36
Luciana Capdevila

Anhelo la vida rural

Es en los fines de semana, días en que mi padre no puede alejarse de sus angustias a través de las cadenas que lo cimientan a las responsabilidades laborales, que dedico mis escuchas a los sucesos de una época distante ocurridos en un pueblo cuyo ritmo, siendo yo alguien quien se ha amoldado a la vida citadina de forma cómoda, pareciera más una fantasía proveniente de la mente de un oficinista de nervios corroídos por embotellamientos y reuniones que el status quo todavía presente en las calles de un enclave de extraña paz en un mundo cada día más inquieto. Dado el tiempo suficiente y comida acorde a sus gustos, mi viejo es capaz de narrar incontables aventuras de su niñez en un tono de celebración así como de inadmisible nostalgia. 

Nos habla de caballos jorobados que poblaron la literatura que habitaron la biblioteca del hogar de sus abuelos así como de ñoquis y té con brandy que arroparon su estómago antes de sumirse entre gruesas mantas tejidas en telares. Eran aquellos platos los que podían esconder debajo suyo billetes recién impresos obtenidos del banco los cuales debían de gastar lo antes posibles pues la inflación siempre cerniente sobre el país los habría desprovisto irremediablemente de valor para el siguiente mes. Vivencias ahora lejanas de una época organizada en una calma ahora impensada.

Son estas imágenes de mi padre, entregando el diario de los domingos a sus tíos y abuelos para pelearse con sus hermanos por la propina que le daban o inmerso en la dedicación artística única que poseían mis abuelos en comparación a las situaciones que yo misma he vivido en mi niñez, las cuales hieren mi cariño por el siempre cambiante estilo de vida actual y las bendiciones de los avances provenientes de esta inconstancia. Generan en mí una rebelión contra la interconectividad en la que ocurren todos los sucesos que nos gobiernan la cual se expande por mi mente los sábados y domingos solo para ser desterrada una vez vuelven las jornadas de estudios.

¿Es acaso comparable la insatisfacción proveniente de una red donde no somos más que uno de los millares de hilos que la componen con el romanticismo de ver el tiempo y la dedicación de tus abuelos completamente enfocada hacia tí? Puede ser que no sea únicamente mi padre quien esconde ciertos sentimientos de melancolía, pues, a pesar de no haber vivido aquello que me narra, puedo reconocer la ahora novedosa situación de ser el centro de atención de alguien y sus afectos como un deseo el que no puedo permitirme. Es, en cierta manera, una rebelión ante una serie de valores ligados con un progresismo y avance continuos que poseo. Valores cuyo efecto secundario es la aminorada importancia de afectos individuales vistos en ciertos aspectos de la anhelada vida rural.

Es en las tardes de los últimos dos días de la semana cuando pienso para mi misma que la vida de campo, a pesar de la labor física y el alejamiento a medios de entretenimiento y culturales difíciles de acceder en un ambiente no cosmopolita que requiere, pueda ser el remedio que necesitemos en aquellos días cuando intentamos de escapar desesperadamente de la nula importancia que tiene todo aquello que compone nuestras vidas comparadas con los tiempos cosmológicos que manejaré en los próximos años de mi carrera universitaria. El recuerdo de una niñez la cual no poseí es cuanto menos una relajante memoria a la cual acudir antes del advenimiento de una nueva seguidilla de jornada laborales. Disfruto inmensamente de estos momentos, al igual que mi padre al crearlos, y la imposibilidad de acceder a tales regocijos solo realza aquel deseo inadmitido. 

Publicado la semana 36. 05/09/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
I
Semana
36
Ranking
0 21 0