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Luciana Capdevila

Chernobyl: Cómo legitimar una amenaza caricaturizada

Como humanos nos vemos enfrentados a muchos terrores. Es lógico, ya que, si no fuera por la suerte de haber desarrollado nuestro cerebro hasta el punto de causar un parto doloroso debido a que nuestra cabeza no cabe por las caderas de quién esté dando a luz, habríamos desaparecido hace bastante de la faz de nuestro planeta. Fuera de la aparente inteligencia, las únicas gran ventajas que tenemos frente al resto de seres vivos son la capacidad de correr grandes distancias y la de utilizar nuestras manos como herramientas precisas.

Sin embargo, la mayor parte de los peligros a los que nos enfrentamos pueden superar estos pequeños obstáculos. ¿De qué sirve poder correr cinco kilómetros  si un felino puede alcanzarte en los primeros 200 metros? ¿De qué sirve poder usar las manos cuando no tienes nada con que defenderte? ¿Para qué sirve la inteligencia cuando te encuentras acorralado por un animal (o humano) que te supera en todas las condiciones físicas? 

Estos miedos particulares han perdido importancia a medida que hemos desarrollado distintas formas de enfrentarlos. Si un puma corre hacia tí lo atacas con una lanza. Para siempre tener algo a mano hemos diseñado artículos que nos permiten cargar más de lo que podríamos solo con nuestro cuerpo. Para evitar encontrarnos en una situación de peligro comenzamos a vivir en comunidad. Hemos madurado de nuestros miedos y hemos forzado nuestro camino hasta la cima. Una vez llegamos, dejamos de estar aterrados y pasamos a ser aterradores.

Nuestra supremacía en la cadena alimenticia terrestre es indiscutible. Somos predadores incluso de nuestro mismo planeta. Somos el organismo que ha tenido mayor efecto sobre la vida en los míseros 3 o 4 millones de años que llevamos. Más inverosímil es el hecho de que que como Homo Sapiens solo llevemos cerca de 150.000 años, y de esos hace solo 5000 que existe alguna forma de civilización organizada. En 5000 años hemos logrado ser la razón tras la sexta extinción masiva del planeta. Existen pocos elementos capaces de poner en riesgo nuestro lugar en el trono.

Lo interesante es que estos singulares peligros son capaces de generar terror más allá de lo imaginable. La literatura lovecraftiana, por ejemplo, a intentado inculcar estos mismos en nosotros a través de sus situaciones inimaginables e inconmensurables. Apelan al miedo que existe en dentro nuestro de encontrarnos con algo mayor, más poderoso, más allá de nuestra comprensión. Pero, fuera de dioses extraterrestres y pulpos con alas, muchos de estos terrores existen y los hemos vivido.

La corriente pandemia del COVID-19 ejemplifica uno de ellos. Las enfermedades, transportadas por microorganismos los cuales no podemos ver, pueden llevarnos al borde de nuestra destrucción. Otro elemento perteneciente a este conjunto serían también los desastres naturales. Huracanes con vientos de más de doscientos kilómetros por hora, inundaciones que arrasan con pueblo enteros o sequías que destruyen nuestra comida y nos torturan con la futilidad de intentar sobrevivir sin agua. 

Existe también uno el cual es menos comprendido, muy reciente y con recuerdos todavía tan frescos que sus heridas todavía invaden ciertas poblaciones. Este es terrorífico no solo por su propia naturaleza, sino que le tememos porque somos capaces de utilizarlo los unos contra los otros. Peor aún, no solo es destructiva en el corto plazo o para aquellos quienes se encuentren en el epicentro, sino que expande su mortal presencia invisible y deja su marca biológica incluso en nuestra descendencia: la radiación. 

El concepto de poder vernos extintos en unos pocos minutos si un par de maníacos con obsesión por el poder quisieran ordenar un lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales con ojivas nucleares dentro de ellos es uno con el cual todos estamos familiarizados. El terror hacia los la posibilidad de un ataque fue intrínseco en la vida de gran parte del Hemisferio Norte durante la segunda mitad del Siglo XX. No es extraño que, siendo este sector del planeta el mayor productor de elementos culturales, esto se haya visto reflejado en todas las formas de arte. 

Durante los años cincuenta hubo una ola de películas pertenecientes al género creature feature en las que la humanidad se veía amenazada por enormes monstruos que obtienen sus descomunales características a partir de encontrarse con residuos o elementos radioactivos. Películas como Them!, Tarantula ó Attack of the 50ft Woman* exploraron el miedo por la radiación en formas que pudiéramos ver y comprender. En lugar de tener un asesino invisible a la vista del cual la gente no conocía mucho, era mucho más fácil utilizar un elemento afectado por este. 

La radiación fue, de alguna manera, desarraigada de su identidad. Lo que nos causaba terror no era ella, sino sus supuestos efectos. La caracterización de este elemento fue, quizá, una forma de la sociedad del momento de inmunizarse contra el miedo que, muy adentro suyo, no quería admitir ni dar cabida. 

Es así como la radiación fue evolucionando hasta convertirse en un elemento narrativo más que una amenaza en sí. Se utiliza mayormente para generar tensión artificial cuando es necesaria. Por ejemplo, en la serie de videojuegos Fallout, debemos de estar precavidos de encontrarnos en algún lugar donde la radiación pueda llegar a ser letal, lo que se utiliza generalmente para introducir nuevas mecánicas o como alguna suerte de temporizador que nos de un tiempo máximo para cumplir cierta acción. En esta misma serie pueden también encontrarse ghouls, humanos que han sufrido las consecuencias de la radiación pero no han muerto, a los cuales se les comienza a caer la piel y se tornan inmortales, además de también verse segregados por la población humana sobreviviente. Incluso estos personajes son utilizados poco más que para ciertas misiones secundarias o para crear una localización particular que el jugador puede descubrir. 

En las películas más recientes podemos encontrarnos en situaciones como la de Godzilla: King of the Monsters, en la que la radiación pasa a tener peso narrativo al establecerse como una herramienta que posee el planeta para llevar la vida donde los humanos la hemos destruido o es un intento de darle peso a la muerte de un personaje que se sacrifica. Pero este no se ve bajo los efectos de la misma y momentos antes de que muera se muestra como si no se viese afectado por la misma.

En el intento de sobreponernos a nuestro terror por la radioactividad hemos reducido su estatus a una mera herramienta de películas o narrativas mediocres para generar una mínima reacción de la audiencia. A pasado a tener el mismo peso que la mordida de la araña que picó a Peter Parker luego de la enésima vez que la vemos en un nuevo reboot. Lo único que se le reconoce es la transmisión de poderes o habilidades extrañas. Es un Leviatán que convertido en un pez el cual no repercute en nuestras vidas. 

Esta nueva visión sobre la amenaza radioactiva ha tenido su peso no solo en las artes. Es fácil darse cuenta como ha aminorado el impacto de elementos y sucesos históricos. Es aquí donde las consecuencias de la enajenación de ella de su identidad natural lleva a que le quitemos importancia a situaciones que la merece, dejando que la ignorancia nos lleve a tratarlas como un mero subtítulo en las páginas de la historia. 

Aquí es donde entra Chernobyl de HBO. 

Por años, el accidente en el reactor cuatro de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin ha sido víctima de esto mismo. Hasta el 2019, las mayores obras audiovisuales masivas que podíamos encontrar girando en torno a ella son Transformers: Dark Side of the Moon, The Chernobyl Diaries y Justice League. En ninguna se utiliza por alguna razón fuera de la curiosidad que nos trae ver la ciudad de Pripyat completamente abandonada y en ruinas o para generar alguna subtrama con algún nimio efecto ficticio de la radiactividad presente. Es más, en Justice League ni siquiera ocurre la batalla final en el área de exclusión de Chernobyl, sino que en una versión igualmente ficticia de la zona.

Todo el mundo sabe de Chernobyl, pero la ignorancia que hemos generado sobre la situación nos ha llevado a consumir producciones que retratan únicamente lo icónico de los edificios en ruinas y un supuesto peligro de la radiación; el cual, como audiencia,  ni siquiera conocemos con certeza.

De esto se alimenta la adaptación de HBO de los sucesos ocurridos en el 26 de abril de 1986 y los meses posteriores, ya que utiliza nuestra ignorancia sobre los hechos menos no superficiales para explorar las consecuencias de la batalla contrarreloj con lo que podría haber sido fácilmente una catástrofe nuclear que tornase varios países en zonas inhóspitas. No solo eso, pero finalmente se le da a la radiación la seriedad que merece.

Los efectos de exponerse a niveles nocivos de radiación han sido deformados de distintas formas en pos de relacionar su peligro con elementos familiares. Puede ser que lo primero que venga a la mente al pensar en las consecuencias sea que pueda crecernos un tercer brazo o una aleta. Incluso en el ejemplo que nos da Fallout no sucede nada extremo. En la mayor parte de situaciones se minimiza el peligro a lo comprensible.

Chernobyl, en cambio,  nos muestra cómo la población y los altos mandos soviéticos también se encuentran en un estado de ignorancia sobre los verdaderos peligros de ella, estando parte de la ineptitud y negligencia de la URSS a la hora de enfrentar el asunto basada en el hecho de que que ellos mismos desconocen el verdadero peligro detrás de una catástrofe nuclear. 

Hay una escena en la que Boris Scherbina, el enviado del gobierno a hacerse cargo de la situación, se ve enfrentado con su colaborador científico Valeri Legasov sobre la inmediatez de la necesidad de lidiar con el problema. Su enojo con la ingenuidad que tiene Legasov a la hora de establecer lo que debe de hacerse es interrumpido por la afirmación de que no sobrevivirán más de cinco años. No solo nos encontramos con una muestra de genialidad actoral por parte de Stellan Skarsgård, cuya cara transiciona de la ira al terror profundo en un instante, sino que da pie a que se nos explique tanto a Boris Scherbina como a nosotros la audiencia que generan las dosis altas de radiación en nosotros.

Por si no fuera suficiente con la descripción que nos da el actor Jared Harris, una de las subtramas sigue a la esposa de uno de los bomberos que arribaron primeros a intentar controlar el fuego que generó la explosión del reactor. En el primer episodio nos presentan a la pareja, en el segundo nos muestran la búsqueda que lleva a cabo la mujer para reencontrarse con su marido trasladado a un hospital de Moscú y en el tercero se desarrolla el enfrentamiento entre ella y la mortalidad lenta y dolorosa de la situación de su marido. La miniserie toma la acertada decisión de explicar a través de Legasov las etapas que llevan hacia la muerte de quienes reciben dosis letales a las vez que nos las muestran visual y conjuntamente a lo largo de los primeros tres capítulos.

La cercanía obtenida de explorar esta subtrama genera un profundo impacto cuando finalmente nos revelan el estado del bombero una vez se encuentra en el lecho de su muerte. La piel caída de los ghouls de Fallout palidece en comparación a lo que se obtiene con la combinación de exposición bien lograda, cercanía narrativa con los personajes y efectos prácticos y maquillaje impecablemente logrados. 

La escena es chocante cuanto menos. Nos enfrenta con la irrealidad que hemos consumido y nos demuestra la extrema desesperación de alguien que, en lugar de desarrollar superpoderes, sufre a partir del mero hecho de encontrarse acostado ya que su piel se pega en las sábanas y su carne entra en contacto con el aire.

El efecto de Chernobyl en mi percepción sobre incontables obras culturales es determinante. Habiendo visto Godzilla: King of the Monsters el día siguiente de haber terminado la miniserie de HBO fue imposible que la mínima y ficticia importancia que se le da a la radioactividad no me resultase barata e, incluso, irrespetuosa. Godzilla es un monstruo que nació de los miedos de la población japonesa luego de verse expuestos a las dos únicas bombas atómicas utilizadas en un conflicto bélico. Incontables habitantes de Hiroshima y Nagasaki deben haber pasado por lo mismo que el bombero Vasily Ignatenko. Aún así, el legado de esos miedos se desenvolvió en un mero elemento narrativo para traer mínimo sentimiento a la muerte de un personaje. 

Es verdad que obras que se sitúan en mundos ficticios no tienen por qué atenerse a las reglas que condicionan el nuestro. No todas las historias donde la radiación esté presente se beneficiarían del hecho de mostrarla tal y como es. ¿Quién quiere ver como un hombre sufre una muerte inconcebiblemente horrorosa en un blockbuster de superhéroe de acción x

Aún así, no puedo aminorar el efecto que tuvo el perder parte de mi ignorancia sobre el tema. Un monstruo fantasioso transformado en algo real. Un miedo escondido entre historias increíbles desenterrado para mostrar su cruel verdad.

La amenaza que representa la radiación es lovecraftiana. No la entendemos por completo a menos que dediques años de estudio, y sus efectos son devastadores y capaces de generar las peores reacciones inimaginables dentro nuestro. De la misma forma que Cthulhu es ahora protagonista de tamagotchis para celulares y recreado en muñecos de peluches, la amenaza nuclear es un medio para ganar superpoderes u obtener una mutación extraordinaria. 

Hemos logrado superar todos los obstáculos presentes en este planeta, nos consideramos el pináculo del proceso evolutivo terrestre, y, aún así, cuando nos enfrentamos a un terror que nos supera, nuestra reacción natural sigue siendo el escapar. Caricaturizar hasta el punto no sea más una amenaza. Enfrentarse a una falacia tan aferrada en nuestra cultura popular es, en esta situación, para gente con estómago fuerte. A poco más de 34 años del accidente de Chernobyl, reconocer los peligros de la radiación es el menor de los respetos que podemos tener con aquellos que han muerto a causa de ella. 


 

*Attack of the 50ft Woman tiene además la particularidad de, como denota el youtuber Ryan Hollinger, tener una mujer capaz de valerse por sí misma y de decidir su propia suerte en medio de los años 50. Esto seguramente fue mucho más aterrador para los hombres de la época que la mujer gigante en sí.

Publicado la semana 18. 01/05/2020
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Vichnaya Pamyat - Hildur Guðnadóttir
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