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Luciana Capdevila

¡Ojalá fuera solo una ofensa!

A lo largo de los años mucho se ha dicho sobre la influencia anglosajona que ha habido en Latinoamérica. Algunos señalaron como los ingleses eran dueños de un gran número de frigoríficos, o como la firma del pacto Roca-Runciman era darle amplia cabida al imperialismo para que se perpetúe en tierras ajenas. Luego algún que otro sociólogo quiso mirar por fuera del ámbito físico hacia uno más cotidiano y mencionó como los productos culturales que consumimos perpetúan la noción de que aquellos quienes no pertenecemos al primer mundo no podemos llevar una sociedad civilizada por nuestros propios medios, ergo la necesidad de la intervención extranjera. 

Pero tenemos que existe algo que engloba tanto concepciones y consecuencias físicas como culturales y sociales y no parece tener pinta de, al menos dentro de un periodo de tiempo razonable, llegar a su fin: la política. 

Es aquí, creo yo, donde uno de los más importantes desembarcos anglosajones de los últimos años se ha llevado a cabo. Además; sorpresa únicamente para aquellos que creen en los antiguos criterios de derecha-izquierda sin tomar en cuenta otros ejes como el liberalismo-autoritarismo, tradicionalismo-progresismo, bilardismo-menottismo o demás factores que escapan de una estructuración política proveniente de la cúspide de la Guerra Fría, encontramos que esta invasión ha tomado posesión de territorios en todo el espectro político, incluso dentro de mi profesada anarquía de izquierda. 

¿Qué hecho puede haber tomado las mentes de tantos tan diferentes? Pareciera ser una conspiración de la talla del reptilianismo, terraplanismo o la final supuestamente arreglada de Bake Off Argentina. Pero lejos de ser una teoría reservada para recovecos de la internet que todos miramos con desagrado y muy agradecidos de no pertenecer a ellos, esta reciente influencia es una que es incluso utilizada como argumento por muchos que desconocen completamente el tema del cual están hablando. Es hora de hablar de la supuesta “generación de cristal”.

2016 fue un año muy movido para los Estados Unidos. Tercer presidente electo involucrado con el Lolita Express, pero primero en haber sido también presentador de reality shows. El meme de la rana pepe fue tomado por la alt-right y convertido en un dogwhistle. Contrapoints sube sus primeros videos a YouTube. Básicamente, las elecciones estadounidenses crearon la perfecta batalla campal para el nuevo medio del discurso político. Las redes sociales fueron un caldo de cultivo del cual nacieron muchos de los estereotipos, memes e incluso argumentos que se utilizan en el país norteamericano, Latinoamérica y gran parte del mundo al discutir fútilmente con otra gente sobre la realidad política y económica actual. Aquí nace el término snowflakes, utilizado originalmente por la derecha estadounidense para burlarse de lo sensible que es la gente de “izquierda” (aunque más bien va dirigido a cualquier persona con una moral básica que reconozca que los DDHH son universales e inalienables). 

Usualmente puede ir acompañado de términos y frases como feminazi, me identifico como un helicóptero de ataque apache, no soy racista/sexista/homófobo/tránsfobo/clasista pero… y generlamente se da con la intención de demeritar cualquier futuro argumento que de el lado contrario. Una vez descubierto el supuesto snowflake, cualquier defensa que pueda aportarse sólo demostraría que no se puede aceptar un punto de vista disidente, por ende quedamos desenmascarados como la generación de cristal.

Lo que puede verse en el uso de estos términos es que, como el defenderse ante ellos lo único que logra es reforzar su supuesta verosimilitud en la mente del usuario, quien los utiliza se reconforta de haber ganado cualquier argumento en el cual juega la carta, pues si no se le responde es debido a que tiene razón y si se le responde se prueba el punto de aquello que se dijo, por ende también se prueba que se tiene razón. Vendría a ser un comodín que vuelve, en la mente de quien lo juega, un argumento sin pies ni cabeza en uno irremediable y terminantemente correcto.

Es fácil ver el porqué de que sus usos se hayan vuelto pan de cada día y no haya muerto luego de más de tres años de existencia en un ecosistema virtual que suele eliminar de la memoria popular aquello que haya sucedido hace más de unas semanas. El principal logro de justificar el argumento propio en la supuesta ofensa del contrario es que se evita cualquier tipo de enfrentamiento con la realidad de tal argumento. El decir “ustedes, generación de cristal, se ofenden por todo” permite evitar reflexionar sobre si lo que se dijo puede o no haber tenido un efecto serio sobre la persona que lo recibió.

Para dar un ejemplo, debe haber sido hace unos pocos días que tuve un enfrentamiento de aquellos que amo y odio al mismo tiempo en los comentarios de una página en Facebook (¿quién usa Facebook hoy en día? Que cringe). De forma resumida, un hombre cisgénero orgullosamente autoidentificado como (supuesto) anarquista de tendencias captialistas marcadas “intentó” demostrar que el no tiene razón alguna por la cual referirse a las personas transgénero con el debido uso de pronombres y género autopercibidos. Su argumento residía en que él respeta a las personas, no sus decisiones sexuales, por ende no tiene razón alguna por la cual seguirle el juego a un grupo de personas al cual no se refirió con la mejor de las metáforas. 

Obviando el hecho de que demostró su nulo conocimiento sobre el tema al tomar identidad de género y la sexualidad como sinónimos, respondí argumentando que, justamente, como habla de respetar a la persona, debe de referirse a tal persona con la identidad de ella, no con las preconcepciones dogmáticas en las qué “sexo genital determina género” dentro de un marco binario de una realidad genital, hormonal y anatómica de naturaleza más cercana a la de un espectro. Sobre todo, agregué, debía de hacerlo porque una gran cantidad de personas trans sufren de un trastorno llamado disforia de género, que bajo circunstancias opresivas tanto física como emocionalmente puede devenir en la depresión y en una tristemente alta tasa de violencia y suicidios. 

Ante esto respondió “Es que se ofenden por todo, se hacen las víctimas”. 

Allí, a pesar de que continué, no había punto alguno en argumentar. El hacerlo comprobó que tal afirmación “me había ofendido”. Ante los ojos de aquel individuo y los cinco más que reaccionaron a mis subsecuentes comentarios con un “me divierte”, había perdido el argumento y únicamente demostraba aquello de lo que se me acusaba. 

¿Acaso logré que entendiera la razón por la cual es necesario referirse a las personas trans por nuestros nombres y géneros? No. Por lo tanto, el argumento snowflake funcionó tal y como debía. Ha eliminado cualquier instancia de reflexión la cual puede haber derivado en una conclusión de que, lejos de ser una mera causa de ofensa, la actitud que sostiene puede poner en serio peligro la vida de alguien. 

La facilidad con la que estos pseudo-argumentos mantienen la ideología propia en un estado de inmutabilidad explica su esparcimiento feroz. Sobre todo, aunque no exclusivamente, en sectores socialmente conservadores. 

De la misma manera que lo usó este individuo, también lo utilizan ciertos sectores de izquierda que continúan con la visión materialista de la dialéctica marxista y no contemplan otro tipos de realidades (género, raza, religión, etc) que puedan generar también diferencias sociales. 

Basados en la idea de que la izquierda moderna se ha alejado de los obreros para proteger a una manada de snowflakes, intentan constantemente separar la lucha por la justicia social de los mismos factores sociales que evitan que esta pueda darse. Nuevamente, cuando son confrontados con la realidad de que las clases sociales no son únicamente basadas en lo económico, tienden a terminar el argumento de forma dilapidante con un “cuando llegue la dictadura del proletariado irás a parar a un Gulag”.

Se que pareciera pecar de prejuiciosa, pero creo haber dejado en claro que estas no son palabras utilizadas por un único grupo político ni por un sector en específico de la población. Esto es justamente aquello que le da su poder al hecho de acusar a alguien de haberse ofendido, puede ser utilizado por cualquiera en cualquier argumento. Es un ciclo de retroalimentación que puede ser iniciado bajo cualquier condición. 

Al ser palabrerios sin ningún tipo de peso teórico ni argumentativo, pareciera obvio el hecho de que deberían de ser evitados. Más aún, claro está que suelen utilizarse para invisibilizar los efectos del status quo del sector político al que se pertenece sobre las minorías a las cuales tal status quo mantiene en una posición de vulnerabilidad social. Esto es lo que encuentro más aterrador de ser acusada de haberme ofendido.

¡Ojalá fuera solo una ofensa! Sería hermoso si el maltrato hacia los sectores menos afortunados fuera únicamente una que otra cara larga. Si el acoso sexual no dejase más secuelas que ofenderse por cinco minutos. Si la violencia policial contra comunidades de pueblo originarios no generase más que un berrinche temporal. Si todo tipo de injusticia social no dejase huella más profunda que una simple incomodidad.

Pero no, y vivir bajo la noción de que la gente solamente se ofende fácil es evitar la introspección. Es exteriorizar la culpa de acciones que pueden tener fuertes consecuencias sobre la integridad física y emocional de otras personas. Es patear para adelante las conversaciones que deberíamos de estar teniendo sobre comportamientos que vemos como tan “normales” (sea lo que sea que signifique la normalidad) que nunca paramos a considerar de dónde provienen y que generan.

Este recurso político no es más que un intento por acabar con esta conversación antes de que ocurra, y no es casualidad que resuene cada vez más a medida que estos colectivos invisibilizados encuentran nuevas vías por las cuales alzar sus voces, muchas de las cuales son las mismas que utilizan los autoidentificados helicópteros de combate. Sobre todo, es un recurso argumental que se ha afirmado en las raíces de toda discusión política, provenga del sector que provenga. 

Por eso es tan importante romper con este ciclo de auto-afirmación de la creencia propia. Cifras como las 72 mujeres trans asesinadas en Argentina en el 2019, o los 162 femicidios cometidos hasta el mes de junio en 2020 o los casos de brutalidad policial como la tortura de miembros de la comunidad Qom deberían dejarnos en claro que no es solamente una ofensa. Que obviar el problema no significa que este no existe. 

Pueda llegar el día en que, en caso de que se dieran importantes avances en materia social, quizá existan nomás una que otra ofensa personal que se desvanezca en cinco minutos en lugar de la violencia con la que algunos sectores deben de convivir. Pero para lograrlo primero debemos poder mantener una discusión que no se termine cuando la preservación ideológica del contrario lo requiera. Primero debemos de aceptar que no mostramos ofensa ante el comentario, sino enojo ante lo que este defiende y perpetúa.

Publicado la semana 33. 15/08/2020
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