han alimentado mi nostalgia por esta etapa reciente de mi vida. 

Sea Las Ventajas de ser Invisible, My Entire High School Sinking Into the Ocean, Sing Street o la mismísima Stargirl, las películas que se desarrollan en esta etapa particular de la juventud suelen tocar un nervio profundo en mí. Hacen que desee poder hacer que el tiempo corra hacia atrás y revivir todos esos años que ahora recuerdo con cariño. El intenso romanticismo con el cual me vuelvo hacia ellos es a menudo meloso y, cosa que probablemente nunca lo admitiré frente une compañere de clase, así como los añoro, resulta que a esos años también los extraño con una intensidad inusual en mi. 

Es ya normal que un contexto escolar en una obra sea suficiente para ganarme. Esperaba que esto sucediera también con Stargirl, sobre todo sabiendo cuánto había amado el libro en su momento, pero fue también aquí, cuando el desarrollo de la trama comenzaba a estancarse, que VLC decidió tornar mi visualización de la cinta en una experiencia inesperada y la cual habría sido imposible a menos que a mi computadora le costara reproducir hasta los archivos de menor tamaño sin una jauría de problemas cayendo al baile.

No sabría decir cuál fue la razón detrás de la gran cantidad de distorsión visual, pantallas congeladas y repentinos cierres de la aplicación, pero si soy capaz de señalar cuáles fueron las emociones que generaron en mí. Cuando la situación había llegado a un punto absurdo, me veía invadida con frecuencia por molestia y enojo ante lo que sucedía. 

Imaginenme viendo la escena musical antes de la gran final del campeonato de fútbol americano colegial de Arizona, sabiendo que está por darse un gran número de baile. Lo último que quería que suceda es algún bug insoportable que no me permita disfrutarla, entre otras razones, porque sabía que iba a amar la canción de los Beach Boys que han adaptado para esta secuencia, una de aquellas que sabes no es maravillosa ni necesariamente mejor que la original pero que aun así encaja perfectamente con el momento. Entonces, destruyendo por completo la inmersión en la que me había sumido, toda la imagen se tornó gris salvo un extraño contorno en negativo alrededor de los ojos en la imagen que le dan un aspecto demoníaco: Luego la toma se pausa por completo. En completa exaltación, intento retrasar unos segundos para ver si se logra reproducir sin problemas. Luego de minutos de hacerlo, me rindo cuando ya nada parece rendir frutos.

Aquel acto idílico fue arruinado y solo fui capaz de experimentar una versión palideciente de este. Sin importar cuánto haya intentado ir hacia atrás, nunca conseguí disfrutar la escena que se suponía debía de ocupar aquel segmento y la cual fue reemplazada por una amalgama de grises que terminó una vez todo lo interesante ya había pasado.

Errores de esta naturaleza, aunque muchos menos graves, ya habían aparecido durante los 47 minutos previos de película, pero fue este el primero que me extrajo por completo de la fantasía en la cual me había entrometido. Ahora solo podía experimentar una versión mucho menos cautivante que la original, una la cual se parecía menos a aquella vida de secundaria con la que tanto sueño y más a… la que había vivido en carne propia.

Aquella serie de bugs informáticos golpearon mis concepciones a tal punto que no hice más que tomar elementos que se mostraban para recordar situaciones similares que haya vivido y tratar de visualizarlas no como las experiencias perfectas que quería creer fueron, pero como aquella maraña de píxeles los cuales de casualidad puedes distinguir en medio de los miedos, las preguntas, las salidas y lo que ocultamos. Así hasta que el título apareció por última vez y dio paso hasta los créditos finales.

Mi paso por los dos colegios donde llevé a cabo los últimos seis años de enseñanza obligatoria no fueron terribles bajo ningún parámetro, pero no fueron ni remotamente similares a lo que tantas veces lo he relacionado a través de los productos culturales que consumo. Aquel ataque de ruido visual aceleró exponencialmente un proceso de resignificación de aquellas vivencias que había comenzado tan pronto como volví del viaje de egresades a Bariloche, uno el cual había virado mayormente hacia la romantización y  que ahora se ha vuelto irreversiblemente hacia la crítica. 

Un nube de glitches envolvió todos estos “recuerdos” y dejó a su paso carcazas que debía confrontar y que había evitado hacerlo hasta el momento. 

Mientras en Stargirl veía cómo se maltrata a una estudiante debido a lo que es realmente una situación que, al fin y al cabo, no es simplificación de las problemáticas de la vida social estudiantil, yo no hice más que pensar en una verdadera situación de escarnio hacia una compañera con la que fui cercana y de quien decidí alejarme. Mientras esta realidad ideal mostraba esta situación de forma simplista y finalmente irrelevante, yo debí de confrontar que abandoné a quién había considerado una amiga debido a presiones sociales y un ambiente general de hostilidad y discriminación hacia ella el cual revolvía principalmente alrededor de su tono de piel. ¿Cómo se supone que pueda volver a insertarme nuevamente en aquella secundaria ficticia después de eso?

Fuí también consciente de cómo hube de suprimir que gustaba de un compañero cuando el personaje principal, casualmente similar a mi compañero en cuestión, exploraba su primer noviazgo. Caí en la idea de que los amores de colegio terminan, en la mayoría de los casos, en la nada misma, muchas veces no solo por el hecho de que la persona no refleje tus sentimientos, si no también porque nunca nadie nos ha enseñado cómo actuar cuando aquelle por quien sentimos un cariño especial es del mismo género con el cual nos expresamos/identificamos. El miedo a las consecuencias por lo que podría suceder si llegaran a correr rumores sobre nuestra sexualidad es por sí mismo suficiente para sepultar definitivamente las afecciones de muches. 

Tanto recuerdos similares como unos cuantos los cuales ya había cuestionado de una forma u otra se vieron de pronto bajo la lupa y rodeados de dudas, tornando una película regular en una de las introspecciones más salvajes que he tenido. La incertidumbre que invade todo aquello que hago a través de mi computadora gracias al estado paupérrimo de su software transformó lo que hubiera sido una coming of age más del montón en algo verdaderamente interesante. 

Las trabas y errores que generalmente me angustian por ser obstáculos se transformaron en vías para vislumbrar la irrealidad tanto de aquello que he consumido como aquello que recuerdo como hecho fáctico, revelando que muchas de las cosas que anhelo solo sucedieron bajo el filtro de la nostalgia. De la misma forma que para el final tanto del libro como de la película los estudiantes de la secundaria de Mica dudan de la existencia de Stargirl, la estudiante que los deslumbró con una autenticidad única (quizá debería haber aclarado que ella es un personaje antes de divagar tanto), ahora dudo de aquello que extraño, o al menos creo extrañar. 

La verdad es que las experiencias que viví en el colegio, al igual que las escenas sobre-producidas de una película diseñada para la taquilla y al igual que yo misma y mis compañeres, no fueron ni perfectas, ni idílicas, ni ningún adjetivo que se asemeje remotamente a tales. La nostalgia puede hacernos perder la vista del lado menos hollywoodense de la juventud, un territorio donde no todo se soluciona para cuando llega el egreso, un paisaje donde no subirás a cantar una canción al escenario frente a todos tu colegio para arreglar los errores cometidos a lo largo de años y donde la vida sigue, incluso cuando ruedan los créditos.

Para muchas personas estos fueron años que preferirían olvidar. En mi caso particular, aunque deba reflexionar sobre la relación que quiera mantener con una gran parte de estos sucesos, tengo todavía ciertos recuerdos que despiertan aquel romanticismo que tanto nos puede engañar. En todo caso, necesito de otra dosis de exasperación por parte de mi computadora para cuestionarme también acerca de ellos y definitivamente me vendría bien uno que otro glitch cada vez que vea una de estas películas.

Desde entonces he conseguido ver la escena del baile antes de la final y logré confirmar así que el anhelo que nace en mí por estos momentos no está basado en nada tangible. ¿Quién en su vida ha formado parte de una banda marchante? ¿Quién cree que un público sería capaz de escuchar una vez entre trompetas y trombones? 

Dejando de lado estas críticas más que nada quisquillosas, la idea de que tantos eventos en la vida del estudiante pueden resumirse en unos pocos momentos oscuros y tantos alegres es ingenua. No solo es el flujo del tiempo constante e indiferente, si no que la mayor parte del tiempo es verdaderamente complicado distinguir cuáles serán los momentos que recordaremos con cariño y cuáles no.

Al igual que mi computadora, nada se desarrolla de forma perfecta, todo tiene sus tropiezos y obstáculos que nos alteran. Es complicado aceptarlos cuando la visión que se tiene de ciertas épocas de la vida es abrumadoramente positiva, pero también es necesario hacerlo. Es así como identificamos aquello que debemos cambiar, tanto nosotres que hemos terminado la secundaria como les alumnes que todavía recorren sus pasillos o, en todo caso, las aulas virtuales. Así aprendemos que el racismo todavía sesga nuestras interacciones, que la cisheteronormatividad ha evitado que tomemos riesgos hacia los que otres se lanzan sin pensárselo dos veces y que todavía existen miles y miles cuyas experiencias escolares se encuentran a años luz de distancia del ideal que nos encontramos en el entretenimiento.

Necesitamos que el VLC falle siempre que nos propongamos entrar en contacto con estos productos, o al menos unas cuantas veces. Las suficientes para que volver hacia nuestra vida en el colegio con una mirada crítica no nos suponga ya un esfuerzo. Las suficientes para decidir construir sobre los errores que la plagaron. Quizá así en un futuro podamos ver la película sin molestia alguna.

Publicado la semana 48. 27/11/2020
Etiquetas
Be True to Your School - Grace VanderWaal
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
I
Semana
48
Ranking
0 139 0