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Luciana Capdevila

Título por decidir 4

No tuvo sensación alguna de caer en un vacío ni tampoco la de sumergirse, si no que se vio flotando. Aquel agujero negro en medio del pantano lo transladó nuevamente hacia aquella dimensión que emergió de su propio interior una vez hubo roto ciertas cadenas. 

Alguien tiró de su pié. Miró hacia abajo y se encontró con Adriana. Ella estaba desnuda y detrás de suyo aquel punto de intensa luz  bañaba con su brillo su cuerpo, generando alguna especie de halo místico alrededor suyo. Algunos rayos se filtraron hacia la cara de Julián, quién cerró nuevamente sus ojos para gozar momentáneamente de la cálida paz que le transmitían

La corriente de adrenalina que lo acompañó al momento de dar aquel pequeño salto de fé se había dispersado en aquel entorno aparentemente falto de gravedad. Quizá el hecho de flotar sin restricciones, perdido en la suprema traaquilidad del infinito espacio negro, lo reconfortó al darle la seguridad de que no caería de forma imprevista hacia su muerte o, peor aún, la pérdida de su dignidad.

Instintivamente, sin mover músculo alguno, supo transportarse a la misma altura que Adriana a través de la misma magia que ella supo usar en aquella deleitante sesión flagelante que le propinó. Ahora que lo pensaba, recordaba tales momentos como parte de una historia antigua perdida en medio de los eones y el paso del tiempo. De la misma forma hizo desaparecer su ropa interior y se encontró en la grata sorpresa de permitir a su novia ser quién llevara a cabo la dirección de la acción, actuando él de recipiente para un placer el cual no conocía, salvo quizá por lo que aquella manzana le había permitido experimentar por unos segundos con las sensaciones arrebatadas de su disfrute.

Aquel era un escenario de maravillas. En el eras infinitas las opciones que Ariana pudo haber elegido para la finalización de aquel ritual conjunto de exploración corpórea y sociológica en el cual se habían embarcado. Pero esto no preocupó a Julián. Aquellos movimientos que entablaron en aquel magnífico limbo posicionaron su cuerpo frente a aquel vórtice el final del aparente túnel. Su cara se bañó en la placentera calidez que irradiaba sobre él.

Iluminaron aquellos infinitos puntos luminosos el camino a la iluminación, ayudados por aquella idílica luz. Luz de la cual Julián gozaba al iluminarse en su inmersión profunda en aquellos luminosos cauces a los cuales se había negado bajo la coerción de aquellas viejas costumbres. Costumbres las cuales, bajo ninguna clase de iluminación, revelarán jamás alguna pista no moldeada por el fanatismo conciente o inconciente que brinde luz y revele la necesidad por evitar el caminar por la luminosa senda que Julián recorría bajo la iluminación conjunta por parte de aquellas cálidas luces, aquellos bondadosos faros.

Lux aeterna, entonces, aquella que con su intensa luminosidad ilumina los escondidos caminos desprovistos de una luz social que permita gozar de las bonanzas de las luces que se encuentran allí. Aquella que batalla contra la sucia hegemonía moral y brinda iluminación clandestina a aquellos abandonados bajo el insensato arquetipo de lo sensato, a aquellos quienes no pueden permitirse de una iluminación mayor a la de unos débiles focos de luz. Lux aeterna aquella que crece en nuevos horizontes iluminados ahora por novedosas y esperanzadoras formas de acabar. Aquella que acompaña a Adriana en las lúdicas actividades con las que fomenta una creciente iluminación bajo la cual Julián recorrió una ruta antes implícitamente prohibida y ahora iluminada. Ruta que conduce hacia aquel luminoso punto de luz, aquel exacerbado deseo por culminar, aquella lux aeterna. Lux aeterna aquella que habita en las almas de valientes deconstructores alimentados por la luz del hambre por el cambio de paradigmas sociales. Lux aeterna aquella cuya cercanía era entonces innegable al enceguecer con una intensa luminosidad la cual ha de calcinar a cualquier monstruo subconsciente que oce a intentar capturar los nuevos placeres y evitar que se posicionen bajo el merecido foco de luz. Lux aeterna aquella que con intenso fervor creció dentro de aquel iluminado cuerpo masculino que esperaba exaltante por la liberación a manos de aquel luminoso suministro de placer. Lux aeterna la luz que desafía la profunda y encarnada penumbra de lo normal y lo permitido. Lux aeterna aquella cuyos rayos de luz se reflejaron en las superficie de las liberadas gotas e iluminaron el alma al término de su recorrido por aquella senda iluminada a su vez por luces quebrantadoras del monótono vacío. Luz, eterna luz, y calma, eterna calma, condensadas en infinitos segundos de inconmensurable luminosidad. 

Suerte es aquella de quien ve todos los anales del reino propio alumbrados bajo la intensidad de aquella luz.

Entonces se hizo la oscuridad.

Pero esta oscuridad era diferente, pues en aquellos recovecos no reinaba la oscuridad malévola desmembrante, sino una oscuridad cuya única cualidad era aquella de la noción física de oscuridad. Entonces, la ausencia de cualquier noción de luz produjo oscuridad, un vacío propiamente dicho, salvo sea por la flotante conciencia de Julián. 

No se puede afirmar si en aquella oscuridad su mente poseía un cuerpo o, al contrario, era un espíritu errante dirigiéndose hasta los pacíficos confines oscuros en un estado puro, incluso sagrado. Una oscuridad oscuramente total, oscura en el sentido que no existía nada que la interrumpiera. Que no existía nada salvo ella en sí, salvo aquel oscuro plano de eterno descanso. Oscuridad también de infinita intensidad. Incluso de la misma importancia que aquella de naturaleza vil, pero no provista de las misma necesidad por una descripción detallada, pues no era una oscuridad ni consciente ni subconsciente, sino inconsciente. Un oscuro plano de los sueños despojado de cualquier sueño alguno ahora que dominaba la oscura tranquilidad de la paz. Oscura, nuevamente aclaro, debido a la nula existencia de partícula primordial en todo su infinita oscuridad. Oscura pues fue el descanso en su estado inmaculado.

Durmieron, entonces, Julián y Adriana, agotados por el pesado viaje el cual atravesaron. Cobijados por suaves mantos de seda translúcida y sostenidos por purpurados colchones los cuales invitaban al sueño extendido, al dormir abundante. 

Durmieron bajo el cuidado de Virginia, quien los observaba recostada en otro sillón de aquel opulento salón olímpico, vestida con el mismo vestido de lentejuelas y guantes, cubierta por el mismo maquillaje soft-drag, bajo un atardecer el cual le brindaba tanto la alegría de haber ayudado a una nueva pareja como la melancolía de nuevamente haber fallado en un crucial punto de su imagen personal y percepción propia.

Allí yacía Virginia, presa de un trabajo el cual era inútil en sí misma. Cuyo brillante maquillaje jugaba con los majestuosos tonos del poniente sol para brindar una santificada imagen de su cara de marcadas facciones. Cara por la cual una lágrima se deslizó por los canales de sus párpados y sus pómulos. Esta bajó por su cachete hasta su mandíbulas, donde siguió el borde del hueso hacia su pera. Allí se balanceó por unos segundos. Amagó con liberarse una y dos veces. Una vez aparentemente estable, esta finalmente cayó. 

Aquella transparente gota, al igual que aquellas que Julián derramó, generó reflejos de luz a medida que esta se encontraba con los rayos del sol. Sin embargo, esta transparencia significó que aquella luz la traspasó y continuó hasta alumbrar el blanco mármol del último escalón que conducía a la estancia. 

La lágrima siguió su camino hasta enfrentarse a su propia destrucción una vez hizo contacto con el piso. Un sutil ruido inundó el ambiente por un instante. Luego de eso se perdió cualquier rastro de su existencia salvo el pequeño trozo de baldosa en la cual se perdió en un leve rastro húmedo que pronto se secaría. 

Allí se enfrentó nuevamente con el profundo spleen la dama quien hubiera convencido al más incrédulo de su inexistente seguridad. Cualidad de gran ayuda a la hora de guiar las parejas quienes la consultan través de los caminos de los deseos por tanto tiempo prohibidos y segregados bajo la etiqueta de degenerados. 

Era esta, sin embargo, una arma letal a la hora de confrontarse con su propia degeneración, pues la suerte poseer características físicas amigables con las normativas estéticas había evitado la aparición de tal tópico en alguna de las sesiones. No eran estas perfectas, pues recibía de vez en cuando ciertas miradas escépticas, pero su maquillaje y vestir ostentoso brindaban una respuesta a la inseguridad de aquellos corazones. 

Irónico que aquella luchadora febril, antagonista del status quo que rige sobre las conductas humanas, fuera a la vez una súbdita de las m´sa fieles, reinando sobre su mente la imagen rígida de cómo se supone que una dama de tal refinamiento debe de verse. 

Aquella era la realidad con la cual debía de convivir Virginia ahora que Adriana y Julián descansaban de la ajetreada jornada para luego partir y desconocer para siempre a quién reafirmó su sentir por sobre las convicciones externas. Aquella era la situación que dibujaba una tierna sonrisa de satisfacción por los avances que regalaba a otros y tornaba sus ojos brillosos al desear tener la convicción de llevar a cabo consigo misma un proceso de la misma naturaleza y liberarse de aquellas invisibles cadenas. Aquella era la dirección en la que se dirigía su alma cuando escuchó que alguien bostezaba y se estiraba al borde del sillón violeta.

-Virginia… - susurró una voz cargada de preocupación. -¿Estas bien? - preguntó Julián con verdadera intranquilidad al ver el estado que presentaba aquella misteriosa figura a quién, a pesar de haber intercambiado directamente no más que unas pocas palabras, deseaba acercarse tanto en forma física como en pos de una amistad.

-¡Julián! - saltó sorprendida. -Si, si. Todo bien, no pasa nada - dijo secando sus húmedos párpados y dejando pequeños trazos de sus lágrimas en la verde tela de sus guantes. -Debés de estar cansado, normalmente duermen más. -

-Siempre dormí bastante poco y con sueño muy ligero - dijo sentándose junto a ella. -Además, vos misma nos enseñaste a no creer en lo normal. No deberías estar tan sorprendida - le mencionó en un tono cálido y cómico que buscaba ayudarla a relajarse.

Virginia dejó escapar un risa pequeña y tierna.

-Tenés razón. Muy mal lo mío. -

Julián pasó su mano detrás de la espalda de Virginia y la abrazó cariñosamente. Ella apoyó su cabeza en aquel hombro que le ofrecía contención. 

Allí, ante aquel atardecer que liberaba rayos tan cálidos como aquellos que describían aquellos que pasaban por su salón y sus enseñanzas, por primera vez vió respondido su reclamo por ayuda, por más pequeña que sea.

-Ahora ya podemos decir que somos amigos, ¿no? Ya me viste desnudo, mucha más confianza no puede haber - dijo Julián intentando mantener la atmósfera de gracia.

-Si, creo que sí - respondió Virginia algo incomodada. 

Entonces un pequeño brillo la cegó por unos segundos. Se frotó sus ojos y enfocó una serie de ondulaciones luminosas que se proyectaban sobre su cuerpo. Las rastreó hacia el estanque que circundaba el salón. El sol acababa de entrar en posición para reflejar sobre ella las caóticamente coreografiadas ondas de agua. Una extraña esperanza se encendió en su alma. 

-Que raro - se dirigió hacia su contención. -Desde que estoy acá el sol no se ha movido un solo centímetro. Pero ahora está cambiando, mirá los reflejos - le hizo notar a Julián.

-Es cierto - respondió el otro. -Con todo el tiempo que pasó desde que llegamos sigue siendo atardecer. -

-En realidad no pasó mucho, a lo sumo quince minutos - reveló Virginia, insegura de a que podía llevar aquella mención la cual creyó insensata. 

-¿Qué? - exclamó confundido Julián. -Pero si con Adriana flotamos en el vacío por lo que parecieron horas. -

Virginia se levantó y caminó hacia el balcón donde miró atentamente la posición del sol en contraste con las tramas de luz impresas sobre el sillón del cual se acababan de levantar y los pilares detrás suyo.

Pasó unos segundos con su vista perdida en aquel cielo ahora, paradójicamente, un poco más claro. 

-Virginia - le agarró el hombro con firmeza pero sin ejercer fuerza, buscando principalmente atraer su atención. -¿Cómo que quince minutos? ¿Cómo puede ser? -

Ella lo miró directamente a sus ojos. Le trajo calma el ver como, en lugar de los ojos de alguien quien se siente amenazado, notó como quién la interpelaba no ofrecía ninguna amenaza y simplemente quería ayuda para comprender la situación en la que se encontraba y así actuar de acuerdo a esta misma.

Cayó en la realización de que al girar hacia él había apoyado ambas manos sobre el pecho de Julián.

-Es que…- intentó encontrar las palabras adecuadas, - todo aquello que vivieron fue un sueño. Al menos las escenas fuera del vacío. -

-¿Y qué pasaba en las que flotábamos? -

-Lo dice en el folleto: si llegasen a culminar en alguna clase de complot coital - dijo intentando explayarse con la mayor de las claridades. -Ustedes estaban haciéndolo, pero, como nos buscaron para liberarse de sus prejuicios normativos, necesitaban pasar por aquellas instancias de sueño antes poder disfrutar sin restricciones. Después durmieron. -

-Y vos, ¿qué hacías? -

-El folleto lo dice: meretriz pedagoga. Dentro del sueño fui pedagoga, fuera de él meretriz. -

Julián se tomó unos momentos para procesar la información que se la acababa de dar. 

-Perdoname por inundarte a preguntas - se disculpó temeroso de parecer curioso en exceso. -¿Vos participaste?-

-Ehh… - Virginia intentó pensar cómo salir de una situación la cual nunca había vivido en los cientos (¿verdaderamente cientos?) de casos que había recibido antes. -Un poco. -

-¿Un poco? - Julián intentó mantener una gracia amable en aquella dialéctica de naturaleza inintencionalmente socrática todavía desconocida para Virginia.

-Para ayudar a explorar cosas nuevas a veces se necesita un pequeño empujón. -

Publicado la semana 30. 26/07/2020
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