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Luciana Capdevila

Título por decidir 3

Virginia corrió su asiento para ver mejor aquella escena. La emoción de ver como su lección comenzó a dar frutos brindó a este misterioso ser una verdadera alegría la cual no se había hecho presente hasta el momento.

Julián, en cambio, retiró de un manotazo la fusta de su cara. 

-Si me traes a este martirio sin decirme para qué por lo menos podrías dejar de romperme las pelotas - dijo con una agresividad palpitante.

La tensión paralizó por completo el desarrollo de la clase. La atmósfera se tornó inclusive más densa que antes.

El delicado balance en el cual se encontraba la armonía todavía presente pareció no tender a ningún extremo. Pero, incluso en tal estado, hubiera sido un lujo el de no reflexionar sobre cada movimiento, palabra y acción antes de cometer una imprudencia.

Entonces, Adriana decidió contradecir cualquier instancia de sentido común en su conciencia y alzó su brazo.

Julián le respondió con mirada desafiante.

El sonido de la fusta golpeando su cachete llenó por completo la habitación. Su piel desplegaba una notoria marca colorada donde había habido contacto.

Antes de que pudiera despabilarse, Adriana azotó su otra mejilla e inmediatamente se descargó una tercera vez sobre el pecho embarrado. 

El enojo de Julián tornó su cara a un rojo de tal intensidad que las marcas se perdieron dentro de este. Al verse víctima de lo que entendió como la mayor falta de respeto posible, sus bullentes sentimientos lo condujeron a intentar levantarse de su asiento con intensa violencia. Sin embargo, Adriana había sido más rápida que él e hizo aparecer ataduras que lo sujetaron a la silla y enterró las patas de la misma en el suelo. 

Julián la maldijo por sus acciones, por aceptar la basura con la que la alimentó Virginia, por faltarle el respeto y no pensar un maldito segundo en el. Gritó desde el fondo de su alma por minutos hasta que sus músculos se cansaron y su garganta irritada no pudo continuar. 

Fue entonces que su enojo pasó al miedo. Miedo por no saber cómo reaccionar, miedo por no saber dónde estaba, miedo por todo aquello que acababa de suceder y no podía comprender. Miedo de verse a la merced de una mujer con un látigo.

Una mujer que estaba vestida como una maestra de matemática que tuvo en la secundaria. Una maestra estricta por donde se la mirase. Una maestra que usaba una blusa la cual revelaba algo de escote. Cuyas largas uñas pintadas de negro solían golpear la mesa con un ritmo que lo hipnotizaba. Cuya actitud hacia los estudiantes les dejaba en claro que ella tenía la capacidad de hacerles la vida imposible. Era una mujer cuyo poderío le causó tal miedo que nunca osó a cometer una falta hacia ella.

Un nuevo golpe de la fusta lo despertó de la vaga ausencia que mantuvo por esos segundos. 

-¡Qué chico tan sucio! - le dijo Adriana. 

Una frase que llenó de vergüenza ajena a Julián. Parecía salida de una película pornografíca de peupérrima calidad. Sin embargo, a medida que su novia se le acercaba, esta comenzó a transformarse.

-Vamos a tener que lavar esta ropa - y desató una de las atadura para poder sacar ese brazo de la camisa. Luego hizo lo mismo con el otro y finalizó con el short.

Julián sintió como lo acariciaban a medida que lo desvestían. Cada contacto con su piel despertaba en él un deseo prohibido. ¿Cómo podía ser él a quién estaban tratando como un juguete?

Allí, sin nada más que calzoncillos, yacía un hombre completamente vulnerable. Un hombre el cual tenía todavía una reacción medianamente confrontativa ante aquello. Un hombre en sumisa incomodidad. 

Con el chasquido de sus dedos, una toalla y un balde con agua aparecieron.

-¡Mirá si serás! Te voy a tener que lavar todo - y acompañó con un nuevo golpe, esta vez sobre sus piernas, particularmente cerca de aquella zona en la que deben estar pensando.

Virginia se levantó y caminó hacia los dos tortolitos amotinados contra su naturaleza. 

Adriana se agachó y hundió la toalla en el balde. Virginia pasó la mano por su espalda y siguió hacia Julián, colocándose tras su silla. Él se estremeció cuando gotas frías se bañaron sobre su cara y bajaron entre las costras de barro seco. Sintió como la meretriz entrecruzó sus dedos para sostener su cabeza su cabeza. Se dejó descansar en aquellas manos y comenzó a relajarse. 

Adriana bañó el barro de su cuerpo, dejando nuevamente pequeñas marcas rojizas para acertar su dominio de vez en cuando. Una vez terminó de lavar su brazo, comenzó a dejar tiernos besos sobre cada yema. Instintivamente, Julián intentó sujetar su cara.

-¡Pendejo insolente! - gritó su novia y prosiguió a azotarlo en la palma. -¿Acaso creés que podés controlarme? - preguntó sugestivamente.

La falsa maestra se sentó sugestivamente sobre las limpias piernas. -¿Quién mierda te creés que sos? - preguntó propinando un nuevo golpe con la fusta por cada palabra que pronunció. 

Ambos corazones palpitaban velozmente. La adrenalina invadió sus venas y el sudor que recorría sus cuerpos no era ya debido únicamente al calor ambiental. Sus respiraciones eran pesadas. Los nervios provenientes de los nuevos horizontes a los que ambos se veían dirigidos.

Virginia apoyó su cabeza contra la de Adriana. Soltó una de sus manos y tomó la de la actriz inmersa en el rol de la autoridad, ayudándola a recorrer el sinuoso camino de la felicidad.

Julián todavía se encontraba tenso. Aquella isla misteriosa en la cual las fuertes mareas lo habían abandonado a su suerte era todavía desconocida para el más allá de sus playas. 

La mano que Virginia había dejado sosteniendo su cabeza era firme y parecía que no lo dejaría caer una vez terminara de liberar las ataduras que solo él podía controlar. Sin estar seguro de su sí mismo ni de su decisión, optó por tomar el camino de menor resistencia. Recostó su cráneo y dió un último vistazo al cuerpo de la meretriz que se encontraba dando fuerzas a Adriana y calmandolo él. 

Cerró sus ojos y se vio transportado hacia una existencia de oscuridad acogedora. Sintió como flotaba junto a Adriana en un infinito vacío universal el cual tendía hacia un cálido punto amarillo el cual ganaba luminosidad lentamente. Un tierno calor también los alcanzó y los atrajo con una fuerzo insospechada hacia aquel curioso vórtice que yacía al final de aquel viaje.

Adriana lo rodeó en aquella dimensión extraña. Recorrió caminos hasta ahora desconocidos que atraviesan selvas por el momento vírgenes. Un recorrido díficil de completar, incluso en el inédito conocimiento el cual bañaba en aquel limbo que gobernaban.

Pero una súbita intranquilidad provino de saberse en territorio desconocido. Incluso luego de aquella sensata exploración, Julián no pudo ceder terreno a la sumisión sana. Se encontraba en los adentros de las líneas de aquellos que consideró sus enemigos por tantos tiempos. Se vió en un espacio el cual le dió terror reconocer agradable. Quiso volver por aterrorizado por la idea de traición.

Entonces escuchó dos aplausos secos.

El pantano en el cual se encontraban se había sobrepuesto sobre aquel espacio infinito el cual sobrevolaron por unos pocos segundos eternos. Aquella oscura frontera era ahora su cielo. Miles de estrellas recorrían aquel firmamento a paso acelerado, dejando leves estelas detrás suyo. 

El pantano seguía allí. La laguna y los amplios pastizales se mecían ante el tenue viento. El agua reflejaba aquella oscuridad interrumpida por destellos que los cubría, dando la sensación de que aquel encantador manto continuaba debajo de ellos y la tierra que los sostenía. 

La atmósfera sí había sufrido drásticos cambios. La temperatura no tendía hacía ningún extremo de la escala y no había señales ni de humedad ni de sequedad. La brisa generaba roce con sus cuerpos pero no notaron que esta fuera fría ni cálida.

El aula estaba destruida. Las paredes eran ahora no más que unas cuantas tablas nacientes del piso. El techo había desaparecido, lo cual les permitía admirar el mundo a su alrededor. El suelo de la edificación contenía en su centro un hoyo cuyas paredes reflejaban el cielo pero cuyo fondo se encontraba aquel punto amarillo brillante que los hipnotizó cuando se perdieron en su danza. 

Ambos se encontraron en ropa interior blanca. Él tenía un slip y ella un corpiño y bombacha simples. Demasiado regular para lo que esperaban.

-No te avisé del primer escenario, Adriana - dijo Virginia, quien se encontraba sentada sobre el solitario marco de la puerta ahora inexistente, - porque para destrozar aquellas preconcepciones que plagan el cerebro maculino aferrado a los paradigmas culturales era necesario primero liberarte a tí de aquellas preconcepciones las cuales no admitías.-

Virginia utilizaba ahora un vestido de encaje negro el cual permitía que su piel reflejase el brillo de las estrllas que los cubrían y generasen un interesante y seductor contraste con la tela. Este encaje tenía patrones floreados sobre ambos pechos y su entrepierna. Su maquillaje ahora era sobrio pero muy estilizado. Ella antes hubo utilizado la imagen de una femme fatale a la hora de describirse y el outfit que la cubría en aquel enervante paisaje definitivamente cumplía con muchas de las casillas a chequear.

-Tengo que felicitarte por tu trabajo. ¿Ves que no es difícil salir del papel regular que tenés que actuar? ¡Además es tan divertido! - Virginia bajó del marco y abrazó a Adriana emocionada. Luego dio media vuelta y se dirigió hacia Julián.

-Vos, cielo, estuviste cerca de lograrlo sin que necesitaras del segundo escenario. - 

Una chispa de orgullo sondeó los ojos de aquel ser aferrado todavía de manera instintiva a la única naturaleza que le permitieron conocer.

-Pero no te conformes - le dijo aquella enigmática mujer, quién apoyó su dedo índice izquierdo sobre el pecho de Julián. - Dije casi. - y le dirigió un gesto de desaprobación exagerada y con propósito. - A pesar de tu esfuerzo, tu instinto nos ha traído a este captivante sitio - exclamó gesticulando hacia el cielo con la mano que se encontraba apoyada.

-Vengan - dijo guiandolos a ambos hacia la orilla del profundo pozo.

Los tres se arrodillaron frente a él. Virginia estiró su brazo y con la punta de su dedo tocó una superficie de la cual no podría haberse sabido su existencia. Esta recibió el gesto con ondulaciones que le daban aspecto líquido. A través de ellas se distorsionó la luz de los astros dentro suyo y miles de reflejos luminosos se situaron sobre las tres caras y los demás objetos que rodeaban aquel surreal hoyo.

En profundo encanto, Adriana y Julián miraron alrededor suyo el espectáculo que se reflejaba sobre los tablones y las plantas que lo rodeaban. La condición líquida de aquel contenido pareció transmitirse al extraño mundo donde estaban. Se encontraron de pronto en una pintura vívida donde las pinceladas daban movimiento a cada elemento de aquel increíble lugar. 

-Tengan confianza. Sobre todo vos, Julián. Creo que puedo decir que me la he ganado con lo que han experimentado hasta ahora con mi ayuda - les anunció con voz tranquila y serena la  guía a través de estos nuevos planos. 

Ella se puso de pié, les dio la espalda y se dejó caer a las profundidades. 

Aquel petróleo estrellado salpicó hacia todas partes. Cada gota liberó nuevos destellos y cada rincón mojado por aquel fluido dejaba entrever en su superficie una nueva puerta a aquel vacío que hubieron de transitar hace unos minutos. 

Su realidad entera se vió modificada por aquella ola de nuevas luces provenientes de incontables nuevos puntos. En los tablones, en los restos de unos bancos en la esquina, en la tierra frente al marco de la puerta, en el metal oxidado junto a la edificación, en los cañaverales, en los pastizales y en sí mismos, ya que recibieron gran parte de la obra de Virginia. 

Aquella realidad era ahora una acuarela que se movía constantemente en dirección de los pelos de aquel invisible pincel, y, como en toda acuarela en la cual se pinta todos los espacios sin dar tiempo a que ninguno se seque, todos sus bordes y fronteras comenzaron a difuminarse en aquel cambiante patrón caótico que gobernaba aquel cosmos.

Adriana ni siquiera se cuestionó que sucedía, simplemente se zambulló hacia el pozo y se volvió una con las olas emergentes.

Aquel nuevo flujo de líquido distorsionó más la visión que rodeaba a Julián. La intranquilidad lo invadió a medida que dejaba de reconocerse ante la fuerza de los cambios bajo los cuales se veía sometido.

Intentó agarrarse la cabeza pero las yemas de sus dedos atravesaron su pelo y en aquel pequeño crisol crearon un nuevo color. Toda su cara se vio atraída hacia deformación cuyo causante era él mismo. Sus pies comenzaron a fusionarse con el suelo y la tela de su calzoncillo imprimía patrones en sus piernas y abdomen bajo.

Desesperado, juntó el poco valor que quedaba en el. 

Primero sus piernas se sumergieron mientras sus manos lo sostenían en el borde. Cerró sus párpados con fuerza y en un momento de súbita claridad de mente se lanzó hacia el vacío, dejando una pincelada tras él.

Publicado la semana 29. 18/07/2020
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