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Luciana Capdevila

Cárcel de barro

El barro iluminado ante la madrugada.

La rama base, de vida regocijaba.

Marchaban cientos de tropas doradas

Hacia el umbral del castillo, hacia la puerta resguardada.

 

Dueño era de aquel árbol el hornero.

Un sueño cumplido era, el de la casa, para el obrero.

Espiral senda hacia el desasosiego

Dibujada en pos de evitar el deseo.

 

La armada arrivante perturbó su dormir.

Debía apurar y alejarse de allí,

El laborioso mártir debía partir.

Desolaba la huída, su cárcel y el porvenir.

 

La marcha rítmica de cálidos soldados

Seguía al ave de amarillo decorado.

Aquella que llama con su canto añorado

Solo a quien lo necesite a su lado.

 

Un antifaz blanco y un penacho de plumas

La faz del ave adornaban con dulzura.

- Ven, te veo- pronunció con soltura.

Paz perturbada la del hornero que escapaba.

 

Plumazo veloz el correr de su cara,

El benteveo volteó a capturar con la mirada

Al tímido pájaro, al único que caminaba,

De llamativas maneras que la atención llamaban.

 

- Ven te veo- gimió melodioso.

- Ven te veo- repitió al cauteloso.

- Ven te veo- cantó alevoso.

No se inmutó aquel albañil miedoso. 

 

Abrió sus alas de par en par.

Su pecho soleado se mostró sin rival.

Catapultó su vuelo con un aletear

Y rozó al hornero al retomar su alejar.

 

Cabizbajo, solo, melancólico,

«Blue», fulminado y atónito.

Cabeceó en zigzag de alcohólico

Hacia su hogar, hacia lo recóndito.

 

Un noble soldado de inti estandarte

Lo alcanzó antes de poder encerrarse

Y en la puerta intentó alegrarse,

Quizá su canto lo haga alegrarse.

 

Infló su pulmones con aires de fé.

Preparada su voz y firmes sus pies,

Vibró su garganta, estremeciendo su tez.

Dio un chillido, y se espantó a la vez.

 

Avergonzado de sí, rota su realidad,

Decidió retraerse en la soledad.

¿Quién escucharía tal fealdad?

Preguntaba a su almohada antes de llorar.

 

- Os veo a vosotros y divago en mi juzgar.

Pienso «No venda a nadie vuestra lealtad.

Vea la vida, vigorosa potestad

De los vivos que violan su propio vagar».

 

Pueda ante el pudor finalmente protestar

De pifias y patadas, no será mal accionar.

Pruebe la pesa posar y abandonar.

Cante potente y sin avergonzar.-

 

¿Acaso era el efecto del cansancio?

¿Era aquello un sueño o un epitafio?

¿Era necesario seguir esa estructura?

¿Era capaz de escapar de la rima eterna?

 

Quizá podía atravesar una vez más el espiral.

Si se apuraba, ahora que amanecía,

Podía llegar a encontrarse con los fuertes,

Aquellos que acompañan a su benteveo amado.

 

Rompió su ritmo diario.

¿Quién se iba a quejar?

Solo debía salir de su casa de barro,

Aquella en la que se resguardó con tanto esmero.

Publicado la semana 13. 27/03/2020
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Poesía
Año
I
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