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Luciana Capdevila

Degradé temporal monocromático

Debo admitir, corriendo el riesgo de dar la malinterpretación de búsqueda por la atención, que poseo un profundo amor nostálgico por la tecnología análoga. No puedo jactarme de nacer con ella, pero puedo darme crédito de, tanto para abaratar costos como por la pasión hacia el cuidado de las posesiones intrínseco en mi familia, haber andado por una infancia repleta objetos y las pequeñas piezas de sus maquinarias cautivando la curiosidad que tanto me movía.

Recuerdo ver a mi padre colocar su reloj despertador dentro de una olla una vez naturalizó en sueños el ruido producido por este. Como mi imaginación voló cuando me explicaron que los discos de pastas se hacen con un material obtenido de los escarabajos y en mi mente se plasmó la imagen de algún trabajador machacando insectos en un mortero para luego echarlos sobre una sartén y producir un disco como se prepararía un panqueque. Pienso en mi vista hipnotizada ante el reloj de péndulo que anunciaba los segundos que se acumulaban sobre mi abuela para luego darme vuelta y reconocer a Mafalda viendo al “Pájaro Loco” cuando me encontraba con un televisor encastrado en un marco de madera del cual se asomaba una perilla con la cual se cambiaban los canales. 

La pasión que siento por todos estos objetos que me fascinaron durante la infancia contrasta con la molestia que me genera su deficiencia fatal. Existe un rasgo particular de la tecnología análoga que genera en mí la sensación de una astilla clavada la cual no duele hasta que, habiendo olvidado su existencia, se somete la piel que la hospeda a la más leves de las presiones, con la cual un ardor agudo toma control del cuerpo. Lo digital es perfecto, una lista inmutable de ceros y unos que continuarán allí en circunstancias normales. En cambio, todo lo análogo es similar a su inventor en que es también vulnerable al paso del tiempo. 

Vea miles de veces un video que haya grabado con su teléfono y verá cómo sigue y seguirá siempre siendo el mismo. Grabe un video en un cassette y reprodúzcalo la misma cantidad de veces; verá cómo la cinta comienza a desgastarse y la imagen sufre en igual proporción al daño.

Las cintas se desmagnetizan, las perillas se rompen, los juguetes pierden cuerda, los LP se rayan y los engranajes del reloj se oxidan. Peor incluso, el reloj puede verse víctima de si mismo y morir en una violenta supuración de ácidos provenientes de su contaminante corazón. Lo análogo es terriblemente humano, y siempre encuentra las peores situaciones para demostrarnoslo. 

Los discos de los Beatles que mi tía coleccionó, la caja de música que mi madre tuvo de niña, el walkman que mi viejo rebobinaba con una lapicera para ahorrar batería, las válvulas del Falcon Rural verde oliva de mi abuelo, los discos de pasta que alguien hizo en una sartén, el reloj despertador que descansa en una olla, el reloj de péndulo que lo observa apoyado contra la pared, la televisión con perilla, mi autito de juguete a cuerda, mi infancia, mi adolescencia, mi recuerdos y yo misma. Todo esto hace parte del conjunto de elementos que se encuentra irremediablemente perdido ante el lento pero constante caminar del tiempo. 

Para recordar esta cantidad de angustiantes verdades tengo la desdicha de poseer un reproductor de video cassettes junto con una gama de películas lo suficientemente amplia como para distraerme de cualquier pensamiento de superación. Sinceramente no tiene punto, existiendo versiones de calidad inmensamente superior disponibles a dudosa gratuidad -la cual contradice gustosamente con toda la propaganda antipiratería con la que la MPA y la UAV quisieron alimentarnos momentos antes de comenzar a disfrutar-, el descifrar las figuras de los personajes entre la estática, la nula definición y las tomas retocadas y descuartizadas con la intención de que entren en un cuadrado. Las veo para encontrarme con la figura.

¿Quién es la figura? 

Verán, de todas las películas que forman parte de mi colección, siempre he encontrado especial amor en “Volver al Futuro”. De la misma manera que con el despertador, los discos, el péndulo y el televisor, el cassette que contiene las aventuras de Marty McFly me lleva a una época de, para mi yo actual, antaño.

Volver del colegio a la hora del almuerzo y encontrarme con mi mamá intentando alzar ó amamantar a mi hermano recién nacido con una mano mientras preparaba la comida con la otra. Ver sus dedos quemados por el horno y cicatrices de antiguas ampollas acompañar a las presentes. Comer ante los llantos de un hijo y las divagaciones del otro, entre el cuidado del bebé y el ayudar con los deberes u obligar al otro niño a comer las verduras cocidas. Luego, en el afán de obtener 116 minutos de paz, llevarnos al living, cerrar las cortinas y taparnos con una manta mientras me sentaba en el sillón con mi hermano en brazos y mi mamá nos ponía Volver al Futuro. El bebé de unos meses pasó a tener un año, y dos, y cinco y diez, y aún así el sentarnos a ver la película siempre fue mágico.

Ahora, sin embargo, la magia proviene de otro lugar. Lo fantástico lo transmite la figura.

La reproducción cuasi-constante de la película se vió reflejada en daños irreparables en ella. La cinta sufrió miles y miles de revoluciones, degradando la calidad de a imagen en ciertas escenas a repentinas explosiones de estática. Si no fuera por mi memoria fotográfica de los hechos, sería imposible entender una gran cantidad de los sucesos reproducidos en la pantalla del televisor. 

Las paredes del living de mi actual apartamente se ven cubiertas de una danza de luces maníacas cada vez que el daño del tiempo y el uso se hace presente, cada vez que se aplica una leve presión al área donde yace la astilla.

Hay una toma en particular donde el daño es inmensamente mayor al resto de la película. Allí es donde habita la figura. 

Cuando Marty está en el escenario y vé como su mano comienza a desaparecer a causa de su atropello con la tela del tiempo, miles de píxeles blancos, negros y grises se mueven salvajemente por la pantalla, tomando control completo de la imagen y convirtiéndola en su rehén. Por alguna razón, los objetos en la toma sobresalen cubiertos de la amalgama de puntos como en un estereograma. Las formas en tres dimensiones comienzan a desintegrar la pantalla.

Puede verse como la tela detrás del escenario comienza a moverse ante la presencia de alguien tras bambalinas. Termina por aparecer delante de Marty una figura femenina que cruza por enfrente del televisor. Camina lentamente de una lado a otro para luego detenerse frente a mí. Se sienta junto al héroe y, copiando mi posición, apoya sus codos en sus piernas y su cabeza en sus palmas. Hago leves movimientos con mi tez para comprobar su puedo notar estas expresiones en la cara de la extraña presencia. Giro mi cabeza y comprueba como ella también lo hace. Estiro mi mano izquierda y su derecha choca con la guitarra. Me levanto del sillón y ella me sigue.

De pronto, estira sus manos fuera de la pantalla y toma los bordes del televisor. La estática fluye fuera de la pantalla y se esparce sobre toda la sala. Todo queda cubierto por una estática incansable.

Mientras toda mi vida se pierde en un remolino visual, la figura escapa de la televisión. Una vez fuera, comienza a dar lentos pasos hacia mí, con mis nervios saltando en alteración cada vez. Aterrada, alargo mi mano con la intención de mantener distancia, a lo que la figura reacciona haciendo lo mismo. Me estudia y la estudió mientras comenzamos a dar círculos al intentar mantenerme a una una distancia dudosamente segura. Ella sigue avanzando de forma imperturbable hasta el punto en que termina apoyando su palma contra la mía, entrelazando los dedos. Comienza a invadirme. Sube por mi brazo y toma por completo mi cuerpo. Todo a mi alrededor, incluso yo misma, se torna a una vaga mezcla interferencias grises. El tiempo genera una incoherencia de infinitud de puntos titilantes y cambiantes que forman la estática tanto en la cinta como en mí.

Estiro mis dos manos al frente mío. Las muevo con la esperanza de diferenciarlas del resto del mundo solo para quebrantarme ante la monotonía de todo. 

Como odio que la tecnología análoga se degrade.

Publicado la semana 17. 26/04/2020
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