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Luciana Capdevila

Tengo el derecho de alejarme

Re: “Monólogo sobre mi Culpa” 

Hace unas semanas me ví informada acerca de un escrito el cual una allegada mía hizo de carácter público en un intento por rectificar su imagen ante ella misma y aquellos pocos quienes no vieron más allá de su pobre discurso fatalista y autocompasivo. En su momento no ví merecida una respuesta debido al pobre enfoque crítico que tal texto posee, tomándose en cuenta que la misma escritora nos hace saber que tal obra pareciera tener el fin último de ser una suerte de confesión sobre las atrocidades que cometió, y terminé por decidirme el olvidar tal nefasto intento de exoneración de la misma forma que hube de olvidar a quien se encuentra tras su redacción.

Claramente mi opinión ha sufrido un drástico cambio, si no fuera así no habría de dirigirme hacia ustedes, mucho menos a través de un ámbito tan informal como incierto como lo son las redes sociales. La razón por la cual esto ha sucedido creo será un gran ejemplo con el cual cerrar tanto esta devolución como cualquier futuro contacto que pueda mantener con las ideas que conjuren de su mente. Espero pueda poner foco en la nula seriedad con la cual trata las graves faltas cometidas por aquella individua y eliminar los rastros de arrogancia con la cual adornó tales agravios con una pena inmerecida.

Los primeros párrafos de “Monólogo sobre mi culpa” fueron confeccionados con una clara intención de generar un acercamiento entre los lectores con la infancia de la autora. Se nos narra una serie de escenas nostálgicas entre las cuales se nos comenta acerca de la falta de contacto con ciertos familiares (pues nos aclara que su abuela paterna fue la única figura de su generación a quién llegó a conocer) así como sobre el fallecimiento de su padre. 

Sin intención de desacreditar la tristeza proveniente de la muerte de un familiar, es mi deber aclararles que estas dos cartas son munición corriente de nuestra bufona. Fue esta una estrategia común a la hora de buscar perdón al cometer cada una de sus faltas en el tiempo que mantuvimos una relación. Incluso así, al no poder proveer pruebas de tales eventos de carácter anecdótico, no pueda hacer más que señalar la obviedad de abrir con anécdotas trágicas para así comenzar a gestar en los lectores la piedad que esta mujer busca con tantas ansias.

A esto se le agrega breves referencias y descripciones del poema “Reir Llorando” del escritor dominicano Juan de Dios Peza. Una obra merecedora de halagos para la cual es una ofensa el que se la incluya en tal desesperada serie de penas. 

El apelar al miedo hacia la muerte, las ansiedades sociales y las angustias a las cuales nos enfrentamos durante nuestra vida es parte del discurso con el cual busca aferrarse a la piedad que pueda sentirse por ella. Sin embargo, más que las penurias que narra, creo que la importancia debería recaer en una constante identificación de “la vida” y un “otro” como causantes de la infelicidad con la cual avasalla nuestros ojos.

¿No será posible que, en lugar de ser la vida quien la provisión de tal falta de habilidades sociales, sean sus comportamientos auto-piadosos, repletos de arrogancia, aquellos que han llevado a que la gente tienda a alejarse de ella? Pues es difícil imaginar a alguien con quién no se tiene jamás ningún tipo de trato cordial sin haber una razón detrás de tal exclusión. 

Este tipo de sensatez no se presenta jamás en tal monólogo, incluso cuando se transiciona de las tragedias vividas a los actos cometidos contra mi persona. 

Debo de aclarar que no narraré ninguno de estos, pues, además de que recaería en un débil argumento basado en vivencias personales, muchos de estos incluirían datos de carácter íntimo los cuales no me veo preparada emocionalmente para develar. En todo caso, dejar en claro el nivel de amor obsesivo por su propia persona que presenta será mi principal estrategia, pues este demuestra que no se busca condena, si no condolencias. 

Esto es en extremo literal a lo largo de las acusaciones contra sí misma que son continuadas con escenas de supuesto martirio y odio por la decadencia moral que ha presentado. Se nombra como un insulto hacia el resto de seres humanos, una monstruosidad la cual no merece ser mencionada junto con ninguna otra persona. Aquí se termina de develar la realidad auto-compasiva del texto, pues nunca se nos demuestra que ha habido intento alguno de cambiar, sino un mero reconocimiento de las acciones viles que ha llevado a cabo. 

En todo caso, continúa con una búsqueda para que se le perdonen sus errores en base del sufrimientos que estos le generan. Alguien con verdadero arrepentimiento buscaría mejorar antes que justificar la absolución deseada. Si tal vergüenza propia existiera, antes que dedicar tanto esfuerzo en narrar lo terrible que es su vida debería de ser directa y confrontar aquello que forzó sobre mí.

Todas los puntos resaltados son de naturaleza evidente, lo cual fue una de las razones que me llevaron a intentar todo aquello hubo de leer de tal espantosa muestra de soberbia. Aunque esto represente además que no haya gran importancia en mi respuesta, fue el comportamiento que ella mantuvo luego de la publicación de “Monólogo sobre mi culpa” lo que me ha llevado a hacer esta carta/respuesta de público conocimiento. Intentaré ser lo más resumida posible en la narración de lo sucedido. 

A lo largo de los más de dos años que han pasado desde el momento en el cual corté todo tipo de comunicación con mi ex-pareja, hubieron distintos acercamientos por su parte. Los primeros parecieron verse en el marco de una verdadera muestra de arrepentimiento y crecimiento personal, sin embargo no hube de responder a estos debido a la carga emocional que tal persona todavía generaba en mí.

Cualquier persona que muestre un verdadero sentimiento de culpa ante lo acometido sabría que el no obtener la atención, ni mucho menos el perdón, de quien se ha agraviado denota una nula intención de mantener contacto alguno. Quién puede entender tal realidad también sabría que la otra parte tiene el derecho de distanciarse tanto como considere necesario. 

Esta lógica pareciera escapar de la escritora de “Monólogo sobre mi culpa”, pues ella comenzó una serie de intentos de obtener respuesta mía acerca de su producción.

Entiendo que esta misma redacción es aquello que ella pidió en repetidas ocasiones, en las que llegó a cruzar la línea de lo aceptable más de una vez, por eso he de jugármela con que estas palabras sean aquellas que ella no espera recibir. No habrá de obtener mi perdón sin importar cuánto ni con cuán estilizada palabrería lo intente. Es esta declaración un vehículo para permitirme continuar en el proceso de sanar las heridas que se me han causado, y espero que su nebulosa visión de la realidad le permita entender esto y abandonar cualquier intento por contactarme. 

Ella y yo no somos más novias. Ella y yo jamás volveremos a ser amigas. Ni aunque me recupere completamente del tiempo en que mantuvimos una relación podré considerar la idea de mantener una relación de mera cordialidad. Este es mi último intento por apelar a su pensamiento lógico, y, en caso de verme envuelta nuevamente en sus delirios, ojalá pueda este texto servirles de prueba al llegar la hora en que ella intente nuevamente ganar su cariño.

Publicado la semana 40. 03/10/2020
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