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Luciana Capdevila

Título por decidir

Disclaimer: El título no es así por alguna razón extraña, simplemente todavía no decido el título del texto. Comenzó como un cuento corto pero fue creciendo con más ideas que se me han ocurrido y no iba a poder terminarlo en una semana. Por lo cual, en lugar de hacer un segundo texto el cual publicar, creí mejor subirlo de a partes a medida que lo vaya escribiendo. Cuando lo termine seguramente lo pondré completo. Es también por esto que puede ser que cambie cosas a medida que avance.

 

-

 

“Preparad vuestra preestablecida pusilanimidad, pues he de percibir una polémica perplejidad acerca de la propensión por parte de pavorosas personas de proceder por el penoso peregrinaje del prístino placer propio. Incuestionable, a pesar de la impulsiva inverosimilitud que pueda impregnar esta imposibilidad impuesta. Creanlo o no, aquellos vanidosos y vulgares seres veneradores de la virilidad varonil y aquellas cobardes cobras de cosmética condición cooperante buscan con afanosa afección aquella acción de las acorazonadas amas del aconteciente acercamiento a las azarosas almas afines.

Pero basta de tanta etiqueta innecesaria, pues es acabar con las normalidades existentes aquello que buscan quienes osan a pisar el blanco mármol de las escaleras que llevan a la audiencia con su meretriz pedagoga correspondiente. Mármol el cual, vale aclarar, claramente hace apología a la visión pseudo-occidental que han consumido acerca de una supuesta pureza normativa de las sociedades grecorromanas. 

Es por eso que notarán como estas llevan a un decorado salón con deleitantes colores en eterna combinación los unos con los otros. Notad los profundos azules e intensos naranjas de las flores del pájaro, la radiante gama que modelan las flores de loto que flotan en el inconcebiblemente transparente estanque que decora los alrededores. El dorado de los bordados y el morado de los géneros presentes en las sábanas que cubren los lechos a su disponibilidad. Los rojos del eterno atardecer que ha de conmover vuestros corazones y la sangre igualmente carmesí que estos bombean. 

Sean bienvenidos a las experiencias por descubrir y a las verdades por desenterrar. A la diversión por tener y los placeres por desear. A lo lúdico de lo novedoso y lo tedioso de lo conocido. Sientanse con la libertad de sentirse como anhelan que otros los sientan. 

Por último, si llegasen a culminar en alguna clase de complot coital, recuerden avisar a sus instructoras para llevar a cabo el necesario aseo subsiguiente. Seremos “sucios” en el accionar ante nuestros goces, más no en cuanto a nuestra higiene, esencial en el disfrute de posteriores visitantes. 

Esperamos que disfruten de su estadía.”   

Julián sostuvo el folleto frente a sus ojos. Una creciente incredulidad se propagaba por sus entrañas. Sus expresiones remarcaban su estado de suprema confusión. No era de su conocimiento bajo cuáles medios había de llegar allí. Tampoco lo era como Adriana, su novia, se encontraba junto a él, igualmente estupefacta ante lo que parecía una mala broma, o al menos una de pésimo gusto.

Sus labios encontraron inspiración en Elvis Presley. Su lengua no terminaba retorciéndose sobre las alfombras de terciopelo que decoraban el salón por el mero hecho de que su mandíbula se había petrificado y sus dientes actuaron como represa. Sus cejas formaron violentas curvas con músculos los cuales Julián no comprendía dentro de su repertorio. Su mente intentaba huir desesperada y futilmente. Su cuerpo, en completa inmovilidad, lo traicionó.  Este, quizá, a raíz de un profundo interés mórbido el cual decidió enterrar antes de que una implosión de cuestionamientos terminaran por evaporar la poca masa gris que encontraba utilizable.

Adriana no se vió en un estado muy distinto, siendo una mayor aceptación a sentarse en una mesa de negociación con sus nuevas formulaciones sexuales la única diferencia significativa.  Situación la cual decidió no debería de discutir con Julián, jamás.

Ambos lograron, luego de acometer una cantidad superlativa de esfuerzo no exteriorizado, girar sus cabezas y compartir una mirada bañada en dudas, escepticismo protector y un tinte de curiosidad. El hecho de encontrarse bajo las mismas ropas con las cuales el mundo los recibió no ayudó a contener una creciente inseguridad que se manifestaba en una que otra gota de sudor bajando por la frente. 

Adriana tapó sus pechos con una mano y su entrepierna con la otra. Julián se encontró con una rara (y momentánea) seguridad en sí mismo. Seguridad la cual colapsó una vez vió los dotes de un congénere en un salón aledaño. 

Las delgadas cortinas de aquel salón olímpico traicionaron aquella noción de privacidad la cual actuaba como última línea de defensa ante un ataque de pudor el cual se manifestó con una súbita necesidad por esconder los genitales y una intensa tonalidad rojiza en su rostro. 

El velar por el escondite de sus órganos reproductivos produjo que el folleto que se encontraba en sus manos dejase de interponerse entre su atención y la instructora preseleccionada para la pareja. 

Fueron cinco segundos de gran intensidad aquellos que ocurrieron entre el fin de la lectura expositiva y la introducción a aquella símil femme fatale reconstada en un sofá ostentoso y opulente, quizá incluso de mal gusto. 

Mal gusto. Algunos comentarían esto mismo sobre el espectáculo que presentaba la pedagoga recreacional. No sería descabellado si también realizaran la misma mueca de renovada morbosidad y disgusto simultáneos que proyectó la faz de Julián.

La mujer de destellante vestir gesticuló una clara decepción.

-Ya es el 2020 muchachos. Una pseudo-guerra, infiernos reinando entre los arbustos y la pandemia que comprobó la irrealidad de Hollywood y el rol estadounidense en la salvación global no han podido acabar con ustedes. Un show de maquillaje soft-drag y decisiones de moda tomadas por una María Antonieta adicta a las lentejuelas en medio de una crisis de identidad de género no deberían de devenir en una reacción más radical por parte de ustedes que la situación en la que se encuentran sobreviviendo día a día - pensó para sí misma.

Adriana notó tanto esta reacción así como la intolerancia internalizada en su pareja, por lo cual decidió romper con la tensión presente e iniciar la sesión.

-Hola - formuló con cautela.

-¿Qué? - dijo en tono agravante la figura sobre el sofá. -¿Hola? - y elevó el tono de su voz hacia lo que pareció un falsetto. 

-Me vistió y maquillo de forma premeditada con claros paralelismos a la muestra de opulencia falsa y superficial que se da en las comunidades marginalizadas que nunca accederán a la vida que simulan, ¿y todo lo que sus mentes son capaces de devolverme es un mísero “hola”? ¿No pueden reaccionar de una forma que por lo menos denote  mínimo interés no crítico? -

Adriana y Julián compartieron una mirada repleta de dudas, escepticismo protector y un tinte de curiosidad por segunda vez en aquella experiencia surreal en la cual acabaron, la cual continuaba contando sin explicación alguna que pudieran racionalizar en aquel momento. 

-¿Acaso nunca vieron “Paris is Burning”? - volvió a increparlos la antimonárquica en monárquico atuendo.

Los morados labios pasaron a dibujar un amplia sonrisa en aquel rostro bañado en cremas y pinturas. Se sentó de piernas cruzadas, con las manos una sobre la otra. De pronto, una pequeña risa nació en ella.

-Dejen de estar tan tensos, ¡fue solo una pavada! Solo lo hice para no recaer en la misma presentación de siempre. -

Se levantó y abrazó a nuestra perdida pareja. 

-Virginia, a sus servicios - dijo a la vez que parpadeó en un claro intento de resaltar las pestañas postizas que yacían sobre sus párpados.

En su rostro se repetían sutiles patrones que resaltaban sus ojos, cuyos contornos compartían color con su labial. Su vestido mostraba un degradé de verde a morado y un sinfín de reflejos. Sus manos estaban cubiertas por dos guantes de un tono verde más oscuro. Su calzado eran la única pieza del atuendo la cual no salía de lo normal, debido a que no utilizaba prenda alguna sobre sus pies. El esmalte de sus uñas descalzas presentaba una coloración similar a la de sus guantes. 

Sin dudas su apariencia era impecablemente ostentosa. Sin embargo, debido a la nimia seriedad y la alocada esencia con la cual impregnó la atmósfera del salón, era de gran obviedad el hecho de que tal arreglo de excentricidades provenía de una clara celebración personal y cómica conciencia de sí misma más que de alguna suerte de culto a su propia imagen.

Virginia realizó con su mano un gentil movimiento con el cual apuntó hacia la terraza, invitando a la pareja a trasladar la sede de la sesión. 

-¿Gustan acompañarme? - 

Todavía callados, Adriana y Julián la siguieron. Este nuevo ambiente mantenía el nivel de excentricidad al cual no habían podido terminar de acostumbrarse. Las alfombras de terciopelo culminaban sobre el borde del balcón. Un amplio jardín de árboles frutales y verde intenso, incluso a la hora del atardecer, se extendía ante sus ojos. Tres reposeras los esperaban, cada una actuando como arista de un triángulo imaginario en cuyo centro yacía una pequeña mesa de té. Dos resplandecientes manzanas descansaban sobre un platillo dorado.

-Yo soy Virginia, reina de mi cuerpo - dijo apoyándose sobre la cornisa y performando danza con sus manos. -Ved mis logros, mortales, y aprended - continuando con una invitación a sentarse la cual fue también culminación del número de baile gesticulado.

-¿Fan de Shelley? - tuvo la valentía de preguntar Adriana.

-Intérprete sería una descripción más certera. -

-En lo personal, igual, prefiero a Mary. -

-¡Claramente! - exclamó con pasíon Virginia. -Frankenstein, por ejemplo, es una lectura atrapante la cual se explaya sobre las realidades de la comunidad LGBTIQ+. - 

-¿Cómo? - preguntó Adriana, perpleja ya por la inesperada afirmación y no tanto por lo bizarro de la situación.

Antes de responder, la madame se sentó en el borde de la reposera más próxima. Se dejó caer con un suspiro y sostuvo su cabeza sobre su dedo índice izquierdo, con su sien actuando como punto de apoyo. 

Levantó su vista hacia su contraparte.

-Al monstruo de Frankenstein, de aparente naturaleza antinatural, se lo es tratado por default con hostilidad por parte de los aldeanos. Frente a su soledad e incomprensión, decide implorar a Víctor con el objetivo de que cree un segundo ser a quien pueda amar. Un alma la cual pueda comprenderlo. Pero como respuesta solo obtiene la creencia de que una bestia de tales características jamás será capaz de amar. ¿Suena conocido? -

-Y, cuando simplificás la historia de tal forma y la interpretás partiendo de un punto de vista tan particular, es posible verlo así. Pero no creo que ese sea el mensaje autoral - respondió la novia con una clara connotación. Tal visión sesgada generó en ella un profundo rechazo.

Virginia trasladó repentinamente su atención hacia Julián, quien todavía se encontraba de pie y con su vista perdida en la nada. Hizo una señal de pausa a Adriana, ante lo cual ella aprovechó para buscar asiento.

-¡Eh, vos! ¿Todo bien? - preguntó a la ensimismada estatua, que se vio presa de una violenta abducción que lo transportó de vuelta hacia la terraza.

-Tranqui, no muerdo…-  dijo acompañando con palmadas sobre la tela de la reposera a su lado.

Hubo una pausa deliberada.

-¡Bah, quizá a veces! Pero solo si lo acordamos antes - y curvó sus cejas resaltadas a una posición de lo más provocativa.

-Mirá - continuó la diva con la deserción previa y volvió hacia Adriana, - yo soy de aquella rama de lectores quienes promueven ávidamente la muerte del autor y la destrucción de su reinado tiránico sobre las interpretaciones de sus obras. - 

Agarró una de las manzanas y comenzó a inspeccionarla, con intención claramente estética, ante los rayos del departiente sol.

-Aquella fue la interpretación que nació de mí cuando leí el libro en mi adolescencia salvajemente sobria. Al ser mi propia realidad y mis experiencias las cuales ayudaron a que acabase en esa lectura, no puedo intentar posicionar la mía como una visión hegemónica. Caería en un intensa hipocresía. No puedo hacer más que informar. - 

Dejó la manzana sobre el platillo y dirigió una sonrisa a Adriana. Notó que los labios de Virginia tendían a un desbalance el cual deja su comisura derecha por encima de la izquierda. 

-¡Pero entonces podríamos caer en cualquier locura! Podrías leer “Mein Kampf” como una apología a la diversidad cultural - incriminó.

-Exacto. -

-Pero cada palabra impresa te estaría probando lo contrario. - 

-Es que, justamente, todas las interpretaciones son válidas, pero no todas poseen la evidencia suficiente para convencer a otros de su validez. Pero, al fin y al cabo, las conclusiones que obtengamos nos conciernen solo a nosotros. Es una actitud mucho más honesta que aceptar lo que un sector mayoritario decide establecer como intención detrás de la obra. -

Durante aquellos minutos, una extraña amalgama de sentimientos encontrados había crecido dentro de Julián. A pesar de la apariencia que daba, estuvo atento a la discusión que se había generado. Su estado de inmaculada quietud se debía, al igual que la madeja que era su sentir,  a un intenso estudio sobre la mujer la cual los estaba guiando. Podría decirse que la situación tenía todas las apariencias de ser algún tipo de trampa. Toda enseñanza que componía su ser le envió destellos brillantes de alerta.

-Esperá - interrumpió el naciente argumento de su novia. - No puede ser que querás discutir sobre literatura - le dirigió a continuación. -¿Qué carajos hacemos acá? - volteó hacia Virginia y preguntó. 

Ella se levantó, tomó las dos manzanas y le entregó una a Adriana. La luz del sol detrás de ella la proveía de un halo que brindaba una espiritualidad contrastante, o quizá intrínseca, con la estética y manierismos sexuales con los cuales se manejaba.

-Están acá para expandir su mente - expuso con un tono a la vez sarcástico y místico. -También puede ser que los hayamos capturado para pertenecer a nuestra “secta” e idolatrar alguna nueva interpretación de los elementos y ocurrencias que componen nuestra persona - dijo señalando las comillas pertinentes. 

Virginia comenzó a caminar hacia Julián, hacia el punto donde se encontraba desde que se mudaron a la terraza. Él notó como las lentejuelas del vestido generaban un sutil cascabeleo con el exagerado movimiento de sus caderas al caminar. Ella notó cómo la miraba, y decidió acercarse hasta que sus alientos intercambiaran bocas al exhalar sobre el poco espacio que los separó.

-Pero, al final, ¿no aquello lo mismo? ¿No somos acaso para el pensamiento popular alguna clase de culto al libertinaje? - y acarició el cachete de Julián, quien sintió el frió de sus dedos a través del guante, mostrádose claramente incomodado.

-¿Libertinaje? - tartamudeó. - ¿Entonces esto es algo sexu-

-¿No dije que lo era bajo el pensamiento popular? - Virginia puso fin de forma prematura a la claramente normativa pregunta. -La gente ama suponer que libertad y libertinaje son sinónimos cuando no considera a quien busca la primera como merecedora de la mínima decencia humana - y le entregó descaradamente la segunda manzana.

Dió una rápida vuelta y se dirigió hasta la reposera. 

-Pero podría decirse que sí. Aunque no sea la totalidad de la experiencia que brindamos, ni el fin que buscamos, hay una componente sexual la cual nos ayudará a abrirnos camino entre los obstáculos que se interponen con su - señaló tanto a Julián como a Adriana, - libertad. -

Como salido de un dibujo animado, un largo tubo dorado metálico compuesto de pequeñas secciones cilíndricas se acercó serpenteando por el suelo y subió enroscándose por el cuerpo de Virginia hasta llegar a su oído. El extremo tenía forma de cono y podía verse un parlante que emitía una voz demasiado tenue para ser escuchada a la distancia.

-¿Si?… Ajá… ¡Oka! Avisenme cuando completen el segundo circuito. -

El tubo retrocedió por el mismo camino que tomó a la ida. Un suave chirrido se generó con el rozar del metal con el piso.

-¿Preparados? - dijo con entusiasmo. -Comencemos con el primer escenario. -

Publicado la semana 27. 04/07/2020
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