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Luciana Capdevila

Monólogo sobre mi culpa

Siempre me ha sorprendido la cantidad de poemas que la memoria de mi padre tuvo la capacidad de encerrar. Poemas recitados con una guitarra de fondo con los cuales mi abuelo musicalizaba su antiguo hogar, así como también poemas transportados por la dulce voz de mi abuela, la única persona de su generación a la cual llegué a conocer en vida. 

Poemas que luego utilizó para enseñarme cómo se deben leer los los distintos signos que se utilizan a la hora de marcar el ritmo de lectura. Poemas que me transportaron a su infancia en aquel lejano pueblo de donde viene. Poemas que reprodujeron sonidos sutilmente nostálgicos luego de que transitaron la muerte de quién me los regaló.

Los libros que contuvieron los versos que luego dejaron en custodia de mi padre han intercambiado diversas manos en calidad de huéspedes. Hermanas, hermanos, primos, primas, amigos y no tan amigos han ojeado y conservado aquellos textos. Es por eso un noción inverosímil la de que algunos de aquellos tomos viejos se encuentren en los estantes de mi biblioteca. 

Recuerdo cómo, cuando la nostalgia transportaba a la familia hacia los recuerdos, las páginas desgastadas pasaron ante nuestros ojos y nuestros labios cobijaron las palabras que luego serían liberadas al mundo. Cómo podía percatarme de las pocas hojas faltantes para encontrarnos con cierto poema el cual siempre creí favorito de mi padre.  

Sin dudarlo, incluso interrumpiendo a algún otro recitador, con fervor pronunciaba el primer verso.

- Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—

A lo cual mi padre respondía sin falta. 

  El pueblo al aplaudirlo le decía:
 «Eres el más gracioso de la tierra
  y el más feliz...»
                             Y el cómico reía.-

Puedo jactarme, sin temor a cometer error alguno, de que “Reir Llorando”, escrito por Juan de Dios Peza, debe ser la pieza literaria con la cual he mantenido mayor contacto a lo largo de los años. El apego que generó en mí el escucharlo, oírlo, leerlo y releerlo es difícilmente comparable con cualquier aprecio que pueda mantener hacia alguna otra obra. Incluso cuando no lo he buscado activamente, me he visto con la cálida sorpresa de encontrarme con él a través de una adaptación al inglés obra de Alan Moore, la cual ha ganado una fama bastante mayor a la del original. 

El texto trata de un hombre en busca de ayuda ante un terapeuta el cual, notando la desesperada situación de su paciente, sólo puede recomendar, sin saber de la identidad del mismo, el presenciar el show del magnífico actor cómico Garrik. Sepultando cualquier rastro de confianza del médico por su tratamiento, un solo verso es necesario para desgarrar el alma del paciente, del psicólogo y del lector.

- ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.-

¡Que tragedia mortífera aquella de ser el remedio del mal que padeces pero verte imposibilitado de usarlo en ti mismo! Saberte capaz de aliviar, con tu gracia, la carga ajena, pero ver a tus penas y tus desgracias en un desesperante estado de inmutabilidad.

Creí por muchos años en la desolación de ser el bien en otros pero la desolación en uno. Proyecté áreas enteras de mi existencia sobre el retrato de la falsa sonrisa de Garrik. Exactamente, creí y proyecté, pues ya no puedo jactarme de la tierna pena de saberme víctima.

He vivido lo suficiente para poder afirmar con la mayor de las seguridades que mis experiencias no podrían catalogarse bajo categorías homogéneas. Intentar cualquier locura excepto estudiarlas bajo un hilo común entre ellas que actúe de conector sería una pérdida espantosa de tiempo. Tomaría por iluso a cualquier pseudo-psicoanalista pseudo-científico que intentara afirmar una verdad certera sobre mi vida. 

Sin embargo, bajo la dudosa afirmación de conocer yo mejor que nadie las picadas aguas en las cuales he navegado, podría intentar apoyar la idea de que mi existencia entera se ha visto bañada por las corrientes de la angustia. 

Temerle a la muerte, por ejemplo, ha sido una constante paralizante. El mero pensar sobre la posibilidad de que la hoz caiga sobre mi cabeza o la de alguien más puede tornar una noche como tantas en el más terrible de los asedios. Sea de niña, adolescente o adulta, siempre me he visto vulnerable a la insignificancia del tiempo del cual disponemos para hacer uso de nuestras facultades. 

¿Qué será de mí cuando llegue el momento de abandonar esta podredumbre contínua? Una vez el sostén físico de la conciencia sucumba ante las dilapidantes fuerzas  de la vejez, enfermedad o la violencia, ¿que será de esta concepción por la cual he tenido, de a momentos, tanto aprecio? 

¿Será que lo único a lo que puedo aspirar es que la descomposición de mis tejidos suceda en más o menos tiempo? ¿En un féretro más o menos opulente? ¿Bajo un pasto más o menos verde? O quizá bajo la tierra pelada, aquella que levantará el viento en los venideros soples del zonda. 

La pérdida de la conciencia, de la identidad, de toda gracia a la cual me aferro, pues al final no habrá, de ellas, nada. Peor aún, no podré ni siquiera sufrir mi propia muerte. Simplemente dejaré de ser, concepto dolorosamente imposible de comprender. No existiré, salvo quizá por medios externos. ¿Qué sucederá con mi memoria y mis historias? ¿Morirán ellas conmigo también? ¿O se conservarán, quizá, en los recuerdos de algún amigo?

Amigos. ¡Qué palabra aterradora! Nos brindan calidez al mismo tiempo que promueven el crecimiento de úlceras en el alma. ¿Cuál era la necesidad de evolucionar hacia la vida en comunidad? Las bacterias superan en grandes cantidades a los humanos, habitan en las esquinas más recónditas del planeta y sobreviven a las catástrofes sin la menor necesidad de actividad comunal. Una sola bacteria se tornará en miles en el lapso de unas pocas horas. Lapso en el cual no deberá enfrentarse a los tedios que nosotros los humanos no podemos abandonar. Y aún siendo aquellas criaturas insignificantes, tendrán, probablemente, efectos de igual o mayor relevancia sobre el mundo que aquellos con los cuales cualquiera de nosotros podría soñar.

Al contrario de tan encantadoras formas de vida, poseo la pésima suerte de anhelar el contacto social, de requerirlo con la mayor de las ansias. Para colmo, me han jugado la peor de las bromas. No solo me veo inclinada a desear una vida social activa, sino que además me veo despojada de cualquier herramienta que facilite la tarea de construir una. 

Mis nulas habilidades interpersonales han probado ser un de los mayores obstáculos a los que me he enfrentado, sobre todo tomando en cuenta lo bien que me ha hecho el apoyo que me han brindado los pocos seres que considero cercanos. 

Honestamente, los amigos que tengo son únicos. No puedo racionalizar el hecho de que todavía no han de correr despavoridos del circo andante de aberraciones el cual soy.

Pero no importa cuanto anhele la vida sin preocupación alguna que llevan las bacterias o los demás organismos unicelulares. No huiré jamás de la compleja red de socializaciones bajo la cual basamos la convivencia humana. Apelar a mi costado ermitaño es relativamente fácil, no así el lograr algún avance mínimamente significativo dentro del área. No sería este el caso, quizá, si viviese en una realidad donde no tengo tanto aprecio por el cariño proveniente de aquellos vínculos que he logrado construir con arduo trabajo. Donde huir sea el más complejo de los pasos a seguir.

Noción devastadora aquella de la amistad. Pero al final del día, así como ella y la muerte, existen centenares de angustias distintas las cuales plagan mi rutina y calan mis huesos. Temores que alimentan mis pensamientos con sus voces tras bambalinas. Lamentos que guían mi humor hacia fatigados planos de desolada oscuridad.

Estereotipos de vestimenta y figura, presiones internas y externas frente al arte y los estudios, conflictos ideológicos, conflictos identitarios, discusiones banales,  comentarios al azar, horarios erráticos, rutinas repulsivas, existencia últimamente insignificante. Podría nombrar una tras una cada esquirla que se entierra en mi piel hasta el punto en que la cantidad de laceraciones me lleven a un colapso repentino y una crisis súbita de nervios. 

En un inútil intento por disipar la niebla, intento observarme a través de aquella maraña de torturas. Generar alguna idea sobre que debo hacer, sobre que puedo hacer. 

Veo como la dulce ignorancia de la niñez se encuentra tan lejos como las frías manos de la vejez. Como mis facultades no son pobres como cuando comencé a explorarlas, pero tampoco las he desarrollado tanto como habría sido capaz con un mayor grado de esfuerzo. Como no me encuentro en el más tormentoso de los estados mentales, así como tampoco poseo los hábitos más saludables a la hora de cuidar mi salud psicológica. 

Como podría hacer esto o como podría hacer aquello. 

Como podría haberme convertido en algo, como no he recaído en otra cosa. Como deseo un objeto o un sentimiento para luego aborrecerlo. Como no soy más que otra alma relegada a vagar a través el mundo con mis ojos vendados. Presionada por un límite de tiempo que puede sentirse minúsculo, así como cada segundo que pasa puede parecer una nueva era geológica. Cómo me revuelvo entre las aguas de un brazo del Estigia que, para nuestra mala fortuna, terminó perdiéndose en este monótono e insoportablemente inestable plano de la realidad.

Al fin y al cabo, de igual forma que todos y cada uno de los integrantes de esta desgastante sociedad, sufro de la mayor de todas las angustias: debo de sobrellevar la tediosa carga de estar viva, de verme incapaz de adaptarme a una existencia contradictoria en cada uno de los puntos que la componen. 

Somos ranas a quienes hierven lentamente, acostumbrándonos a las desgracias de lidiar con todos los elementos de la cotidianidad. La desventaja es la continua intranquilidad que nos genera el percibir como la temperatura del agua aumenta sutilmente y a ritmo constante. 

¡Cuánto he de rogar! Atrapada en una jaula junto al resto de los sufrientes, a pesar de ser algo diferente. Algo más bajo e inmundo. 

No podré jamás, no importa cuando intente, calmar mi desasosiego bajo la noción de ser una víctima más de haber sido engendrada sin mi expreso permiso. No puedo permitir el insulto que sería para los demás el verse mencionados en una oración conmigo. Salvo, sea dicho, esta oración cumpla la función de distanciarme de ellos. 

He accionado de formas tan inescrupulosas que quebrarían en llanto a cualquier persona que crea en los más básicos conceptos de moralidad. He humillado y maltratado a aquella quién ha sido la única en aceptarme en su mundo sin comentario alguno. Aquella que tuvo la desgracia de considerarme alguien valiosa. Aquella que sabe de mí secretos que no he contado a nadie, y que, a pesar de las torturas a las que la sometí, todavía no ha develado.

Resulta que tuve la caradurez de dejarme llevar por una postura alimentada por delirios de grandeza. Esto llevó a que viera en ella a alguien inferior, alguien cuya opinión carecía de la importancia que yo deposité en la mía. 

La menor de mis impertinencias a sido la ignorancia. En cambio, entre amenazas, avances impuestos, descaradas acusaciones y sadístico orgullo por mi supuesta posesión de ella, me veo en la denigrante posición de no poder discernir si alguna vez mi degeneración alcanzó un máximo. Imaginen eso, actué de forma tan aberrante que ninguna de mis acciones puede reclamar el título de ser la que mayor repulsión genere en un ser humano decente. 

Teniendo conocimiento sobre la inestabilidad emocional de aquella persona, insistí en hacer comentarios que denotan la completa falta de empatía y cariño que tuve. Siendo que, habiendo ella pedido mi ayuda a la hora de enfrentar amarguras cuya desolación no puedo concebir, continué actuando como la mayor de las patanes. 

Acumulé tal nivel de odio inconsciente que comencé a culparla por males cuyas raíces crecían en mí, dibujando un boceto abismalmente irreal de la situación. 

Me intoxiqué en la idea de mantener la dictadura que establecí sobre ella. Dictadura de pensamiento, acción y sentimiento, basada en un eterno juzgar. Amenacé con irme, con cambiarla como si fuera una pieza insignificante de una despreciable maquinaria. Cualquier cosa antes que perderla.

Fue entonces que alcanzó el punto de ebullición. El momento en que la presión acumulada generó roces de dimensiones similares a aquellos entre placas continentales. Una explosión de millares de distintos sentimientos que irradiaban, sobre todo, la perfecta ignorancia que mantuve de su existencia. 

Su tiro de gracia fue el simple acto de darle fin a cualquier conversación conmigo. Perdió toda forma de contacto que alguna vez sostuvimos.

Enfrentada a su partida, decidí culparla de todo lo sucedido, pues es la única resolución racional que podía caber en mi degenerada concepción del universo, proveniente de un arjé igual de atroz.

Fueron necesarios tropiezos humillantes para comenzar a cuestionar aquella cosmovisión con la cual llevé adelante mi reinado de terror. Situaciones las cuales, aunque de gran desgaste en mi moral, no son comparables con aquellas que forcé sobre otros. Conflictos cuyas cargas son un infantil chiste ante los ojos de alguien honesto. 

Y aún así, aunque el peso de estas era inexistente visto de forma individual, el conjunto de las malas pasadas que me jugó mi irrespetuosa mentalidad culminó por quebrar mi espalda bajo el peso acumulado. Evento esencial para que lograra entender las consecuencias de mis actos.

Ni las circunstancias ni los particulares de tal suceso son de importancia alguna, pues no quiero correr el riesgo de recaer en la búsqueda de simpatía. Irónico, en vista a la mayor parte de las palabras que he regurgitado hasta ahora. Debo de convivir con otra angustia más entre todas aquellas que plagan la conciencia humana. Otra voz tras bambalinas. Una que me recuerda del monstruo que alguna vez fui. Un portal hacia las injusticias con las cuales colaboré.

El reconocer mi papel de abusadora en aquella relación tóxica debilitó mis cimientos de forma irreparable. Aquella culpa todavía existe de forma intrínseca con mi ser. Una culpa con la que tendré que aprender a vivir, de la misma forma que mi torturada ex-pareja debe de coexistir con las secuelas de mis maltratos.

Pero es menos complicado para la victimaria sobrellevar sus culpas que para la víctima sobrevivir a las secuelas, y no he de digerir esto fácilmente. 

Esta realidad me ha llevado a un punto de desesperación tal que la mayor esperanza es que aquellas secuelas no sean más que pequeños baches al costado del camino que es su vida. Que no le hayan afectado. 

No sé si sea perturbadora arrogancia o lucidez extrema, pero dudo que este sea el caso.

He perdido ya la capacidad de identificarme en aquel Garrick con el cual mi padre aportó a mi crianza. Recuerdo la cara que imaginé como suya, aquella falsa sonrisa que mostró frente a mí, y no esconde ahora rastro alguno de su profunda tristeza, sino una mueca de naturaleza tenebrosa cuanto menos. Maligna de espíritu, si acaso tuviera uno. 

No es justo que eleve un reclamo acerca de mis males una vez he obrado en calidad de victimaria. Pero incluso aquí, en un monólogo el cual debía de cumplir la función de confiteor, me veo desperdiciando mis alientos en banales palmadas sobre mi propia espalda. Que terrible desgracia la de estar viva. Que terrible la pena del sufrido. Que titánica la repugnancia de un mero Judas queriendo posar de Cristo. 

Rezaría por mi salvación, pero sé que lo único que recibiré como respuesta es una implacable negativa. Ningún terapeuta o médico sería capaz siquiera de aceptar caso como el mío. Debo, con toda razón, enfrentarme a los oscuros demonios con los que alguna vez confabulé.

¿Quién custodia a aquellos que vanaglorian sus penas en lugar de pagar por sus pecados? ¿Acaso existe Santo capaz lograr semejante tarea? ¿Existe destino alguno para un alma como la mía que no sea el arrepentimiento eterno? ¿O debo de observar a Dante marchar desde los pozos los cuales describe en aquella tragicomedia la cual es ahora mi destino?

¡Oh, Santa María, madre de Dios! Ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. 

De todas formas, no me quejaría si no lo hiciera. Que nadie se apiade de mí, no lo merezco.

Publicado la semana 24. 13/06/2020
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