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Luciana Capdevila

Antojos nocturnos

Aquella no debiera ser una noche sobresaliente entre todas aquellas de similar transcurrir. Las sábanas, por ejemplo, cambiadas esa misma tarde, daban tiernas caricias a la piel recién depiladas de sus piernas. A su alrededor, la habitación se iluminaba bajo el tono amarillo de la lámpara en la mesa de estar, tono el cual transmitió en ella una extraña calidez en tiempos invernales. Su cama, el placard y los demás muebles se encontraban, al igual que cualquier objeto de existencia externa a su propia conciencia, desenfocados en un atento observar interno. El lento pasar de los segundos la dejó, como de costumbre, en un estado cuasi-catatónico.

Era consciente de la existencia de obligaciones a las que atender. Sin embargo, y a pesar de la inmediatez de algunas de estas, su débil voluntad ya había sido vencida por el pequeño placer de recostarse con la mirada perdida en algún evento ficticio o recuerdo cálido. 

Fue durante uno de estos episodios en el cual su teléfono vibró súbitamente en una premonición del futuro próximo. Su cabeza, todavía internada en un mundo propio, vagó por unos segundos hasta tener frente a sí, en esquinas opuestas de su campo visual, los dos posibles caminos a recorrer durante la regular noche. Tenía a su izquierda su escritorio revuelto de apuntes y cuadernos coronados por un calendario que anunciaba la próxima llegada del parcial en un rojo sangre a tono con los sentimientos evocados. A su derecha, descansando contra su muslo, yacía boca abajo su celular, fuente de incontables datos innecesarios y conversaciones banales que podrían transformar la velada en una de boba alegría. 

Luego de una sesión de deliberación, decidió optar por la tercer fuerza presente en la carrera por su atención. Frente suyo se encontraba una pared blanca bañada en ámbar. Las imperfecciones del revoque traían consigo el potencial de transformar la superficie y su rugosidad en la topografía de un nuevo mundo de fantasía en el cual perderse. Pequeños valles que rodean colinas y cadenas montañosas. Ríos se abren paso entre ellos y bosques nacen a las orillas de sus cauces. Incluso la gloriosa capital de un imperio destinado al rotundo fracaso una vez el dragón de inimaginables dimensiones destrozase la muralla de este como si de cartón se tratara.

Fue cuando el campo de batalla se encontraba completamente desplegado que un nuevo vibrar robó su atención de los acontecimientos del jóven mundo de revoque y pintura. 

Suspiró a la hora de pensar que debía prestarle un mínimo de atención al bendito teléfono. Quizá era alguna conversación con algún conocido al que no le respondía hace una semana, a quien le plantearía cualquier excusa del momento a la hora de escribir de vuelta. O quizá fuera un compañero en busca de ayuda que no querría dar. Sea lo que fuese, el amarillo detrás de ella se tornó súbitamente blanco, en conjunto con su naciente esperanza, cuando en la pantalla apareció el ícono de una notificación bastante peculiar. 

El reflejo de sus iris se vió invadido por la noticia de un reciente match con otro ser humano en una de tantas aplicaciones en las que ha depositado sus deseos por tanto tiempo. Su mente se vió ensordecida por el sonido de los disparos provenientes de miles de preguntas. Entre ellas sobresalía, como siempre, aquella que causaba la mayor de sus inseguridades. ¿Qué pobre iluso habrá creído que podría hacer jamás algún tipo de conexión con ella? Con aquella que demandó el mayor nivel de excelencia en cada aspecto de esta misma historia. Aquella que quebró en ira ante un simple tropiezo por parte mía (y que secretamente trataba de liberar las decepciones propias) llegando al punto de lanzar una avalancha de insultos en palabra dicha y escrita sobre mi ser.

¿O acaso podría ser que la sonrisa que osciló entre mejilla y mejilla se debía al inédito encuentro con carne en el punto exacto para saciar sus antojos? 

Creo yo, interviniendo de forma no profesional en el relato, que, al ver el perfil el cual indicó la existencia de puntos en común, sus entrañas se revolvieron en un profundo y exquisito hambre. Ví como floreció en ella un extenso temblor que le hizo perder fuerzas al imaginar el sabor de aquel hermoso individuo que osó a prestarle pase libre a las cavilaciones en medio del deseo. 

Quebró el silencio en la habitación el retumbar de los suspiros provenientes del ansioso vientre. Las sábanas que antes la rozaban gentilmente se encontraban ahora revueltas y arrugadas ante el salvaje trato de un par de manos en un alocado intento de calmar los nervios. Su brazo, una vez llegó la hora de hacer el ya conocido barrido hacia la derecha, se vio despojado del fervor que emitió por minutos el resto de su cuerpo. Puedo dar certeza, con base en las propias memorias de lo sucedido, que aquel fue el movimiento más intenso y complicado que alguna vez llevaron a cabo aquellos dedos. 

Una vez hubo concluido tal magistral hazaña, su almohada se vió atacada por una tormenta de aullidos impacientes que clamaban por la llegada de aquel que tanto anhelaba. Tal era la locura demostrada, que un sordo podría haber escuchado los llantos de sufrimientos provenientes de la lenta y desgarradora espera, y un ciego podría haber visto el rubor que recorría su rostro al pensar en la tentadora carne del muchacho al que pronto conocería. 

Finalmente, como es costumbre cuando de gente adinerada se habla, el siguiente movimiento en este crudo relato de pasiones no se hizo esperar. 

Pudo oler la llegada antes de que esta se anunciara. Se impacientó, entre gemidos de alegría, al ver como la puerta se abrió para revelar a su madre, quien le alcanzaba el pedido que acababa de llegar.  En una gran bandeja de plata, con puré de acompañamiento (ó ensalada mixta, llegase a ser el comensal alguien allegado al sufrido cuidado personal más que a la búsqueda de intensos sabores) y salsa que por poco rebasaba y regaba el piso con su delirante aroma, vió al exquisito hombre que osó a indicar su atracción. Con las manos y los pies atados sobre su espalda, una manzana de intenso rojo en la boca y un color que denotaba una perfecta cocción.

Nuestra desesperada protagonista no pudo contenerse. Se abalanzó sobre la comida y devoró la carne hasta mostrar los huesos pelados. Su apetito voraz la llevó a irrumpir la insulsa noche temprana con uno de los mejores, sino el mejor, platos que había llevado a su boca. El banquete fue digno de una jovencita de tales características.  

Solo puedo decir que gracias a Dios sus padres la han amarrado a la cama con cadenas que no se verían superadas ni por una bestia colosal. De no ser así, es posible que el mundo entero hubiese sido engullido por ella en un abrir y cerrar de ojos. En su estado actual se ve obligada a recorrer el mundo de estudios tediosos, aburrimiento odioso y, cuando la necesidad llama, alimentos voluptuosos. Dudo que me encuentre en un futuro plasmando palabras descriptoras de un humano que genere en mí mayor curiosidad y asombro que aquella damisela que ha dominado este relato. Creo que lo mismo valdría para ustedes.

Publicado la semana 22. 31/05/2020
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