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Luciana Capdevila

Salida (Parte 3)

Aquellas horas de abundante luz destruyeron toda noción de intranquilidad existente en aquel páramo. Una vez se iluminó la regularidad de sus haberes pasó de ser una tierra de habitantes demoníacos y estructuras celadas por los cuerpos de la bóveda celeste a convertirse en un reflejo de aquella imagen tan distante durante el ocaso. 

Las nubes avanzan junto con gemelos gestados en la superficie de la laguna. Dobles de magnífica similaridad, indistinguibles salvo por las pequeñas ondulaciones que atraviesan el agua y deforman de forma sutil la forma divina de aquellos cúmulos aéreos. Quizá en las pequeñas gotas que recorren sus sistemas de presión se vea también reflejada la laguna, diminuta cuando se la ve desde tales alturas. 

Las sombras que tanto alimentan miedos y deseos no son ahora más que tiernas marcas sobre el barro seco. Salvo bajo los árboles, no existe punto alguno en esa extensa monotonía que pueda dar indicios de la explosión nocturna de misterios y búsquedas. Es entre las raíces de estos majestuosos seres que se esconden del cielo los animales menos sociables. Escarban la tierra para escapar de las altas temperaturas mientras esperan a que la noche retorne a liberarlos. 

Bianca descansó también bajo estas ramas y buscó refugio de la pesada tarde recostada contra el tronco y deseosa de bajar el almuerzo para poder volver a su inmutable existencia pacífica. Pensó que quizá el calor infernal fue tan mala experiencia para los mosquitos como lo es para ella, pues hacía rato que no sobrevolaban en grandes números alrededor de ella. 

Se alegró de poder acompañar a los segundos hacia su lecho de muerte. Allí no debía luchar por sobrevivir y podía pensar en nimiedades tanto como quisiera, o al menos hasta que un triste recuerdo bañe tales momentos de calma introspección en una profunda angustia por el devenir.

Su mente comenzó a irritarla con imágenes de aquelle por quien había viajado tanto.

Había hecho frente a cada desafío que aparecía refugiándose en la idea de luego reírse de aquellas historias con aquelle que le había permitido sobrevivir a los malestares rutinarios. Sin embargo, el no tenerle a su lado pasó a generarle la sensación contraria. ¿Cuál era ahora el punto de existir si no podía dedicarle cada segundo de su vida?

Se rió, pensando en lo exagerada que había llegado a ser en algún que otro momento, incluyéndose este.

Recostada con las piernas en el suave pasto y su torso contra el árbol, viendo como pequeños rayos se colaban entre las ramas para iluminar pequeñas porciones de sus pies, recordó cómo había llegado a llevar a cabo el simple acto escribir con la imagen de elle viendo aquello que quedaba plasmado sobre sus cuadernos de la universidad.

-Tenés una letra muy linda. - imaginaba a su amade anunciándole.

-¿En serio? - respondería sorprendida. -No creo, nunca me gustó - diría tímidamente.

Luego pasaría sus brazos alrededor de su cuerpo y le abrazaría. Alzaría su cabeza hacia su oreja y con un tierno susurro le diría cuánto amaba que la sostuviera, cuanto querría que aquellos instantes no llegasen más a su fin.

¡Que se acabe el tiempo! Si total nuestras vidas son, al fin y al cabo, insignificantes. ¿Por qué no vivir infinitamente en escenas como esta, donde el amor escapa por cada uno de los poros que cubren nuestras cálidas pieles?

Pensó en cómo había aprendido canciones canción tras canción en el piano solo para poder acompañar el bello canto de su compañera y participar en un maravilloso festival de cercanía indescriptible. ¡Que unión más conmovedora aquella de dos músiques en una íntima función! 

Tocó entonces unos cuantos arpegios sobre su muslo. Si mal no recordaba, estos eran el acompañamiento de una canción en extremo melancólica. Una de esas que son hermosas cuando piensas en compartirla, pero que son horriblemente melosas y abrumadoras cuando tu sentir no tiene donde recaer. 

Solo había pasado una noche. El que no haya aparecido no significaba nada particular. Es más, teniendo en cuenta lo difícil que era para elle transportarse, era de esperarse. Pero el temor a haberle perdido luego de tanto tiempo sin contactarle solo le permitía imaginar el peor de los escenarios posibles. Sabía, sin cuestionárselo, que había llegado hasta aquel punto inhabitado de los esteros para volver con un retazo importante de su vida olvidado para siempre en aquel agónico lugar.

Sintió como el frío miedo por perder aquella guía a través de la reciente miseria subía por su columna para plantar las más terribles paranoias y nublar aquella soleada tarde de verano. El pasto creció rápidamente y envolvió sus brazos y sus piernas. Entonces comenzó a tirar de ella, hundiendo su cuerpo en la húmeda tierra, mezclándola en aquel barro que había opacado la luz que reflejaba de sus pies la noche anterior. Sintió como su existencia se tornaba súbitamente más pesada, oprimiendo su pecho con la fuerza de mil tempestades, inmovilizando su cuerpo, imposibilitando su actuar.

Mientras tanto, el sol seguía bañando aquella pacífica laguna.

Publicado la semana 43. 24/10/2020
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