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Luciana Capdevila

Salida (Parte 5)

El aire se tornó mucho más cálido y pesado de un momento a otro. Una nueva y familiar humedad llenó el entorno alrededor de la reencontrada pareja, aunque sus miradas se encontraban tan profundamente hipnotizadas por le otre que el mundo podría haberse acabado ahí mismo sin que siquiera parpadearan. El viento susurraba a sus oídos y jugaba en el poco espacio que existía entre elles, pero debía contentarse solo con la respuesta del gentil pasto, siempre dispuesto a mecerse en los brazos de la brisa. También la Luna intentó sumarse a la escena, aunque desvió su luz con un gesto de disgusto al encontrarse con una Bianca cubierta de barro de pies a cabeza y a une humane a quien no quizo intentar comprender. 

Los pies de Bianca pisaron la húmeda tierra como lo habían hecho la noche anterior, sin embargo, no era ahora sí piel una encantador foco de iluminación. Ahora que había sido contaminada, todo su cuerpo se veía despojado de aquella gracia que antes la mantuvo segura, y que tuvo que sacrificar para poder llegar a la ciudad de los milagros, para volver a ver a le únique merecedore de aquella piel. 

Costras oscuras la cubrían por completo, eliminando todo contraste con el olvidado pantano al que estaba acostumbrada. Era ahora parte de este, lo quisiera o no, y así como esto le permitía asentarse de forma permanente en la frontera de lo visible, también significaba que no volvería a ser bañada por las bonanzas a las que estaba acostumbrada. Supo que de allí en más los esteros serían un ambiente mucho más hostil. Ni hablar de los confines del cosmos. 

Pero terminó resolviendo que lo mejor era olvidar las preocupaciones y conspiraciones que habían teñido aquel día. Eran las últimas horas de un prófugo que siempre escapó rápida y sigilosamente de su vista. Se vió contenida así como liberada. En lo que a ella respectaba, el mundo y todas sus limitaciones físicas habían desaparecido, dejando lugar para que ambes conectaran sin que la incomprensibles complecciones de aquelle que amaba ni de los sistemas que la rodeaban le importaran en lo más mínimo.

Quizá hubieran podido seguir eternamente en aquel estado de trance tan encantador, disfrutando de la laguna hasta el fin de los tiempos. Era realmente una escena por la cual estarse celose. Pero dos presas inmóviles eran un blanco demasiado tentador como para que ciertas escorias pudieran resistir la tentación de hostigarles incansablemente. Eran, a pesar de su actual destrucción de las fronteras tangibles que habían mantenido con aquel desolado pantano, una presa más en los ojos compuestos de los infernales mosquitos.

Enjambres enteros se lanzaron al ataque en cantidades suficientes para formar espesas nubes de las que partía un tronar contínuo. Era tal el hambre de las bestias que, al encontrarse con que no residía debajo del árbol ni una sola gota de sangre, comenzaron a intentar devorar vorazmente lo único que pudieron detectar con su cruel olfato, las almas que allí se unían en intenso cariño.

Todavía exaltades tanto por el viaje como por la reunión, ambes tortolites no se encontraban en la capacidad de defenderse contra aquella horda destructiva que sobre elles se abalanzaba. Debieron de romper aquel eterno instante mágico que habían logrado compartir para escabullirse y así evitar que devoren su posesión más preciada. En un acción que podría traducirse pobremente como estarse tomades de la mano, echaron a correr hacia la laguna. 

Atravesaron los pequeños pastizales que crecen debajo de las ramas y se entrometieron entre los laberintos de juncos con la esperanza de dirigirse hacia el agua. Apartaban los tallos como podían a la vez que intentaban ahuyentar a los sedientos acosadores. 

Pronto comenzaron a escuchar como el sonido de sus pasos comenzaba a asemejarse al de sopapas despegándose. El sedimento debajo de ellos tenía cada vez un contenido mayor de agua y sus piernas comenzaban a hundirse en el fango, alentizándoles la marcha y proporcionando de una peligrosa ventaja a sus perseguidores.

Aun así, continuaron con su incansable esfuerzo por llegar bañarse en las aguas más profundas del estanque. En años anteriores habían aprendido que era aquí, lejos de las playas, los juncales y la tierra firme, la única zona del descampado donde podrían amar en paz. 

Añorando el misticismo de estar allí junto a le patrone de sus cariños, recordando las tiernas danzas que realizaban al nadar y juguetear lejos de las preocupaciones externas, dispuso de toda fuerza que tenia. Entonces siguió corriendo, quizá por la seguridad que le brindaba su presencia, quizá por los anhelos que impulsaron su cuerpo hacia aquellos lados por tantos años. 

Realmente no le importaba la razón, razones sobraban. Lo importante era salir de aquella maraña de foliaje lo antes posible y zambullirse en lo profundo para escapar de sus depredadores. 

Lo que parecían unos pocos metros de corrida rápidamente se tornaron en decenas, y exponencialmente aumentaron a lo que podrían asegurar habían sido kilómetros de pesado escape. El cansancio ya comenzaba a pasar factura a la pareja. Cada movimiento parecía dejarlos más exhaustes sin reducir la vasta distancia que imaginaron todavía quedaba delante de elles.

Entonces fue entre los tallos que una tenebrosas imágenes aparecieron. Nunca vieron nada explícito ni tampoco pudieron reconocer con toda certeza que eran las figuras que se encontraban descansando eternamente en la plena oscuridad. Los pocos claros que poblaban aquella selva se veían súbitamente ocupados por cuerpos cuya muerte o vida no eran asegurables, y no se les ocurría jamás detenerse a comprobarlo. 

El abandono de la iluminación proveniente del firmamento no ayudaba a la hora de prevenirse sobre el peligro que aquello pudiera representar. Fueran lo que fueran, se sentían extrañamente identificades, cosa que aumentó el riesgo que le transmitía la interminable persecución. Formas, no podría saber si manos o alguna formación anatómica fuera de nuestras comprensiones normativas, obstaculizaba su camino y obligaban a Bianca a levantar cada vez más sus piernas para poder avanzar en aquel desesperanzador panorama. Cada vez que lo hacía debía de fijar sus ojos en ellos para evitar tropezarse y, aunque era lo último que hubiera querido, comenzó a reconocer en ellas la familiaridad que les había preocupado.

Publicado la semana 45. 08/11/2020
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