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Luciana Capdevila

Sueños explicativos de la jornada laboral

Debido a la inconveniencia de contar con una ventana la cual daba al este, cada mañana, antes incluso de que los gallos elevaran sus cacareos,  ella se encontraba de pie. Su mente, todavía perdida en el mundo de aventuras y pesadillas que mueven los sueños, se esforzaba para llegar a la ducha en un camino donde las paredes todavía proyectaban su imaginación. Una vez en el baño, los débiles dedos resbalaban por las canillas en el intento de encontrar aquella combinación ideal que le permitiese escapar del frío del invierno sin quemar su joven piel. El vapor se alzaba rápidamente a su alrededor, avanzando entre las bases del inodoro y del bidet como las nubes entre las colinas que bordean los valles. 

Entre el ensordecedor chapoteo de las gotas contra los azulejos, podía dilucidar a su madre deseándole suerte en su día a su padre. La puerta se cerraba, y esperaría al colectivo que la llevaría hasta el sanatorio donde era enfermera. Al poco rato, luego de haber escuchado como el agua del último mate pasaba por la bombilla, se hacían presentes cuatro golpes sobre la puerta del baño. Cuatro golpes que acompañan el anuncio de que, para su padre, llegaba la hora de partir hacia la fábrica.

Una vez salía de la ducha y pasaba la toalla por su cara, su mundo parecía una pintura impresionista en la cual se filtraban las vivencias en el plano de Morfeo. Si hubiera querido, podría haber moldeado las pinceladas para replicar uno de los cuadros del Cabildo o la ciudad de Buenos Aires que tienen las fotocopias del colegio que pegaba en sus cuadernos los días patrios.

Su ropa sondeaba hipnóticamente entre las marcas en la pintura mientras me vestía, y mi guardapolvo blanco llegaba volando hasta mí como la alfombra en la que Aladín llevó de paseo a Jazmín. Una vez lista, un magnetismo de leche con café y tostadas la atraía a la mesa, donde desayunaba velozmente para poder partir a la escuela. 

Mientras estaba sentada en la mesa de la cocina, podía ver como dos haces de luces partían de las sillas en dirección a la puerta, volviéndose tenues a medida que avanzaban en su recorrido. Uno de ellos tomaba un pequeño desvío hacia el baño antes de encarar la dirección final. Ella seguía los trazos que dejaban y notaba como se separaba en dos al llegar a la puerta. Uno de ellos se dirigía hacia la izquierda, donde se encontraba la parada del colectivo. El otro, al frente, donde las marcas de las ruedas de una traffic tatuaban la calle de tierra. Ella, en cambio, siempre dobló a la derecha, caminó cinco cuadras, se ubicó en el último lugar de la fila y entonó el aurora mientras el lienzo se disolvía en retazos y los límites desaparecían.

Hubo días en que fue una reconocida actriz. Se paseaba por los sets de fantasía y pasaba sus noches cenando en restaurantes donde los platos tenían nombres en idiomas de tierras lejanas que ella no conocía salvo en fotografías de revistas. En otras ocasiones logró ser una renombrada científica, descubridora de una milagrosa panacea que lograría que su madre pudiese completar aquellos proyectos que ha dejado de lado. También fue presidentA, entramando un plan económico y social que le devolviese a su padre en horas más tempranas a la vez que construye un futuro más próspero para sus compañeros de clase. 

Pero fuera cual fuera la aventura, ella siempre tuvo la mala fortuna de desembocar en pesadillas las cuales la atormentaban por horas.

Desarraigada de cualquier noción sobre la continuidad lógica, cada vez que volvía sobre sus pasos se veía confrontada por una robotnik cuya eficiencia prescindía de la compañía familiar en sueños comunes y propios. Un ejemplo de maquinaria fascinante por su eficiencia general, a pesar de presentar una peligrosa alza en la presión interna en las válvulas y tubos los cuales la regulaban. Era a través de ellos que, una que otra vez, escapaba una súbita explosión de infernales vapores que queman la piel de la pobre niña. 

Horas más tarde, cuando el lucero encontraba compañía en su lago de profundas aguas, un ser más aparecía en su casa a través de los haces de luces misteriosos que veía cada mañana. Ruidos que le recordaban al viento feroz soplando por sus orejas se hacían presentes. Petrificada en su cama, fijaba su vista en el halo de luz que se cuela por debajo de la puerta y se mantenía atenta a cualquier interrupción en este pequeño trozo de piso iluminado. Ante la mínima interrupción, cerraba sus párpados con fuerza y se preparaba para el cálido beso que le propinaba aquel fantasma infiltrado en su hogar, preguntándose cómo era posible que un ser inmaterial fuese capaz de generar sombras o golpear la puerta del baño.

Entonces, cuando el sol iluminara su cara a través de la ventana que daba al este, notaría que estos seres aterradores ya no se encontraban allí. Sin embargo, con dudas a montones, se dirigiría hacia la cocina, y vería como al levantarse de la mesa, su madre dejaría un haz de luz tras ella, mientras su piel ganaba un color metálico. Luego iría al baño, y por cerradura notaría como su padre ganaba transparencia antes de golpear la puerta. Al menos esta era la única explicación que su mente podía imaginar durante la noche.

Publicado la semana 26. 28/06/2020
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