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Luciana Capdevila

Dar vueltas en tu futuro

Lo primero que notas cuando te quieres ir es que las luces de la pista ya no te producen la misma sensación que hace unas horas, esa que te gusta decirle al mundo que sentiste al ver la escena psicodélica de 2001. Los colores son ahora sólidos y no te causan un mínimo interés. Ves como el rojo y el verde bailan sobre la piel de tu brazo pero sin la pasión y los hipnotizantes movimientos de antes. De pronto notas que la música es ahora más que solo ritmo. ¡Las canciones tienen letra! Y poder comprenderla no te transmite la necesidad de bailar que gobernaba tu cuerpo hasta hace unos minutos. Dejas de ver a tu alrededor y le prestás atención a tu grupo de amigos. ¡Que expresiones espantosas! Tan cansadas y desagradables ¿Estarás haciendo las mismas caras?. 

Entonces sientes que agarran tu hombro y giras para encontrarte con una amiga que te hace con la mano un gesto indicando una pregunta. - ¿Te quieres ir? -. La luz proveniente de la puerta al abrirse te indica que la noche ya no es noche y que la situación no es disfrutable ahora que el efecto de los tragos no se encuentra en su apogeo. Aclaras la garganta, que has desgarrado a gritos, y contestas que sí. Le preguntan a los demás si también quieren partir y, una vez logrado el consenso popular, se dirigen a la salida. 

La luz del sol es como un reflector apuntado directamente a tu retina. Los leves trazos de alcohol y el cansancio te han vuelto fotosensible e intentas de todas las formas posibles evitar que las lanzas de luz impacten en tus ojos. Sin embargo, la mañana te marea y tienes que dar unos pasos tambaleantes para poder entender que estás en tierra firme. Levantás la vista y buscas entre las calles el camino que lleve a todos a sus casas. He aquí el momento en que recuerdas que tu hogar queda al final y vas a tener que recorrer parte del camino sola. No es mucho, tan solo un poco más de cinco cuadras, pero es lo suficiente para que comiences a sentir como los temores cosquillean tu estómago. No es el miedo a que alguien o algo te intente atacar, las lagunas en tu mente te han dejado demasiado desligada del concepto de peligro, pero la calle solitaria, bordeada por las sombras matutinas de los árboles sobre la vereda, es suficiente para hacer que en tu pecho comience a notarse el movimiento de tus latidos alimentados por la angustia.

Junto con el rasguido de una guitarra, sales del antro para que, con el pasar de los minutos, finalmente llegue el momento de andar sola junto a los antiguos pasos del Mayor Tom.

Ya sin alcohol en sangre, pero con la confusión todavía rondando tu mente, comienzas a caminar a la pobre velocidad que tu condición te lo permite sobre la sección del asfalto que el sol ilumina. Un largo camino se cierne delante de tí y tu única compañía es tu sombra, aquella que sabes que le encanta actuar con rebeldía. La angustia comienza a cernir sus garras sobre ti y posas rápido tu mano sobre el bolsillo. Tu corazón baja su creciente ritmo cuando sientes los cigarrillos. Ha pasado un tiempo desde el último, tu conciencia te permite uno para calmar los nervios. Juegas con él y te lo llevas a la boca. Lo enciendes. Aspiras. Apoyas ambos dedos y lo despegas de tu labios mientras parte de tus temores escapan con el humo. 

De pronto te reconfortas en el presente y recuerdas tu habitación. La ventana con cortina blanca. Los muros cubiertos de imágenes y posters que han servido también como ladrillos. Tu cama de acolchado azul que tapa las suaves sábanas y la cómoda almohada. La mesa de noche con una foto tuya y de tu familia al lado de los libros que hace meses te dices que vas a leer. La alfombra que se extiende de pared a pared y que, extrañamente, tan bien se siente al tacto. Ansias te da el poder recostarte sobre ella y mirar hacia arriba, dirigiendo tus ojos hacia el techo pero con tu mente divagando en universos paralelos. Tu cuerpo estirado sobre el suelo pero tu cabeza en otras realidades y olvidando aquella en la que vives. El tiempo escapando de entre tus dedos y alejándose hasta no verse más que sus huellas. 

Ves que el cigarrillo ya va por la mitad y has estado tan ofuscada en tus pensamientos que ni siquiera has tirado la ceniza de la punta. Gris y marchita, tan liviana y aún así tan persistente. 

¡Qué hábito el de fumar! Ni siquiera te gusta mucho, pero una vez se asentó, este no ha podido irse. Comenzaste solamente para no quedar relegada en la evolución social de tí y tus compañeras. El olor ahora se asienta sobre tus ropas y tan difícil va a ser de quitarlo. Sin embargo, te calma los nervios, y en la caminata hacia tu hogar eso es más que suficiente. ¿Por qué? Porque lo peor de andar a solas es que no tenés restricciones. No estás atada a ninguna cadena. Tu comportamiento se libera para entonar melodías disonantes y tu conciencia corre por entre la sombra de las ramas sobre las baldosas de la vereda y se aleja del seguro asfalto. Sabes que con el pasar de los años, va a llegar el día en que ambas se tropiecen y no vuelvan a ponerse de pie. El momento en que intentes cantar esas melodías, pero ya sea demasiado tarde. No sentirás ningún tipo de contacto debido al entumecimiento general con el que tengas que cargar, y el hambre que antes sentías ya no será más que un vago recuerdo que te reconforte cuando ya no haya posibilidad alguna de que la caballería aparezca triunfante desde el horizonte. La angustia de la incertidumbre de cómo y cuándo sucederá y la el hecho de no saber qué hacer para evitarlo solo vuelve más sinuoso el sendero por recorrer.

Tu sombra sigue eligiendo los sectores más dañados y oscuros de la vereda. Alguna vez se caerá de tanto revolotear y saltar sin poder ver los obstáculos que tiene delante. Sus ojos se fijan sobre ella, rogando que esquive las baldosas sueltas y las raíces que usurpan la vereda. No sabes qué decirle para que haga caso y el saber que eres su única guía entierra más la hoja que sientes clavada en tu corazón.

Un ruido fulminante llena tus oídos y te ancla en tierra firme cuando el brillo de el capó de un Chevrolet te hace volver la vista. Un chillido llena nubla toda tu mente se aferra a tus pensamientos, evitando que conecten. Puntos brillantes invaden tus ojos y caes al suelo al intentar caminar en el estado de confusión. Al lado tuyo aparece un hombre de camisa y corbata preguntándote si te sucedió algo. Lo ves a los ojos, ves el auto al frente tuyo, ves la marca de los frenos sobre la calle y el sonido del motor andando entra por tus oídos. Cuando finalmente caes en la situación, el miedo que antes solo cosquilleaba tu estómago ahora se abraza a tu pecho y debilita tus piernas. No sabes bien que respondes, pero la tranquilidad en la cara del hombre te calma lo suficiente para poder correr en dirección a tu casa, dejando el cigarrillo, ya acabado, aplastado sobre el suelo.

Corres sabiendo que es muy tarde, que ya deberías haber llegado. Al doblar en la esquina ves como tu sombra pasa a encontrarse detrás de tí y ahora estás por suerte en completo dominio sobre ella. Sientes cada latido como una explosión, pero se tornan cada vez más leves, de la misma manera que cuando un bombardero alejándose, y junto a él la catástrofe. Pasa junto a tí el mismo señor en carreta que vende leche de campo todas las mañanas y te encuentras con tu madre entrando por la puerta con el jarrón en la mano. 

¡Oh, gracias! Por fin dejas de estar sola. 

La abrazas con ansias, mientras te dice que entres y te sirvas el desayuno antes de ir a la cama. Avanzas por el pasillo y a través de la puerta ves que por la ventana de tu habitación se entromete un haz de luz que descansa sobre la alfombra. Te acuestas allí y sientes como el calor abraza tu piel y calma tu mente. Existes ahora, lo demás no importa, es problema del futuro. Al lado del marco hay un póster de un alienígena que vino a salvar el mundo. Su mirada se cierne sobre tí y su esperanza te cubre. Este se asoma a través del papel y lentamente escapa de su dimensión para recostarse junto a tí. Su pálida cara, con colorados cabellos que caen sobre ella, se acerca a la tuya, y sus dedos se entrelazan entre los tuyos. En ese preciso instante, el punto de transición una vez acabado el colegio y asedios por parte de lo incierto, necesitas a alguien que te sirva de consuelo. Debajo del halo de esperanza, el te mira fijamente y dice - Eres maravillosa. -

Publicado la semana 3. 17/01/2020
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Rock N' Roll Suicide - David Bowie
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