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Luciana Capdevila

Salida (Parte 1)

Premoniciones de la viniente noche comenzaron a escurrirse entre los juncos que rodeaban la laguna. En encantadores movimientos se reflejaron sobre el agua los gritos carmesí de la jornada moribunda. Una fresca brisa atravesaba la costa donde los altos pastos se mecían en sus plácidos soples. En un claro en medio de la espesa maleza se encontraba una pequeña playa en la cual podía verse una fogata pequeña junto a una carpa. Ambas se encontraban a penas dentro de los límites de la arena. Campo adentro estaba estacionada una camioneta y de ella descargaba una joven en cómoda vestimenta veraniega. Su vestido ondulaba gentilmente contra el viento a la par de la flora costera y sus sandalias escapaban del barro al compás del ritmo muerte de la última canción que emitió la radio cuando comenzó a asentarse en tal alejada localidad.

Estaba provista como para quedarse en la laguna por unas cuantas noches de expectativa. Con la distancia que la separaba del pueblo más cercano y lo olvidado de los caminos que debía de recorrer para llegar allí era demasiado el esfuerzo que debía dedicar como para disfrutar de una única noche de escapada. 

Por suerte estaba ya acabando su labor y la reconfortante frescura del advenimiento de la noche era una maravilla absoluta. Le hicieron falta solo unos cuantos minutos más para terminar de preparar su campamento. Apoyó sus manos en su cintura e intentó estirar su espalda. Descansó unos segundos de pie junto a la carpa con la vista perdida en el horizonte y por primera vez desde que estacionó pudo concentrarse en los sonidos que habitaban la pradera pantanosa.

Sus oídos se sumieron en el canto de miles de cigarras que anunciaban la llegada de la noche con sus baladas románticas inentendibles para nosotres les humanes. A pesar de no poder traducir las palabras dedicadas en aquella disonante melodía, Bianca se sintió acompañada en las vísperas de de una espera la cual no podía asegurar fructífera. 

Sería imposible estar rodeade de tal sobrecogedora sinfonía y no prestar unos minutos de reflexión a los insectos que cada verano escapan a un mundo desconocido, dejando la seguridad de sus enterrados hogares, para alzar a la naciente penumbra las notas de su esperanzada canción de amor. Lo mismo podría contemplarse acerca de las intrépidas cigarras; y lo mismo podría contemplarse acerca de Bianca.

Era este retazo de tierra olvidado el paraíso terrenal de una joven deseosa por sentir en carne propia aquello que abunda en el aire de la laguna. El escenario de sus sueños cumplidos y de los anhelos por los cuales sabía que todavía debía esperar. La recolección de sensaciones que la abrazaban dejarían en ella un recuerdo cálido al cual recurrir cuando deba partir nuevamente, al igual que cada una de las oportunidades que había aprovechado para visitar tal edén. 

Sin embargo, idílica o no,  aquella seguía siendo una zona húmeda y la temporada seguía siendo una de sofocantes temperaturas. Era entonces de esperarse que no pasara mucho tiempo antes de que un ejercito de mosquitos hambrientos se lanzaran en una voraz avanzada para hacerse de la sangre de la joven. Ella se había colocado repelente, pero los incansables zumbidos le hicieron saber que era inñutil esperar resultado alguno. 

Aún así volvió a cubrir su piel bajo el chorro del aerosol, más por el hecho de que esto le traía paz psicológica que porque este tuviera efectividad alguna. Sabía que no podía hacerle frente a la sed de tales molestos vampiros, ante lo cual intentó fútilmente ignorarlos.

Le pareció que este verano estaban especialmente alterados, mucho más que de costumbre. Una vez sobrepasado el límite de su paciencia, la voracidad de tales seres la obligó a encerrarse a cenar dentro de su carpa, yendo así en contra de la idea misma de embarcarse en tal viaje. 

Debajo de las lonas de nylon le costaba discernir quién hacía más ruido, si las cigarras melosas o los mosquitos irreverentes. Siempre consideró que su notable antipatía por los últimos era la razón por la que daba la impresión de que la laguna entera se sumergía en el zumbido. Quizá las cigarras los superan en números por varios grados de magnitud, pero el profundo odio que le generaban los mosquitos y su molesta colecta potenciaba el efecto que estos tenían en la tranquilidad de Bianca. La próxima vez conseguiría una lámpara de aquellas que los electrocutan para ahorrarse los disgustos que le causan siempre que acampa.

Pasadas unas horas de la huída del crepúsculo, cuando la Luna llena y las estrellas eran las dueñas indiscutibles del cielo nocturno, decidió que no iba a pasar un segundo más encerrada. Sin importar que tan insufrible fuera el asedio de sus depredadores, tanto el calor como las ansias de libertad la hicieron salir a nadar unos minutos. Si no podía alejarse de los mosquitos por lo menos iba a aminorar los efectos de la humedad sofocante. 

También iba a poder tener una primera noción de lo que era bañarse en aquellas aguas. A pesar de haber visitado tales rumbos muchas otras veces, la naturaleza mutable de tal ambiente así como la de su propia personalidad e individualidad le brindaban una experiencia completamente distinta cada vez que iba.

 

Publicado la semana 41. 11/10/2020
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