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Luciana Capdevila

Errar

El paso de los eones ha sumido el desolado paisaje de Domo Pérdita en un silencio aparentemente interminable. Un silencio que se cierne sobre los restos de antiguas estructuras milenarias a las cuales el tiempo ha extirpado de ellos todo sentimiento que hayan invocado en aquellos quienes dirigían su mirada hacia ellas. Ahora este se escurre por entre las montañas desérticas que dirigen su gris faz hacia las praderas desoladas, entre las rocas solitarias que interrumpen las interminables planicies malditas por su infertilidad, entre las grietas que se abren hasta el fondo seco de este olvidado reino y vomitan un bilis negro que inunda los cráteres donde transcurrieron extensas batallas ahora por siempre en el olvido. Invade incluso las grandes corazas de piedra que antes danzaban en caótico deslizar.

Todo lo cual existía sobre aquel plano torturado se ve atrapado por esta paz inquietante la cual puso fin a una mayoría devastadora de los procesos naturales y sociales que alguna vez formaron parte de los engranajes económicos y políticos. Todo aquel que no ha fallecido se enfrenta a una inmutabilidad capaz de roer el juicio del más sereno de los monjes cuyos restos ahora forman parte de la arena acumulada en la cima de los picos que vigilan la frontera con el firmamento. Es desesperación la única emoción cuerda por surgir en los desanimados corazones de los pocos quienes todavía deambulan estos parajes solitarios.

Estos seres sumidos en la inanición extrema, de piel enfermamente desaturada y huesos delgados que se asoman a través de ella son difícilmente reconocibles como humanos, incluso si es esta la única imagen familiar con la cual describir su complexión sufrida y su comportamiento por sobre todo instintivo. Han perdido la habilidad de usar sus cuerdas vocales, recayendo en un aterrador silencio no sólo exterior, sino también cognitivo. Regidos por la tiránica rutina de arduo andar en una incansable lucha por la supervivencia en un mundo aniquilado por antiguos dioses cuyos nombres no podrían siquiera conceptualizar. 

La única conexión que mantienen con aquellos tiempos antiguos sucede cuando guardan refugio dentro de los armazones metálicos que hubieron de proteger tales malefactores.

Si acaso pudieran visualizar las armaduras corroídas que los estos titanes abandonaron junto con este mundo al caer en la destrucción proveniente de su insaciable sed. Campos enteros yacen ahora  bajo cascos erosionados que han sucumbido al correr de la arena incluso siendo poseyente de propiedades metálicas inimaginables. Es ahora la calma lo único que emana de los sitios donde sucumbieron los dioses al liberar su ira en aquel juego apocalíptico.

Es el poderoso viento que explota esporádicamente sobre este mundo la única amenaza de la cual resguardan estas celestiales armaduras. Es también el viento lo único que rompe con el dominio del silencio sobre las tierras desoladas. Eleva la ceniza que cubre todo suelo de Domo Pérdita en tormentas demoníacas que tardan días en apaciguar su destructiva existencia. 

Son estas condiciones las cuales obligan a los errantes a internarse en las corazas que encuentran en su camino, y es cuando no logran escapar hacia esta seguridad que sin hacer uso alguno de palabras, en ignorancia total de lo hacen salvo del hecho de que trae calidez a su pecho, rezan hacia sus adentros en un último intento por no terminar enterrados bajo metros de oprimente ceniza.

Toda conmoción desemboca finalmente en aquel mismo silencio que se ha apoderado de todo aquello que existe, pero no sin antes, en situaciones milagrosamente únicas,  verse perturbado una última vez.

Un ser que se encuentra con la discutible suerte de poder continuar con su eterno peregrinaje imita con su nariz al más estridente de los trombones en un intento de liberar sus fosas de las costras secas de ceniza y mucosa que la incomodan terriblemente cuando escapa hacia el alba. Sin contentarse con esta única disrupción a la paz eterna, avanza nuevamente contra ella con el poderío del aire avanzando por sus conductos nasales. Luego es la garganta la vencedora cuando por medio de las gárgaras logra juntar la viscosa saliva que la obstruía. Finalmente, un escupitajo es expulsado con fuerzas ante las cuales palidecen los gigantescos cañones que subyugaron aquel mundo con el temor que infundaron en corazones enemigos, y expande su eco por entre las laderas de las galerías de piedra que rodean alguno de los tantos cráteres que pueblan este reino.

La baba liberada se mezcla con la ceniza depositada allí recientemente y, por un segundo, se trasciende en un barro oscuro como las entrañas de donde aquel polvo apocalíptico había sido liberado. Entonces aquel desolado caminante ve cómo la sequedad insaciable devora todo rastro de líquido en menos de lo que tardó tal brebaje biológico en llegar allí, alimentando la realidad opresiva del ambiente con lo poco que aquel ser es capaz de desperdiciar.

Perdido entre desconocidos paisajes moldeados por la tormenta, no tiene más opción que levantar su cuerpo y continuar haciendo su camino al andar. No tiene ya nada que perseguir, restringido únicamente por necesidades corpóreas las cuales ha a aprendido a ignorar. Remonta su paso hacia otro de los ambientes muertos donde hurgar entre las ruinas colapsadas de aquellos tiempos los cuales desconoce. 

Su silueta desaparece entre las dunas, sus huellas siendo lo único que lo acompaña. Continúa irremediablemente con su inútil caminar, con su existencia sin sentido, pues no conoce otra cosa que hacer. Andará hasta que la planta de sus pies sea un gran y grueso callo y su mente un vació ininterrumpible. Andará hasta que su cuerpo no le permita continuar. No habrá entonces emprendimiento el cual lo mantenga de pie sobre tal desolada concepción. Habrá llegado al final del sin sentido que gobernó su miserable vida incluso por encima del aterrador viento o del espeso silencio. Entonces yacerá allí hasta convertirse en el mismo polvo que una vez hubo de formar costras dentro de su nariz.

Publicado la semana 35. 30/08/2020
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