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Luciana Capdevila

Atropello canino

Si retrocediera unos meses atrás, alguien familiar con el pueblo de Meherá, o quizá algún viajero frecuente, podría afirmar con bastante seguridad que a la noche el tiempo se detiene. No de forma literal, obviamente, pero podría observar las calles cuando se eleva la luna y no sabría qué ha pasado un instante sino hasta que el sol asome su corona por encima de la torre de la iglesia.

Durante el día, si no fuera porque cada tanto algún que otro que tenga la suerte de su lado se encamina hacia el averno, podría decir que todo el pueblo existe en el Día de la Marmota. Rutinaria no basta para describir la estancada existencia de los seres de pieles arrugadas y articulaciones rechinantes. En su mayoría ex-empleados de la antigua fábrica de Industrias Agroquímicas S.A., joya de la modernidad en los años cuarenta. De ellos la mayoría subsiste todavía de las indemnizaciones de cuando cerró la misma.

Todo esto era, al menos, cierto, hasta que el destino decidió pegar un volantazo y poner de cabeza la vida de los imperturbables habitantes del pueblo correntino de Meherá. 

Verán, durante buena parte de la segunda mitad del Siglo XX, muchos cazadores se acercaron al pueblo en búsqueda de una rara especie de ciervo que evolucionó en el área. Entre la fábrica y el turismo de cacería, los habitantes lograron adquirir un buen nivel de vida. Tal era la cantidad de hombres que querían hacerse de la extraña ave que se decidió abrir un criadero de perros de caza que pudieran arrendarse. 

Los perros eran fornidos y bien entrenados, y su eficaz sentido del olfato volvió la cacería un simple juego de niños. Entre los pastizales semi-inundados era común encontrarse con dos orejas erguidas que zigzagueaban con el rastro de los ciervos. Detrás de ellos, un chaleco naranja fluo anunciaba la posición del expectante cazador, quien probablemente provenía de otra provincia y viajó con la intención de vanagloriarse, ante su conocidos,  del ejemplar particular que logró, con supuesto esfuerzo, rastrear y cazar.

Las cosas cambiaron, sin embargo, cuando la fábrica cerró sus puertas en 1991. Industrias Agroquímicas S.A. había decidido que los costos eran demasiado altos y se trasladaron las operaciones fuera de Meherá. Poco a poco, y en gran parte gracias a la caza excesiva, los cérvidos que caracterizaron durante años al pueblo fueron también tornándose en memorias pasadas.

El suelo pantanoso no permitía plantar mucho, y lo que se podía necesitaba de una gran inversión para poder sacar provecho de ello, por lo que muchos de los habitantes decidieron que lo mejor era racionar inteligentemente su indemnización y disfrutar de la tranquila vida que les deparaba. 

Sobre el deparar de los perros todavía se debía decidir. Debido a su feroz naturaleza e instintos de caza la gran mayoría consideró que lo mejor era sacrificarlos. Sin embargo, una ola de robos atraída por las riquezas todavía existentes del pueblo y la incipiente decadencia del mismo terminó por guiar el pensamiento popular sobre el futuro de los antiguos compañeros de caza. Buscando la protección de sus hogares, muchos adoptaron uno y le dieron hogar en sus cercadas casas.

Los años avanzaron y el pueblo terminó por estancarse en el lento deterioro. Sus dueños cada vez se movían menos y las vejez les requería gastos de dinero que no preveían. La necesidad cada vez mayor de poder utilizar cada peso que se tenía hizo que siguieran criando perros para reemplazar a los que morían y así mantener su capital seguro. Así continuó la rutinaria y longeva población de Meherá, hasta que una conocida pandemia colocó al pueblo en el ojo del huracán.

Un solo cargamento transportado por alguien infectado fue todo lo necesario para acabar cruelmente con la rutina. La terrible enfermedad terminó con el pueblo.

Aquí es donde nos encontramos hoy, en un país encerrado donde ya nadie pasa por Meherá. El pueblo existe solo en mapas y en los ojos del ocasional curioso que explora con la intención de encontrar al menos un ejemplar de los bellos ciervos. 

Es de uno de ellos que corren ahora rumores sobre una nueva vida que gobierna el área. Debido a que la población de perros una vez comenzó el boom de la cacería era relativamente pequeña, el cruce entre familiares fue inevitable. Después de años y años de continuo cruce, primero para la caza y luego para la protección, solo era cuestión de tiempo para que algún cachorro privilegiado naciera con inteligencia extraordinaria. 

Este individuo arribó a un hospital en la ciudad de Corrientes con la ropa hecha hilachas y con heridas de lo que parecía armas punzantes en todo su cuerpo. Según las enfermeras de guardia el hombre gritaba alocadamente.

- ¡Tomaron el pueblo! ¡Corran, tienen lanzas!

Una de ellas es conocida mía y, habiéndome llegado los rumores, decidí preguntarle. 

Podría ser el caso de que los perros han aprendido a usar herramientas y han restaurado la vieja fábrica, con lo que los ciervos volvieron a aparecer. Podría ser también que, con sus instintos todavía activos, los cazan sistemáticamente para alimentarse. Podría incluso afirmarse que han organizado su vida de acuerdo a parámetros humanos que aprendieron viviendo como mascotas y guardianes.

Esta podría ser la nueva Meherá, profundamente más intrigante que aquella que habría encontrado unos mese atrás. Podría, pero estamos en cuarentena. ¿Quién iría a comprobar si los perros tomaron un pueblo? ¿A quién importan las pretensiones caninas? ¿Yo? Me faltan por ver muchas películas. Mejor que vaya otro.

Publicado la semana 16. 19/04/2020
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