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Luciana Capdevila

La esquina

Cada quien tiene sus propias manías. Hay gente que golpea la madera así como hay gente que le reza a San Expedito cuando algo se le ha perdido. Sin embargo, más que necesarias, el rol de estas tiende a traer calma a quien las cometa, ya que, al fin y al cabo, nada malo provendría de olvidar llevarlas a cabo. 

Siempre tuve la específica manía de dejar una almohada tapando la esquina izquierda frente a mi cama, sino dormir me era imposible. Cuando llegaba el momento de pegar los ojos, no podía calmarme ni apagar la luz hasta ver esa almohada amarilla con puntitos blancos pasar de ser mi respaldo mientras leía a ser la guardiana de la molesta unión entre las paredes blancas y el parquet rayado y descolorido. 

Intenté, en ese tiempo, desestimar este miedo como irracional y el cubrir la esquina en busca de protección como una mera cábala más.

Puedo afirmar que nunca mantuve ningún otra superstición. Incluso, bajo una vanagloria alimentada de falsa seguridad y cinismo, me reía para mis adentros de los rituales ajenos. Gustosa actuaba una fría racionalidad para sobrellevar la vergüenza de sentirme tan ilusa y desprotegida como tantos otros. Sobre todo, porque no quería descubrir si aquello que me aquejaba era, verdaderamente, una ilusión. 

Nunca quise admitir que, cuando me adentro entre sabanas y frazada, mi débil armadura se quebranta y, una vez apago la lámpara, la inseguridad de la oscuridad me invade y controla por completo. Que mis manos se bañan en sudor frío y mis párpados presionan con todas sus fuerzas los unos contra los otros. Que mi cuerpo busca protección bajo la manta mientras mi mente me castiga con la necesidad curiosa de abrir los ojos e inspeccionar que hay en la habitación. Que nunca pude dormir sin sentirme observada de forma constante mientras peleo contra el instinto de saber quíen es mi espía entre las sombras.

Probablemente fue por todo esto que decidí colocar un pequeño escritorio en esa esquina bajo la justificación de estudiar más cómoda. Finalmente, luego de eternas noches bajo el terror de la vigilancia extraña, comencé a despreocuparme por el sitio de descanso de la almohada amarilla con puntitos blancos. Dormir se volvió otra actividad más entre mis días, y la máscara de la racionalidad perdió por completo su utilidad.

Los años corrieron entre estudios, trabajo y la vida diaria. Terminé la carrera sin verme nunca más bajo la macabra lupa del escrutinio extraño. Mi cábala, parecía, nunca había sido más que eso y terminó perdida entre todos aquellos recuerdos a los que la mente decide dejar de darles importancia. 

Una vez hube terminado mis estudios, tuve la oportunidad de conseguir trabajo en el exterior, oferta que, con la situación económica de mi país, acepté con gusto.Sin embargo, llevar a cabo una mudanza no era algo con lo que quería lidiar, así que decidí liberarme de toda carga que tuviese aquí y vender los pocos muebles que tenía.

El día antes de partir me deshice del escritorio en el cual había estudiado a lo largo de la carrera y quedé sola en el cuarto con la compañía de una lámpara, un colchón, una almohada y una frazada, los cuales mis papás iban a pasar a buscar antes de irme. Pensé por un instante en la almohada amarilla con puntitos blancos,  a la cual hacía tiempo que le había perdido el rastro, pero, sabiendo que esta era la última noche que pasaba en el departamento, decidí no darle muchas vueltas al asunto.

Finalmente apagué la luz, ansiosa del día de viaje que me esperaba. Me acurruqué e intenté dormir, solo para sentir, inmediatamente, como la atmósfera del cuarto se tornó más pesada y mi respiración se cargó de nerviosismo. Recordé entonces que la esquina me miraba desnuda, sin nada que evitara que posase su oscuridad sobre mí. Mis manos sudaron, apreté los párpados y luché contra la curiosidad de abrir mis ojos y descubrir quién me vigilaba. Mis músculos se flexionaban incontrolables del terror que recorría mi cuerpo y mi mente iba y volvía entre la necesidad de concer quién estaba allí e imágenes de la almohada amarilla con puntitos blancos.

Me paralicé. No había dejado la almohada sobre la esquina. 

Los temblores pararon súbitamente y me calmé, no porque hubiera superado el miedo, sino porque el temor se potenció tanto en mi que mi cuerpo se encontraba completamente paralizado. Cada ruido comenzó a resonar dentro de mí como una posible amenaza. Voces distantes de los vecinos parecían un idioma extraño hablado dentro de mi habitación. La brisa que entró súbitamente por la ventana me trajo escalofríos.

Mi mente se disparó. Yo había cerrado la ventana por el frío. 

Me sobresalté del susto y salté de la colchón. Prendí inmediatamente la luz y respiré en paz una vez ví que en la esquina no había nada. La apagué y volví a acostarme. 

Estando a punto de dormirme, tuve curiosidad por presenciar la infame esquina, acción que ahora sabía inofensiva. Al hacerlo, entre todas las sombras que me cubrían, solo ví un punto distante en el que se podía entrever un piso de parquet, un colchón y una figura cubierta en una frazada que solo mostraba entre los oscuros pliegues dos blancos ojos que me seguían mientras flotaba en el vacío.

Publicado la semana 15. 12/04/2020
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