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Luciana Capdevila

Salida (Parte 2)

Fuera de la carpa podía verse desplegado un irrepetible patrón a lo largo del majestuoso firmamento. Una belleza intensa bañaba cada rincón de la amplia ventana hacia el cosmos. El brillo que le llegó logró enceguecerla por unos pocos segundos, permitiéndole así un pequeño vislumbre imaginario de la llegada tan cercana. Sin embargo una molesta astilla se enterraba profundo dentro de su alma, pues aquella región de desolado estancamiento no se veía iluminada bajo las bonanzas que llovían del cielo. Aquellos rayos se evaporan antes de interactuar con la necesitada vida, abundante por fuera de las concepciones rutinarias. 

Al igual que en sus visitas anteriores, el único aspecto inmutable de aquel misterioso lugar era como el cielo nocturno abandona a la laguna, cruelmente arrebatada de los frutos de la noche, justo en su momento de mayor poderío.

En contraste con las llamativas constelaciones de pícaras estrellas, vió al frente suyo la más abrumadora de las oscuridades. Una sólida frontera se levantaba contra el encantador azul profundo de la medianoche, una imitación con aún mayor malicia del Adriano romano que sembraba la agonía tras sus intangibles ladrillos. Tras él sólo podían percibirse las figuras básicas de las miles de criaturas que sobreviven en aquel retoño, y fue en aquel océano de sombras intensas que se alzó la hipnotizante figura de Bianca, cuya piel exquisita reflejó con encanto los mimos y goces de la luz,

Fantasma para les demás fantasmes, se hizo presente como una real irrealidad desconocida para quienes habitan aquellos parajes. 

No tardó en poner un pie fuera de la carpa que los mosquitos volvieron a abalanzarse sobre ella con su conocida voracidad. Frutos de las zanjas estancadas, de los lechos iluminados por los astros pero ignorados por su peligroso espejo de agua, eran los representantes de esta especie mortal una realidad a la cual debía sobreponerse en sus visitas al igual que las demás criaturas a lo largo del año. 

Se abalanzó al descubierto sobre aquel mundo, pues llevaba sobre sí únicamente su malla, la cual fuera de evitarle las picaduras más incómodas no le era de mucha ayuda. Bajo aquella distante vigía seleniana, corrió hacia el agua, hundiendo sus pies en un fango que con sólida penumbra pintó sus pies y desterró los primeros rastros de su privilegiada concepción.

Sintió cómo su cuerpo era rodeado en la súbita profundidad por una extraña textura la cual sería incapaz de describir a otre. No era para nada sólida ni tampoco era líquida, y gelatinosa es una palabra insuficiente por donde se la mire si se fuera a hablar de aquella serie de sensaciones. Sus dedos resbalaron entre estructuras de obvia existencia hasta el momento en que esta les era reconocida. Su cuerpo resbaló y rebotó para luego estabilizarse en una dudosa gravedad. No podía decir tampoco que flotaba, sino más bien que se encontraba de pie, aunque sin esfuerzo alguno. Pensó que quizá así podía llegar a sentirse el estar para en la superficie de la Luna.

Refrescó tanto su cuerpo como su mente por unos minutos, momentos en los cuales el sombrío paisaje que la rodeaba no permitía actividad alguna fuera de la introspección y la expectación tortuosa. Aquella realidad existente entre el desorden inmaterial y la organización palpable provee de interesantes indicios hacia quienes habitan en su lecho. Recordó en aquella amalgama de sentimientos a quien la había llevado a retornar cada año a aquellos brazos.

Pero no había punto en seguir allí sin elle. 

La escena en la cual se desarrollaba tal magnífica serie de eventos impensados palidecía sin la presencia que verdaderamente importaba. Es verdad que no faltaba demasiado para llegar a aquel momento, pero esto no evitó que aquellos minutos de verdadera y consciente soledad fueran un flechazo envenenado para su corazón.

Así, no habiendo nada que valiera la pena hacer, decidió terminar su velada; inmersa en la hora más oscura de su extrañar y sin descanso que le brindara paz, ni de su mente ni de los malditos mosquitos. 

Durmió bajo la protección de las lonas y la tela mosquitera, en perfecto aislamiento del exterior. Fue la propia su única compañía durante el sueño y tenía la pobre suerte de ser una de las peores compañeras de males que pueden tocarle a une. La dictatorial noche seguía olvidando a aquella región de pantanos, así como lo hizo antes, así como lo hará siempre, y no era ella más que una visitante temporal, incapaz de hacer otra cosa que empatizar y desear que su amade aparezca pronto. 

En fantasías le vió y en fantasías también escapó junto con elle hacia el cosmos. Hacia las nebulosas con sus miles de brazos en conjunta creación de una nueva luz en el cielo y hacia antiguos planetas, vigías incansables del atardecer. Sea bailando sobre la cola de un cometa o acompañando el brillante vagar de una estrella solitaria, allí se encontraban ambes, así se abrazaban, allí se amaban. Allí, no aquí.

Entonces despertó dentro de la carpa en medio de aquel claro entre los pastizales. Su cuello había dormido bajo mejores tratos y se lo hacía saber bajo destellos de dolor molesto pero no necesariamente fuerte. Bajó el cierre de la puerta para recibir un vistazo del día y fue recibida por una pared de humedad y calor atosigantes, además de los esperables mosquitos. El sol coronaba aquella media mañana y la vista de kilómetros de llanura interrumpida únicamente por el ocasional árbol con delirios de superioridad iba a juego con una abrumadora soledad fruto de sus sueños. Con ellos nacía un nuevo día en el cual debía lidiar consigo misma y sus esperanzas.

Publicado la semana 42. 18/10/2020
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