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Luciana Capdevila

Frutos de luz

Disclaimer: esta es la historia completa que he estado subiendo en el último mes. Hay cambios pequeños además de que por fin tiene título. Intenté pulirla lo más que pude.

 

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“Preparad vuestra preestablecida pusilanimidad, pues he de percibir una polémica perplejidad acerca de la propensión por parte de pavorosas personas de proceder por el penoso peregrinaje del prístino placer propio. Incuestionable, a pesar de la impulsiva inverosimilitud que pueda impregnar esta imposibilidad impuesta. Creanlo o no, vanidosos y vulgares seres veneradores de la virilidad varonil y cobardes cobras de cosmética condición cooperante buscan con afanosa afección aquella acción de las acorazonadas amas del aconteciente acercamiento a las azarosas almas afines en igual forma que esperanzados espíritus entregados estúpidamente al espectáculo estándar esperado de sus espacios.

Pero basta de tanta etiqueta innecesaria, pues es acabar con las normalidades existentes aquello que buscan quienes osan a pisar el blanco mármol de las escaleras que llevan a la audiencia con su meretriz pedagoga correspondiente. Mármol el cual, vale aclarar, claramente hace apología a la visión pseudo-occidental que han consumido acerca de una supuesta pureza normativa de las sociedades grecorromanas. 

Es por eso que notarán como estas llevan a un decorado salón con deleitantes colores en eterna combinación los unos con los otros. Notad los profundos azules e intensos naranjas de las flores del pájaro, la radiante gama que modelan las flores de loto que flotan en el inconcebiblemente transparente estanque que decora los alrededores. El dorado de los bordados y el morado de los géneros presentes en las sábanas que cubren los lechos a su disponibilidad. Los rojos del eterno atardecer que ha de conmover vuestros corazones y la sangre igualmente carmesí que estos bombean. 

Sean bienvenidos a las experiencias por descubrir y a las verdades por desenterrar. A la diversión por tener y los placeres por desear. A lo lúdico de lo novedoso y lo tedioso de lo conocido. Sientanse con la libertad de sentirse como anhelan que otros los sientan. 

Por último, dada la posibilidad de que este sea su caso particular, si llegase a culminar en alguna clase de complot coital, recuerde avisar a su instructora para llevar a cabo el necesario aseo subsiguiente. Seremos “sucios” en el accionar ante nuestros goces y aspiraciones, más no en cuanto a nuestra higiene, esencial en el disfrute de posteriores visitantes. 

Esperamos que los complazca su estadía.”   

Julián sostuvo el folleto frente a sus ojos. Una creciente incredulidad se propagaba por sus entrañas. Sus expresiones remarcaban su estado de suprema confusión. No era de su conocimiento bajo cuáles medios había de llegar allí. Tampoco lo era como Adriana, su novia, se encontraba junto a él, igualmente estupefacta ante lo que parecía una mala broma, o al menos una de pésimo gusto.

Sus labios encontraron inspiración en Elvis Presley. Su lengua no terminaba retorciéndose sobre las alfombras de terciopelo que decoraban el salón por el mero hecho de que su mandíbula se había petrificado y sus dientes actuaron como represa. Sus cejas formaron violentas curvas con músculos los cuales Julián no comprendía dentro de su repertorio. Su mente intentaba huir desesperada y futilmente. Su cuerpo, en completa inmovilidad, lo traicionó.  Este, quizá, a raíz de un profundo interés mórbido el cual decidió enterrar antes de que una implosión de cuestionamientos terminaran por evaporar la poca masa gris que encontraba utilizable.

Adriana no se vió en un estado muy distinto, siendo una mayor aceptación a sentarse en una mesa de negociación con sus nuevas formulaciones sexuales la única diferencia significativa.  Situación la cual decidió no debería de discutir con Julián, jamás.

Ambos lograron, luego de acometer una cantidad superlativa de esfuerzo no exteriorizado, girar sus cabezas y compartir una mirada bañada en dudas, escepticismo protector y un tinte de curiosidad. El hecho de encontrarse bajo las mismas ropas con las cuales el mundo los recibió no ayudó a contener una creciente inseguridad que se manifestaba en una que otra gota de sudor bajando por la frente. 

Adriana tapó sus pechos con una mano y su entrepierna con la otra. Julián se encontró con una rara (y momentánea) seguridad en sí mismo. Seguridad la cual colapsó una vez vió los dotes de un congénere en un salón aledaño donde otras tres figuras desnudas se encontraban.

Las delgadas cortinas de aquel salón olímpico traicionaron aquella noción de privacidad la cual actuaba como última línea de defensa ante un ataque de pudor el cual se manifestó con una súbita necesidad por esconder los genitales y una intensa tonalidad rojiza en su rostro. 

El velar por el escondite de sus órganos reproductivos produjo que el folleto que se encontraba en sus manos dejase de interponerse entre su atención y la instructora preseleccionada para la pareja. 

Fueron cinco segundos de gran intensidad aquellos que ocurrieron entre el fin de la lectura expositiva y la introducción a aquella símil femme fatale reconstada en un sofá ostentoso y opulente, quizá incluso de mal gusto. 

Mal gusto. Algunos comentarían esto mismo sobre el espectáculo que presentaba la pedagoga recreacional. No sería descabellado si también realizaran la misma mueca de renovada morbosidad y disgusto simultáneos que proyectó la faz de Julián.

La mujer de destellante vestir gesticuló una clara decepción.

-Ya es el 2020 muchachos. Una pseudo-guerra, infiernos reinando entre los arbustos y la pandemia que comprobó la irrealidad de Hollywood y el rol estadounidense en la salvación global no han podido acabar con ustedes. Un show de maquillaje soft-drag y decisiones de moda tomadas por una María Antonieta adicta a las lentejuelas en medio de una crisis de identidad de género no deberían de devenir en una reacción más radical por parte de ustedes que la situación en la que se encuentran sobreviviendo día a día -  pensó para sí misma.

Adriana notó tanto esta reacción así como la intolerancia internalizada en su pareja, por lo cual decidió romper con la tensión presente e iniciar la sesión.

-Hola - formuló con cautela.

-¿Qué? - dijo en tono agravante la figura sobre el sofá. -¿Hola? - y elevó el tono de su voz hacia lo que pareció un falsetto. 

-Me visto y maquillo de forma premeditada con claros paralelismos a la muestra de opulencia falsa y superficial que se da en las comunidades marginalizadas que nunca accederán a la vida que simulan, ¿y todo lo que sus mentes son capaces de devolverme es un mísero “hola”? ¿No pueden reaccionar de una forma que por lo menos denote  mínimo interés no crítico? -

Adriana y Julián compartieron una mirada repleta de dudas, escepticismo protector y un tinte de curiosidad por segunda vez en aquella experiencia surreal en la cual acabaron, la cual continuaba contando sin explicación alguna que pudieran racionalizar en aquel momento. 

-¿Acaso nunca vieron “Paris is Burning”? - volvió a increparlos la antimonárquica en monárquico atuendo.

Los morados labios pasaron a dibujar un amplia sonrisa en aquel rostro bañado en cremas y pinturas. Se sentó de piernas cruzadas, con las manos una sobre la otra. De pronto, una pequeña risa nació en ella.

-Dejen de estar tan tensos, ¡fue solo una pavada! Solo lo hice para no recaer en la misma presentación de siempre. -

Se levantó y abrazó a nuestra perdida pareja. 

-Virginia, a sus servicios - dijo a la vez que parpadeó en un claro intento de dirigir la atención de ambos las pestañas postizas que yacían sobre sus párpados quizá en búsqueda de ocultar algo.

En su rostro se repetían sutiles patrones que resaltaban sus ojos, cuyos cuidados contornos compartían color con su labial. Su vestido mostraba un degradé de verde a morado y un sinfín de reflejos. Sus manos estaban cubiertas por dos guantes de un tono verde más oscuro. Su calzado eran la única pieza del atuendo la cual no salía de lo normal, debido a que no utilizaba prenda alguna sobre sus pies. El esmalte de sus uñas descalzas presentaba una coloración similar a la de sus guantes. 

Sin dudas su apariencia era impecablemente ostentosa. Sin embargo, debido a la nimia seriedad y la alocada esencia con la cual impregnó la atmósfera del salón, era de gran obviedad el hecho de que tal arreglo de excentricidades provenía de una clara celebración personal y cómica conciencia de sí misma más que de alguna suerte de culto a su propia imagen. Difícil parecía que tanto exceso denotara una confianza excesiva en las apariencias.

Virginia realizó con su mano un gentil movimiento con el cual apuntó hacia la terraza, invitando a la pareja a trasladar la sede de la sesión. -¿Gustan acompañarme ante el atardecer? - 

Todavía callados, Adriana y Julián la siguieron. Este nuevo ambiente mantenía el nivel de excentricidad al cual no habían podido terminar de acostumbrarse. Las alfombras de terciopelo culminaban sobre el borde del balcón. Un amplio jardín de árboles frutales y verde intenso, incluso a la sangrienta hora del cielo, se extendía ante sus ojos. Tres reposeras los esperaban, cada una actuando como arista de un triángulo imaginario en cuyo centro yacía una pequeña mesa de té. Dos resplandecientes manzanas descansaban sobre un platillo dorado.

-Yo soy Virginia, reina de mi cuerpo - dijo apoyándose sobre la cornisa y performando danza con sus manos. -Ved mis logros, mortales, y aprended - continuando con una invitación a sentarse la cual fue también culminación del número de baile gesticulado.

-¿Fan de Shelley? - tuvo la valentía de preguntar Adriana.

-Intérprete sería una descripción más certera. -

-En lo personal, igual, prefiero a Mary. -

-¡Claramente! - exclamó con pasión Virginia. -Frankenstein, por ejemplo, es una lectura atrapante la cual se explaya sobre las realidades de la comunidad LGBTIQ+. - 

-¿Cómo? - preguntó Adriana, perpleja ya por la inesperada afirmación y no tanto por lo bizarro de la situación.

Antes de responder, la madame se sentó en el borde de la reposera más próxima. Se dejó caer con un suspiro y sostuvo su cabeza sobre su dedo índice izquierdo, con su sien actuando como punto de apoyo. 

Levantó su vista hacia su contraparte.

-Al monstruo de Frankenstein - se hizo un silencio temporal en el cual puso sus ojos en blanco, -de aparente naturaleza antinatural, se lo es tratado por default con hostilidad por parte de los aldeanos. Frente a su soledad e incomprensión, decide implorar a Víctor con el objetivo de que cree un segundo ser a quien pueda amar. Un alma la cual pueda comprenderlo. Pero como respuesta solo obtiene la creencia de que una bestia de tales características jamás será capaz de amar. ¿Suena conocido? -

-Y, cuando simplificás la historia de tal forma y la interpretás partiendo de un punto de vista tan particular, es posible verlo así. Pero no creo que ese sea el mensaje autoral - respondió la novia con una clara connotación. Tal visión sesgada generó en ella un profundo rechazo.

Virginia trasladó repentinamente su atención hacia Julián, quien todavía se encontraba de pie y con su vista perdida en la nada. Hizo una señal de pausa a Adriana, ante lo cual ella aprovechó para buscar asiento.

-¡Eh, vos! ¿Todo bien? - preguntó a la ensimismada estatua, que se vio presa de una violenta abducción que lo transportó de vuelta hacia la terraza.

Julián giró en su dirección.

-Tranqui, no muerdo…-  dijo acompañando con palmadas sobre la tela de la reposera a su lado.

Hubo una pausa deliberada.

-¡Bah, quizá a veces! Pero solo si lo acordamos antes - y curvó sus cejas resaltadas a una posición de lo más provocativa.

-Mirá - continuó la diva con la deserción previa y volvió hacia Adriana, - yo soy de aquella rama de lectores quienes promueven ávidamente la muerte del autor y la destrucción de su reinado tiránico sobre las interpretaciones de sus obras. - 

Agarró una de las manzanas y comenzó a inspeccionarla, con intención claramente estética, ante los rayos del departiente sol.

-Aquella fue la interpretación que nació de mí cuando leí el libro en mi adolescencia salvajemente sobria. Al ser mi propia realidad y mis experiencias las cuales ayudaron a que acabase en esa lectura, no puedo intentar posicionar la mía como una visión hegemónica. Caería en un intensa hipocresía. No puedo hacer más que informar. - 

Dejó la manzana sobre el platillo y dirigió una sonrisa a Adriana. Esta notó que los labios de Virginia tendían a un desbalance el cual deja su comisura derecha por encima de la izquierda. 

-¡Pero entonces podríamos caer en cualquier locura! Podrías leer “Mein Kampf” como una apología a la diversidad cultural - incriminó.

-Exacto. -

-Pero cada palabra impresa te estaría probando lo contrario. - 

-Es que, justamente, todas las interpretaciones son válidas, pero no todas poseen la evidencia suficiente para convencer a otros de su validez. Pero, al fin y al cabo, las conclusiones que obtengamos nos conciernen solo a nosotros. Es una actitud mucho más honesta que aceptar lo que un sector mayoritario decide establecer como intención detrás de la obra. Yo considero a Frankenstein un gay icon, le moleste a quien le moleste.  -

Durante la duración de aquella conversación, una extraña amalgama de sentimientos encontrados había crecido dentro de Julián. A pesar de la apariencia que daba, estuvo atento a la discusión que se había generado. Su estado de inmaculada quietud se debía, al igual que la madeja que era su sentir,  a un intenso estudio sobre la mujer la cual los estaba guiando. Podría decirse que la situación tenía todas las apariencias de ser algún tipo de trampa. Toda enseñanza que componía su ser le envió destellos brillantes de alerta.

-Esperá - interrumpió el naciente argumento de su novia. - No puede ser que querás discutir sobre literatura - le dirigió a continuación. -¿Acaso soy el único ser racional que quiere saber qué carajos hacemos acá? - volteó hacia Virginia y preguntó 

Ella se levantó, tomó las dos manzanas y le entregó una a Adriana. La luz del sol detrás de ella la proveía de un halo que brindaba una espiritualidad contrastante, o quizá intrínseca, con la estética y manierismos sexuales con los cuales se manejaba.

-Están acá para expandir su mente - expuso con un tono a la vez sarcástico y místico. -También puede ser que los hayamos capturado para pertenecer a nuestra “secta” e idolatrar alguna nueva interpretación de los elementos y ocurrencias que componen nuestra persona - dijo señalando las comillas pertinentes. 

Virginia comenzó a caminar hacia Julián, hacia el punto donde se encontraba desde que se mudaron a la terraza. Él notó como las lentejuelas del vestido generaban un sutil cascabeleo con el exagerado movimiento de sus caderas al caminar. Ella notó cómo la miraba, y decidió acercarse hasta que sus alientos intercambiaran bocas al exhalar sobre el poco espacio que los separó.

-Pero, al final, ¿no aquello lo mismo? ¿No somos acaso para el pensamiento popular alguna clase de culto al libertinaje? - y acarició el cachete de Julián, quien sintió el frió de sus dedos a través del guante, mostrándose claramente incomodado.

-¿Libertinaje? - tartamudeó. - ¿Entonces esto es algo sexu-

-¿No dije que lo era bajo el pensamiento popular? - Virginia puso fin de forma prematura a la claramente normativa pregunta. -La gente ama suponer que libertad y libertinaje son sinónimos cuando no considera a quien busca la primera como merecedor de la mínima decencia humana - y le entregó descaradamente la segunda manzana.

Dió una rápida vuelta y se dirigió hasta la reposera. 

-Pero podría decirse que sí. Aunque no sea la totalidad de la experiencia que brindamos, ni el fin que buscamos, hay una componente sexual la cual nos ayudará a abrirnos camino entre los obstáculos que se interponen con su - señaló tanto a Julián como a Adriana, - libertad. -

En una disrupción de su línea de pensamiento, Virginia dudó por unos segundos sobre aquello que acababa de decir. Una inmediata y fría sensación avanzó por su cuerpo y se tornó hacia el horizonte, de donde rayos escarlatas partieron en dirección a sus pupilas. Pero otra inesperada perturbación la extrajo de aquella sucesión de dudas que había concebido.

-¿Qué se supone que hacemos? - mencionó Adriana. Julián inspeccionaba la manzana con claro disgusto.

Virginia saltó fuera de sí. Vió que le extendían la manzana y dedujo que le preguntaban por ella. Retrocediendo hipócritamente de sus cuestionamientos, sonrió nuevamente. 

-Es para que viajen a los escenarios que les vamos a presentar - dijo en tono amoroso y conciliador. 

Ambos intentaron comprender por unos segundos a qué se refería con aquella expresión. La lógica les indicaba que aquello era solo una metáfora, pero las condiciones en que habían transcurrido su estadía en aquel lugar les indicaba lo contrario. Incluso cabía la posibilidad de que podría ser ambas.

-¿Preparados? - les preguntó a la pareja con entusiasmo. -Comencemos con el primer escenario. -

-¿Pero no nos vas a explicar nada? - arremató Julián. -¿Querés que hagamos lo que a vos se te cante? - exclamó reprochando.

La institutriz decidió esperar unos segundos y tomar aquella maravillosa oportunidad para comenzar de forma definitiva con la exploración de aquel confrontativo individuo apegado a lo regular e intentó divagar de forma más directa con las problemáticas.

-¿Y qué sentís ahora? - replicó Virginia. -¿Impotencia?¿Descontento? - le dirigió una mirada pícara. -¿Ser sumiso se siente bien, no? -

Julián, quién quiso evitar reconocer ninguna de aquellas acusaciones, se tornó hacia su pareja con una mirada plagada de ira, cuestionamientos y esperanza por una defensa conjunta. Ella lo miró a los ojos. Calló sobre ella la obligación de mostrar apoyo incondicional por él, de abandonar una búsqueda en la que no tenía planeado participar, de huir de su naciente reestructuración. 

-¡No! - gritó la mujer en ostentosa vestimenta al notar que aquel entrometido hombre podía acabar con su trabajo antes de siquiera comenzar. Ella se interpuso en la mirada. -Esto es tuyo, no debés ninguna clase de explicación sobre lo que querés - y acercó la mano con la que Adriana sostenía el fruto a su pecho.

El terror por lo desconocido de todo aquello que estaba sucediendo hizo que Julián apartara violentamente a Virginia de Adriana. Miró a su novia de frente. Ella quiso esquivarlo. Dudó por un segundo, pero se mantuvo fiel a su interés por un cambio el cual se manifestaba en su temprana etapa y decidió mantener su posición. Él abrió su boca con la intención de demandar nuevamente una detallada explicación de todo lo que estaba ocurriendo. Pero tan pronto como intentó exteriorizarse una fuerza mayor comenzó a manifestarse dentro suyo. 

Ambos se enfrentaron repentinamente a una desesperada necesidad por morder las manzanas que se encontraban en sus manos. El rojo de sus cáscaras parecía ganar brillo, atrayándelos irreparablemente. Se preguntaron cómo habría de saber aquel fruto, que tan bien debía de sentirse el jugo chorreando por sus labios, si podría aquella simple comida saciar aquel profundo hambre del cual tenían conocimiento. Mas no se admitían a él.

Así como se vieron atraídos, ambos se encontraron también, aunque en diferente medida, ante un fuerte instinto de repulsión que rogaba por que lanzaran aquella maldita manzana por el balcón. Los alaridos que emitía aquella invasiva predisposición hubieran sido quizá acatados sinó por el lugar donde se encontraban y, en especial, la persona quien los acompañaba. 

La precavida curiosidad que ambos sentían por Virginia actuó en conjunto con las pasiones nacientes de la manzana. 

En un acto de auténtica valentía, Adriana fue la primera en probar las dulces inmundicias. Al hacerlo un tierno placer nació en su vientre y se expandió a través de sus músculos, ganando fuerza al hacerlo. Su cuerpo comenzó a contorsionarse siguiendo un ritmo que nació de su propios deseos. Internamente, ella probó por primera vez la realidad de encontrarse una situación de poder y su cara reveló el placer inaudito de tener a alguien para su dominio total. Esta nueva experiencia amplificó aquello que se manifestó en un principio y la llevó cada vez más cerca de volcarse.

A medida que sus movimientos se tornaron más violentas, sus piernas comenzaron a perder fuerza y cayó al suelo. 

-¡Adriana! - gritó Julián, habiendo roto su hipnosis retrógrada.

Sumido en temor, se abalanzó sobre su novia en un intento por ayudarla.

-¡Soltala! - lo injurió la pedagoga.

-¿Qué le está pasando? - vociferó Julián en retorno. -¿Qué mierda le diste? -

-El simbolismo es obvio, cariño - dijo acercándose, conteniendo su voz. -No podés intervenir en el proceso del otro de manera tan abrupta. Vas a arruinar todo el trabajo. Ahora, ¡soltala! - y remarcó esta última palabra en una voz extrañamente potente para ella.

-Pero -

-Le vas a hacer daño - le dijo reemplazando la dureza con ternura al arrodillarse junto a él, descansando su mano enfundada sobre su desnuda rodilla y liberando un profundo shock a lo largo del sistema nervioso del temeroso novio.

Él la soltó, abandonando su cuerpo a su propia búsqueda. 

Adriana siguió con los movimientos violentos, encerrándose en sí misma en una suerte de posición fetal. Sutiles gemidos fueron creciendo en volumen, avanzando hacia un precipicio, deseosa de caer en el.

Entonces se permitió el placer de adentrarse en las profundidades. Pero aquello no fue el fin.

Su cuerpo se relajó, pero siguió abalanzándose sobre su propio pecho. Comenzó a alimentarse de aquella carne desbordada de nuevos conocimientos. Su postura imitó aquella de una uróboros la cual desaparecía a medida que sus fauces daban amplia bienvenida a su nueva concepción.

Así continuó hasta que  simplemente desapareció.

Julián no pudo dar fe por aquello que su ojos presenciaron. Su mano viajó por el espacio el cual su novia ocupaba hacía no más de unos segundos. Estupefacto, se vió controlado por él terror de no poder dar razón lógica a todo lo que le estaba sucediendo. 

-No te preocupes, igual, aunque hubieras seguido, no habrías logrado que acabe - le mencionó Virginia con una inocente jovialidad la cual encendió las llamas de la ira en el corazón del joven.

Enceguecido por un instinto de protección sobrecogedor, se dispuso a confrontar a su maestra, pero sus deseos se vieron despojados de toda importancia inmediata cuando su vista cruzó por un segundo aquella manzana en su mano.

Capturado, la saliva invadió su boca a medida que una fuerza gestada en su interior acercaba la fruta a sus labios. Necesitaba probar un bocado, descubrir cómo sabía la amarilla carne debajo de la cáscara. 

En medio de una nebulosa que cubría todo aquello que no fuera la manzana, decidió ceder a sus impulsos y dar un gran y voraz mordisco.

Sintió como aquel trozo que llevó a su boca bajó rápidamente por su sistema digestivo. No frenó sino hasta unos centímetros antes de la infame salida. Para su sorpresa, una masa en tal ubicación no supuso los nefastos dolores que esperaba. Es más, si no fuera por su predispuesta mentalidad, quizá hubiera admitido que lo disfrutó.

Sin embargo, diera lugar o no a tal confesión, su anatomía revelaba la enteridad de sus secretos, descubriendo a la vez la razón detrás de las contracciones de Adriana y la gracia del chiste que Virginia le acababa de contar. 

Este acto culminó de manera similar al anterior y Virginia tuvo que conseguir con urgencia que alguien limpiara el suelo antes de que la siguiente pareja llegara.

El viaje en sí no puede ser fácilmente narrado. Podría decirse que era similar a una continua transición entre las manchas rojizas que deja la luz del sol a través de los párpados y aquellas transmutan hacia el azul una vez se corre la cara hacia la sombra. Pasados unos segundos, una extraña e impresionante calidez bañó a Julián y notó como aire alrededor suyo se tornó intensamente denso, debiendo acostumbrarse a respirarlo.

Tuvo que tomarse un segundo para comprender que se encontraba nuevamente en tierra firme. El suelo, sin embargo, era resbaladizo y daba la sensación de ser barro. Los mosquitos se abalanzaron súbitamente sobre su cuerpo. Fue intentando espantarlos que notó que se encontraba ahora vestido con unas botas altas de goma, short azul bien arriba y una camisa blanca. 

Se encontraba frente a una laguna perdida entre altos pastizales. La zona parecía ser un pantano. No tan lejos divisó una casa blanca estilo colonial inglés que se alzaba de entre la maleza con oxidada chatarra apoyada contra sus paredes exteriores. La madera de sus muros dejaba entrever la pintura blanca que alguna vez la pinto, y el porche, donde alguna vez alguien habrá disfrutado del atardecer frente a la laguna, estaba invadido por podredumbre a cause de la insoportable humedad. En cada pared descansaban dos ventanas.

Era una situación incómoda. No emocionalmente, como lo había sido el estar desnudo frente a Virginia en un salón de mitológicas características, pero físicamente, teniendo que lidiar con una mortífera combinación del calor y los insectos en la pesada atmósfera del pantano y llevando encima ropa que no lo protegía de la menor picadura. La rabia entrecortada por el orgasmeante viaje retornó con intensidad renovada con un claro énfasis en el odio el cual sentía por aquel fétido lugar.

Perdido, indignado y sin la menor idea de que se suponía que debía de hacer en aquel círculo infernal, decidió caminar hacia el único lugar el cual le remitió una instancia de intervención humana en aquel vil páramo. 

Maldijo todo aquello que lo rodeaba, desde los mosquitos hasta su vida misma. Su piel reflejó con colorados tonos la ira que se acumulaba en sus adentros.   

De pronto, en una suerte de gracia divina, un pozo camuflado se encontró en el lugar donde Julián esperaba apoyar su pie. Perdió el equilibro y cayó en el embarrado lecho, llevando su paciencia a límites los cuales nunca antes había siquiera imaginado.

Impulsado por la poca dignidad la cual creía intacta, se levantó y continuó el corto trayecto. En aquel deplorable estado del cual renegaba fue que entró en la decadente edificación.

Para su sorpresa, se encontraba en un aula de colegio, con el pizarrón verde en la pared frente a él y mapas colgados a sus costados. Frente al escritorio del profesor estaba sentada Adriana. El modo en que iba vestida le recordó a una odiosa profesora de matemática que tuvo en la secundaria.  En uno de los bancos estaba Virginia limando sus uñas. Ella estaba vestida como estudiante, con con dos trenzas en su pelo. A Julián le recordó a un clip musical de Britney Spears. Su maquillaje no estaba ya sobrecargado, develando algunas facciones naturales antes escondidas. Nuevamente se encontró con intensas dudas sobre aquella mujer.

-¡Oh! ¿Qué te pasó? - le preguntó la símil estudiante con sorpresa.

Le contestaron al no contestarle.

-Perdoname, no tenemos nada con que limpiarte. -

Julián se sentó en uno de los bancos de atrás sin temor a mostrar su enojo y cansancio. Quería irse de allí lo más pronto posible.

Un implacable silencio reinó por unos segundos.

-Entonces…- dijo Adriana mirando a Virginia dubitativamente. 

-¡Sí! - le respondió con seguridad. -Es tu turno de ser la maestra. - 

Obviamente habían mantenido una conversación aclaradora en el tiempo que le tomó al embarrado novio teletransportarse y llegar a la escuela.

-Pero, ¿que enseño? - le preguntó la profesora, denotando que tan normal era para ella el ocupar un rol meramente sumiso.

-¡Vos tenés el poder, cariño! Enseñá lo que quieras y como quieras. -

-Ehh…- Adriana miró cautelosamente alrededor, pensando que podía acaso dar de lección. Entonces sus facciones se transformaron en unas mucho más serias y rígidas. Sus ojos se clavaron sobre Julián y un nerviosismo proveniente de la posibilidad de experimentar se manifestó.

Pestañeó unas veces cuando el sol tránsito por en frente de una de las ventanas y apoyó sus cálidos rayos en su cara. En cada pestañeo sintió como la calma la abrazaba y el febril deseo por aquello que tanto tiempo se había negado a obtener ahora la rebalsaba.

Vio su enojo, su descompostura. El desprecio por una oportunidad la cual ella consideraba de gran valor para ambos y de la cual, para su grata sorpresa ante la nula información que sabían de aquello, ella misma estaba aprendiendo. Vió como se encontraba ensimismado, como siempre que ha estado en una situación la cual no apreciaba, incluso si ella disfrutaba de lo que vivía o por lo menos le importaba.

Recordó aquello que la persiguió en el momento el cual aparecieron, por arte de magia, en el decorado salón donde los recibió Virginia. Como se convenció a sí misma de nunca declarar ninguna de sus insospechadas pasiones con la intención de no suscitar cambios los cuales causaran disturbios profundos en el rígido sistema de roles al cual había accedido inadvertidamente. Como aquella femme fatale intervino cuando Julián intentó, sea por la razón que sea, intervenir en aquella sana instancia de conocimiento propio. Como tuvo la posibilidad de regocijarse en el poder de decidir sobre su placer.

Recordó todo aquello y reconoció instintivamente un rol en el cual podía posicionarse sin el permiso de nadie.

Su postura transmutó. Con un gesto de su mano hizo aparecer una fusta. Ella misma se sorprendió al ver que su extraña acción instintiva vió la respuesta que ella secretamente esperaba materializandose. 

Adriana contuvo un grito de emoción.

Julián no prestó caso alguno a la situación que se estaba gestando en aquella habitación. Intentaba perderse en alguna otra realidad a la cual pudiese acceder mediante su tediosa imaginación. Se despabiló cuando sintió el cuero recorriendo su cara.

-Señorito, ¿puede usted decirme cuál es el rol del autor a la hora de crear una obra? - acertó una Adriana desconocida para aquel hombre apelante a los contextos normativos.

Virginia corrió su asiento para ver mejor aquella escena. La emoción de ver como su lección comenzó a dar frutos brindó a este misterioso ser una verdadera alegría la cual no se había hecho presente hasta el momento.

Julián, en cambio, retiró de un manotazo la fusta de su cara. 

-Si me traes a este martirio sin decirme para qué por lo menos podrías dejar de romperme las pelotas - dijo con una agresividad palpitante.

La tensión paralizó por completo el desarrollo de la clase. La atmósfera se tornó inclusive más densa que antes. 

El delicado balance en el cual se encontraba la armonía todavía presente pareció no tender a ningún extremo. Pero, incluso en tal estado, hubiera sido un lujo el de no reflexionar sobre cada movimiento, palabra y acción antes de cometer una imprudencia.

Entonces, Adriana, en su desenmascarada faceta, decidió contradecir cualquier instancia de sentido común en su conciencia y alzó su brazo.

Julián hundió su vista en ella y le respondió con mirada desafiante, esperando poder apelar a aquel recurso básico.

El sonido de la fusta golpeando su cachete llenó por completo la habitación. Su piel desplegaba una notoria marca colorada donde había habido contacto. La irritación que generaba el mínimo roce del aire terminó por encender aquel inevitable incendio.

Antes de que pudiera despabilarse, Adriana azotó su otra mejilla e inmediatamente se descargó una tercera vez sobre el pecho embarrado, aprovechando el hecho de que su pareja no podía comprender todavía la situación que tenían entre manos. La negación a aceptar lo llevó a recibir muchos más fustazos de los que eran necesarios para fulminar su orgullo.

El enojo de Julián tornó su cara a un rojo de tal intensidad que las marcas resultantes de los castigos se perdieron dentro de este. Al verse víctima de lo que entendió como la mayor falta de respeto humanamente posible, sus bullentes sentimientos parecieron inchar las venas de su cuello y sus brazos hasta el punto antes de estallar y lo condujeron a intentar levantarse de su asiento con intensa violencia. Sin embargo, Adriana había sido más rápida que él e hizo aparecer ataduras que lo sujetaron a la silla y enterró las patas de la misma en el suelo. 

Julián, perdido en la negación, la maldijo por sus acciones, por aceptar la basura con la que la intentaba alimentar Virginia, por faltarle el respeto y no pensar un maldito segundo en el. Gritó desde el fondo de su alma por minutos en un espectáculo de supuesta virilidad y poder hasta que sus músculos se cansaron y su garganta irritada no pudo continuar. 

Una vez las herramientas con las que había sido criado probaron no rendirle ningún fruto, su enojo transitó radicalmente hacia el miedo. Miedo por no saber cómo reaccionar, miedo por no saber dónde estaba, miedo por todo aquello que acababa de suceder y no podía comprender. Miedo de verse a la merced de una mujer con un látigo.

Una mujer que estaba vestida como una maestra de matemática que tuvo en la secundaria. Una maestra estricta por donde se la mirase. Una maestra que fulminaba con una mirada rodeada de un negro contorno y gruesas pestañas. Una maestra que usaba una blusa la cual revelaba su escote. Cuyas largas uñas pintadas de negro solían golpear la mesa con un ritmo que hipnotizaba la mente de un joven perdidamente aburrido en clase. Cuya actitud hacia los estudiantes les dejaba en claro que ella tenía la capacidad de hacerles la vida imposible. Era una mujer cuyo poderío le causó tal miedo que nunca osó a cometer una falta hacia ella, no importa cuán pequeña.

Un nuevo golpe de la fusta lo despertó de la vaga ausencia que mantuvo por esos segundos. 

-¡Qué chico tan sucio! - le dijo Adriana con con tono con una ya excesivamente clara intención y unos ojos relucientes ante las puertas que se habrían.

Una frase que llenó de vergüenza ajena a Julián. Parecía salida de una película pornografíca de peupérrima calidad. Incluso lo alejó temporalmente de su estricta reacción. A medida que su novia se le acercaba, esto fue suficiente para comenzar aceptar con inconsciente deseo la situación presente.

-Vamos a tener que lavar esta ropa - y desató una de las atadura para poder sacar ese brazo de la camisa. Luego hizo lo mismo con el otro y finalizó con el short.

Julián sintió como lo acariciaban a medida que lo desvestían. Cada contacto con su piel despertaba en él un sentir prohibido. ¿Cómo podía ser él a quién estaban tratando como un juguete?

Allí, sin nada más que calzoncillos, yacía un hombre completamente vulnerable. Un hombre el cual tenía todavía remanentes de una reacción medianamente confrontativa ante su vivencia actual. Un hombre en sumisa incomodidad. 

Con el chasquido de sus dedos, Virginia hizo aparecer una toalla y un balde con agua.

-¡Mirá si serás! Te voy a tener que lavar todo - y acompañó con un nuevo golpe, esta vez sobre sus piernas, particularmente cerca de aquella zona en la que deben estar pensando.

Virginia se levantó y caminó hacia los dos tortolitos amotinados contra su naturaleza. Extrañamente, sintió como si aquella vez fuera la primera que lo hace. -Quizá - pensó -porque todo está yendo bastante bien - y decidió, ante su incomodidad, centrarse de nuevo en lo que sucedía.

Adriana se agachó y hundió la toalla en el balde. Virginia, de vuelta en el aula, pasó la mano por su espalda y siguió hacia Julián, colocándose tras su silla. Él se estremeció cuando gotas frías se bañaron sobre su cara y bajaron entre las costras de barro seco. Sintió como la meretriz entrecruzó sus dedos para sostener su cabeza su cabeza. Se dejó descansar en aquellas manos y comenzó a relajarse. 

Adriana bañó el barro de su cuerpo, dejando pequeñas marcas rojizas de la fusta para acertar su dominio de vez en cuando. 

Cuando hubo terminado de lavar su brazo, comenzó a dejar tiernos besos sobre cada yema. Instintivamente, Julián intentó sujetar su cara.

-¡Pendejo insolente! - gritó su novia y prosiguió a azotarlo en la palma. -¿Acaso creés que podés controlarme? - preguntó sugestivamente.

La falsa maestra se sentó sugestivamente sobre las limpias piernas. -¿Quién mierda te creés que sos? - preguntó propinando un nuevo golpe con la fusta por cada palabra que pronunció. 

Ambos corazones palpitaban velozmente a medida que la atmósfera a su alrededor terminaba de asentarse en aquella que Adriana venía construyendo. La adrenalina invadió sus venas y el sudor que recorría sus cuerpos no era ya debido únicamente al calor ambiental. Sus respiraciones eran pesadas. Los nervios provenientes de los nuevos horizontes a los que ambos se veían dirigidos se manifestaban en claras evidencias físicas.

Virginia apoyó su cabeza contra la de Adriana, dejando pequeños mensajes de apoyo. Soltó una de sus manos y tomó aquella de la de la actriz inmersa en el rol de la autoridad, ayudándola a recorrer el sinuoso camino de la felicidad.

Julián todavía se encontraba tenso. Aquella isla misteriosa en la cual las fuertes mareas lo habían abandonado a su suerte era todavía desconocida para el más allá de sus playas. Sentía, a pesar del placer creciente, una intensa culpa. Su dignidad, aparentemente, debería de haberse encontrado dañada.

La mano que Virginia había dejado sosteniendo su cabeza era firme y parecía que no lo dejaría caer una vez terminara de liberar las ataduras que solo él podía controlar. Sin estar seguro de sí mismo ni de su decisión, optó por tomar el camino de menor resistencia. Recostó su cráneo y dió un último vistazo al cuerpo de la meretriz que se encontraba dando fuerzas a Adriana y calmandolo él. Ignoró las dudas que lo rodeaban y se dejó llevar por la corriente que peleaba con él desde el momento en que se vió leyendo aquel folleto.

Al cerrar sus ojos se vio transportado hacia una existencia de oscuridad extensa y acogedora. Sintió como flotaba junto a Adriana en un infinito vacío universal el cual tendía hacia un cálido punto amarillo el cual ganaba luminosidad lentamente. Un tierno calor también los alcanzó y los atrajo con una fuerzo insospechada hacia aquel mismo curioso vórtice que yacía al final del viaje.

Un universo infinito repleto de la nada misma. Salvo ellos, no existía objeto alguno. Paradójicamente, los rodeaban, sin embargo, conjuntos de luces que acompañaban a aquel brillo central al cual se dirigían. Cada una proveyó de calidez y, de cierta manera, experiencia. Cada una los animó a seguir en aquel estado que los llenaba.

Adriana lo rodeó con sus brazos en aquella dimensión extraña. Con fuerza lo sujetó y volvió suyo, y utilizó este nuevo rol para andar caminos hasta ese momento desconocidos que atraviesan selvas que todavía eran vírgenes. Un recorrido difícil de completar, incluso en el inédito conocimiento el cual bañaba aquel limbo que gobernaban.

Pero una súbita intranquilidad provino de saberse en territorio desconocido. Incluso luego de aquella sensata exploración, Julián no pudo ceder terreno a la sumisión sana. Se encontraba en los adentros de las líneas de aquellos que consideró sus enemigos por demasiado tiempo. Se vió en un espacio el cual le dió terror reconocer agradable. Quiso volver a la base de su ejército, aterrorizado por la posibilidad de ser acusado por traición.

Entonces escuchó dos aplausos secos.

El pantano en el cual se encontraban se había sobrepuesto sobre aquel espacio infinito el cual sobrevolaron por unos pocos segundos eternos. Aquella oscura frontera era ahora su cielo. Miles de estrellas recorrían aquel firmamento a paso acelerado, dejando leves estelas detrás suyo. 

El pantano seguía allí. La laguna y los amplios pastizales se mecían ante el tenue viento. El agua reflejaba aquella oscuridad interrumpida por destellos que los cubría, dando la sensación de que aquel encantador manto continuaba debajo de ellos y la tierra que los sostenía. 

La atmósfera sí había sufrido drásticos cambios. La temperatura no tendía hacía ningún extremo de la escala y no había señales ni de humedad ni de sequedad. La brisa generaba roce con sus cuerpos, pero no notaron que esta fuera fría ni cálida.

El aula estaba destruida. Las paredes eran ahora no más que unas cuantas tablas nacientes del piso. El techo había desaparecido, permitiéndoles admirar el mundo a su alrededor. El suelo de la edificación contenía en su centro un hoyo cuyas paredes reflejaban aquel cielo pero cuyo fondo se encontraba el punto amarillo brillante que los hipnotizó mientras se perdieron en su danza. 

Ambos se encontraron en ropa interior blanca. Él tenía un slip y ella un corpiño y bombacha simples. Demasiado regular para lo que esperaban.

-Los llevé primero a al aula de día- dijo Virginia, quien se encontraba sentada sobre el solitario marco de la puerta ahora inexistente, - porque para destrozar aquellas preconcepciones que plagan el cerebro maculino aferrado a los paradigmas culturales era necesario primero liberarte a vos, Virginia, de aquellas preconcepciones las cuales no admitías pero no eran demasiado intrínsecas en tu forma de ser. Creo que es porque llevas toda una vida lidiando con ellas. No sería para nada extraño.-

Virginia utilizaba ahora un vestido de encaje negro el cual permitía que su piel reflejase el brillo de las estrllas que los cubrían, generando así un interesante y seductor contraste con la tela. Este encaje tenía, particularmente, patrones floreados sobre ambos pechos y su entrepierna. Su maquillaje ahora era sobrio pero muy estilizado. Antes se ha utilizado la imagen de una femme fatale a la hora de describirla, el outfit que la cubría en aquel enervante paisaje definitivamente cumplía con muchas de las casillas a chequear.

-Tengo que felicitarte por tu trabajo. ¿Ves que no es difícil salir del papel regular que tenés que actuar? ¡Además es tan divertido! - Virginia bajó del marco y abrazó a Adriana emocionada. Luego de bañarla en cariño y felicitaciones, dio media vuelta y se dirigió hacia Julián. A pesar de no estar completamente acostumbrado a amalgama de ideas, objetos y visiones que coincidieron allí, se mostró completamente relajado en comparación con sus reacciones previas. 

-Vos, cielo, estuviste cerca de lograrlo sin que necesitaras de este segundo escenario. - 

Una chispa de orgullo sondeó los ojos de aquel ser aferrado todavía de manera instintiva a la única naturaleza que le permitieron conocer.

-Pero no te conformes - le dijo aquella enigmática mujer, quién apoyó su dedo índice izquierdo sobre el pecho de Julián. -Dije casi. - y le dirigió un gesto de desaprobación exagerada y con propósito. -A pesar de tu esfuerzo, tu instinto nos ha traído a este captivante sitio - exclamó gesticulando hacia el cielo con la mano que se encontraba apoyada.

Las pálidas lámparas del cielo tiñeron la escena en una mística y pacífica atmósfera. El fuerte contraste entre la luz y las sombras generó miles de figuras fascinantes que habitaban por todos los rincones, incluso en sus rostros. La situación los llamaba a perderse en aquella muestra de belleza.

-Vengan - dijo guiandolos a ambos hacia la orilla del profundo pozo.

Los tres se arrodillaron frente a él. Virginia estiró su brazo y con la punta de su dedo tocó una superficie de la cual no podría haberse sabido su existencia. Esta recibió el gesto con ondulaciones que le daban aspecto líquido. A través de ellas se distorsionó la luz de los astros dentro de aquella especie de estanque y miles de reflejos luminosos se situaron sobre las tres caras y los demás objetos que rodeaban aquel surreal hoyo.

En profundo encanto, Adriana y Julián miraron alrededor suyo el espectáculo que se reflejaba sobre los tablones y las plantas. La condición líquida de aquel contenido pareció transmitirse al extraño mundo donde estaban. Se encontraron de pronto en una pintura vívida donde las pinceladas daban movimiento a cada elemento de aquel increíble lugar. 

-Tengan confianza en mí, sobre todo vos, Julián. Creo que puedo decir que me la he ganado con lo que han experimentado hasta ahora - les anunció con voz tranquila y serena la  guía a través de estos nuevos planos. 

Ella se puso de pié, les dio la espalda y se dejó caer a las profundidades. 

Aquel petróleo estrellado salpicó hacia todas partes. Cada gota liberó nuevos destellos y cada rincón mojado por aquel fluido dejaba entrever en su superficie una nueva puerta a aquel vacío que hubieron de transitar hace unos minutos. 

Su realidad entera se vió modificada por aquella ola de nuevas luces provenientes de incontables nuevos puntos. En los tablones, en los restos de unos bancos en la esquina, en la tierra frente al marco de la puerta, en el metal oxidado junto a la edificación, en los cañaverales, en los pastizales y en sí mismos, ya que recibieron gran parte de la obra de Virginia. 

Aquella realidad era ahora una acuarela que se movía constantemente en dirección de los pelos de aquel invisible pincel, y, como en toda acuarela en la cual se pinta todos los espacios sin dar tiempo a que ninguno se seque, todos sus bordes y fronteras comenzaron a difuminarse en el cambiante patrón caótico que gobernaba aquel cosmos.

Adriana ni siquiera se cuestionó que sucedía, simplemente se zambulló hacia el pozo y se volvió una con las olas emergentes.

Aquel nuevo flujo de líquido distorsionó más la visión que rodeaba a Julián. La intranquilidad lo invadió a medida que dejaba de reconocerse ante la fuerza de los cambios bajo los cuales se veía sometido.

Intentó agarrarse la cabeza pero las yemas de sus dedos atravesaron su pelo y su cráneo y en aquel pequeño crisol crearon un nuevo color. Toda su cara se vio atraída hacia deformación cuyo causante era él mismo. Sus pies comenzaron a fusionarse con el suelo y la tela de su calzoncillo imprimía patrones en sus piernas y abdomen bajo.

Desesperado, juntó el poco valor que quedaba en el. 

Primero sus piernas se sumergieron mientras sus manos lo sostenían en el borde. Cerró sus párpados con fuerza y en un momento de súbita claridad de mente se lanzó hacia la nada, dejando una pincelada tras él.

No tuvo sensación alguna de caer en un vacío ni tampoco la de sumergirse, si no que se vio flotando. Aquel agujero negro en medio del pantano lo transladó nuevamente hacia aquella dimensión que emergió de su propio interior una vez hubo roto ciertas cadenas. 

Alguien tiró de su pié. Miró hacia abajo y se encontró con Adriana. Ella estaba desnuda y detrás de suyo los enfrentaba aquel punto de intensa luz. Esta bañaba su cuerpos con su brillo, generando un aéra potente que la rodeó en una impactante imagen. Algunos rayos se filtraron hacia la cara de Julián, quién cerró nuevamente sus ojos para gozar momentáneamente de la cálida paz que le transmitían

La corriente de adrenalina que lo acompañó al momento de dar aquel pequeño salto de fé se había dispersado en aquel entorno aparentemente falto de gravedad. Quizá el hecho de flotar sin restricciones, perdido en la suprema traaquilidad del infinito espacio negro, lo reconfortó al darle la seguridad de que no caería de forma imprevista hacia su muerte o, peor aún, la pérdida de su dignidad.

Instintivamente, sin mover músculo alguno, supo transportarse a la misma altura que Adriana a través de la misma magia que ella supo usar en aquella deleitante sesión flagelante que le propinó. Ahora que lo pensaba, recordaba tales momentos como parte de una historia antigua perdida en medio de los eones y el paso del tiempo. 

De la misma forma hizo desaparecer su ropa interior y se encontró en la grata sorpresa de permitir a su novia ser quién llevara a cabo la dirección de la acción, actuando él de recipiente para un placer el cual no conocía, salvo quizá por lo que aquella manzana le había permitido experimentar por unos segundos con las sensaciones arrebatadas de su disfrute.

Aquel era un escenario de maravillas. En el eran infinitas las opciones que Ariana pudo haber elegido para la finalización de aquel ritual conjunto de exploración corpórea y sociológica en el cual se habían embarcado. Pero esto no preocupó a Julián. Aquellos movimientos que entablaron en aquel magnífico limbo posicionaron su cuerpo frente a aquel vórtice el final del aparente túnel. Su cara se bañó en la placentera calidez que irradiaba sobre él.

Iluminaron aquellos infinitos puntos luminosos un camino hacia la iluminación, ayudados por la idílica luz. Luz de la cual Julián gozaba al iluminarse en su inmersión profunda en aquellos luminosos cauces a los cuales se había negado bajo la coerción de aquellas viejas costumbres. Costumbres las cuales, bajo ninguna clase de iluminación, revelarán jamás alguna pista no moldeada por el fanatismo conciente o inconciente que brinde luz y revele la necesidad por evitar el caminar por la luminosa senda que Julián ahora recorría bajo la iluminación conjunta por parte de aquellas cálidas luces, aquellos bondadosos faros.

Lux aeterna, entonces, aquella que con su intensa luminosidad ilumina los escondidos caminos desprovistos de una luz social que permita gozar de las bonanzas de las luces que se encuentran allí. Aquella que batalla contra la sucia hegemonía moral y brinda iluminación clandestina a aquellos abandonados bajo el insensato arquetipo de lo sensato, a aquellos quienes no pueden permitirse de una iluminación mayor a la de unos débiles focos de luz. Lux aeterna aquella que crece en nuevos horizontes iluminados por novedosas y esperanzadoras formas de acabar. Aquella que acompaña a Adriana en las lúdicas actividades con las que fomenta una creciente iluminación bajo la cual Julián anduvo una ruta antes implícitamente prohibida y ahora iluminada. Ruta que conduce hacia aquel luminoso punto de luz, aquel exacerbado deseo por culminar, aquella lux aeterna. Lux aeterna aquella que habita en las almas de valientes deconstructores alimentados por la luz del hambre por el cambio de paradigmas sociales. Lux aeterna aquella cuya cercanía era entonces innegable al enceguecer con una intensa luminosidad todo aquello que podía ver. Luminosidad la cual ha de calcinar a cualquier monstruo subconsciente que ose a intentar capturar los nuevos placeres y evitar que se posicionen bajo el merecido foco de luz. Lux aeterna aquella que con intenso fervor creció dentro de aquel iluminado cuerpo masculino que esperaba exaltante por la liberación a manos de aquel luminoso suministro de placer. Lux aeterna la luz que desafía la profunda y encarnada penumbra de lo normal y lo permitido. Lux aeterna aquella cuyos rayos de luz se reflejaron en las superficie de las liberadas gotas e iluminaron el alma al término de su recorrido por aquella senda iluminada a su vez por luces quebrantadoras del monótono vacío. 

Luz, eterna luz, y calma, eterna calma, condensadas en infinitos segundos de inconmensurable luminosidad. Suerte es aquella de quien ve todos los anales del reino propio alumbrados bajo la intensidad de aquella luz.

Entonces se hizo la oscuridad.

Pero esta oscuridad era diferente, pues en aquellos recovecos no reinaba la oscuridad malévola desmembrante, sino una oscuridad cuya única cualidad era aquella de la noción física de oscuridad. Entonces, era la ausencia de cualquier noción de luz lo que produjo oscuridad, un vacío propiamente dicho, salvo sea por la flotante conciencia de Julián. 

No se puede afirmar si en aquella oscuridad su mente poseía un cuerpo o, al contrario, era un espíritu errante dirigiéndose hasta los pacíficos confines oscuros en un estado puro, incluso sagrado. Una oscuridad oscuramente total, oscura, nuevamente, en el sentido que no existía nada que la interrumpiera. Que no existía nada en ella ni aquel oscuro plano de eterno descanso. Oscuridad también de infinita intensidad. Incluso de la misma importancia que aquella de naturaleza vil, pero no provista de las misma necesidad por una descripción detallada, pues no era una oscuridad ni consciente ni subconsciente, sino inconsciente. Un oscuro plano de los sueños despojado de cualquier sueño alguno ahora que dominaba la oscura tranquilidad de la paz. Oscura, repito, debido a la nula existencia de partícula primordial en todo su infinita oscuridad. Oscura pues fue el descanso en su estado inmaculado.

Durmieron, entonces, Julián y Adriana, agotados por el pesado viaje el cual atravesaron. Cobijados por suaves mantos de seda translúcida y sostenidos por purpurados colchones los cuales invitaban al sueño extendido, al dormir abundante. 

Durmieron bajo el cuidado de Virginia, quien los observaba recostada en otro sillón de aquel opulento salón olímpico, vestida con el mismo vestido de lentejuelas y guantes que llevó en un principio, cubierta por el mismo maquillaje soft-drag, bajo un atardecer el cual le brindaba tanto la alegría de haber ayudado a una nueva pareja como la melancolía de nuevamente haber fallado en un crucial punto de su imagen personal y percepción propia.

Allí yacía Virginia, presa de un trabajo el cual era inútil en sí misma. Cuyo brillante maquillaje jugaba con los majestuosos tonos del poniente sol para brindar una santificada imagen de su cara de marcadas facciones. Cara por la cual una lágrima se deslizó por los canales de sus párpados y sus pómulos. Esta bajó por su cachete hasta su mandíbulas, donde siguió el borde del hueso hacia su pera. Allí se balanceó por unos segundos. Amagó con liberarse una y dos veces. Una vez aparentemente estable, finalmente cayó. 

Aquella transparente gota, al igual que aquellas que Julián derramó, generó reflejos de luz a medida que esta se encontraba con los rayos del sol. Sin embargo, esta transparencia significó que aquella luz la traspasó y continuó hasta alumbrar el blanco mármol del último escalón que conducía a la estancia. 

La lágrima siguió su camino hasta enfrentarse a su propia destrucción una vez hizo contacto con el piso. Un sutil ruido inundó el ambiente por un instante. Luego de eso se perdió cualquier rastro de su existencia salvo el pequeño trozo de baldosa en la cual se perdió en un leve rastro húmedo que pronto se secaría. 

Allí se enfrentó nuevamente con el profundo spleen la dama quien hubiera convencido al más incrédulo de su inexistente seguridad. Cualidad de gran ayuda a la hora de guiar las parejas quienes la consultan través de los caminos de los deseos por tanto tiempo prohibidos y segregados bajo la etiqueta de degenerados. 

Era esta, sin embargo, una arma letal a la hora de confrontarse con su propia degeneración, pues la suerte poseer ciertas características físicas amigables con las normativas estéticas había evitado la aparición de tal tópico en alguna de las sesiones. E incluso así, no eran estas tan cercanas a los estándares como habría deseado, pues recibía de vez en cuando implacables miradas escépticas que su maquillaje y vestir ostentoso ayudaban a evitar al brindar una respuesta a la inseguridad de aquellos corazones. 

Irónico que aquella luchadora febril, antagonista del status quo que rige sobre las conductas humanas, fuera a la vez una súbdita de las más fieles, reinando sobre su mente la imagen rígida de cómo se supone que una dama de tal refinamiento debe de verse. 

Aquella era la realidad con la cual debía de convivir Virginia ahora que Adriana y Julián descansaban de la ajetreada jornada para luego partir y desconocer para siempre a quién reafirmó su sentir por sobre las convicciones externas. Aquella era la situación que dibujaba una tierna sonrisa de satisfacción por los avances que de a momentos dudaba que regalase a otros y tornaba sus ojos brillosos al desear tener la convicción de llevar a cabo consigo misma un proceso de la misma naturaleza y liberarse de aquellas invisibles cadenas. Aquella era la dirección en la que se dirigía su alma cuando escuchó que alguien bostezaba y se estiraba al borde del sillón violeta.

-Virginia… - susurró una voz cargada de preocupación. -¿Estas bien? - preguntó Julián con verdadera intranquilidad al ver el estado que presentaba aquella misteriosa figura a quién, a pesar de haber intercambiado directamente no más que unas pocas palabras, deseaba acercarse tanto en forma física como en pos de una amistad. Él estaba sentado al borde del sofá donde todavía dormía Adriana.

-¡Julián! - saltó sorprendida. -Si, si. Todo bien, no pasa nada - dijo secando sus húmedos párpados y dejando pequeños trazos de sus lágrimas en la verde tela de sus guantes. -Debés de estar cansado, normalmente duermen más. -

-Siempre dormí bastante poco y con sueño muy ligero - dijo sentándose junto a ella. -Además, vos misma nos enseñaste a no creer en lo normal. No deberías estar tan sorprendida - le mencionó en un tono cálido y cómico que buscaba ayudarla a relajarse.

Virginia dejó escapar un risa pequeña y tierna. -Tenés razón. Muy mal lo mío. -

Julián pasó su mano detrás de la espalda de Virginia y la abrazó cariñosamente. Ella apoyó su cabeza en aquel hombro que le ofrecía contención. 

Allí, ante aquel atardecer que liberaba rayos tan cálidos como aquellos que brindaron apoyo a Julián en su travesía por las nuevas fronteras del cosmos, por primera vez vió respondido su reclamo por ayuda, por más pequeña que sea.

-Ahora ya podemos decir que somos amigos, ¿no? Ya me viste desnudo, mucha más confianza no puede haber - dijo Julián intentando mantener la atmósfera de gracia.

-Si, creo que sí - respondió Virginia algo incomodada. 

Entonces un pequeño brillo la cegó por unos segundos. Se frotó sus ojos y enfocó una serie de ondulaciones luminosas que se proyectaban sobre su cuerpo. Las rastreó hacia el estanque que circundaba el salón. El sol acababa de entrar en posición para reflejar sobre ella las caóticamente coreografiadas ondas de agua. Una extraña esperanza se encendió en su alma. 

-Que raro - se dirigió hacia su contención. -Desde que estoy acá el sol no se ha movido un solo centímetro. Pero ahora está cambiando, mirá los reflejos - le hizo notar a Julián.

-Es cierto - respondió el otro. -Con todo el tiempo que pasó desde que llegamos sigue siendo atardecer. -

-En realidad no pasó mucho, a lo sumo quince minutos - reveló Virginia, insegura de a que podía llevar aquella mención la cual creyó insensata. 

-¿Qué? - exclamó confundido Julián. -Pero si con Adriana flotamos en el vacío por lo que parecieron horas. -

Virginia se levantó y caminó hacia el balcón donde miró atentamente la posición del sol en contraste con las tramas de luz impresas sobre el sillón del cual se acababan de levantar y los pilares detrás suyo.

Pasó unos segundos con su vista perdida en aquel cielo de atardecer, paradójicamente, un poco más claro que cuando comenzaron. 

-Virginia - le agarró el hombro con firmeza pero sin ejercer fuerza, buscando principalmente atraer su atención. -¿Cómo que quince minutos? ¿Cómo puede ser? -

Ella lo miró directamente a sus ojos. Le trajo algo de calma el ver cómo, en lugar de los ojos de alguien quien se siente amenazado, notó como quién la interpelaba no ofrecía ninguna amenaza y simplemente quería ayuda para comprender la situación en la que se encontraba y así actuar de acuerdo a esta misma.

Cayó en la realización de que al girarse había apoyado ambas manos sobre el pecho de Julián.

-Es que…- intentó encontrar las palabras adecuadas mientras retiró sus manos con vergüenza, - todo aquello que vivieron fue un sueño. Al menos las escenas fuera del vacío. -

-¿Y qué pasaba en las que flotábamos? -

-Lo dice en el folleto: si llegasen a culminar en alguna clase de complot coital - dijo intentando explayarse con la mayor de las claridades. -Ustedes estaban haciéndolo, pero, como nos buscaron para liberarse de sus prejuicios normativos, necesitaban pasar por aquellas instancias de sueño antes poder disfrutar sin restricciones. Después durmieron. -

-Y vos, ¿qué hacías? -

-El folleto lo dice: meretriz pedagoga. Dentro del sueño fui pedagoga, fuera de él meretriz. -

Julián se tomó unos momentos para procesar la información que se la acababa de dar. 

-Perdoname por inundarte a preguntas - se disculpó temeroso de parecer curioso en exceso. -¿Vos participaste?-

-Ehh… - Virginia intentó pensar cómo salir de una situación la cual nunca había vivido en los cientos (¿verdaderamente cientos?) de casos que había recibido antes. -Un poco. -

-¿Un poco? - Julián intentó mantener una gracia amable en aquella dialéctica de naturaleza inintencionalmente socrática todavía desconocida para Virginia.

-Para ayudar a explorar cosas nuevas a veces se necesita un pequeño empujón. - dijo sumida en temor.

-¡Felicitaciones! - se escuchó a una mujer gritar a lo lejos. 

Ambos tornaron sus cabezas hacia el siguiente balcón. Julián reconoció al vigoroso hombre el cual había despertado sus inseguridades cuando él y Adriana se vieron sorprendidos en aquel surreal lugar.

Junto a él se encontraban dos figuras femeninas las cuales, al igual que la primera vez que Julián les había prestado atención, también se mostraban desnudas. 

-¿Virginia? - preguntó reflexionando sobre aquello que estaba viendo.

-¿Sí? - preguntó la fascinante dama mientras el terror profundo se presentaba en su cara, dejando marcas en el maquillaje en el cual se había esmerado tanto. 

Julián se devolvió hacia Virginia con la peor de las expresiones que ella podría haber imaginado, una la cual refuerza cualquier amargura que habita en el corazón: aquella que plasma la duda. 

-La primera vez que los ví a ellos apenas llegué su maestra también estaba desnuda, ¿es algo que solamente hace ella? - preguntó cuando otra grito se alzaba hacia el balcón que se encontraba al costado contrario. 

Nuevamente vio tres figuras, las tres sin ropa alguna sobre sus cuerpos. Notó, además, como Virginia había agachado la cabeza y no se atrevía siquiera a verlo. Había cruzado los brazos sobre su pecho, sosteniendo sus preocupaciones cuando estas amenazaron con quebrantarla. 

Él se acercó lentamente. La sostuvo en sus brazos y apoyó sus labios contra su frente. En ella plasmó un cálido beso que, pese a sus buenas intenciones, poco ayudó a la hora de calmar la creciente intranquilidad que invadía a aquella figura que tanto lo había asombrado, aterrado y cuestionado. 

-¿Vos sos la única que usa ropa? - intentó conjeturar en la más afectuosa de las formas.

Virginia levantó tímidamente su cabeza y lo miró a los ojos aterrada como nunca antes lo había estado. Su conciencia se encontró desterrada y arrebatada de cualquier posibilidad de elección alguna. Su mente se perdió en el implacable sufrimiento que era responder aquella injuria de la cual Julián no estaba enterado. Toda forma que poseía de percibir la realidad se vio intensamente afectada, dando libre entrada a los miedos que habitaban dentro de aquella fachada estilizada.

En medio de aquel caos interior, ella vió como nubes de ceniza turbulenta la envolvieron rápidamente. Un fuerte viento resopló contra sus oídos hasta el punto que el ruido del roce era intolerable. Sus ropas ayudaban a desbalancearla con cada ráfaga que chocaba frenéticamente contra ella. Su maquillaje se tornó pesado a medida la ceniza se adhería contra su cara, secando las pinturas y formando una suerte de máscara la cual comenzó a descascararse bajo su propio peso a medida que las grietas comenzaron a florecer en su superficie. 

Su vista se tornó en un collage de grises más o menos oscuros entrecortados constantemente por la cortina negra de sus párpados cada vez que pestañeaba cuando la ceniza se adentraba en sus ojos de forma insoportable. Sus oídos explotaban ante la ferocidad del viento y los rugidos de la tela flameando brava. Su olfato y su gusto se volvieron obsoletos una vez lo único que pudo identificar era el olor y el sabor de la inmunda ceniza

Se dejó caer contra el suelo llegada la instancia en que no pudo resistir más el asedio al que se enfrentaba. Se envolvió a sí misma en posición fetal y se sostuvo con la mayor de las fuerzas para evitar el tormento que llovía sobre ella. 

Entonces, una vez vió perdida toda esperanza, se hundió rendida en su llanto. Lloró, y las lágrimas resbalaron entre los surcos en su máscara de ceniza y maquillaje, logrando así que algunos pocos trozos cayeran. Lloró desconsoladamente hasta que no hubo en ella fuerzas con las cuales seguir, hasta que su pecho se contrajo tanto que aplastó su dolido corazón contra sus costillas. Lloró hasta que sus ojos palidecieron del dolor. Lloró hasta que llorar era lo único que se creyó capaz de hacer, hasta que barro fruto de las lágrimas y de la ceniza se acumuló incómodamente contra su pecho. Lloró en infinitas posiciones con tal de calmar su pena, modificando la forma de aquel barro cada vez que movía su pecho. Lloró hasta que reconoció una forma familiar en aquello que descansaba contra ella. Lloró hasta sostener frente a sus ojos una manzana de intenso rojo. Una manzana como aquellas que Julián y Adriana habían ingerido. Lloró hasta que, en una inédita muestra de valentía, enterró sus dientes sobre aquel fruto que tenía en sus manos.  

Rayos comenzaron a caer alrededor suyo dejando cráteres en los puntos donde entraban en contacto con el desolado polvo gris. Una coreografía de intensas luces se desenvolvió frente a ella, quemando la tela de su vestido una vez se acercaron lo suficiente. De aquellas primeras chispas se levantaron llamas y se alimentaron de la brisa para crecer a colosales tamaños. En pocos segundos, una esfera de fuego acarreado por el viento la rodeó. Vió como todas sus prendas habían sido reducidas a las mismas cenizas que yacían debajo suyo en un abrir y cerrar de ojos.

El danzante fuego dió paso a una oscura figura que avanzaba desde lo más profundo de aquella tormenta. Aquel muro infernal comenzó a aminorar su furia, revelando así a Julián. Él quedó frente a una Virginia completamente desprotegida cuyo instinto de preservación la había llevado a, de la misma manera que lo hizo la pareja que se suponía eran sus alumnos, cubrir con un bazo su entrepierna y con el otro sus pechos. 

La excéntrica mujer había sido secuestrada de aquella escena, dejando tras ella la razón de una buena parte de sus disgustos recostada en aquel suelo de mármol bañado en la luz de un sol que yacía alto en el cielo. Ante la fiereza de la experiencia vivid, la máscara había sido removida de su rostro y ahora no quedaba sobre ella nada que no fuera su propia piel y sus propios demonios.

Una vez que las llamas murieron, pudo ver como Adriana abrazaba a Julián por la cintura. Ambos la miraron con ojos llorosos que irradiaron un brillo intenso.

Virginia siguió en suelo, atrapada por las amarguras revividas, y no pudo devolver aquella mirada de cariño y aceptación. 

Contrariamente a lo que ella temía, la pareja no buscaba de ninguna forma juzgarla. Luego de los momentos vividos, únicamente una verdadera miseria de persona podría incluso pensar en juzgar a aquella desmoronada e indefensa mujer. Pero muchas veces había sido Virginia traicionada por su ingenuidad que debajo de la máscara existía aún una coraza la cual no iba a caer con lágrimas.

Quizá por eso se vió tanto incrédula como sorprendida cuando notó como una sombra avanzó hacia ella. 

-¿Sabías que al final no era un atardecer? Mirá- dijo Adriana, y estiró su brazo hacia ella.

Sintió como una calma tibieza comenzaba a manifestarse en su piel.

-Creo que solo necesitabas un pequeño empujón como nosotros - y Julián repitió el gesto que su novia había extendido. 

Virginia miró cómo ambas manos la invitaban a levantarse del suelo con su ayuda. Dudó sobre su aceptarlas, no porque no quisiera pero porque su instinto todavía temía que no fuera un acto sincero. Los rayos del astro que ahora sabía estaba revelándose en gran esplendor, y no ocultándose como había asumido desde un principio, le brindaron cálida contención. Se giró hacia él por unos para reunir fuerzas con el fin de decidir y poner fin a aquel dilapidante dilema.

En una continuación de la inédita oposición a la pavura que había demostrado cuando mordió aquella manzana, decidió aceptar la bondad que le ofrecían. Sostuvo ambas manos, descubriendo así su cuerpo, y de un tirón gentil pudo ponerse de pie. Fue en ese momento que el sol con toda su luz presentó las áreas de su anatomía que menos se apegaban a los banales cánones culturales. Aquel cuerpo, con cada una de las zonas que causaban angustia y desasosiego, quedó a la vista de aquellos deslumbrados acompañantes. 

Cuando ellos, Adriana y Julián, se mostraron callados por unos segundos, el corazón de Virginia sufrió profundamente y deseó encontrarse nuevamente en aquel caparazón fashionista en el cual la estética le permitía escabullirse de aquellas situaciones posiblemente peligrosas. Su respiración se agitó ante el posible rechazo y su mente pasó y repasó las miles de respuestas que podía recibir y las miles de reacciones que en ella podían suscitar aquellas respuestas.

Su corazón ahora se estrellaba contra su pecho cada vez que latía debido a la presión general bajo la que se veía sometido. Sus piernas parecieron perder fuerza y una fuerte gravedad la atrajo de vuelta hacia el suelo.

Virginia cerró sus ojos a la espera por el momento en que se cayese una vez la carga emocional fuera lo suficientemente intensa. Sin embargo, en el instante exacto en que ella estaba por dejarse derrumbar, sintió como la rodearon en amorosa contención. Volvió a abrirlos y se encontró envuelta en un poderoso abrazo el cual la debilitó incluso más que el terror que la invadía hasta hace unos meros instantes. Pero era ahora la alegría la que lo causaba, floreciendo con ella torrentes de lágrimas felices que le brindaron el descanso que ella necesitaba en exceso.

Sin que palabra alguna fuera mencionada, quedaron los tres allí en el balcón, compartiendo aquel momento de dicha y las roturas de cadenas tanto inmateriales como físicas, en medio de aquellos aposentos y jardines paradisíacos y bajo aquel cielo iluminado. Tres figuras desnudas. Tres personas redescubiertas. Tres almas finalmente liberadas de las mortales garras de lo rutinariamente aceptado como regular. 

Es por eso de lo más extraño cuando estos tres individuos salieron por la puerta de un edificio céntrico en una ciudad más de las que pueblan este planeta. Adriana abrazada a Julián, Virginia en solemne soledad, la pareja desconociendo a la madame y viceversa. Los tres caminaron por la vereda de la ancha avenida hasta la esquina donde aquella misteriosa maestra revelada alumna finalmente tomó una ruta distinta, un camino propio.

Aquella insignificante ciudad siguió igual. Los autos continuaron con su incesante pasar y el constante coro de sus bocinas. Las radios con su eterno cantar. Los diarios con su descarada pasión selectiva. Todos parte de aquella triste red de supuestos que tanto habían quebrantado la relación de Julián y Adriana así como el espíritu de Virginia. El mundo siguió girando incluso luego de tan extraordinarios sucesos.

¿Quién sabe qué sucedió realmente? ¿Terapia de grupo? ¿Una clase de teatro? ¿Club de lectura? Quizá aquel edificio era una entrada a otra dimensión, o quizá todo esto a sido una pretenciosa forma de describir y analizar una series de discusiones y charlas que ocurrieron entre ellos. 

Incluso proveyendo una explicación regida por las leyes que determinan los procesos materiales, es innegables que han estado y crecido en aquellos aposentos idílicos. La importancia del resto es subjetiva, no así la de los sucesos centrales de aquellos minutos gobernados por lo surreal. El sol, queramos o no, sale a la misma hora, luego de cumplir con la serie de maniobras necesarias para desterrar a la noche. Solo así es que su luz, su intensa luz, llegará a iluminarnos.

Publicado la semana 31. 02/08/2020
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