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Luciana Capdevila

Salida (Historia Completa)

Disclaimer: Hice corecciones, neutralicé ciertos términos y agregué pequeños fragmentos en las partes anteriores. 

 

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Premoniciones de la viniente noche comenzaron a escurrirse entre los juncos que rodeaban la laguna. En encantadores movimientos se reflejaron sobre el agua los gritos carmesí de la jornada moribunda. Una fresca brisa atravesaba la costa donde los altos pastos se mecían en sus plácidos soples. En un claro en medio de la espesa maleza se encontraba una pequeña playa en la cual podía verse una fogata pequeña junto a una carpa. Ambas se encontraban a penas dentro de los límites de la arena. Campo adentro estaba estacionada una camioneta y de ella descargaba una joven en cómoda vestimenta veraniega. Su vestido ondulaba gentilmente contra el viento a la par de la flora costera y sus sandalias escapaban del barro al compás del ritmo muerto de la última canción que emitió la radio cuando comenzó a asentarse en tal alejada localidad.

Estaba provista como para quedarse en la laguna por unas cuantas noches de expectativa. Con la distancia que la separaba del pueblo más cercano y lo olvidado de los caminos que debía de recorrer para llegar allí, era demasiado el esfuerzo que debía dedicar como para disfrutar de una única noche de escapada. 

Por suerte estaba ya acabando su labor y la reconfortante frescura del advenimiento de la noche era una maravilla absoluta. Le hicieron falta solo unos cuantos minutos más para terminar de preparar su campamento. Apoyó sus manos en su cintura e intentó estirar su espalda. Descansó unos segundos de pie junto a la carpa con la vista perdida en el horizonte y por primera vez desde que estacionó pudo concentrarse en los sonidos que habitaban la pradera pantanosa.

Sus oídos se sumieron en el canto de miles de cigarras que anunciaban la llegada de la noche con sus baladas románticas inentendibles para nosotres les humanes. A pesar de no poder traducir las palabras dedicadas en aquella disonante melodía, Bianca se sintió acompañada en las vísperas de de una espera la cual no podía asegurar fructífera. 

Sería imposible estar rodeade de tal sobrecogedora sinfonía y no prestar unos minutos de reflexión a los insectos que cada verano escapan a un mundo desconocido, dejando la seguridad de sus enterrados hogares, para alzar a la naciente penumbra las notas de su esperanzada canción de amor. Lo mismo podría contemplarse acerca de las intrépidas cigarras; y lo mismo podría también contemplarse acerca de Bianca.

Era este retazo de tierra olvidado el paraíso terrenal de una joven deseosa por sentir en carne propia aquello que abunda en el aire de la laguna. El escenario de sus sueños cumplidos y de los anhelos por los cuales sabía que todavía debía esperar. La recolección de sensaciones que la abrazaban dejarían en ella un recuerdo cálido al cual recurrir cuando deba partir nuevamente, al igual que cada una de las oportunidades que había aprovechado para visitar tal edén. 

Sin embargo, idílica o no,  aquella seguía siendo una zona húmeda y la temporada seguía siendo una de sofocantes temperaturas. Era entonces de esperarse que no pasara mucho tiempo antes de que un ejercito de mosquitos hambrientos se lanzaran en una voraz avanzada para hacerse de la sangre de la joven. Ella se había colocado repelente, pero los incansables zumbidos le hicieron saber que era inñutil esperar resultado alguno. 

Aún así volvió a cubrir su piel bajo el chorro del aerosol, más por el hecho de que esto le traía paz psicológica que porque este tuviera efectividad alguna. Sabía que no podía hacerle frente a la sed de tales molestos vampiros, ante lo cual intentó fútilmente ignorarlos.

Le pareció que este verano estaban especialmente alterados, mucho más que de costumbre. Una vez sobrepasado el límite de su paciencia, la voracidad de tales seres la obligó a encerrarse a cenar dentro de su carpa, yendo así en contra de la idea misma de embarcarse en tal viaje. 

Debajo de las lonas de nylon le costaba discernir quién hacía más ruido, si las cigarras melosas o los mosquitos irreverentes. Siempre consideró que su notable antipatía por los últimos era la razón por la que daba la impresión de que la laguna entera se sumergía en el zumbido. Quizá las cigarras los superan en números por varios grados de magnitud, pero el profundo odio que le generaban los mosquitos y su molesta colecta potenciaba el efecto que estos tenían en la tranquilidad de Bianca. La próxima vez conseguiría una lámpara de aquellas que los electrocutan para ahorrarse los disgustos que le causan siempre que acampa.

Pasadas unas horas de la huída del crepúsculo, cuando la Luna llena y las estrellas eran las dueñas indiscutibles del cielo nocturno, decidió que no iba a pasar un segundo más encerrada. Sin importar que tan insufrible fuera el asedio de sus depredadores, tanto el calor como las ansias de libertad la hicieron salir a nadar unos minutos. Si no podía alejarse de los mosquitos por lo menos iba a aminorar los efectos de la humedad sofocante. 

También iba a poder tener una primera noción de lo que era bañarse en aquellas aguas. A pesar de haber visitado tales rumbos muchas otras veces, la naturaleza mutable de tal ambiente así como la de su propia personalidad e individualidad le brindaban una experiencia completamente distinta cada vez que iba.

Fuera de la carpa podía verse desplegado un irrepetible patrón a lo largo del majestuoso firmamento. Una belleza intensa bañaba cada rincón de la amplia ventana hacia el cosmos. El brillo que le llegó logró enceguecerla por unos pocos segundos, permitiéndole así un pequeño vislumbre imaginario de la llegada tan cercana. Sin embargo una molesta astilla se enterraba profundo dentro de su alma, pues aquella región de desolado estancamiento no se veía iluminada bajo las bonanzas que llovían del cielo. Aquellos rayos se evaporan antes de interactuar con la necesitada vida, abundante por fuera de las concepciones rutinarias. 

Al igual que en sus visitas anteriores, el único aspecto inmutable de aquel misterioso lugar era como el cielo nocturno abandona a la laguna, cruelmente arrebatada de los frutos de la noche, justo en su momento de mayor poderío.

En contraste con las llamativas constelaciones de pícaras estrellas, vió al frente suyo la más abrumadora de las oscuridades. Una sólida frontera se levantaba contra el encantador azul profundo de la medianoche, una imitación con aún mayor malicia del Adriano romano que sembraba la agonía tras sus intangibles ladrillos. Tras él sólo podían percibirse las figuras básicas de las miles de criaturas que sobreviven en aquel retoño, y fue en aquel océano de sombras intensas que se alzó la hipnotizante figura de Bianca, cuya piel exquisita reflejó con encanto los mimos y goces de la luz,

Fantasma para les demás fantasmes, se hizo presente como una real irrealidad desconocida para quienes habitan aquellos parajes. 

No tardó en poner un pie fuera de la carpa que los mosquitos volvieron a abalanzarse sobre ella con su conocida voracidad. Frutos de las zanjas estancadas, de los lechos iluminados por los astros pero ignorados por su peligroso espejo de agua, eran los representantes de esta especie mortal una realidad a la cual debía sobreponerse en sus visitas al igual que las demás criaturas a lo largo del año. 

Se abalanzó al descubierto sobre aquel mundo, pues llevaba sobre sí únicamente su malla, la cual fuera de evitarle las picaduras más incómodas no le era de mucha ayuda. Bajo aquella distante vigía seleniana, corrió hacia el agua, hundiendo sus pies en un fango que con sólida penumbra pintó sus pies y desterró los primeros rastros de su privilegiada concepción.

Sintió cómo su cuerpo era rodeado en la súbita profundidad por una extraña textura la cual sería incapaz de describir a otre. No era para nada sólida ni tampoco era líquida, y gelatinosa es una palabra insuficiente por donde se la mire si se fuera a hablar de aquella serie de sensaciones. Sus dedos resbalaron entre estructuras de obvia existencia hasta el momento en que esta les era reconocida. Su cuerpo resbaló y rebotó para luego estabilizarse en una dudosa gravedad. No podía decir tampoco que flotaba, sino más bien que se encontraba de pie, aunque sin esfuerzo alguno. Pensó que quizá así podía llegar a sentirse el estar parada en la superficie de la Luna.

Refrescó tanto su cuerpo como su mente por unos minutos, momentos en los cuales el sombrío paisaje que la rodeaba no permitía actividad alguna fuera de la introspección y la expectación tortuosa. Aquella realidad existente entre el desorden inmaterial y la organización palpable provee de interesantes indicios hacia quienes habitan en su lecho. Recordó en aquella amalgama de sentimientos a quien la había llevado a retornar cada año a aquellos brazos.

Pero no había punto en seguir allí sin elle. 

La escena en la cual se desarrollaba tal magnífica serie de eventos impensados palidecía sin la presencia que verdaderamente importaba. Es verdad que no faltaba demasiado para llegar a aquel momento, pero esto no evitó que aquellos minutos de verdadera y consciente soledad fueran un flechazo envenenado para su corazón.

Así, no habiendo nada que valiera la pena hacer, decidió terminar su velada; inmersa en la hora más oscura de su extrañar y sin descanso que le brindara paz, ni de su mente ni de los malditos mosquitos. 

Durmió bajo la protección de las lonas y la tela mosquitera, en perfecto aislamiento del exterior. Fue la propia su única compañía durante el sueño y tenía la pobre suerte de ser una de las peores compañeras de males que pueden tocarle a une. La dictatorial noche seguía olvidando a aquella región de pantanos, así como lo hizo antes, así como lo hará siempre, y no era ella más que una visitante temporal, incapaz de hacer otra cosa que empatizar y desear que su amade aparezca pronto. 

En fantasías le vió y en fantasías también escapó junto con elle hacia el cosmos. Hacia las nebulosas con sus miles de brazos en conjunta creación de una nueva luz en el cielo y hacia antiguos planetas, vigías incansables del atardecer. Sea bailando sobre la cola de un cometa o acompañando el brillante vagar de una estrella solitaria, allí se encontraban ambes, así se abrazaban, allí se amaban. Allí, no aquí.

Entonces despertó dentro de la carpa en medio de aquel claro entre los pastizales. Su cuello había dormido bajo mejores tratos y se lo hacía saber bajo destellos de dolor molesto pero no necesariamente fuerte. Bajó el cierre de la puerta para recibir un vistazo del día y fue recibida por una pared de humedad y calor atosigantes, además de los esperables mosquitos. El sol coronaba aquella media mañana y la vista de kilómetros de llanura interrumpida únicamente por el ocasional árbol con delirios de superioridad iba a juego con una abrumadora soledad fruto de sus sueños. Con ellos nacía un nuevo día en el cual debía lidiar consigo misma y sus esperanzas.

Aquellas horas de abundante luz destruyeron toda noción de intranquilidad existente en aquel páramo. Una vez se iluminó la regularidad de sus haberes pasó de ser una tierra de habitantes demoníacos y estructuras celadas por los cuerpos de la bóveda celeste a convertirse en un reflejo de aquella imagen tan distante durante el ocaso. 

Las nubes avanzan junto con gemelos gestados en la superficie de la laguna. Dobles de magnífica similaridad, indistinguibles salvo por las pequeñas ondulaciones que atraviesan el agua y deforman de forma sutil la forma divina de aquellos cúmulos aéreos. Quizá en las pequeñas gotas que recorren sus sistemas de presión se vea también reflejada la laguna, diminuta cuando se la ve desde tales alturas. 

Las sombras que tanto alimentan miedos y deseos no son ahora más que tiernas marcas sobre el barro seco. Salvo bajo los árboles, no existe punto alguno en esa extensa monotonía que pueda dar indicios de la explosión nocturna de misterios y búsquedas. Es entre las raíces de estos majestuosos seres que se esconden del cielo los animales menos sociables. Escarban la tierra para escapar de las altas temperaturas mientras esperan a que la noche retorne a liberarlos al esconderlos entre la falta de luz. 

Bianca descansó también bajo estas ramas y buscó refugio de la pesada tarde recostada contra el tronco y deseosa de bajar el almuerzo para poder volver a su inmutable existencia pacífica. Pensó que quizá el calor infernal fuera tan mala experiencia para los mosquitos como lo era para ella, pues hacía rato que no sobrevolaban en grandes números alrededor de ella. 

Se alegró de poder acompañar a los segundos hacia su lecho de muerte. Allí no debía luchar por sobrevivir y podía pensar en nimiedades tanto como quisiera, o al menos hasta que un triste recuerdo bañe tales momentos de calma introspección en una profunda angustia por el devenir.

Su mente comenzó a irritarla con imágenes de aquelle por quien había viajado tanto.

Había hecho frente a cada desafío que aparecía refugiándose en la idea de luego reírse de aquellas historias con aquelle que le había permitido sobrevivir a los malestares rutinarios. Sin embargo, el no tenerle a su lado pasó a generarle la sensación contraria. ¿Cuál era ahora el punto de existir si no podía dedicarle cada segundo de su vida?

Se rió, pensando en lo exagerada que había llegado a ser en algún que otro momento, incluyéndose este.

Recostada con las piernas en el suave pasto y su torso contra el árbol, viendo como pequeños rayos se colaban entre las ramas para iluminar diminutas porciones de sus pies, recordó cómo había llegado a llevar a cabo el simple acto escribir con la imagen de elle viendo aquello que quedaba plasmado sobre sus cuadernos de la universidad.

-Tenés una letra muy linda. - imaginaba a su amade anunciándole.

-¿En serio? - respondería sorprendida. -No creo, nunca me gustó - diría tímidamente.

Luego pasaría sus brazos alrededor de su cuerpo y le abrazaría. Alzaría su cabeza con decisión y con un tierno susurro le diría cuánto amaba que la sostuviera, cuanto querría que aquellos instantes no llegasen más a su fin.

¡Que se acabe el tiempo! Si total nuestras vidas son, al fin y al cabo, insignificantes. ¿Por qué no vivir infinitamente en escenas como esta, donde el amor escapa por cada uno de los poros que cubren nuestras cálidas pieles?

Pensó en cómo había aprendido canciones canción tras canción en el piano solo para poder acompañar el bello canto de su compañere y participar en un maravilloso festival de cercanía indescriptible. ¡Que unión más conmovedora aquella de dos músiques en una íntima función! 

Tocó entonces unos cuantos arpegios sobre su muslo. Si mal no recordaba, estos eran el acompañamiento de una canción en extremo melancólica. Una de esas que son hermosas cuando piensas en compartirla, pero que son horriblemente melosas y abrumadoras cuando tu sentir no tiene donde recaer. 

Aprovechó para repetirse una y otra vez que solo había pasado una noche. El que no haya aparecido no significaba nada particular. Es más, teniendo en cuenta lo difícil que era para elle transportarse, era de esperarse. Pero el temor a haberle perdido luego de tanto tiempo sin contactarle solo le permitía imaginar el peor de los escenarios posibles. Sabía, sin cuestionárselo, que había llegado hasta aquel punto inhabitado de los esteros para volver con un retazo importante de su vida olvidado para siempre en aquel agónico lugar.

Sintió como el frío miedo por perder aquella guía a través de la reciente miseria subía por su columna para plantar las más terribles paranoias y nublar aquella soleada tarde de verano. El pasto creció rápidamente y envolvió sus brazos y sus piernas. Entonces comenzó a tirar de ella, hundiendo su cuerpo en la húmeda tierra, mezclándola en aquel barro que había opacado la luz que reflejaba de sus pies la noche anterior. Sintió como su existencia se tornaba súbitamente más pesada, oprimiendo su pecho con la fuerza de mil tempestades, inmovilizando su cuerpo, imposibilitando su actuar.

Mientras tanto, el sol seguía bañando aquella pacífica laguna.

Las riendas tiraron de ella a través de capas y capas de sedimento, viajando a profundidades mucho mayores que aquellas que creía posibles debajo de la corteza terrestre. Le fue también extraño el no haberse topado hasta tal punto con una capa de roca, o por lo menos con algún sedimento de mayor solidez.

Tales cavilaciones además le comprobaron que la situación en la que se encontraba no era peligrosa, pues de no ser así no habría sido capaz de formularlas. A pesar de no haber experimentado aquello jamás, de nunca haberse internado en las entrañas de aquel mundo por conocer, no vio peligro alguno a medida que se internaba en nuevos recovecos. Su corazón parecía prometérselo.

Fue, se dijo a sí misma para calmarse nuevamente, esta tranquilidad la cual le permitió sentir extrañeza ante la falta de piedras y no peligro ante un ambiente desconocido. Llegó a la conclusión, entonces, que le únique capaz de transportarla con tal delicadeza en una acción de tal audacia era aquelle por quien ella había realizado su propia travesía. Al fin y al cabo, ambes debían de hacer sacrificios bajo el disgusto del cielo nocturno y la oscuridad prevaleciente en la superficie. Ensuciarse un poco era lo mínimo que podía dar de sí misma. 

Los minutos continuaron sucediéndose. Bianca siguió en su descenso, viviendo y reviviendo mil y una situaciones de anhelos que deseaba pudieran tornarse reales. Todas con el cálido cuerpo de elle sosteniéndola tal cual lo hacía en ese momento. Todas con su presencia brindándole la libertad de poder gritar a los cuatro vientos que le amaba. 

Imaginó al abrazo del reencuentro y todas las emociones que brotarían de ambes, y de pronto cayó en la realización de que ahora sentía como alguien la presionaba contra un cuerpo, y sobre todo como este palpitaba con  emoción. Su corazón de casualidad no escapó de su pecho ante la alegría que la invadió. 

Entonces abrió sus ojos y vió frente a sí una ciudad extendida por una amplísima caverna. Las estructuras que nacían frente a ella rompían con toda concepción proveniente de su mente acostumbrada a la tradición citadina moderna, ni hablar de su diferencia con los estándares arquitectónicos de la laguna. Formas que volvían sobre sí mismas, espacios tanto sólidos como intangibles, caminos de increíble existencia paradójica. Un sinfín de cuerpos imposibles la rodeaba. 

Se le ocurrió que alguien más pretencioso (e incluso ella, para ser sinceres) narraría aquella escena a través del uso de terminología como no-euclidiano, o iridiscentes geometrías incalculables para nosotres. Esta última expresión, sin embargo, terminó siendo la única conjunción de palabras que encontró en su repertorio léxico para describir la iluminación que cubría todo lo que la rodeaba, a pesar de que no existiera fuente alguna de la misma a la que un externo pudiera culpar de aquel fenómeno. 

Bianca, por el contrario, había sido familiarizada con la naturaleza de estas luces a lo largo de los muchos contactos que supo mantener con une habitante en particular de la ciudad incomprensible.

Entonces vio su piel bañada por arcoiris que se intersectaron en distintos ángulos al mismo tiempo. Estos la cubrieron en un patrón imposible de conceptualizar en términos que pueda trasladar a un formato escrito, pero aún así reconocible para su corazón, antes al borde del estallido y ahora con emociones desbordando y alterando el frágil equilibrio que había logrado mantener a la distancia.

A pesar de la extrañeza que rodeaba aquella escena (la cual, a pesar de su cercanía, no había presenciado jamás), sintióse como en casa, pues aquel patrón lumínico que la decoraba pertenecía a la razón de sus travesías, campamentos y conflictos con los insufribles mosquitos. 

Recordó como la forma de aquel ser nunca le fue clara, sino que era más bien etérea. Existente por encima de los planos en los cuales se movilizan todos aquelles por quienes el cielo nocturno ciente gracia, podría decirse. Es más, apostaría que tampoco pueden comprenderle las almas que rondan la superficie de la laguna, pues incluso esta zona había demostrado ser peligrosa hacia su amade. 

Aún así, la palabra etérea no era justa, pues elle, les demás que transitan la escondida polis donde estaban y el asentamiento en sí, son reales y materiales. Sus vidas, aunque basadas en diferentes ciclos temporales y físicos, siguen estando atadas a las leyes que forman la inquebrantable constitución universal. A pesar de lo complicado de su existencia para todo extranjero, su vida no era, filosóficamente, más complicada, únicamente más peligrosa. Esto último a causa de la misma incomprensión que genera tanto contraste entre los tres mundos que Bianca ha recorrido.

Luego de los altibajos por los que su mente la llevó hasta hace no más de lo que parecían unas horas, de tantas preocupaciones y búsquedas por razones que explicaran la distancia que habían mantenido, luego de noches de insomnio por soñar despierta con el momento del reencuentro y con tantas emociones incontenibles brotando a través de sus expresiones, decidió que era momento de levantar la vista.

Entonces el aire se tornó mucho más cálido y pesado de un momento a otro. Una nueva y familiar humedad llenó el entorno alrededor de la reencontrada pareja, aunque sus miradas se encontraban tan profundamente hipnotizadas por le otre que el mundo podría haberse acabado ahí mismo sin que siquiera parpadearan. El viento susurraba a sus oídos y jugaba en el poco espacio que existía entre elles, pero debía contentarse solo con la respuesta del gentil pasto, siempre dispuesto a mecerse en los brazos de la brisa. También la Luna intentó sumarse a la escena, aunque desvió su luz con un gesto de disgusto al encontrarse con una Bianca cubierta de barro de pies a cabeza y a une humane a quien no quizo intentar comprender. 

Los pies de Bianca pisaron la húmeda tierra como lo habían hecho la noche anterior, sin embargo, no era ahora sí piel una encantador foco de iluminación. Ahora que había sido contaminada, todo su cuerpo se veía despojado de aquella gracia que antes la mantuvo segura, y que tuvo que sacrificar para poder llegar a la ciudad de los milagros, para volver a ver a le únique merecedore de  aquella piel. 

Costras oscuras la cubrían por completo, eliminando todo contraste con el olvidado pantano al que estaba acostumbrada. Era ahora parte de este, lo quisiera o no, y así como esto le permitía asentarse de forma permanente en la frontera de lo visible, también significaba que no volvería a ser bañada por las bonanzas a las que estaba acostumbrada. Supo que de allí en más los esteros serían un ambiente mucho más hostil. Ni hablar de los confines del cosmos. 

Pero terminó resolviendo que lo mejor era olvidar las preocupaciones y conspiraciones que habían teñido aquel día. Eran las últimas horas de un prófugo que siempre escapó rápida y sigilosamente de su vista. Se vió contenida así como liberada. En lo que a ella respectaba, el mundo y todas sus limitaciones físicas habían desaparecido, dejando lugar para que ambes conectaran sin que la incomprensibles complecciones de aquelle que amaba ni de los sistemas que la rodeaban le importaran en lo más mínimo.

Quizá hubieran podido seguir eternamente en aquel estado de trance tan encantador, disfrutando de la laguna hasta el fin de los tiempos. Era realmente una escena por la cual estarse celose. Pero dos presas inmóviles eran un blanco demasiado tentador como para que ciertas escorias pudieran resistir la tentación de hostigarles incansablemente.  Eran, a pesar de su actual destrucción de las fronteras tangibles que habían mantenido con aquel desolado pantano, una presa más en los ojos compuestos de los infernales mosquitos.

Al compás de una tenebrosa sinfonía de alas batiéndose en el aire, enjambres enteros se lanzaron al ataque en cantidades suficientes para formar espesas nubes de las que partía un tronar contínuo. Era tal el hambre de las bestias que, al encontrarse con que no residía debajo del árbol ni una sola gota de sangre que pudieran detectar, comenzaron a intentar devorar vorazmente lo único que pudieron detectar con su cruel olfato, las almas que allí se unían en intenso cariño.

Todavía exaltades tanto por el viaje como por la reunión y la súbita teletransportación a la superficie, ambes tortolites no se encontraban en la capacidad de defenderse contra aquella horda destructiva que sobre elles se abalanzaba. Debieron de romper aquel eterno instante mágico que habían logrado compartir para escabullirse y así evitar que devoren su posesión más preciada. En un acción que podría traducirse pobremente como estarse tomades de la mano, echaron a correr hacia la laguna. 

Atravesaron los pequeños pastizales que crecen debajo de las ramas y se entrometieron entre los laberintos de juncos con la esperanza de dirigirse hacia el agua. Apartaban los tallos como podían a la vez que intentaban ahuyentar a los sedientos acosadores. 

Pronto comenzaron a escuchar como el sonido de sus pasos comenzaba a asemejarse al de sopapas despegándose. El sedimento debajo de ellos tenía cada vez un contenido mayor de agua y sus piernas comenzaban a hundirse en el fango, alentizándoles la marcha y proporcionando de una peligrosa ventaja a sus perseguidores.

Aun así, continuaron con su incansable esfuerzo por llegar bañarse en las aguas más profundas del estanque. En años anteriores habían aprendido que era aquí, lejos de las playas, los juncales y la tierra firme, la única zona del descampado donde podrían amar en paz. 

Añorando el misticismo de estar allí junto a le patrone de sus cariños, recordando las tiernas danzas que realizaban al nadar y juguetear lejos de las preocupaciones externas, dispuso de toda fuerza que tenia. Entonces siguió corriendo, quizá por la seguridad que le brindaba su presencia, quizá por los anhelos que impulsaron su cuerpo hacia aquellos lados por tantos años. 

Realmente no le importaba la razón, razones sobraban. Lo importante era salir de aquella maraña de foliaje lo antes posible y zambullirse en lo profundo para escapar de sus depredadores. 

Lo que parecían unos pocos metros de corrida rápidamente se tornaron en decenas, y exponencialmente aumentaron a lo que podrían asegurar habían sido kilómetros de pesado escape. El cansancio ya comenzaba a pasar factura a la pareja. Cada movimiento parecía dejarlos más exhaustes sin reducir la vasta distancia que imaginaron todavía quedaba delante de elles.

Entonces fue entre los tallos que una tenebrosas imágenes aparecieron. Nunca vieron nada explícito ni tampoco pudieron reconocer con toda certeza que eran las figuras que se encontraban descansando eternamente en la plena oscuridad. Los pocos claros que poblaban aquella selva se veían súbitamente ocupados por cuerpos cuya muerte o  vida no eran asegurables, y no se les ocurría jamás detenerse a comprobarlo. 

El abandono de la iluminación proveniente del firmamento no ayudaba a la hora de prevenirse sobre el peligro que aquello pudiera representar. Fueran lo que fueran, se sentían extrañamente identificades, cosa que aumentó el riesgo que le transmitía la interminable persecución. Formas, no podría saber si manos o alguna formación anatómica fuera de nuestras comprensiones normativas, obstaculizaba su camino y obligaban a Bianca a levantar cada vez más sus piernas para poder avanzar en aquel desesperanzador panorama. Cada vez que lo hacía debía de fijar sus ojos en ellos para evitar tropezarse y, aunque era lo último que hubiera querido, comenzó a reconocer en ellas la familiaridad que les había preocupado.

A cada paso que daban se volvía más complicado el evitar las claras imágenes de la crueldad que se alzaban a lo largo de su huida. Se acumularon estos objetos flotantes en un número tan masivo que las posibilidad de eludir al endemoniado enjambre parecían mortalmente bajas.  En medio de la abrumadora oscuridad, las esperanzas que alimentaron su amor por tantos encuentros parecían perder la batalla más importante que habían afrontado hasta el momento. No solo estaba en jaque la relación por la que tanto lucharon, pero también se encontraba en serio peligro su integridad física, pues nadie es capaz de imaginar lo que aquellas bestias salvajes son capaces de hacer bajo el hambre que los dominaba de forma tan profunda. 

Bajo el abandono de los astros y entre los chapoteos constantes en la bajas aguas de los juncos les era difícil saber a cuánta distancia se encontraban de lo que temían fuera su final. De estar este pisando sus talones, por lo menos encontraron refugio en la idea de morir en las manos de le otre. 

Siguieron corriendo como como lo habían hecho por aparentes horas. Al igual que un día antes, la brisa todavía corría libre y las hojas danzaban junto con ella. La humedad dominaba la atmósfera y robaba de los pulmones de la pareja el aire por el que tanto jadeaban. El cielo y sus fieles miraban hacia sus súbditos con sus brillantes caras repletas de bonanzas y los rayos de luz escapaban de las criaturas condenadas a existir en el abandonado plano terrestre. El agua solo los alcanzaba por debajo de la pantorrilla y no daba señal alguna de que esta sentencia fuera a cambiar. 

Los cuerpos flotantes comenzaron a acumularse en pilas que alcanzaban los hombros de Bianca. Paredes de aparente carne se alzaron para acorralados en el peor momento. La descomunal dimensión de aquel cúmulo de muerte sembró terror en sus corazones ya fatigados. La vista en estos pasillos angostos no daba buenos indicios sobre lo que podría depararles el futuro cercano y el temor por terminar fusionándose con aquella macabra estructura era ya ineludible. 

Allí, encerrados entre víctimas y victimarios, entre seres de similares pasiones ahora perdidas, frente a un destino aparentemente inevitable, continuaron con su larga marcha hacia las aguas profundas. No había ya esperanza de alcanzarlas, no eran capaces de concebir forma alguna de escapar de los monstruosos mosquitos.  El libro en que estaba escrita su historia parecía ya tener impreso su punto final. Le proseguía solo el muerto cuero de la contratapa.

Entonces Bianca dejó de sentir el calor de su amade a su lado. Ya sin futuro propio al cual apelar mediante el instinto de supervivencia, elle acababa de soltarla para atraer a la mortífera horda y ganar tiempo para permitirle a ella escapar. Un vacío la llenó por dentro, dejando lugar únicamente al actuar más instintivo y pasional que surgió en ella. Cuando la densa nube de bestias se encontraba por descender sobre su queride, decidió saltar sobre elle y cubrirle con su cuerpo del maltrato presente sin cuestionarlo dos veces.

Millones de bocas angostas como agujas se internaron en ambes, y en una escena salida de las más atroces perversidades se dieron estos demonios alados un banquete cuya imagen no debe jamás de ser descrita. Aún vives, aún gritando, no encontraron ni Bianca ni su amor respuesta ante sus súplicas por piedad. Aquellos asesinos no hablaban en su misma lengua y era esta maligna cacería la única acción que podían contemplar para su violenta supervivencia.

Cubiertos por insectos y con la vida escurriéndose por sus venas, se sostuvieron con pasión por una última vez, deseando ambes ser le últime en partir, para así ahorrarle a le otre la tristeza de despedirlos bajo tal circunstancia. 

Pasados unos cuantos minutos, ningune  iba a poder desear nunca más, y los mosquitos finalmente partieron.

Cerca de allí, sobre la pequeña playa donde se dirigen a descansar las pequeñas ondas del agua, estaba todavía levantada la carpa. Sus lonas ya desteñidas por el paso de los años y rasgadas por los vientos hasta el punto en que sus jirones flameaban como banderas, marcando el sitio donde hubo de descansar hace años la dama cuya piel abandonó la luz de la noche en una mortal unión. Junto a ella, las cimas de pequeñas brasas sobresalían sobre la arena que con el tiempo avanzó sobre el lugar donde antes había erigido una pequeña fogata. Su camioneta, mostrando ya señales de oxidación, estaba todavía estacionada campo adentro, al costado de un pequeño camino de tierra, única salida de aquel mundo. 

Nunca nadie presentó reclamo alguno por tales afectos. El cosmos hizo caso omiso y prosiguió con su interminable vagar. Las estrellas continuaron fusionando átomos en sus infernales barrigas, los cometas nunca abandonaron el contínuo descubrir de su solitarias órbitas y todo cuerpo celeste concebible olvidó de la existencia de la joven que hubo de desaparecer en medio de tan macabro caos. 

Ni hablar de su desconocido acompañante. De cuerpo indescriptible, masiva contextura y complexión perteneciente a planos que no podremos siquiera imaginar, su historia fue olvidada mucho antes de terminar. El desmembramiento de su alma no significó aquel día cambio alguno en el orden universal. Tampoco lo habría hecho ningún otro día. Mientras que para Bianca existía aquel camino de tierra como última conexión con sus desarraigadas raíces, no existía para este ser supremo salida alguna del tóxico ambiente en el cual era obligade a residir. 

Al igual que las ruinas sobre la costa lo serán para los siguientes acampantes, son las formas mutiladas un aviso flotante en la para las pobres víctimas que se vean forzades a huir por el juncal. Descansan en eterno clamor sobre la superficie del agua con el único anhelo de acabar algún día en una pila donde su soledad sea por lo menos compartida. En triste contraste con las baladas románticas de las cigarras, tode quien viaje allí por causas pasionales no habrá de encontrar más que una dimensión arrasada por la sed y encarcelada por muros que crecen de sus víctimas.

La laguna putrefacta continuará existiendo siempre que la oscuridad la gobierne durante las largas noches. Las desvergonzadas caras luminosas, pintadas sobre el cielo tan extenso, la seguirán olvidando por los siglos de los siglos, y la ciudad de maravillas se mantendrá aislada por toda la eternidad. Sean sinceres, luego de presenciar tal masacre, ¿quién querría alguna vez abandonar la protectora lejanía de aquellas cavernas?

Publicado la semana 46. 15/11/2020
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