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Luciana Capdevila

Estoy cansado

- Si le sonreís a la vida la vida te sonríe de vuelta - dijo una muchachita mientras se apoyaba contra la pared del pasillo del hotel, manteniendo un tono sereno de crítica que me caló hasta los huesos.

Levanté la mano del picaporte y giré la cabeza. Alcé la vista manteniendo la misma mirada seria y de infinito disgusto por la cual dijo el punzante comentario. La ira se acumulaba en mi garganta a medida que las venas comenzaron a palpitar y mi sangre ebullía bajo la presión a la cual era sometida. Las ganas de insultarla en tantas formas y con tantas combinaciones de palabras blasfemas se me notaban en los ojos inyectados de gangrenosa furia. Ella, en ese específico momento, era el centro de mi atención. Todo lo demás; la alfombra roja, las lámparas de tono amarillento, la humedad verdosa en la decaída unión entre el techo y la pared, las amigas que divertidas comentaban los sucesos de la noche y el mismísimo edificio bajo el cual nuestros ojos se encontraron, se tornó primero en un mundo distorsionado para luego dar paso a la oscuridad total. La única persona existente en mi nebulosa visión de la realidad era ella. Los únicos sonidos fueron sus palabras que retumbaban dentro de mi cráneo para después ser repetidas por mis pensamientos. 

¿Quién era ella? No tenía la más pálida idea. En lo que a mí respectaba, no era más que otro de los tantos lienzos con los que me había cruzado en las últimas horas. ¿Qué hacía ella ahí? Supuse por su vestimenta que volvía de la misma fiesta de disfraces a la que había, esperanzadamente, asistido yo aquella noche. ¿Por qué emitió aquel repulsivo comentario acerca de la cara de podredumbre y desagrado que gesticulé a través de mi recorrido por el pasillo? Probablemente porque la tensión que emanaba de mi cuerpo era excesiva y mantener el ambiente de tranquilidad que reinaba antes de que me incursionara en esta burbuja así lo requería. 

Todas las causas posibles de mi desagrado comenzaron una trifulca por el derecho a adueñarse del escenario de mis palabras. Por un momento, el frío que me azotaba y el afán de reposar sobre un colchón y convivir conmigo en paz parecieron encontrarse cercanos a la victoria. Su comprensible naturaleza les sirvió para sacar ventaja sobre la pobre elocuencia del resto. Además, eran completamente compatibles con la arrugada expresión que habitaba en mí. Sin embargo, una emoción más primitiva comenzó a dar pelea con su vetusta fortaleza. Ansiaba por dejar aquella ciudad y escapar de vuelta hacia mi hogar. Encontrarme en un lugar y situación ajenos a mi rutina alimentaban el insano desprecio que demostraba. Pero una aberración escaló a través de mi interior, desgarrando mi cuerpo mientras sus rugidos eclipsaron por completo mi capacidad de percibir cualquier estímulo externo salvo sus ojos desbordados en el más hiriente de los juicios al que he sido sometido. Quise poner en una frase comprensible el más intenso deseo de hundir a la humanidad en la más profunda y tortuosa de las condenas. El querer arrancar con mis propias manos toda conciencia y toda señal de vida restante en esta retorcida existencia. Quise exclamar esta marea de sentimientos en un estado de exaltación absoluta y liberar este leviatán sobre aquella muchacha de calumniante osadía.  

Pero no.

Solamente sostuve mis ojos llenos de odio ahora pasivo y de una extensa impotencia la cual acometía contra mí como sórdidos latigazos dentro de mi pecho. Como un general que firma la rendición a regañadientes sabiendo que habría podido vencer. Me avasallaron la falta de fuerzas para sostener tales argumentos y la necesidad de retirarme de aquella batalla bajo cualquier costo. Esta última acompañada, obviamente, por la reconfortante excusa de la cantidad de estupideces que había sido capaz de regurgitar aquella mujer en una sola frase. Una frase de pacotilla que solo imbéciles podrían considerar como un consejo. Una crítica sin utilidad alguna. Al fin y al cabo la vida no es un ente que reaccione ante las decisiones que un primate haga. Una mísera sonrisa no cambia el curso de la historia, los desarrollos científicos, el ciclo de vida y muerte de los organismos, las órbitas de los planetas o el complejo mecanismo de interacciones que gobierna nuestro universo.

Sin embargo, es posible que, bajo el armazón de mi supuesto escepticismo, supiera que la dulce calidez de una sonrisa era capaz de levantar mis ánimos y reavivar mi espíritu. Sonreir podía no ser, a pesar de mi cinismo, una pérdida de tiempo. Al fin y al cabo necesitaba de aquello de lo cual se me criticó por no demostrar. La certeza de lo dicho por aquella a quien miraba con tanta furia era abismal. Su dictamen comenzó a marchitar aquello que me es más preciado, mi orgullo, y es esta la razón detrás de mi hostil reacción. Admitir la sensatez de aquellas palabras hubiera sido aceptar las cualidades corrosivas de mi existencia. Esto, a su vez, hubiera sido confesar la necesidad de cambiar mis hábitos. 

Pero se interpuso un gran obstáculo en esta sucesión lógica: yo no quiero cambiar. No quiero pasar por la angustia de hacerlo. Quiero más que nada el permanecer dentro de la conocida seguridad de mis miserias antes que dar bienvenida a las tribulaciones de lo desconocido. Deseo evitar eternamente la impredecibilidad de aquello que no controlo. Más vale la maldad conocida que la incierta bondad por conocer.

Es por esto que volví a bajar los ojos, di un largo suspiro, y, a la vez que le dirigí una mirada que imploraba clemencia, con voz cansada y sufrida le dije - Estoy cansado -.

Publicado la semana 2. 08/01/2020
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