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Luciana Capdevila

La hora del show

El viento corría sobre el asfalto de las calles, levantando, con su sombrío paso, las hojas secas que morían al costado del cordón. El pasto, más largo de lo habitual, disfrutaba de su fría caricia, y se mecía junto a ella, sabiendo que dentro de unos meses, cuando esté duro como la paja de una escoba, no podría hacerlo más. Viajantes perros callejeros iban de casa a casa en su cuatro patas, deseosos de encontrar alguna bolsa de la cual conseguir algo de comer. En alguna rara ocasión, alguien desesperado por salir de su encierro les ha dado las sobras de las que intentaban deshacerse hace tres días. 

Detrás de los perros se acercaba a veces una sombra. Esta, desnutrida y agotada, arrastraba su andar penoso de miserias y angustias  mientras el viento amigo del césped penetraba capa tras capa de abrigo para torturarla desde sus adentros. A medida que avanzaba, un hedor se desprendía de ella y tomaba de rehén cada baldosa de las veredas y a cada frente de cada casa. Las ventanas de estas fortalezas cada tanto espiaban con curiosidad,  sólo para descubrirse profundamente asqueados ante tal visión y optar por un pasivo escape de ignorancia. 

La forma de esta vida deambulante era, realmente, indescifrable para las miradas evasivas que recibía. Nunca se supo de dónde venía ni a dónde iba. Su origen era incierto. Lo único que circulaba entre boca y boca de cada familia, era que alguna vez se materializó una aparición similar en el banco de alguna plaza, durmiendo sus penas, ante la vista de la madre, encargada de los víveres. Pero, cuando se le preguntaba por su apariencia, nunca hubo respuesta certera, sino que, parece ser, solo describían a tal existencia con los adjetivos más amplios que se utilizan a la hora de denotar horror, desconfianza e incluso odio, profundo e intenso odio.

Así, ante las miradas de espanto, la sombra andaba lenta sobre la gris atmósfera que decoloraba todo aquello que acontecía en el mundo. En contraste con la amarilla calidez de la incandescencia que ilumina a los afortunados que la observaban, este ser estaba atormentado por el monocromático mundo de soledad que lo amedrentaba a su paso.

Distinta era la situación cuando se adentraba en las gruesas paredes de los hogares aledaños. Una burbuja de cálida calma y aburrimiento diario. Dentro de ella, se proyectaban sobre la pared blanca del comedor los flashes de luz provenientes del televisor, los cuales atraían los ojos del marido de igual forma que atrae a las polillas. Entre sus dedos se encontraba el control remoto, irremediablemente envuelto entre los carnosos barrotes que lo controlaban. Su captor descansaba en la silla cuya posición volvía más fácil el consumo de periodismo blando que no lo disgustaba con las incómodas realidades fuera de su abismo conceptual e ideológico. Luego, cuando su mente hubo trabajado de forma suficiente, comenzó a recorrer los canales de entretenimiento. 

Fue entonces cuando se cruzó con un un escenario en un precinto completamente vacío. En él, un relator y una comentarista hacían de su carisma para anunciar el preludio del evento principal. Una serie de crímenes aborrecibles encontraron sus culpables gracias a la prodigiosa y letal habilidad policial.  Ese día, ante los ojos de todos los televidentes de aquella sociedad civilizada, se desarrollaría el desenlace de tal interrupción del pacífico aislamiento. 

-Salvajes. - se dijo a sí mismo mientras la rabia ebullía con el relato de los delitos cometidos. 

-¿Dijiste algo? - preguntó la esposa desde la cocina,  mientras con concentración palpaba sobre por encima de la remera un área de piel en sus costillas, la cual exponía distintos tonos debido a la sangre coagulada debajo de ella. Aplicó algo de presión para decirse que, lentamente, el dolor iba disminuyendo. 

Fué hasta el comedor para volver a preguntar, pero ninguna palabra pudo salir de su boca una vez vió la pantalla del televisor. Una melancólica empatía recorrió su piel, pero pasados unos segundos se vió transformada en una calma ira debido a, en igual cantidades, la información que daban los periodistas y la mirada de enojo y vil odio que recorría la faz de su marido.

Fue entonces que escuchó ruidos y golpes que venían del living. -No hagan tanto ruido que papá está con la tele - le dijo a los niños, que estaban jugando en medio de un caos de fantasía. 

Una vez salió de la habitación, las paredes comenzaron a temblar, haciendo que escombros cayeran sobre el piso y revelando por encima de estos un mundo de rocas volcánicas y lava en el cual se erigía una colina de rojo resplandor sobre la cual yacía un castillo de torres irregulares y formas filosas. En él habitaba un fiero dragón, cuya presencia amenazaba con destruir el pueblo cercano. Cuando lo hiciese, acabaría por tomar todas las pertenencias de los aldeanos.

Los niños eran los caballeros destinados a acabar con tal amenazas. Rectos sobre sus caballos y protegidos por blancas armaduras y amenazantes cascos, iban encaminados a enfrentarlo en medio de la lobreguez de la noche. La piel del dragón, varios tonos más oscura que la de los caballeros, obligó a que los jinetes a avivar las llamas de la roca fundida y los ríos de lava con sus espadas, iluminando así al monstruo oculto. La batalla, feroz; la bestia, desalmada; pero nada de esto generó temor en los puros corazones de los niños, quienes se abrieron paso entre los ataques de la bestia para enterrar sus espadas en su corazón. Una vez este dió su último suspiro, celebraron clamorosamente el haber hecho el bien, tal y como su padre les había enseñado.

-¡Vengan a comer! - les dijo su madre una vez vió que terminaron, apurándolos mientras ordenaban el desorden de almohadones y sábanas que daban vida al mundo de abstracción. 

Las cálidas proyecciones del televisor se reflejaban en los ojos de la familia, quienes se acurrucaban en su sonido y entretenimiento. Todos prestaban atención a la formas en que convergía cada llamas frente a ellos, admirando el espectáculo pronto por empezar. 

Tres personas aparecieron sobre el escenario, en el cual ahora se encontraban tres sillas eléctricas, cargadas de las ansias de los espectadores por ver freír a los criminales. Las tres figuras fueron llamadas al frente, y se posicionaron junto a cada silla. Estaban formados de mayor a menor por altura, el último manteniendo, por temor, la cabeza agachada.

-Mamá… - se atrevió a decir uno de los niños, con una marcada pena en su voz. 

-¡Hagan silencio! - vociferó el padre antes de que pudiera continuar. -Están por hablar. - 

Uno de los reporteros se acercó a la figura más alta, un hombre al que la vejez se le habría avecinado, señalando como su cara estaba lastimada y cubierta por costras de sangre consecuencia de golpes. Sus ropas parecían vendas que deberían haber sido cambiadas hace días, y su postura señalaba que estarse de pie le era ya una tortura.

-¿Podría contarnos cuál fue el crimen que usted cometió? - preguntó el reportero, sosteniendo el micrófono al frente de la figura.

-No acaté las órdenes de un oficial durante una huelga. - Dijo lenta y pausadamente, mientras intentaba abrir la golpeada mandíbula para pronunciar las palabras lo más elocuentemente posible. 

-¿Cual es su sentencia? - le preguntó el otro presentador, dando comienzo al cruel show. 

-Me dieron seis meses de cárcel, pero con todo lo que sucedió y los cambios de poder me terminaron dando pena de muerte.-

En ese momento entró un uniformado a la sala, apareciendo por detrás del sentenciado y tomándolo a la fuerza para sentarlo en la silla. Cuando el hombre se volteó a verlo, en medio de sus esfuerzos por escapar, comenzó a gritar de forma desaforada. 

-¡Ustedes me golpearon, salvajes! - infamó para luego escupir sangre sobre la cara del policía. -¡A ustedes no los juz…! - alcanzó a decir agonizando hasta que el oficial le amordazó la boca para luego limpiar su cara con su manga.

El efectivo saludó a ambos periodistas  y bajó del escenario.

Mientras tanto, la siguiente figura, una mujer que no debía tener más de veinte años, se volvió la figura central. El maquillaje corrido por su cara se mezclaba con la sangre seca que bajaba de su nariz y su labio cortado. Estaba vestida provocativamente y esta ropa estaba ahora rasgada, revelando incluso más de su maltratado cuerpo.

Cuando le hicieron la misma serie de preguntas, la mujer respondió que era prostituta, y la capturaron en mientras estaba con un cliente.

-¿Y que fue de este hombre? - le dijo el reportero.

-Él tenía más efectivo que yo, lo dejaron ir - respondió para luego no ofrecer resistencia alguna y sentarse ella misma en la silla, mientras intentaban que hablara sobre su sentencia hasta que un encargado de la producción decidió que era tiempo de sujetarla.

Finalmente, cuando fue el turno del último sentenciado fue enfocado en el centro de la imagen, levantó la vista, y apareció ante los espectadores un niño hambriento y envuelto en varios abrigos, los cuales le fueron quitando. Su pelo estaba duro y los huesos de su cara se notaban a flor de piel. La punta de sus zapatos estaban completamente desgastadas, hasta el punto que por uno de ellos mostraba su dedo gordo.

-¿Crimen? - le preguntaron con el mismo tono sádico utilizado con los demás.

-Tenía hambre… y robé un pan. - 

Su voz se quebraba del miedo en cada sílaba, y la cámara enfocaba su cara para así obtener un primer plano del terror que emanaba con sus expresiones. 

-Mira, aquí hay un poco - y le mostraron un pedazo de pan, el cual el niño tomó rápidamente, solo para morderlo y darse cuanta que estaba tan duro que no le alcanzaba con sus fuerzas para comerlo. Las lágrimas bajaron por sus ojos, inundando su cara y llevándose pequeños rastros de mugre con ellas.

Los reporteros rompieron en carcajadas. -Ahora querido espectador, sin más preámbulos, ¡el momento de la acción ha llegado! - anunciaron mientras comenzó a sonar el tema principal de la música del show, la cual la gente relacionaba ya con diversión asegurada.

En casa, el mismo niño que se atrevió a interrumpir la encapsulación del resto de la familia estaba visiblemente incómodo, y quería escapar del brazo de su madre, el cual lo sostuvo desde el primer intento de salir de aquel comedor. 

-Es chico lo conozco de alguna parte - gritó.

-¡Shhh! - le respondieron ambos padres en unísono.

En el estudio de grabación comenzaron la cuenta regresiva para electrocutar a los rufianes, mientras en la imagen mostraban, con cada número narrado, las caras de agonía de aquellos próximos a la muerte.

De pronto, el niño, quien encontraba diversión en espiar la calle desde la ventana en medio de la cuarentena y el aislamiento, reconoció la cara de un par, allí en frente suyo, en los patrones de colores de la pantalla LED.

-¡Es la sombra, ma! ¡Es la sombra! - lloriqueó en tono agudo a la vez que el presentador anunció “cero”, y un espectáculo de gritos, convulsiones, contorsiones, lágrimas, sufrimiento y castigo llenó la sala, proyectándose sobre las paredes y los ojos de la familia, alimentando el burdo entretenimiento que buscaban, calmando los instintos reprimidos durante la epidemia y haciendo llorar al chico que reconoció a la pobre sombra que a veces se arrastraba por el frente de su casa.

El ruido y el llanto crecieron en intensidad con los movimientos frenéticos de los tres criminales, en un macabro baile de amargura y tortura, hsasta que los tres sentenciados se quedaron quietos, y, por unos segundos, el único sonido que acobijó a la familia fue el lamento decadente del menor.

El padre se levantó, luego despertar del estado catatónico de cuasi-euforia y enojo que lo mantuvo en el asiento. Fue hasta la silla donde estaba su hijo y lo abrazó mientras calmaba la ira de no haber disfrutado el programa debido a los llantos.

-No tenés por qué llorar - le dijo entre sus brazos. -Esos eran criminales, unos salvajes, se lo merecían. Somos una sociedad civilizada, no podemos permitirnos que haya gente queriendo irrumpir el orden, ¿entendido? - 

El hijo asintió, mientras volteaba a ver la pantalla, donde se mostraba ahora el mismo primer plano de aquel niño sombra, solo que ahora sin emoción alguna.

Mientras tanto, el gris exterior sigue solitario y abandonado por las gente recluyéndose de la pandemia. El viento seguía soplando, y, bajo él, el pasto seguía meciéndose, los perros viajando y las hojas seguían muriendo y apilando sus cuerpos a los costados de la calle. La misma atmósfera gris seguía gobernando y cubriendo todo aquello no pertenecía a la seguridad conocida. 

Todo seguía igual, pareciera que nada cambiaría. Pero aquellos espías desde las ventanas, aquellos como el pobre niño que lloraba en medio de la cena familiar, no verían a aquel famélico niño sombra, oculto bajo capas de abrigo, pasar nunca más por allí. 

Publicado la semana 14. 04/04/2020
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